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Ciencia y Tecnología en los países del sur
Tomás Buch
Contenidos seleccionados de Ciencia Hoy, Volumen 12, Nº 70, 2002.
Los diagnósticos sobre la situación del aparato productivo
argentino son muy poco halagüeños para nuestro futuro. Presentan
la imagen de un país empobrecido, con un nivel de industrialización
inferior al que tenía hace treinta años y con graves problemas
derivados de una importante deuda externa. Señalan además
la existencia de una profunda depresión del mercado interno e
indican que el aumento de las exportaciones se ha hecho en gran parte
en rubros formados por productos que en su mayoría son commodities
de relativamente bajo valor agregado. Entre ellos se cuentan gas natural,
petróleo, granos oleaginosos y algunos productos agroindustriales
de elaboración relativamente simple, como aceites y productos
de la industria láctea. Los precios internacionales de tales
commodities sufren frecuentes oscilaciones, lo que dificulta las predicciones
de crecimiento. A la fuerte disminución de la capacidad industrial
debe agregársele las consecuencias de la relación estrecha
y no exenta de dificultades con la economía brasileña.
La combinación de los factores mencionados redunda en una grave
situación social cuyos aspectos salientes son el muy alto nivel
de desempleo y el alarmante deterioro en la provisión de los
servicios sociales básicos por parte del Estado.
La historia de la investigación científica en nuestro
país es la de las luchas, que ya llevan un siglo, por imponer
la vigencia de criterios científicos modernos en la universidad.
Ciertos grupos de investigadores locales alcanzaron niveles de excelencia
reconocidos internacionalmente como lo demuestran los premios Nobel
otorgados, en 1947, a Bernardo A. Houssay (Medicina), y en 1970 a Luis
F. Leloir (Química).
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Un
indicador de la capacidad de un país de explotar las potencialidades
económicas del conocimiento es el
valor por unidad de peso de sus exportaciones.
Según el análisis que difundió un programa
de acción política, las exportaciones argentinas
valen algo menos de 0,40 dólares por kilogramo, mientras
que las de los países del grupo de los siete oscilan en
torno a los 6,50 dólares por kilogramo (alrededor de 16
veces más).
Los valores agregados por kilo de producto:
|
Producto
|
Dólares por
kilo |
|
Cereal o petróleo |
0,10 - 0,20 |
|
Productos siderúrgicos |
0,30 - 0,60 |
|
Pasta celulósica |
0,40 |
|
Carne y pescados |
1 |
|
Lana o aluminio |
1 |
|
Automóvil |
10 |
|
Ravioles congelados |
10 |
|
Hardware |
100 |
|
Motor de aviación |
1.000 |
|
Avión de combate |
5.000 |
|
Satélite artificial |
40.000 |
|
En su mayoría, los científicos argentinos se han sentido
integrantes de la ciencia mundial y han considerado que la producción
de resultados científicos de validez universal era una necesaria
contribución del país al progreso de la ciencia como valor
universal, lo que constituía una suficiente justificación
del gasto social involucrado. Sin embargo, en determinados momentos
de nuestra historia, buena parte de nuestros científicos también
ha manifestado una inclinación por ponerse más directamente
al servicio del país de cuyos recursos se nutrían, a través
de una mayor interacción con el sector productivo. Desde los
años 1960 se viene produciendo sobre esto un debate que de alguna
manera aún no ha terminado. Lo que nadie discute son los criterios
de excelencia académica y la visión de que la presencia
de numerosos investigadores en cada ámbito académico -tanto
los básicos como los aplicados- es condición necesaria,
aunque no suficiente, para que la educación superior tenga un
nivel que garantice la calidad de sus egresados.
Por lo pronto, no siempre se reconoció que la incorporación
de tecnología por la industria de un país como el nuestro
recorre caminos muy diferentes a los que han trazado sus precursores
durante el desarrollo original de los países centrales. Algunos
de estos modelos importados por añadidura están basados
en hipótesis poco justificables. La más elemental de ellas
es la que postula una línea causal directa que fluye desde la
investigación básica hasta la producción en una
secuencia lineal de cuatro pasos:
En parte, esta idea descansa sobre el error semántico de limitar
el significado del término tecnología casi exclusivamente
al conocimiento práctico derivado de la aplicación más
o menos directa del conocimiento científico. De acuerdo con esta
interpretación del término, ni los constructores de los
acueductos romanos ni los inventores prehistóricos de la metalurgia
podrían ser llamados tecnólogos.
Otro error resultante de una visión simplista sobre la génesis
de los productos tecnológicos o los métodos para su producción
es creer que éstos se generan como respuestas a demandas sociales
o a necesidades de los consumidores. En cierta medida, este modo de
ver las cosas es opuesto al mencionado en el párrafo anterior.
En éstos el desarrollo es empujado desde la oferta que nace de
su factibilidad científica, mientras que en el analizado aquí
este es arrastrado por la demanda social.
La demanda social queda aquí como causa primera, pero su naturaleza
y su origen deben ser explicitados mediante estudios basados en las
ciencias sociales. En muchos casos notorios, la demanda proviene del
Estado, frecuentemente por necesidades militares o políticas.
Los elevados costos del desarrollo tecnológico, en esos casos,
son financiados por los presupuestos del gobierno. En la generación
de la demanda privada, en cambio, es menos importante la satisfacción
de necesidades reales que la creación de necesidades desconocidas
en la cual participa la publicidad y el mercadeo, la búsqueda
o la generación de mercados.
Este modelo basado en la demanda también posee ejemplos emblemáticos
en la historia de la tecnología de las últimas décadas.
Uno fue el proyecto Manhattan, para el desarrollo de la bomba atómica
en los años 40, que se ejecutó sobre la base de una necesidad
estratégica planteada por la guerra contra el nazismo. Otro ejemplo
es el desarrollo de los microcircuitos electrónicos integrados,
que son el corazón tecnológico de toda la industria electrónica,
informática y de comunicaciones que hoy domina el panorama tecnológico
mundial como la más dinámica de todas. Esta innovación
tecnológica nació a la vida económicamente sustentable
a través del multimillonario proyecto Apolo de poner a un estadounidense
en la Luna en la década de 1960. Ambos casos ilustran
la tesis de Jorge Sábato (tecnólogo argentino) de que
una de las fuerzas impulsoras más eficaces del desarrollo tecnológico
es el enorme poder de compra del Estado, indudablemente un
fuerte generador de demanda. En los casos mencionados, el término
demanda tiene un significado muy diferente al que le da la economía
liberal. En ambos casos fue el estado quien cubrió los costos
iniciales del desarrollo, que luego, una vez amortizados en gran parte,
pudieron volcarse hacia las aplicaciones originales en empresas privadas.
Esto ilustra la importancia de la capacidad de compra del Estado para
superar la barrera económica inicial y asegurar la rentabilidad
comercial de las investigaciones privadas en investigación y
desarrollo. Esta capacidad de compra esta sustentada por leyes y es
constantemente empleada por los países más desarrollados
para proteger a sectores estratégicos de su capacidad tecnológica.
Nótese la contradicción entre las actitudes y los siempre
proclamados principios liberales que obligan a los países más
débiles económicamente a abrir sus mercados a una competencia
que es insostenible en las etapas de despegue de las industrias de alto
valor agregado.
¿Cuál es, entonces, el camino hacia la innovación
tecnológica que se puede seguir en un país como el nuestro?
A pesar de todos los factores adversos, inclusive la gran dificultad de
ingreso a los mercados internacionales de productos argentinos de alta
tecnología, aún es posible detectar nichos de mercado en
los cuales la producción argentina de alto valor agregado pueda
tener alguna ventaja competitiva.
La tecnología nuclear es una de ellas, especialmente en vista
al insinuado resurgimiento del interés por la generación
nucleoeléctrica en muchas partes del mundo junto con la destacada
posición internacional ya adquirida.
Con la construcción de varios satélites de complejidad
mediana -en particular el altamente exitoso SAC-C que ha cumplido un
año en el espacio-, la Argentina ha demostrado una presencia
en un mercado de productos de alta tecnología que también
está destinado a crecer en los próximos años. La
Argentina ya ha comenzado a mostrar su presencia en el mercado internacional
de satélites medianos y de componentes críticos desarrollados
localmente.
Un área de éxito posible es la que reside en varios aspectos
de la biotecnología. Ya existen empresas privadas que están
firmemente implantadas en el mercado internacional de productos biotecnológicos
y de uso médico. Sería de esperar que el desarrollo de
especies transgénicas también sea un campo promisorio,
en un país cuya agricultura ya se ha volcado en ese sentido.
El desarrollo de equipos de procesos avanzados, como sensores, fermentadores
o sistemas avanzados de control para estas finalidades también
puede ser un campo fértil para los ingenieros químicos.
Por supuesto, las tareas de desarrollo en los diferentes campos de
la informática son un vasto campo de desarrollo abierto. Es poco
probable que en un futuro previsible logremos crear dispositivos novedosos
o competitivos en las áreas más dinámicas de la
microelectrónica o la optoelectrónica. Sin embargo, la
existencia de grupos de desarrollo en tales áreas es seguramente
necesaria para que nuestros tecnólogos estén al día
sobre lo que tan rápidamente evoluciona en el mundo. El reciente
éxito de la Argentina en un campeonato mundial de fútbol
robótico es muy alentador y abre expectativas en esa área.
Lo mismo sea probablemente cierto en otras áreas de la física,
como la de los superconductores, tema en el cual disponemos de grupos
de investigadores de nivel internacional. Aquí como en otras
áreas de la tecnología de avanzada, existen temas tales
como muchos que se relacionan con la informatización de aspectos
de la administración pública, como el control de la recaudación
impositiva y la vigilancia del territorio donde los tecnólogos
argentinos están capacitados y dispuestos a desarrollar los sistemas
que el Estado nacional requiere con urgencia para resolver algunos de
los problemas más acuciantes y peculiares de esta etapa de nuestra
vida nacional.
En muchos de estos temas, el ya mencionado empleo inteligente del poder
de compra del estado aún podría ser aplicado en plenitud,
lo cual, mediante la necesaria decisión política, se brindaría
una ocasión preciosa para crear toda una industria que podría
proyectarse luego con ventajas a otros países.
Sin caer en un optimismo injustificado, creemos que hay cosas que se
pueden hacer para aprovechar la capacidad científica y tecnológica
que posee la Argentina. Pero es necesario dejar de lado viejas concepciones
teóricas y opciones políticas que, en el mundo de hoy,
resultan inadecuadas. También se requiere que el estado vaya
más allá de sus abstractas declaraciones en apoyo al sistema
de ciencia y técnica, y que muchos integrantes de la comunidad
académica superen los temores en que están sumidos así
como actitudes de defensa corporativa, para repensar su propio papel
en la sociedad.
Tomás Buch
es doctor en Físicoquímica, consultor independiente
en temas de tecnología y educación tecnológica.
Fue director de proyectos de la empresa de tecnología
(INVAP).
El artículo completo se encuentra en:
Ciencia Hoy, Vol. 12,
Nº 70, 2002
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