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Para cortar y pegar | Agosto 2004
 

  Una atracción poco fatal

El hombre baja corriendo las escaleras, abre la puerta y entrega el dinero. El cadete, muy gentilmente le entrega la pizza y una publicidad. El hombre cierra la puerta, sube corriendo las escaleras y, al igual que el almanaque y el teléfono de alguna farmacia vecina, deja pegada sobre la puerta de la heladera la publicidad y se dispone a comer la pizza con sus amigos.......

Cuenta la leyenda que hace unos 4000 años un pastor griego, cerca de la ciudad de Magnesia, se vio sorprendido al notar que una roca del costado del camino atraía mágicamente la punta metálica de su bastón. Esta piedra, famosa por su propiedad de atraer ciertos materiales, se denominó magnetita. Hoy vulgarmente la llamamos imán.

Si además el imán se acercaba a algún objeto con una forma particular, como por ejemplo  una aguja, ésta no sólo era atraída por el imán sino que también adquiría las mismas propiedades, es decir, se magnetizaba. Más sorprendente aún era que si una aguja magnetizada se suspendía sobre un hilo, ésta apuntaba misteriosamente hacia el norte geográfico. Así fue como los chinos  alrededor del año 1000 dieron nacimiento a la brújula. Aunque no se conocía su origen estaba claro que, como en todo fenómeno de atracción, siempre son  necesarias al menos dos partes.

Recién a finales del 1500 William Gilbert (1544-1603) realizó un experimento crucial. Talló una roca de magnetita hasta llevarla a la forma de una esfera y al observar su efecto  sobre una brújula postuló que en el centro de la Tierra debía existir un imán gigante. Gilbert era contemporáneo a Galileo Galilei y quería explicar el movimiento de los planetas por medio de fuerzas magnéticas. Al siglo siguiente, sin embargo, Isaac Newton enunció su famosa ley de la gravitación universal, demostrando que la atracción entre los planetas era en realidad debida a sus masas.

De todos modos confirmar la idea de Gilbert sobre la presencia de un imán gigante en el centro de la Tierra era muy difícil y recién con el desarrollo de la geología fue posible investigar su interior. Hoy podemos decir que la Tierra, con un diámetro de 13.000 kms, contiene un núcleo interior de unos 7.000 kms de diámetro compuesto mayormente de hierro y níquel. El interior del núcleo es sólido y está rodeado por una capa externa líquida que se encuentra en continuo movimiento.

Si bien el imán gigante de Gilbert en el centro de la Tierra no era correcto el movimiento de la capa líquida de su núcleo genera un efecto similar al del imán. Este fenómeno se denominó efecto Dínamo y todavía es intensamente investigado. Por un lado hay un movimiento de rotación, alrededor del núcleo, del material conductor de la capa liquida (hierro líquido),  y por otro lado, el calor producido por el decaimiento radiactivo en el núcleo induce un movimiento convectivo en la capa líquida (similar a la circulación del aire que produce una estufa). El acoplamiento de estos dos movimientos genera el campo magnético de la Tierra y algo similar ocurriría con Saturno y Júpiter.

Como el origen de nuestro campo magnético se debe al movimiento de esta capa líquida, bastante difícil de predecir, los geólogos estuvieron siempre muy interesados en investigar la evolución del campo magnético de la Tierra. En 1965 se hizo un mapa de la magnetización del suelo del océano Atlántico encontrándose un patrón con una simetría bastante particular: una sucesión de líneas separadas a distancias iguales y magnetizadas en direcciones opuestas a lo largo del Atlántico. En completo acuerdo con la teoría de las placas tectónicas o de la deriva de los continentes, a medida que la lava salía del interior de la Tierra no sólo  iba empujando los continentes al ritmo de 3 centímetros por año sino que también se iba grabando en ella la dirección del campo magnético terrestre. Es decir, el fondo del océano funcionó como una gran cinta magnética en donde se grabó la historia de nuestro campo magnético.

Las líneas magnetizadas se formaron porque los átomos de hierro y níquel que conforman la lava son magnéticos y, en el estado líquido, se comportaron como brújulas microscópicas que al enfriarse quedaron apuntando en la dirección del campo magnético. Además, de la separación entre las líneas magnetizadas en direcciones opuestas se pudo estimar que la dirección del campo magnético terrestre se invierte cada unos 500.000 años.

Y bien, podríamos seguir hablando también de cómo el campo magnético terrestre afecta las migraciones de las aves, o de cómo nos protege de los vientos solares. Pero quizás sea mejor idea detenernos acá y dejar que nuestro personaje comience a disfrutar su porción de pizza.

 

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