Luego del descubrimiento de América los antiguos mapas del mundo
quedaron desactualizados. Ni Colón ni ninguno de los que vinieron después se
cruzaron en el viaje con los dragones dibujados en aquellos mapas, aunque encontraron nuevas
tierras que era necesario incluir en nuevos mapamundis. Varios cartógrafos se embarcaron en esta tarea, entre ellos Abraham Ortelius,
de la ciudad flamenca de Antwerp. En 1570 Ortelius completa su
Theatrum Orbis
Terrarum, el primer atlas moderno, una colección de 53 mapas que incluye
entre ellos un mapamundi de ocho hojas. Tras infinitas noches gastadas en el
dibujo de las delicadas curvas de sus mapas, Ortelius se anotició que algunos continentes
parecían piezas de un rompecabezas. A pesar de sus datos
imprecisos, de una Sudamérica bastante panzona, no le costó demasiado darse cuenta que las costas de América,
por un lado, y las de Africa y de Europa, por el otro,
encajaban perfectamente unas con otras. Le resultó evidente que estos
continentes habían estado unidos en el pasado y que terremotos e inundaciones
habían dado nacimiento al océano que ahora los separaba.

Esta idea reapareció una y otra vez a lo largo de los siglos que siguieron,
pero tuvo que esperar hasta 1913 para adquirir el rango de teoría. Ese año el
meteorólogo alemán Alfred Wegener dió a conocer su teoría de la deriva de los
continentes. Wegener sostenía que unos 250 millones de años atrás solo existía
un único continente, Pangea, que al fracturarse dió origen a los actuales
continentes, los cuales vagaban y siguen vagando sobre la superficie de la
Tierra. Wegener fundamentó su teoría con evidencias para todos los gustos,
extraídas de las más diversas áreas científicas. Evidencias geométricas:
las formas de las costas que había notado Ortelius tres siglos atrás; evidencias
geológicas: las cadenas montañosas que terminan en un continente y siguen en
otro; evidencias climáticas: los vestigios de períodos glaciares en regiones
cercanas al ecuador, existencia de carbón en la Antártida; evidencias
paleológicas: los mismos fósiles que aparecían en diferentes continentes.
Wegener creyó que el rompecabezas terrestre explicaba un rompecabezas aún
mayor de datos dispersos, pero no logró balbucear un porqué los continentes se
mueven y su teoría entonces no fue tomada en serio. Recién en los años sesenta
resurgió, perfeccionada y bajo el nombre de teoría de las placas tectónicas. Hoy
sabemos que la superficie de la Tierra está dividida en unas catorce placas,
gigantescos pedazos rígidos de roca, y que éstas se mueven unos pocos
centímetros al año, impulsadas por el calor interior de la Tierra.
En el cuento Un viaje inesperado Adolfo Bioy Casares acelera los
tiempos de estos procesos geológicos y nos relata qué amargas consecuencias
producen estos movimientos telúricos en el espíritu de un prohombre de la
patria.
Un viaje inesperado
por Adolfo Bioy Casares
(Del libro “Historia desaforadas” 1986)
En la desventura nos queda el consuelo de hablar de tiempos mejores. Con la
presente crónica participo en el esfuerzo de grata recordación en que están empeñadas plumas de
mayor vuelo que la mía. Para tal empresa no me faltan, sin embargo, títulos. En
el año ochenta yo era un joven hecho y derecho. Además he conversado a diario
con uno de los protagonistas envueltos en el terrible episodio. Me refiero al
teniente coronel (S. R.) Rossi.
A simple vista usted le daba cincuenta y tantos años; no faltan quienes afirman que andaba
pisando los noventa. Era un hombre corpulento, de cara rasurada, de piel muy
seca, rojiza, oscura, como curtida por muchas intemperies. Alguien comparó su
vozarrón, propia de un sargento acostumbrado a mandar, con un clarín que
desconocía el miedo.
Inútil negarlo, ante el coronel Rossi me encontré siempre en situación falsa. Le profesaba un
vivo afecto. Lo tenía por un viejo pintoresco, valiente, una reliquia de los
tiempos en que no había criollos cobardes. (Advierta el lector: lo veía así en
el ochenta y en años anteriores.) Por otra parte no se me ocultaba que sus
arengas por radio, de las 7 a. m., alentaban torvos prejuicios, alardeaban de
una suficiencia del todo injustificada y socavaban nuestras convicciones más
generosas. A lo mejor por la manía suya de repetir una máxima favorita (“Medirás
tu amor al país, por tu odio a los otros”) dieron en apodarlo el Caín de antes
del desayuno. Me cuidé muy bien de protestar por esas burlas. Lo cierto es que
si yo estaba con él, trabajábamos y no había terceros; y si estaba con terceros,
no estaba con él para sentir su ansiedad por el apoyo de los partidarios más
leales (he descubierto que tal ansiedad es bastante común entre gente
peleadora). Yo solía decirme que mi deber hacia el viejo amigo y hacia la verdad
misma, reclamaba una reconvención de vez en cuando, un toque de atención por lo
menos. Nunca fui más allá de poner sobre las íes puntos tan desleídos que ni el
coronel ni nadie los notó; y si en alguna ocasión él llegó a notarlos, mostró
tanta sorpresa y desaliento, que me apresuré a repetirle que sus exhortaciones
eran justas. A veces me pregunté si el que pecaba de soberbia no sería yo; si no
estaba tratando a un viejo coronel de la patria como a un niño al que no debe
uno tomar en serio. A lo mejor me calumnio. A lo mejor entonces me pareció una
pedantería apenar a un ser humano en aras de la verdad, que no era más que una
abstracción.
El coronel vivía
en una casa modesta, de puertas y ventanas altas, muy angostas, en la calle
Lugones. Para ir al baño o a la cocinita había que atravesar un patio con
plantas en tinajas y en latas de querosene, si mal no recuerdo. Cuando pienso en
Rossi, me lo figuro con el saco de lustrina para el trabajo de escritorio,
siempre aseado, activo, frugal. Todos los días compartíamos el mate y la
galleta; los domingos, el mate y los bollitos de Tarragona. Puntualmente, a la
misma hora, creo que serían las siete de la tarde, bolsiqueaba la pitanza que me
correspondía por las tareas de escribiente y corrector. Debo admitir que la
suma, en las anteriores épocas de grandeza y plata fuerte en las mentalmente él
vivía, hubiera significado una retribución magnífica. En resumen, y sobre todo
si lo comparo con otros personajes de nuestro gran picadero político, tan
diligentes para llenarse las alforjas, tan rumbosos con lo mal habido, no puedo
menos que felicitarme por haber hecho mis primeras armas de trabajo al lado de
aquel viejo señor despótico, pero recto.
Ahora hablaré del
mes de marzo del ochenta y de su terrible calor. Este nos pareció tan
extraordinario que en todo el país fue popular el dístico de mano anónima:
Hay algo cierto,
y lo demás no cuenta: el calor apretó en el año ochenta.
“La ola”, como
entonces decíamos, sorprendió al coronel en medio de una de esas campañas
radiales en que arremetía contra los países hermanos, el blanco predilecto, y
contra los extranjeros en general, que sin empacho nos confunden con otros
países, como en el ejemplo clásico de cartas, verdaderas o imaginarias,
dirigidas a “Buenos Aires, Brasil”, y como en el caso del francés que se
mostraba escéptico sobre nuestra primavera y nuestro otoño y que por último
declaró: “Ustedes tendrán seguramente dos estaciones, la de lluvias y el verano,
pero calor todo el año”. De la boca para afuera y ante los amigos yo desaprobaba
a Rossi; pero en mi fuero interno solía acompañarlo de corazón porque sus
peroratas daban rienda suelta a sentimientos que trabajosamente y de mala gana
reprimíamos. Rossi rechazaba la idea de que algún país del hemisferio pudiera
aventajarnos. Un día me armé de coraje y observé:
-Sin embargo los
números cantan. La ciencia estadística no deja lugar a fantasías.
Lo recuerdo como
si fuera hoy. En días de gran calor se ponía bajo la papada un pañuelo de
inmaculada blancura, a modo de babero para proteger la corbata. Exagerada
precaución: mentiría si dijera que alguna vez lo ví sudar. Pasándome un amargo,
preguntó:
-¿Desde cuándo, recluta, las estadísticas le merecen tanta confianza?
Amistosamente me llamaba recluta. Insistí:
-¿No es raro que todas coincidan?
-Unas se copian de otras. No me diga que no sabe cómo las confeccionan.
El empleado público se las
lleva para su casita, donde las llena a piacere, cargando este renglón,
raleando aquél, de manera de satisfacer los pálpitos y las expectativas del
jefe.
-No le niego–concedí- que las reparticiones públicas trabajen sin la debida contracción;
pero hay que rendirse a la evidencia.
-¿Rendirse? Lo que
es yo, nunca.
-Y el petróleo
venezolano, el oro negro ¿no le dice nada?
-Salga de ahí. No
lo va a comparar con nuestra riqueza nacional.
-¿Y el volumen de
la producción brasilera?
-Embustes de los
norteamericanos, que no nos quieren. ¿O usted me va a negar, recluta, que
exista una conjura foránea, perfectamente orquestada, contra los criollos?
-¿No le convendría
darse una vuelta y mirar con sus propios ojos? Hoy por hoy, con el costo de la
vida, resulta más acomodado tomarse un avión y visitar Río, que no salir de
estas cuatro paredes. Dicen que en las playas de Copacabana se ven cositas
interesantes.
-No embrome. ¿Quién, en su sano juicio, va a pagar un pasaje para ir a sudar la gota gorda?
Si me quedo acá, sé por lo menos que un día de estos viene un chaparrón y al
minuto sopla la fresca viruta.
La gota gorda y la fresca viruta eran dos expresiones típicas del coronel. Cuando uno oía la
primera, sabía que poco después vendría la segunda.
¡Qué buenos tiempos!
A pesar de su aguante, en aquel marzo inolvidable el mismo Rossi flaqueó por momentos. Sentía
el calor como un insulto. Le molestaba patrióticamente el hecho de que en esos
días tan luego visitaran Buenos Aires no recuerdo qué político inglés y qué
elenco francés de cómicos de la legua. Se sinceró conmigo:
- Si no viene una refrescada,
¿quién le saca de la cabeza a esa pobre gente que somos un país del trópico? Basta
haber ido al cine para comprobar con qué soltura el extranjero nos enjareta un
color local rigurosamente latinoamericano.
Como todos
nosotros, Rossi vivía entonces con el pensamiento fijo en la situación
meteorológica. Aunque a la otra mañana tuviera que madrugar, por nada se tiraba
en el catre sin oír el último boletín de media noche. Por aquellos días los
boletines hablaban mucho de una batalla celestial entre dos masas de aire, una
caliente y otra del polo sur. Noté que para describir el fenómeno, a diferencia
de los civiles, en particular de los periodistas, Rossi evitaba los términos
militares. Así, en una de sus charlas de las 7 a.m. aseguró: “Del resultado de
esta pulseada tiránica depende nuestro destino”.
Pulseada, nada de
batalla. Por cierto si la afirmación concernía fenómenos del cielo era, como se
comprobaría demasiado pronto, errónea. El lector sabe que entre el 9 de aquel
marzo y el 4 de abril, una serie famosa de movimientos de tierra sacudió, noche
a noche, a los argentinos. Tales golpes de traslación, como se les llamaba,
alarmaron al país entero, salvo al coronel, a quien distraían de la invariable
temperatura agobiadora y lo arrullaban hasta dormirlo agradablemente. Acunado
por el sismo soñó con los largos viajes en tren de su infancia. Es claro que no
tan largos como los que estaba cumpliendo ahora.
Porque seguía el calor, el despertar fue siempre cruel; pero el peor de todos llegó esa terrible
mañana en que el diario trajo una noticia ocultada hasta entonces por el
gobierno, en salvaguarda de legítimas susceptibilidades de la población. Según
se comentó después, alguien en Informaciones tuvo la idea, para prepararnos un
poco, de llamar golpes de traslación a los fenómenos de la corteza terrestre que
todas las noches nos fastidiaban; para prepararnos y porque eso, cabalmente,
eran: sucesivas traslaciones de la masa continental, de sur a norte, que
finalmente dejaron a Ushuaia más arriba del paralelo 25, al norte de donde
estuvo antes el Chaco, y a Caracas más arriba del paralelo 50, a la altura de
Québec.
Sin negar que el dolor moral nos alcanzaba a todos, me hice cargo de los que significaba aquello
para un hombre de los principios de Rossi. Por un sentimiento de respeto no
quise presentarme en la calle Lugones. Poco después, con apenada sorpresa, oí de
boca de uno de los tiranuelos de la radio:
-Lo que amarga a Rossi es que algunos, que se dicen amigos, al suponerlo en situación
comprometida, ya no quieren verlo.
No me ofendí. Como
si nada, puse a la noche el despertador a las siete y, cuando sonó, a la mañana,
prendí la radio. La inconfundible voz del coronel, con su temple y su brío
invariables, me probó que el programa se mantenía. Me embargó la emoción. Cuando
logré sobreponerme, el vozarrón tan querido estaba diciendo que la Argentina,
“después de muchos años de provocación gratuita, en un simple movimiento de mal
humor, manifestado en un pechazo titánico, había empujado a sus hermanos
linderos hasta el otro hemisferio”. Se refirió también a los maremotos,
vinculados con nuestro sismo, que produjeron desastres y cobraron vidas en las
costas de Europa, de los Estados Unidos y del Canadá. Por último, se dolió de la durísima prueba que soportaban los antiguos habitantes del trópico, por su
repentino traslado al clima frío. Morirían como moscas. En el fondo de mi
corazón yo sabía que mi viejo amigo, dijera lo que dijera, estaba demasiado
golpeado, para hallar consuelo. Por desgracia, no me equivocaba. De buena fuente
supe que poco después, al ver una revista una fotografía de brasileros,
abrigados con lanas coloradas y entregados con júbilo a la práctica del esquí en
las laderas del Pan de Azúcar, no pudo ocultar su desaliento. El tiro de gracia
le llegó en un misterioso despacho telegráfico, fechado en La Habana, donde el
intenso frío había producido espontáneamente renos, de menor tamaño que los
canadienses. Nuestro campeón comprendió entonces que toda lucha era inútil y
renunció a la radio. Alguien, que lo había seguido siempre desde el anonimato de
la audiencia multitudinaria, se enteró de que Rossi quería retirarse para
sobrellevar el dolor a solas y le dio asilo en sus cafetales de Tierra del
Fuego. Sobre el escritorio tengo la última fotografía que le tomaron. Se lo ve
con una casaca holgada, tal vez de lino, y con un sombrero de paja, de enorme
ala circular. Vaya uno a saber por qué, aunque la expresión del rostro no
parezca demasiado triste, la fotografía me deprime.