Por Marcelo G. Stachiotti
Hasta hace muy pocos siglos, la electricidad era algo absolutamente
inconcebible. El ser humano no podía imaginarse que una cosa
que no era ni líquida, ni sólida, ni gaseosa, que no ocupaba
ningún lugar en el espacio y que no se podía ver ni tocar,
pudiera constituir, sin embargo, un elemento normal de la naturaleza.
Se dice que la primera observación sobre la electricidad la
realizó Tales de Mileto en el año 600 antes de Cristo. Observó
que unas briznas de hierba seca eran atraídas por un trozo de ámbar
que antes había frotado con su túnica. No sabemos si esto
era fruto de una experiencia o de la casualidad, pero es la primera referencia
que se tiene del conocimiento de la electricidad. Se dice también
que en Siria, las mujeres utilizaban la rara propiedad del ámbar
para quitar las hojas y briznas de paja que se enganchaban a la ropa. De
la palabra "elektron", ámbar amarillo en griego, procedió
el nombre de esta singular forma de energía.
Para explicar estos fenómenos surgieron ideas cargadas de
fantasía y que prácticamente colindaban con la magia. Los
romanos ensayaron los primeros métodos de electroterapia de la historia,
sumergiendo a los paralíticos en lagunas con abundancia de peces
eléctricos, a fin de que los inválidos recibieran sus descargas,
las que consideraban benéficas. Más tarde se comprobó
que otros materiales, como el vidrio, la resina, etc., tenían fuerza
de atracción semejante a la del ámbar. Pero tuvo que transcurrir
mucho tiempo para que se buscara una explicación racional de aquellos
fenómenos.
El estudio científico de la electricidad se inició
recién en el siglo XVII, cuando varios investigadores dieron importantes
pasos, que conducirían más tarde al dominio de aquella fuerza
desconocida. En todas partes los investigadores se dieron a la tarea
de frotar diversos "eléctricos" y observar atentamente lo que ocurría.
Un jesuita italiano, Niccola Cabeo, descubrió que los cuerpos cargados,
unas veces atraen y otras repelen. Otto von Guericke llegó más
lejos, y en 1660 construyó la primera máquina que haya generado
una carga eléctrica, la cual consistía, en esencia, en una
gran bola de azufre, a la que se imprimía un rápido movimiento de
rotación. Las manos, aplicadas contra la bola, producían
una carga mucho mayor que el frotamiento tradicional hecho hasta entonces.
Maquina electrostática de Otto von Guericke
El siglo XVIII fue un período de extraordinario progreso.
En 1707 el inglés Francis Hawkesbee construyó una máquina
eléctrica de fricción perfeccionada, utilizando un
globo de vidrio en lugar de una bola de azufre. Dos décadas
más tarde, en 1729, Stephen Gray descubrió en Inglaterra
la conducción, es decir, el flujo real de la electricidad y, henchido
de entusiasmo, empezó a transmitir cargas de un sector a otro de
su casa, sirviéndose de "cables" fabricados, entre otras cosas,
con trozos de caña. Posteriormente hizo un experimento con
un joven suspendido horizontalmente como si fuera ropa puesta a secar.
Entonces Gray colocó un tubo de vidrio de cuarzo cerca de los pies
del joven y un electroscopio de hoja cerca de su nariz, observando que
conforme el tubo era cargado frotándolo con un trapo, el electroscopio
se movía atraído por la nariz. Este experimento demostró
que el cuerpo humano era capaz de funcionar como un vehículo para
la transmisión de electricidad.
Ilustración hecha por Winkler, profesor de griego y latín
en Leipzig, sobre el experimento hecho por Stephen Gray .
Dos franceses, Cisternay Dufay, gran teniente de Luis XV y superintendente
de los jardines reales de Versalles, y el reverendo Jean-Antoine Nollet,
importante personaje de la corte y notable físico, tuvieron noticia
de los trabajos de Gray sobre la conducción, e iniciaron sus propios
experimentos. Primero, descubrieron que el cuerpo humano era un excelente
conductor de la electricidad: en la obscuridad de la noche, Dufay, suspendido
por cuerdas de seda aislantes, se hacía cargar con un aparato eléctrico;
cuando Nollet lo tocaba, salían de él grandes chispas, provocando
el regocijo de la corte, la cual, naturalmente, veía en la experiencia
sólo un motivo más de diversión. Sin embargo,
otro experimento, menos espectacular, llevado a cabo por uno de ellos,
estaba destinado a tener mayores consecuencias. Dufay descubrió
que todos los objetos cargados por medio del mismo tubo de vidrio se rechazaban
unos a otros y que, por el contrario, atraían a los cuerpos cargados
mediante una barrita de resina electrificada. En consecuencia, dedujo que
debían existir "dos tipos de electricidad", a las que, de acuerdo
a sus generadores, llamó la "vítrea" y la "resinosa". Así
fue como, pese a la falacia de la afirmación de que había
dos electricidades, fue descubierta la ley fundamental del fenómeno
eléctrico, la cual Charles Coulomb cuantificaría en
1785.
El año 1745, en la Universidad de Leyden, se ideó un
sistema para almacenar electricidad estática, la "botella de Leyden"
que más tarde sería el primer condensador. El instrumento se hizo
popular y se utilizó para hacer demostraciones de las maravillas
de la electricidad. En el año 1795 se publicó una historia
de la electricidad en tres volúmenes que decía que con la
botella de Leyden se iniciaba una nueva era de la electricidad y que era
improbable que se pudiese esperar algo más de este fenómeno.
Dos de las primeras botellas de Leyden en la colección del Museo Boerhaave.
Por otro lado, hacia la última parte del siglo XVIII un gran
número de personas empleó animales para estudiar las descargas
eléctricas y utilizó como fuentes máquinas generadoras
y botellas de Leiden. Una de estas personas fue Luigi Galvani (1737-1798),
profesor de anatomía en la Universidad de Bolonia, Italia. Sus discípulos
se dieron cuenta de que cuando se sacaban chispas de un generador y se
tocaban simultáneamente las patas de una rana con un bisturí,
éstas se contraían. Galvani estudió con más
detalle este curioso fenómeno. Sus experimentos tomaron otro cauce
cuando usó los efectos atmosféricos del relámpago
natural como fuente de electricidad. Galvani había oído de
los famosos experimentos que Benjamin Franklin había hecho con las
cometas, así como los de Thomas Dalibard, un botánico en
Paris que había recogido electricidad atmosférica con una
varilla de hierro de quince metros de largo. Así que puso un alambre
en el techo de la casa de su suegro en Bologna y lo llevó a su laboratorio,
y cuando el relámpago cayó sobre la ciudad cargando el aire
de electricidad, los músculos de las patas de rana respondieron
a la pequeña cantidad que les llegó a través del alambre
y se contrajeron. De hecho, el experimento funcionaba aún cuando
solamente pasara una nube oscura por encima de la casa y sólo su
buena suerte evitó que la casa de su suegro, las patas de rana y
el mismo Galvani se incineraran con un impacto directo del relámpago.
Galvani es muy recordado por el descubrimiento que hizo en 1786,
cuando salió de la casa a colgar con un gancho las patas de rana
de una cerca de hierro mientras hacía un experimento. El mismo lo
describió de la siguiente manera: "Así, una mañana
a principios de septiembre colocamos ranas que habían sido preparadas
de la manera usual, destruyendo la médula espinal con un gancho
de hierro y las colgamos de la parte de arriba de la cerca. Si el gancho
tocaba la cerca, sorpresa, frecuentemente había contracciones espontáneas
de las ranas. Si uno usaba un dedo para empujar el gancho contra la superficie
del hierro los músculos relajados eran excitados, tantas veces cuantas
fueran empujados."
Experimentos de Galvani (National Library of Medicine Collection)
Durante los siguientes cinco años Galvani hizo muchos experimentos
para producir contracciones en los músculos de las ranas, pero la
mayor parte fueron en su laboratorio, donde una placa de hierro sustituía
la cerca. Originalmente sus ganchos y la cerca habían sido de hierro
y las contracciones eran débiles, pero después descubrió
que los resultados podían ser más vehementes cuando el metal
del gancho era diferente del de la cerca. Galvani encontró que el
bronce y el hierro producían una reacción relativamente fuerte
en la rana y demostró que materiales no conductores de la electricidad,
como vidrio, piedra o madera, no podían usarse en vez del metal
de los ganchos ni de la cerca. De sus experiencias anteriores sabía
que esta contracción ocurría solamente cuando una carga eléctrica
pasaba por la pata, pero ¡no había conectado ningún
extremo a ninguna fuente de carga eléctrica! Así llegó
a la conclusión de que si se formaba un circuito cerrado entre dos
metales que pasara por la pata, se generaba una corriente eléctrica
que circulaba por el circuito. Sin embargo, Galvani no estaba en lo cierto,
ya que creyó que la fuente de la electricidad estaba en lo que llamó
"electricidad animal". Aparentemente Galvani suponía que el
cerebro era la fuente de la electricidad inherente al animal y que estaba
distribuída por el sistema nervioso. Sospechó que la electricidad
era transferida a las fibras musculares desde los extremos de los nervios
y que cada fibra muscular actuaba como una minúscula botella de
Leyden, descargándose a traves de los ganchos de metal cuando hacían
contacto con la cerca. Galvani se dedicó a hacer experimentos con
diferentes animales creyendo que había descubierto y confirmado
la veracidad de la electricidad animal. Galvani hizo su descubrimiento
el año 1786, pero continuó investigando y publicó
sus resultados el año 1791.
En el verano de 1816, Mary Wollstonecraft Godwin y su amante,
el poeta Percy Shelley ( con el que posteriormente se casaría )
visitaron al poeta Lord Byron en su residencia de Ginebra. Una fuerte
tormenta los forzó a realizar actividades dentro de la residencia,
donde pasaron horas enteras leyendo historias de fantasmas. Una noche,
Lord Byron retó a cada uno de sus amigos a escribir su propia historia.
De la mente de Mary nació Frankenstein. Mientras que la inspiración
de su historia provino de un sueño, las premisas de la
misma sobre la naturaleza de la vida fueron tomadas del galvanismo.
Mary, en sus charlas con Percy y Lord Byron, probablemente debe haber
argumentado: "¡volver un cuerpo a la vida! ... eso es lo que plantea
el galvanismo". Cuando Frankestein fue publicada la palabra galvanismo
implicaba la liberación, a través de la electricidad, de
las misteriosas fuerzas de la vida.