Todos tenemos alguna noción del significado de presión sin importar el contexto en el
cual se utilice la palabra. Por eso estamos acostumbrados a que nos hablen de
presión atmosférica, arterial, psicológica, deportiva, y por qué no,
política. En muchos casos los efectos que cada tipo de presión produce son
impredecibles, pero si los objetos en cuestión son lo suficientemente simples
–como átomos de un solo tipo-- sus comportamientos bajo presión pueden ser
comprendidos fácilmente.
Muchas veces se confunde presión con fuerza, y no son la misma cosa. Por
ejemplo, cuando estamos en la cama la fuerza que ejercemos sobre el colchón es
siempre la misma, nuestro propio peso, y no importa si dormimos boca arriba o de
costado. Pero la presión sí cambia, y por eso vemos que el colchón se hunde
más cuando estamos de costado que cuando estamos boca arriba. El área sobre la
cual distribuimos nuestro peso cambia y en un caso la fuerza está mucho más
concentrada que en el otro.


Si la presión es el peso dividido por el área, la presión sobre el colchón es mayor
cuando estamos de costado.
Si
mirásemos con una lupa de mucho aumento podríamos ver a nuestro colchón como un
conjunto de átomos entrelazados que al apretarlos se acercan y que al dejar de
presionarlos vuelven a su posición original. Ahora bien, podría ocurrir que si
presionásemos mucho los átomos elijan entrelazarse –a través de las fuerzas
eléctricas que existen entre las cargas positivas y negativas que los componen—
en nuevas posiciones de equilibrio formando una estructura mucho más rígida y
estable. Así es como se producen las estructuras sólidas cristalinas que
conocemos.

Si tenemos un conjunto de átomos de carbonos la manera más abundante en que se
encuentran formando un sólido cristalino es el grafito, que consiste de capas o
planos de carbono muy débilmente atraídos. Las líneas que trazamos en un papel
no son más que las débiles capas de carbono que abandonan el grafito de la
filosa punta del lápiz para adherirse al papel.

Si el grafito se apretase aun más, por ejemplo a presiones comparables a las que todo
el peso de la torre Eiffel ejercería sobre un plato de sopa, los carbonos se
entrelazarían en una estructura mucho más compacta y estable que es la del diamante.

A diferencia del grafito, el diamante es el material más duro del planeta y en vez
de dibujar, corta cualquier cosa que se le interponga en su camino. Aunque
parezca increíble esta nueva estructura, mucho más compacta, es transparente a
la luz y la particular forma de sus caras produce una gran variedad de
reflexiones que lo vuelven brillante. El ingrediente que falta, y quizás el más
importante, es que hay muy poco diamante en nuestro planeta y desde las
antiguas civilizaciones fue, y seguirá siendo, la piedra preciosa más
buscada.
¿Por qué hay tan poco diamante si el carbono abunda en nuestro planeta? Las muy altas presiones que
se necesitan son muy difíciles de lograr y por eso es más común encontrar
carbono en forma de grafito. Pero, entonces, ¿de donde vienen los diamantes? Los
griegos creían que eran astillas de estrellas que habían caído a la Tierra.
Otros decían que eran lágrimas de Dios. En realidad el único lugar en donde el
carbono tuvo las condiciones ideales de presión y temperatura para formar
diamante fue hace más de mil millones de años, a unos 150 kilómetros de
profundidad. Recién a estas profundidades el peso de las capas superiores de la
Tierra pudo ejercer la presión necesaria para generar diamante. Cuanto más
profundo más presión, igual que cuando nos internamos en el fondo de una
piscina.
Una vez formado, el diamante
fue transportado a la superficie de la tierra por la roca incandescente o magma
que fluyó a través de profundas fisuras, donde Sudáfrica resultó ser la gran
elegida. La mayor parte de todo el diamante que conocemos se encontró aquí y el
más grande es la Estrella de África que forma parte de las joyas de la Corona
de Inglaterra y pesa unos 530 quilates (un quilate es un quinto de gramo). La
Estrella de África fue tallada del diamante más grande que se haya encontrado
jamás en este planeta, una piedra preciosa que en bruto alcanzaba los 3.100
quilates.
Pero la historia no termina
aquí. Durante mucho tiempo los científicos se preguntaron si podría existir
algún otro mecanismo para producir diamantes. Desde la década del 50
gran parte
de los diamantes de uso industrial se produce en laboratorios de altas
presiones, aunque su costo sigue siendo elevadísimo. Los científicos más
osados, en cambio, propusieron que el interior de unas estrellas llamadas enanas
blancas podría ser el lugar propicio para que se formase diamante. Estas enanas
blancas están compuestas por el carbono que resultó de innumerables fusiones
nucleares. Cuando estas fusiones cesaron la presión de los gases cedió ante la
fuerza de la gravedad y se pensó, entonces, que el carbono resultante podría
encontrarse cristalizado en compactas estructuras como las del diamante.
Una de estas estrellas de
diamante se encontró en febrero de este año y mide unos 1500 kilómetros de
diámetro. Algunos dicen que se necesitaría una lupa de joyero del tamaño del Sol
para graduar este diamante. Aunque es prácticamente inalcanzable, se encuentra a
unos cincuenta años luz, sabemos que en el cielo hay un gran diamante que sus
descubridores, nostálgicos admiradores de Los Beatles, bautizaron como
Lucy.