Normalmente relacionamos la tecnología con aquellos productos sofisticados,
que sólo pueden desarrollarse en laboratorios de extrema complejidad.
Algunos de ellos contribuyen a mejorar nuestra calidad de vida, como las
comunicaciones y el equipamiento médico, otros sólo aportan al lujo y al confort
de las clases pudientes y otros, desgraciadamente, como los productos bélicos,
aportan a lo peor de nuestra condición humana.
Sin embargo la tecnología cubre un amplio
rango de productos, desde los más rudimentarios hasta los más complejos, y está
indisolublemente ligada a la vida del hombre y más precisamente a su instinto
más primitivo: el de supervivencia.
Para no pecar de soberbios, en realidad,
deberíamos recordar que algunos animales son capaces también de deslumbrarnos
con sus creaciones tecnológicas, desde el dique construido por los laboriosos
castores hasta el más criollo nido de un hornero o el doméstico pero siempre
sorprendente tejido de una araña.
Si bien los argentinos nos hemos
convertido en expertos en el difícil arte de sobrevivir, a fuerza de
convertibilidades, desconvertibilidades, inseguridad callejera y otras yerbas,
y cada uno de nosotros sería capaz de escribir su propio manual de supervivencia
urbana, nos dedicaremos hoy a un libro , que puede tener varias
interpretaciones, pero que básicamente nos narra la supervivencia de un grupo
humano enfrentado a las condiciones más adversas.
Del otro lado de la mirilla cuenta la vida de los
presos políticos que estuvimos alojados en la cárcel de Coronda durante la
última dictadura militar.
Si bien el relato se centra en aquellas
virtudes humanas, como la unidad, la solidaridad y la organización, que
permitieron a estos hombres enfrentar y, de alguna manera, derrotar a una
maquinaria represiva destinada a destruirlos síquica y moralmente, también
juega un rol protagónico la creatividad, materializada en una serie de modestos
“artefactos tecnológicos” construidos desde la escasez absoluta de recursos
materiales pero que jugaron un papel clave en la resistencia intramuros.
El periscopio:
Con este nombre se conocía a un modesto
espejito, el más simple pero sin duda el más útil de estos artefactos, que
podía asomarse por uno de los agujeros de ventilación de las puertas de las
celdas, y gracias al cual, se podía observar los movimientos de la guardia,
para alertar a los compañeros cuando los “botones” entraban al pabellón: el
eterno juego de los ratones y el gato.
En este caso la complicación estaba en
transformar en espejo a un vidrio que no lo era. La receta era simple: Se
buscaba un vidrio pequeño, se pulían sus bordes contra la junta de cemento de
los mosaicos del piso y se ennegrecía una de sus caras con el humo producido
por la combustión de un papel. Inmediatamente
se bañaba esta cara con plástico derretido, generalmente proveniente de la tapa
de un tubo de dentífrico, y antes que el material se solidificara, se
aprovechaba su estado pastoso para hacer un pequeño agujerito donde más tarde
se insertaría una pajita de escoba que serviría como sostén del engendro.
En pocos minutos el aparatito estaba
listo para volcar la balanza hacia el lado de los ratones.
Los guardias sabían que este pequeño
dispositivo era la clave de nuestra vigilancia, de manera que lo buscaban
denodadamente en cada una de las sorpresivas requisas que hacían.
Pocas veces tuvieron éxito: gracias a su
pequeño tamaño y a sus bordes redondeados el peri se podía esconder en la boca
y tragarlo sin que dañase el aparato digestivo. Sus materiales no eran atacados
por los jugos gástricos, de manera que podía recuperarse luego de una minuciosa
y maloliente búsqueda, algunos días después, cuando el peri finalizaba su largo
viaje intestinal.

El "barrido" con periscopio y el "teléfono" por el
inodoro
Cálculo de distancias:
Cuántas veces, como alumnos secundarios
nos preguntamos para qué diablos nuestros profesores nos torturaban con
trigonometría y otros complicados temas de matemáticas.
Esta pregunta tiene muchas respuestas,
pero si alguno de Uds. alguna vez (Dios
no lo permita) fuera a dar con sus huesos a una cárcel, la matemáticas podría
servirle para recuperar la libertad, o por lo menos para planificar un buen
plan de escape.
Cuando los presos de Coronda planearon su
fuga, se encontraron, entre otros innumerables inconvenientes, que no conocían
exactamente las medidas de la cárcel:
¿Qué altura tenía el muro? ¿Qué distancia
separaba a las garitas de vigilancia entre sí? Todas estas dudas fueron
despejadas gracias a un semicírculo, que habíamos logrado esconder en épocas en
que estas cosas estaban autorizadas, y un simple sistema de maderas que
permitían medir el ángulo que se formaba entre dos puntos lejanos y el
observador.
Conociendo alguna de las distancias de un
imaginario triángulo rectángulo, podíamos calcular las otras gracias a un
simple cálculo trigonométrico.
Radio a galena:
En los albores de la electrónica, cuando
un receptor de radio era un elemento caro, que pocas familias podían permitirse
comprar, y cuando las bondades del silicio todavía eran ignoradas por los
físicos, algún ingenioso hobbista inventó una radio muy simple, que no
necesitaba pilas y que aprovechaba las propiedades rectificantes del cristal de
galena.
Pese a su simplicidad permitía escuchar
las emisoras más potentes.
Varias décadas después, mientras la
política de Martínez de Hoz le abría las puertas a la importación y los países
del sudeste asiático nos inundaban con toda clase de aparatos electrónicos,
hundiendo a una próspera industria nacional y condenando a la desocupación a
miles de trabajadores argentinos, a los huéspedes de Coronda se les había
prohibido todo medio de comunicación con el exterior: ni diarios, ni radios, ni
televisores podían habitar sus austeras celdas.
Sin embargo, en los días previos al golpe
militar, cuando ya se veía venir el endurecimiento del régimen carcelario, los
compañeros decidieron esconder algunas pequeñas radios a transistores, con las
que escuchaban los noticieros nocturnos, a escondidas de la guardia.
El problema era que, tarde o temprano,
las pilas se agotarían y no había forma de sustituirlas.
Surgió entonces la idea de recurrir a las
viejas artes de nuestros abuelos: despanzurrando una radio vieja se acopló el
circuito sintonizador a un rectificador, con su condensador de filtro, y de
allí a unos auriculares. Esto que puede ser un trabajo de 5 minutos en un
taller mínimamente equipado, seguramente llevó muchas horas de trabajo a los
compañeros que no disponían de alicates, ni de soldador, ni mucho menos de
estaño.
Cuenta la leyenda que la radio a galena
se enterró en un patio, para evitar que fuera encontrada por los guardias, pero
fue descubierta poco tiempo después, por una prolija revisión que los guardias,
pala en mano, hicieron de esta zona.
A pesar de que nunca llegó a cumplir su
noble objetivo, la precaria radio se ganó un lugar destacado en la galería de
los artefactos tecnológicos que ayudaron (o prometieron ayudar) a resistir a la
aislación y el verdugueo.
El submarino:
Sin lugar a dudas, la “vedette” de las
creaciones tecnológicas en Coronda, fue el submarino que se construyó para
medir el ancho de los desagües, a través de los cuáles pensábamos huir rumbo a
la libertad.
Confieso que nunca vi al ingenioso
aparato, pero puedo imaginarlo a través de la detallada descripción que nos
brinda el libro.
El cuerpo del submarino estaba
constituido por dos talqueras de plástico, pegadas entre sí y su flotabilidad
se regulaba (principio de Arquímedes mediante) añadiendo o quitando arena en su
interior.
"En la parte delantera e inmediatamente atrás de la
tapa roscada, llevaba adosado dos mecanismos que se denominaron aletas.
Dos horizontales y dos verticales y que consistían
en dos maderitas de unos veinticinco centímetros de largo cada una, montadas
sobre un pequeño eje que permitía que por la fuerza de un elástico se abrieran,
como se despliegan en el espacio actualmente los paneles solares de los
satélites. Estas maderitas, tanto las horizontales como las verticales se
plegaban sobre el cuerpo del submarino. Este requisito era necesario ya que en
la entrada de la cloaca por donde debía ingresar el submarino había instalada
una reja. Los barrotes estaban separados unos diez centímetros unos de otros,
cumpliendo el rol de seguridad y de contención de basura.
Para navegar en el interior el submarino debía
ingresar con sus aletas plegadas, atravesaba la reja y luego adentro debían
desplegarse las aletas. Para ello, tanto las aletas verticales como las
horizontales se sujetaban con un hilo delgado que las mantenía unidas al casco
y que atravesaban por agujeros muy delgados que se habían practicado en un
recipiente de plástico de unos dos centímetros de diámetro, instalado en la
parte de atrás del casco del submarino."
En ese tubo, se instalaba un trozo
pequeño de espiral para los mosquitos, de una altura superior a la de los hilos
que sujetaban las aletas horizontales y verticales. Antes de lanzarlo al agua,
el espiral se encendía y al llegar a la altura de los hilos los quemaba. Al
quedar liberadas las aletas de la sujeción del hilo, se desplegaban por la
acción del elástico. De esta manera las aletas horizontales medirían el ancho
de la cloaca y las verticales la altura de la misma. El ángulo de apertura de
las aletas quedaba registrado.
"El submarino poseía además en su parte delantera,
una brújula registro. Esta se construyó imantando una hoja construida con la
mitad de una hoja de afeitar sometida a la electricidad. Se la montaba en el
centro de una cajita redonda con tapa de plástico de pastillas de remedios. La
hoja tenía una pequeña protuberancia en el centro lo que le permitía girar hacia
un lado o el otro. Al hacerlo empujaba dos pequeños hilos muy delgados y extralivianos que habían sido previamente endurecidos con cola de pegar. Ello
registraba las curvas que el submarino realizaría en su navegación por dentro
de la cloaca, al girar la brújula hacia un lado y el otro.
En la tapa de popa, o sea de atrás, se fijaba un
hilo de plástico de unos veinticinco metros de largo, que se iría largando para
que el navío realice su trayectoria y luego se recupere nuevamente.
Luego de su construcción, solo restó esperar un día
de mucha lluvia para ponerlo a navegar”
Así podría seguir describiendo una larga
lista de artefactos que simplificaron nuestra vida carcelaria o que, como el
submarino, alimentaron nuestros sueños de libertad, pero su descripción
excedería las intenciones de esta nota.
En esa lista deberían incluirse, entre
otros, a un calentador eléctrico, anteojos de cartón, bombas de humo, un farol
con bichitos de luz y hasta una rudimentaria pistola casera cuya descripción
podrán encontrar en las páginas del libro.
“La técnica, más aún la tecnología no son especies neutras, a-ideológicas. Sólo
pueden ser concebidas desde una cosmovisión determinada. En nuestro caso, los
valores supremos que movían a este proyecto eran los de la libertad y el aprecio
profundo por la vida.”