A veces los
mitos científicos pueden ocasionar daños. Sin dudas, los más letales son
aquellos vinculados a la salud, aunque hay otros que parecen inocuos y no lo
son. Basta tomar como ejemplo lo que pasó en un conocido episodio de la
farándula argentina.
El miércoles 11 de febrero de 1998 la diva argentina Susana Giménez le arrojó un pesado cenicero de vidrio a su
pareja del momento, el polista Huberto Roviralta, dándole de lleno en la nariz.
La nariz sangrante de Roviralta es quizás el capítulo más preciado en la larga
telenovela de las separaciones conyugales de Susana. Hasta hoy aquel
cenicerazo es considerado como paradigma de la venganza del género femenino ante
el accionar de los vividores. Vamos aquí a contar la verdad de lo sucedido.
Huber
estaba recién llegado de un viaje por Europa, y allí una joven guía francesa le
contó que los cristales de las iglesias medievales eran más gruesos en su parte
inferior que en la parte superior debido a que el vidrio es un líquido que fluye
muy lentamente. Susana lo miró contrariada y le retrucó que en artículos
científicos recientes se demostraba que lo del vidrio que fluye era un mito.
Roviralta respondió que la joven francesa parecía muy segura de sus dichos. La
discusión subió de tono hasta que, al borde del paroxismo, Susana tomó el famoso
cenicero y mostrándoselo al Huber, le gritó “¿Vos me decís que esto fluye como
el agua? Tomá, mojate un poco”.
Aunque ni usted ni Roviralta lo crean, Susana Giménez tenía razón. El vidrio no es un líquido,
el vidrio no fluye y los vitrales de las viejas iglesias no han estado
derramándose durante sus siglos de existencia.
Sólidos, líquidos y vidrios
En la mayoría de los cuerpos sólidos -por ejemplo, en una barra de hierro o en un
diamante-
los átomos que lo componen se ubican formando patrones muy bien definidos, como
el de la figura, unidos rígidamente unos con otros. Se dice entonces que el
cuerpo tiene una estructura cristalina o que el sólido es cristalino. Cuando se
calienta el cuerpo sólido, sus átomos comienzan a agitarse y consecuentemente se
desplazan respecto a sus posiciones en la estructura cristalina. A una
temperatura muy precisa, la llamada temperatura de fusión, los desplazamientos
son tan grandes que el sólido se rompe, ahora los átomos son libres de moverse
a piacere, aunque constantemente estén formando y rompiendo uniones
débiles entre sí. Cuando esto ocurre, el sólido se transforma en un líquido.
Ahora, ¿qué pasa cuando enfriamos un líquido? Aunque los líquidos puedan desparramarse y
acomodarse al recipiente que los contiene, existe cierta resistencia
(viscosidad) a su fluir. Cuando un líquido se enfría la viscosidad aumenta y
estorba el proceso de cristalización, es decir, los átomos se mueven más
lentamente y tardan más tiempo en alcanzar sus posiciones de equilibrio en la
estructura cristalina. La mayoría de las veces cuando la temperatura llega a la
de solidificación (igual a la de fusión) el líquido cristaliza, se transforma en un sólido cristalino. Pero puede ocurrir
que el líquido se sobreenfríe, es decir, que permanezca como tal por debajo de
la temperatura a la cual debería haber solidificado.
El líquido sobreenfriado es muy sensible a cualquier perturbación y tiende a
cristalizar con mucha facilidad. Por ejemplo, suele ocurrir que
una botella de algún espumante, que vemos en estado líquido dentro del freezer, al
tocarla se congele de inmediato. Si la viscosidad aumenta suficientemente a
medida que se sigue sobreenfriando el líquido, puede ocurrir que éste nunca
cristalice. La alta viscosidad convierte al líquido en una gelatina cada vez más
espesa hasta que, eventualmente,
se transforma en un sólido amorfo por debajo de cierta temperatura. Este
sólido amorfo
es lo que llamamos estado vítreo o simplemente vidrio. Es un sólido tan rígido
como cualquier otro, sus átomos están fijos, sin fluir, pero no se ubican
formando un patrón definido, sino que parecen estar distribuidos al azar, sin
ninguna periodicidad. En un líquido las moléculas también están desordenadas,
pero no se unen rígidamente entre sí y por lo tanto pueden moverse.
En principio
cualquier líquido puede transformarse en vidrio si es enfriado lo
suficientemente rápido; sin embargo, unos son más fáciles de vitrificar que
otros. El más común es el vidrio de las ventanas y de las botellas, formado
principalmente por arena, cal y ceniza. Pero existen otros materiales vítreos
como las tazas de café hechas de poliestireno o los caramelos hechos de azúcar.
Algo de razón en el mito
Pero algo de
verdad tiene el mito del vidrio que fluye. Un sólido cristalino es estable de
por vida, por sí solo no cambiará jamás su estructura; en cambio, un vidrio no
lo es ya que tiende al estado cristalino. En cierto sentido fluye, pero no en
una escala humana de tiempo. Si se espera el tiempo suficiente los
vidrios de las iglesias terminarán derramados en el piso o se transformarán en
un opaco sólido cristalino. ¿Pero cuándo veremos las iglesias desprovistas de
vidrios? ¿O la vajilla de la abuela convertida en una masa uniforme?
Recientemente se calculó el tiempo que tardaría en aumentar en un cinco por
ciento el ancho de la base de un panel de vidrio. La respuesta: al menos 10
millones de años. Comparados con ese tiempo los escasos
siglos de vida de los vidrios más antiguos son instantes en los que nada pudo
pasar.
El espesor de los vidrios de las viejas iglesias
Que el vidrio sea un sólido amorfo no explica entonces las variaciones observadas en el
espesor de los vidrios medievales. Es muy probable que estas variaciones se
deban a las imperfecciones propias del proceso de fabricación de los paneles de
vidrio.

El proceso de fabricación era el siguiente: se soplaba una masa de vidrio
fundido, de unos cuatro kilos, hasta darle forma de un enorme botellón, con una
amplia base achatada. Luego, con una punta de hierro se tomaba el botellón
por la base y se removía la caña de soplar, dejando un agujero. El botellón era
luego girado rápidamente en un horno. Las vueltas y el calor hacían que la boca
del botellón, donde antes estaba la caña de soplar, se agrandase hasta el punto
que todo el vidrio fundido se transformaba en un disco de más de un metro de
diámetro y con un espesor uniforme, excepto en los bordes, donde era más
delgado. Si bien existían estas variaciones de espesor, eran menos graves que
otros defectos, como ampollas, vesículas o rayones. Luego que el disco se
enfriaba eran cortados los paneles rectangulares de vidrio. Por supuesto, el
sentido común indicaba que la parte más ancha, y por ende la más pesada, debía
estar hacia abajo, hecho que posibilitó el nacimiento del mito.