Seleccionado de
Revista Iberoamericana de Ciencia, Tecnología, Sociedad e Innovación
Número 3,
Mayo-Agosto de 2002
¿Cómo construir otro modelo
de desarrollo científico y tecnológico? ¿Cómo enfrentar el desafío de la
democratización económica? ¿Cómo generar condiciones tecnológicas para
satisfacer necesidades sociales? ¿Cómo promover el desarrollo económico a
partir de la explotación del mercado interno? ¿Cómo sacar provecho de nuestras
ventajas comparativas agregando valor a lo que podemos producir para el mercado
externo posibilitando un escenario de democratización económica?
El objetivo central de este
artículo es indicar por qué la dinámica convencional de explotación del
conocimiento científico y tecnológico liderada por los países centrales no
contempla los intereses de los países periféricos. Se trata de explicar por qué
la satisfacción de las necesidades sociales y de infraestructura, la agregación
de valor a nuestros productos primarios, la creación de puestos de trabajo bien
remunerados a un costo coherente con el nivel de ahorro interno y la sustentabilidad ambiental, entre otros, son requisitos que aquella dinámica
parece incapaz de satisfacer.
En la figura se muestran dos
curvas, evidentemente hipotéticas, de distribución del ingreso correspondientes
a Brasil (en rojo) y a Estados Unidos (en azul). La curva
norteamericana muestra una distribución casi gaussiana, con una renta media per
capita de 30 mil dólares. La de Brasil, en cambio, es muy asimétrica, indicando
la existencia de gente tan rica como los ricos norteamericanos y de mucha gente
muy pobre, donde el ingreso promedio de 4 mil dólares es una medida estadística
claramente poco representativa de la población.
La clase rica
norteamericana, con elevado poder de compra y ofuscada por los gadgets
tecnológicos convertidos en verdaderos iconos del consumismo, es quien indica a
las empresas los productos que "necesita" (primero el micro ordenador de 8 bits,
después el XT, el AT, el Pentium, el Pentium "no sé qué", etc). Cada año esos
ricos van al mercado queriendo intercambiar lo que adquirieron el año anterior y
allí se junta "el hambre con las ganas de comer"; el consumismo exacerbado con
la obsolescencia planificada; la realización personal por la vía del consumo con
la inducción de necesidades, resultado de un "marketing" basado en la
explotación de los beneficios que el conocimiento científico y tecnológico
ofrece a la sociedad.
Los productos resultantes de
esa dinámica, cada vez más eficientes (o, al menos, más sofisticados), no tardan
mucho en llegar al grueso de la población de los países desarrollados. En una
sociedad con renta relativamente bien distribuida y con la economía creciendo,
esos productos se difunden rápidamente (flechas azules en la figura). El
año en que es lanzada la televisión color, una parte muy pequeña de la población
puede comprarla; pero en diez años, "todo el mundo" tiene televisión color en
Estados Unidos.
Las empresas productoras de
esos bienes, con "alta tecnología" incorporada, tienen que "socavar" la frontera
del conocimiento científico-tecnológico para satisfacer la demanda de las clases
ricas de los países ricos. A su vez, el estímulo que reciben las empresas hace
que exploren dicha frontera de una forma muy particular. Aunque esto no sea
claramente percibido, es evidente que si la demanda con poder de compra que se
manifiesta en el mercado fuera otra, otra sería la orientación de la
investigación científica y tecnológica que realizan.
¿Por qué todo esto importa?
En primer lugar, porque esas
empresas son verdaderas potencias tecnológicas. Esto hace que la dinámica
científica y tecnológica que promueven sea mucho más que hegemónica: ella tiende
a ser considerada como natural y única. Para fijar ideas al respecto, es
interesante ejemplificar con algunas situaciones que permiten apreciar el
impulso adquirido por esta dinámica.
En el inicio de los años 90,
las 20 empresas más intensivas en investigación y desarrollo gastaban en estos
rubros más que dos de los países líderes en muchos campos científicos y
tecnológicos. Estas 20 empresas transnacionales gastaban más en investigación y
desarrollo que Francia e Inglaterra juntas, dos países que están entre los siete
que gastan en conjunto casi el 90% de lo que se invierte en investigación en el
planeta.
Una empresa - la
norteamericana Bell - ya tuvo en sus laboratorios 11 premios Nobel. Japón, en
comparación, tuvo también 11; 6 en literatura y paz y 5 en ciencias duras,
siendo 3 de éstos obtenidos por investigadores que vivían en los EUA.
Esas dos situaciones son
suficientes para mostrar el carácter pragmático y guiado por objetivos
económicos que crecientemente asume la dinámica convencional de explotación de
la frontera científica y tecnológica. También resaltan la precariedad de la
distinción que aún se utiliza entre investigación básica y aplicada,
cuestionando claramente la afirmación de los investigadores, que inmersos en esa
dinámica convencional, dicen que realizan investigaciones "básicas o puras" y
que la ciencia es "universal y neutra".
En verdad, ni la dimensión
temporal ni la espacial, normalmente usadas para diferenciar la investigación
básica de la aplicada tienen actualmente sentido. Definir la investigación
aplicada como aquella cuyo objetivo es producir conocimiento con perspectiva de
aplicación inmediata y la básica como la que genera un conocimiento de
aplicación lejana e incierta, no es coherente con la evidencia empírica que
muestra una dramática reducción del tiempo que media entre “invención” e
"innovación". Esa reducción, evidentemente, interesa a las empresas cuya
supervivencia y expansión dependen precisamente de la rapidez con que consiguen
acortar ese tiempo en sus laboratorios.
Y es justamente esa característica concurrente del capitalismo contemporáneo, unida al carácter cada
vez más tácito, difícilmente transferible y apropiable del conocimiento
tecnológico, lo que hace que también la dimensión espacial, que define como
aplicada la investigación que se realiza en la empresa y como básica a que se
hace en la universidad, pierda sentido.
Pero la descripción de la realidad que se hace en la figura también pone de
manifiesto que los productos,
cada vez más sofisticados (independientemente de su eficacia o necesidad) y que
traen incorporada la tecnología desarrollada más recientemente, no llegan a las
personas que están situadas en el nivel inferior de la distribución de ingresos.
Aunque se filtren rápidamente, llegando a las capas inferiores de la
estratificación del consumo de los países avanzados (flechas azules),
estos productos no consiguen vencer la barrera que representa la diferencia
entre 30 mil dólares de renta per cápita bien distribuida y 4 mil dólares mal
distribuidos (flecha roja). Esta descripción cuantitativa es
importante para entender la gravedad del impacto social y económico local de la
dinámica mundial de producción del conocimiento. El hecho de que no es más
posible o legítimo continuar esperando que esa dinámica mundial pueda atender a
necesidades tan distintas como las de la mayoría de la población brasileña es lo
que da origen al argumento que se desarrolla en este trabajo acerca de
la necesidad de construir una dinámica alternativa de
explotación del conocimiento científico y tecnológico.
No se trata de pretender
aprovechar el conocimiento generado con una dada finalidad, según una dada
dinámica y funcional, por lo tanto, para un dado tipo de sociedad, para
desarrollar tecnologías que satisfagan otras demandas socio-económicas y otros
intereses políticos. Por dudar de la viabilidad de una empresa como esa, lo que
se desea es generar una nueva dinámica de explotación de la frontera científica
y tecnológica que lleve a la construcción social de un conocimiento,
especialmente y desde el inicio, vuelto a las necesidades de nuestra sociedad y
a los intereses de los actores que la sustentan.

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Comparto la critica social
que subyace a este documento. El autor aprecia que la dinámica actual del
desarrollo científico y tecnológico, sus prioridades y orientaciones, no se
dirigen a la satisfacción de las necesidades humanas básicas de las mayorías;
al contrario, satisface cada vez más las exigencias de las capas enriquecidas
de los países más ricos. Esta apreciación no sólo es válida para la mayoría
pobre de Brasil, sino que es extensiva a la población mundial. No es de
extrañar que eso ocurra si consideramos la extrema concentración de la
capacidad científica y tecnológica mundial en un reducido grupo de países y un
centenar de corporaciones y su orientación preferente al mercado de los
consumidores solventes.
Sociedad, ciencia, tecnología e
innovación: a propósito de la contribución de Renato Dagnino. Jorge Núñez Jover
(Coordinador de la Cátedra CTS + I de la Universidad de La Habana).
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Como se sabe Brasil es un país con una comunidad científica relativamente amplia, de
cierta visibilidad internacional, que trabaja preferentemente en universidades
e institutos públicos de indudable capacidad investigativa. Como suele ocurrir
en América Latina, mucha de esa investigación se vincula a los estudios de
posgrado. Debido fundamentalmente a los obstáculos estructurales
(derivados del modelo socioeconómico) que Dagnino describe, existe un divorcio acentuado
entre la investigación y producción y las agendas de investigación no atienden
las necesidades de la mayoría de la población. Más bien la investigación que se
realiza sirve para legitimar a la comunidad de investigación ante si misma y
sus pares internacionales. La producción local de conocimiento, según Dagnino,
no se orienta a ofrecer a la mayoría de la población "bienes y
servicios más efectivos y baratos". Para ello haría falta una
"dinámica de exploración de la frontera científica y tecnológica" distintiva
a la hegemónica.
El diagnóstico sobre los obstáculos estructurales es convincente y en cierto
sentido resume lo que venía discutiéndose en los trabajos de los autores
pioneros del pensamiento Latinoamericano en Ciencia, Tecnología y Sociedad:
Oscar Varsavsky, Amílcar Herrera, Jorge Sábato, entre otros.
Sociedad, ciencia, tecnología e
innovación: a propósito de la contribución de Renato Dagnino. Jorge Núñez Jover
(Coordinador de la Cátedra CTS + I de la Universidad de La Habana).
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Lo primero, como
ya lo reclamara en la década del ´60 Oscar Varsavsky, la universidad debe
abandonar su orientación exógena. En una universidad que trata de emular lo que
se hace en los países desarrollados, que no tiene una agenda propia, no se
concibe que se pueda hacer otra cosa que no sea lo que está bien para el primer
mundo.
Dar el primer
paso y tomar conciencia de que lo importante en el primer mundo puede no
servirnos a nosotros no es poca cosa. Hay que dejar de creer ingenuamente en la
versión tecnológica de la teoría del derrame que promete el desarrollo de
tecnologías a cualquier costo con la esperanza de un derrame tecnológico para
todos cuando ese derrame nunca llega: hoy los sin techo siguen construyendo sus
casas como se hacía en la antigua Babilonia, o encaran sus cultivos con
tecnologías extremadamente ineficaces y poco intensivas.
Como en el
hemisferio norte la población no ha crecido y no se encuentran con grandes
problemas habitacionales no se ocupan de estas cuestiones, en cambio acá sí es
un grave problema y como reproducimos sin criticar las agendas científicas del
norte seguimos dándole la espalda a las necesidades de la población.
La Universidad es disfuncional a la sociedad y al país por Carlos Borches.
Entrevista a Renato Dagnino, especialista en política
científica.
Oficina de Prensa FCEyN-UBA (3/12/2002)
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Dagnino argumenta que Brasil, como país periférico, dependiente y subdesarrollado,
produce ciencia e investigación también periféricas, que no consiguen
encontrarse, dialogar con la sociedad. Su agenda de investigación es pautada
por lo que las grandes universidades del mundo consideran una “buena ciencia”,
que, a su vez, refleja cada vez más lo que las grandes empresas consideran
importante de ser estudiado.
En consecuencia, concluye el investigador, aquello que venimos produciendo en
términos de generación de conocimiento poco tiene a ver con el Brasil que
idealizamos. "Quiero decir que, de
cierta forma, somos un tanto esquizofrénicos: queremos una sociedad
igualitaria, pero continuamos haciendo un tipo de investigación que no se
encuentra, en el futuro, con esta sociedad que queremos".
El discurso y la práctica. Por Joao Mauricio Da Rosa (Jornal da Unicamp, Noviembre de
2001).
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Hay que tener cuidado con los términos que se usan.
Cuando uno incorpora términos como "problemas de punta" o
"desarrollos Hi-Tech" te están diciendo qué es importante y qué no lo
es, pero la ciencia y la tecnología no tiene un arriba y un abajo, no tiene
partes con punta y otras planas. Te doy un ejemplo: el 50% de la gente en
Brasil no tiene agua potable y si quieres darle respuesta a ese elemental
problema tienes que resolver cuestiones complejísimas como de dónde sacas agua,
cómo purificarla, qué se hará con las aguas servidas, etc; algo que puede ser
fácil si piensas en resolverlo para una pequeña población, pero que es muy
complejo cuando debes darle respuesta urgente a millones de habitantes.
La Universidad es disfuncional a la sociedad y al país por Carlos Borches.
Entrevista a Renato Dagnino, especialista en política
científica.
Oficina de Prensa FCEyN-UBA (3/12/2002)
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Renato Dagnino es Profesor Adjunto del Departamento de Política
Científica y Tecnológica, de la Universidad Estatal de Campinas, Brasil.
Para seguir leyendo...
Algunos clásicos:
- Ciencia, Política y Cientificismo, Oscar Varsavsky (Centro Editor de América Latina,
1969).
- Ciencia y Política en América Latina, Amílcar Herrera (Siglo XXI, 1971).
- La Producción de Tecnología, Jorge A. Sábato y Michael Mackenzie (Nueva Imagen, 1982).
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