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Cotidiano | Diciembre 2003
 

Agradecemos afectuosamente a Carlos Usinger la redacción para Divulgón de esta nota En la misma vuelca su propia experiencia personal como preso político durante 2 años y medio de la dictadura militar argentina. Carlos es uno de autores  de Del otro lado de la mirilla, libro de reciente aparición donde un grupo de ex presos políticos relatan su vivencia dentro del penal de Coronda el que formó parte del sistema represivo con que el estado Argentino intentó destruir todo atisbo de rebeldía a su plan de entrega y sometimiento

Sobrevivir a la represión

Por Pepe Reja

Normalmente relacionamos la tecnología con aquellos productos sofisticados, que sólo pueden desarrollarse en laboratorios de extrema complejidad.

Algunos de ellos contribuyen a mejorar nuestra calidad de vida, como las comunicaciones y el equipamiento médico, otros sólo aportan al lujo y al confort de las clases pudientes y otros, desgraciadamente, como los productos bélicos, aportan a lo peor de nuestra condición humana.

Sin embargo la tecnología cubre un amplio rango de productos, desde los más rudimentarios hasta los más complejos, y está indisolublemente ligada a la vida del hombre y más precisamente a su instinto más primitivo: el de supervivencia.

Para no pecar de soberbios, en realidad, deberíamos recordar que algunos animales son capaces también de deslumbrarnos con sus creaciones tecnológicas, desde el dique construido por los laboriosos castores hasta el más criollo nido de un hornero o el doméstico pero siempre sorprendente tejido de una araña.

Si bien los argentinos nos hemos convertido en expertos en el difícil arte de sobrevivir, a fuerza de convertibilidades, desconvertibilidades, inseguridad callejera y otras yerbas, y cada uno de nosotros sería capaz de escribir su propio manual de supervivencia urbana, nos dedicaremos hoy a un libro , que puede tener varias interpretaciones, pero que básicamente nos narra la supervivencia de un grupo humano enfrentado a las condiciones más adversas.

Del otro lado de la mirilla cuenta la vida de los presos políticos que estuvimos alojados en la cárcel de Coronda durante la última dictadura militar.

Si bien el relato se centra en aquellas virtudes humanas, como la unidad, la solidaridad y la organización, que permitieron a estos hombres enfrentar y, de alguna manera, derrotar a una maquinaria represiva destinada a destruirlos síquica y moralmente, también juega un rol protagónico la creatividad, materializada en una serie de modestos “artefactos tecnológicos” construidos desde la escasez absoluta de recursos materiales pero que jugaron un papel clave en la resistencia intramuros.

 

El periscopio:

Con este nombre se conocía a un modesto espejito, el más simple pero sin duda el más útil de estos artefactos, que podía asomarse por uno de los agujeros de ventilación de las puertas de las celdas, y gracias al cual, se podía observar los movimientos de la guardia, para alertar a los compañeros cuando los “botones” entraban al pabellón: el eterno juego de los ratones y el gato.

En este caso la complicación estaba en transformar en espejo a un vidrio que no lo era. La receta era simple: Se buscaba un vidrio pequeño, se pulían sus bordes contra la junta de cemento de los mosaicos del piso y se ennegrecía una de sus caras con el humo producido por la combustión de un papel. Inmediatamente se bañaba esta cara con plástico derretido, generalmente proveniente de la tapa de un tubo de dentífrico, y antes que el material se solidificara, se aprovechaba su estado pastoso para hacer un pequeño agujerito donde más tarde se insertaría una pajita de escoba que serviría como sostén del engendro.

En pocos minutos el aparatito estaba listo para volcar la balanza hacia el lado de los ratones.

Los guardias sabían que este pequeño dispositivo era la clave de nuestra vigilancia, de manera que lo buscaban denodadamente en cada una de las sorpresivas requisas que hacían.

Pocas veces tuvieron éxito: gracias a su pequeño tamaño y a sus bordes redondeados el peri se podía esconder en la boca y tragarlo sin que dañase el aparato digestivo. Sus materiales no eran atacados por los jugos gástricos, de manera que podía recuperarse luego de una minuciosa y maloliente búsqueda, algunos días después, cuando el peri finalizaba su largo viaje intestinal.

El "barrido" con periscopio y el "teléfono" por el inodoro

 

Cálculo de distancias:

Cuántas veces, como alumnos secundarios nos preguntamos para qué diablos nuestros profesores nos torturaban con trigonometría y otros complicados temas de matemáticas.

Esta pregunta tiene muchas respuestas, pero si alguno de Uds. alguna vez (Dios no lo permita) fuera a dar con sus huesos a una cárcel, la matemáticas podría servirle para recuperar la libertad, o por lo menos para planificar un buen plan de escape.

Cuando los presos de Coronda planearon su fuga, se encontraron, entre otros innumerables inconvenientes, que no conocían exactamente las medidas de la cárcel:
¿Qué altura tenía el muro? ¿Qué distancia separaba a las garitas de vigilancia entre sí? Todas estas dudas fueron despejadas gracias a un semicírculo, que habíamos logrado esconder en épocas en que estas cosas estaban autorizadas, y un simple sistema de maderas que permitían medir el ángulo que se formaba entre dos puntos lejanos y el observador.

Conociendo alguna de las distancias de un imaginario triángulo rectángulo, podíamos calcular las otras gracias a un simple cálculo trigonométrico.

Radio a galena:

En los albores de la electrónica, cuando un receptor de radio era un elemento caro, que pocas familias podían permitirse comprar, y cuando las bondades del silicio todavía eran ignoradas por los físicos, algún ingenioso hobbista inventó una radio muy simple, que no necesitaba pilas y que aprovechaba las propiedades rectificantes del cristal de galena.

Pese a su simplicidad permitía escuchar las emisoras más potentes.

Varias décadas después, mientras la política de Martínez de Hoz le abría las puertas a la importación y los países del sudeste asiático nos inundaban con toda clase de aparatos electrónicos, hundiendo a una próspera industria nacional y condenando a la desocupación a miles de trabajadores argentinos, a los huéspedes de Coronda se les había prohibido todo medio de comunicación con el exterior: ni diarios, ni radios, ni televisores podían habitar sus austeras celdas.

Sin embargo, en los días previos al golpe militar, cuando ya se veía venir el endurecimiento del régimen carcelario, los compañeros decidieron esconder algunas pequeñas radios a transistores, con las que escuchaban los noticieros nocturnos, a escondidas de la guardia.

El problema era que, tarde o temprano, las pilas se agotarían y no había forma de sustituirlas.

Surgió entonces la idea de recurrir a las viejas artes de nuestros abuelos: despanzurrando una radio vieja se acopló el circuito sintonizador a un rectificador, con su condensador de filtro, y de allí a unos auriculares. Esto que puede ser un trabajo de 5 minutos en un taller mínimamente equipado, seguramente llevó muchas horas de trabajo a los compañeros que no disponían de alicates, ni de soldador, ni mucho menos de estaño.

Cuenta la leyenda que la radio a galena se enterró en un patio, para evitar que fuera encontrada por los guardias, pero fue descubierta poco tiempo después, por una prolija revisión que los guardias, pala en mano, hicieron de esta zona.

A pesar de que nunca llegó a cumplir su noble objetivo, la precaria radio se ganó un lugar destacado en la galería de los artefactos tecnológicos que ayudaron (o prometieron ayudar) a resistir a la aislación y el verdugueo.

El submarino:

Sin lugar a dudas, la “vedette” de las creaciones tecnológicas en Coronda, fue el submarino que se construyó para medir el ancho de los desagües, a través de los cuáles pensábamos huir rumbo a la libertad.

Confieso que nunca vi al ingenioso aparato, pero puedo imaginarlo a través de la detallada descripción que nos brinda el libro.

El cuerpo del submarino estaba constituido por dos talqueras de plástico, pegadas entre sí y su flotabilidad se regulaba (principio de Arquímedes mediante) añadiendo o quitando arena en su interior.

"En la parte delantera e inmediatamente atrás de la tapa roscada, llevaba adosado dos mecanismos que se denominaron aletas.

Dos horizontales y dos verticales y que consistían en dos maderitas de unos veinticinco centímetros de largo cada una, montadas sobre un pequeño eje que permitía que por la fuerza de un elástico se abrieran, como se despliegan en el espacio actualmente los paneles solares de los satélites. Estas maderitas, tanto las horizontales como las verticales se plegaban sobre el cuerpo del submarino. Este requisito era necesario ya que en la entrada de la cloaca por donde debía ingresar el submarino había instalada una reja. Los barrotes estaban separados unos diez centímetros unos de otros, cumpliendo el rol de seguridad y de contención de basura.

Para navegar en el interior el submarino debía ingresar con sus aletas plegadas, atravesaba la reja y luego adentro debían desplegarse las aletas. Para ello, tanto las aletas verticales como las horizontales se sujetaban con un hilo delgado que las mantenía unidas al casco y que atravesaban por agujeros muy delgados que se habían practicado en un recipiente de plástico de unos dos centímetros de diámetro, instalado en la parte de atrás del casco del submarino."

En ese tubo, se instalaba un trozo pequeño de espiral para los mosquitos, de una altura superior a la de los hilos que sujetaban las aletas horizontales y verticales. Antes de lanzarlo al agua, el espiral se encendía y al llegar a la altura de los hilos los quemaba. Al quedar liberadas las aletas de la sujeción del hilo, se desplegaban por la acción del elástico. De esta manera las aletas horizontales medirían el ancho de la cloaca y las verticales la altura de la misma. El ángulo de apertura de las aletas quedaba registrado.

"El submarino poseía además en su parte delantera, una brújula registro. Esta se construyó imantando una hoja construida con la mitad de una hoja de afeitar sometida a la electricidad. Se la montaba en el centro de una cajita redonda con tapa de plástico de pastillas de remedios. La hoja tenía una pequeña protuberancia en el centro lo que le permitía girar hacia un lado o el otro. Al hacerlo empujaba dos pequeños hilos muy delgados y extralivianos que habían sido previamente endurecidos con cola de pegar. Ello registraba las curvas que el submarino realizaría en su navegación por dentro de la cloaca, al girar la brújula hacia un lado y el otro.

En la tapa de popa, o sea de atrás, se fijaba un hilo de plástico de unos veinticinco metros de largo, que se iría largando para que el navío realice su trayectoria y luego se recupere nuevamente.

Luego de su construcción, solo restó esperar un día de mucha lluvia para ponerlo a navegar”

Así podría seguir describiendo una larga lista de artefactos que simplificaron nuestra vida carcelaria o que, como el submarino, alimentaron nuestros sueños de libertad, pero su descripción excedería las intenciones de esta nota.

En esa lista deberían incluirse, entre otros, a un calentador eléctrico, anteojos de cartón, bombas de humo, un farol con bichitos de luz y hasta una rudimentaria pistola casera cuya descripción podrán encontrar en las páginas del libro.

“La técnica, más aún la tecnología no son especies neutras, a-ideológicas. Sólo pueden ser concebidas desde una cosmovisión determinada. En nuestro caso, los valores supremos que movían a este proyecto eran los de la libertad y el aprecio profundo por la vida.”


En Rosario el libro puede adquirirse en:
  • Museo de la Memoria (ex- Estación Rosario Norte)
  • “Puerto Libro” Corrientes 857
  • “Rayuela” Corrientes 551

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