A muy temprana
edad el lituano Lauven Vogelio supo que lo suyo eran las carreras. Aún no pisaba
los seis cuando las corridas hacia el gallinero del fondo de su casa lo tenían
como claro ganador, seguido muy atrás por su mamá que, con chancleta en mano,
parecía no llegar nunca a la meta, afortunadamente. Quizás en algún atardecer
de cervezas y rodajas de pan negro de centeno frotadas con ajo, Lauven se haya
confesado frente a su mamá: las primeras corridas fueron genuinas, había más que
nada ganas de escapar a la cola coloreada a chancletazos, pero después le tomó
el gustito a correr, correr porque sí, y de allí que se mandaba cualquier macana
sabiendo que al final había una carrera para probarse. Pero muy pronto su mamá
dejó de ser una buena vara con la cual medir sus habilidades atléticas. El paso
siguiente hubiese sido tener a su papá de competidor, pero aquello ya no era tan
simple: su padre no olvidaba tan fácil como
su madre y en algún momento, y más
vale antes de la cena, Lauven tenia que volver a la casa, no se podía estar
toda la vida corriendo a lo Forrest Gump.
A los siete
Lauven comenzó a probarse fuera de casa, por primera vez tuvo sus cien metros
llanos; la señal de largada la daba su dedo índice, que tocaba timbre en una
casa del barrio tomada al azar, un azar que siempre favorecía a las viejas del
barrio, y allí se largaba el ring-raje. Eran cuatro los que salían desbandados
tras el timbrazo, pero Lauven era siempre el primero en doblar la esquina y
sentirse a salvo. Luego supo administrar su habilidad de corredor en menesteres
más beneficiosos, atrás suyo se supo ver correr al verdulero, al quiosquero,
pero, por supuesto, era Lauven siempre el vencedor.
Llegando a la
juventud el sueño de Lauven fue ser el más veloz de los seres humanos, pero sus
genes del Báltico lo traicionaban. Le resultó demoledor leer en el Divulgón
lituano el artículo ¿Los genes africanos son más veloces? (del cual
reproducimos algunos párrafos a continuación) y sospechar que ser el más rápido
del mundo se nace y no se hace, que quizás las décimas de segundo necesarias
para la gloria residen en los genes.
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¿Los genes africanos son más veloces?
Los atletas kenianos dominan las pruebas de resistencia, mientras que los de
África Occidental son excelentes velocistas. Actualmente los kenianos ostentan
casi todos los records mundiales en carreras largas, desde los tres kilómetros
hasta la maratón. ¿Qué es lo que determina esa concentración geográfica de
grandes atletas? Abundan las teorías: ¿Será la altitud que da lugar a grandes
pulmones y un uso más eficiente del oxígeno? ¿Será la dieta a base de maíz? ¿O
será que tienen un régimen de entrenamiento muy intenso? Estudios comparados de
atletas kenianos y europeos dan por tierra todas estas teorías.
Una clave importante del éxito es la habilidad de los kenianos para resistir la
fatiga durante más tiempo. De hecho, el lactato, generado por los músculos
cansados, carentes de oxígeno, se acumula más lentamente en la sangre de los
kenianos. Consumiendo el mismo volumen de oxígeno, los africanos corren un 10%
más que sus pares europeos.
¿Por qué no se cansan tanto? Así como los autos de fórmula uno tienen un diseño
aerodinámico que les permite reducir la resistencia del aire y ganar velocidad,
la forma del cuerpo de los atletas kenianos explica el uso eficiente que hacen
del oxigeno. Tienen piernas muy delgadas y largas, y magras pantorrillas, que
pesan casi medio kilo menos que las de los atletas europeos, y por consiguiente
consumen menos energía en el movimiento de las piernas. Pero no es sólo una
cuestión de piernas flacas, los kenianos también tienen altas concentraciones en
sus músculos óseos de una enzima que estimula la degradación del lactato
–símbolo de la fatiga- y brinda mayor capacidad para la oxidación de grasas, y
la consiguiente generación de energía. Muchos sospechan que son los genes
quienes otorgan estas ventajas atléticas a los kenianos.
Mientras los de África Oriental dominan las pruebas de resistencia, los de
África Occidental se distinguen como velocistas. No se sabe muy bien el porqué,
pero hay muy claras evidencias de que al go los diferencia del resto de los
mortales: hoy en día, los mejores 200 tiempos en los cien metros llanos están en
manos de atletas de ascendencia afro-occidental.
La diferencia entre atletas africanos de uno y de otro lado del continente se ve
a simple vista: mientras los kenianos son delgados y de contextura pequeña, con
un peso de entre 50 y 60 kilos, los occidentales son más altos y unos 30 kilos
más pesados. Sin embargo, la diferencia esencial está en los tipos de fibras
musculares que predominan en cada uno. Los músculos óseos se dividen en dos
grupos de acuerdo a la velocidad con la que pueden contraerse y decontraerse:
del tipo I son los músculos lentos, formados por fibras largas, y del tipo II
son los músculos rápidos, constituidos por fibras más cortas. Los que corren
largas distancias tienden a tener más músculos del tipo I, caracterizados por
funcionar a base del oxígeno (metabolismo aeróbico) que se respira. Por otro
lado, los velocistas tienen más fibras del tipo II, las cuales almacenan
azúcares y enzimas capaces de entregar enormes cantidades de energía de manera
instantánea y en ausencia de oxígeno (metabolismo anaeróbico), energía necesaria
para salir disparados como accionados por un resorte tras la señal de largada.
Es difícil que el entrenamiento sea capaz de intercambiar la identidad de fibras
lentas y rápidas. Cuando un atleta se entrena intensamente, aumenta su masa
muscular pero no son creadas nuevas fibras, sino que las existentes se agrandan.
Las capacidades físicas y musculares de los atletas africanos tienen
indudablemente una fuerte componente genética. Aunque nadie sepa con certeza si
existe el gen del atleta, muchos científicos lo están buscando.
(Artículo reproducido con permiso del Lietuvos Divulgonas de Lituania)
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Lauven Vogelio no se dio por vencido, y buscó hasta encontrar al entrenador
correcto, aquel que lo acompañase en la concreción de su sueño. Pero dejemos que
el Negro Fontanarrosa nos siga contando…
El récord de Lauven Vogelio
por Roberto Fontanarrosa
(Del libro "Nada del otro mundo" 1987)
La meseta de Colquechaca es una altiplanicie situada en Bolivia, no muy
lejos de Poroma, casi en la cordillera central. Su altitud es de 3900 metros
sobre el nivel del mar y allí el aire es tan puro que aspirarlo es como inhalar
un puñado de vidrio molido o hielo seco. La visibilidad es perfecta y parece
probarlo el hecho de que un cóndor puede distinguir su presa desde más allá de
los 1700 metros y diferenciar perfectamente si se trata de un cúi (especie de
conejillo de Indias) o un Land Rover.
El acceso a la meseta es difícil y peligroso. El transporte ideal para
alcanzarla es el noble yack, pero la inexistencia de tal mamífero tibetano en el
cono sur de América hace que deba recurrirse al burro.
Fue así, a lomo de burro, que pude llegar a dicha planicie. El empecinamiento
que me hizo arrostrar los peligros de verme precipitado en algún barranco, la
molestia del soroche (el apunamiento) o el riesgo cierto de ser atacado por un
guanaco, no era vano.
Yo sería el único periodista testigo de uno de los mayores acontecimientos
deportivos del siglo: la ruptura violenta del récord de los nueve segundos en
los cien metros llanos.
Tras cuatro días de marcha entre pulidas rocas, delgados caminos de cornisa y
pequeños aludes producidos por los cascos de mi cabalgadura, llegué al
campamento de Lauven Vogelio, el profesor Bruges, y un equipo de quince
ayudantes entre los que se contaban algunos coyas que hacían las veces de
traductores, guías y cronometristas.
El campamento constaba de dos barracones muy amplios con dormitorios, vestuarios,
cafetería, enfermería y cocina, todo plegable, y había sido transportado, al
igual que el personal, en un helicóptero Super Frelon desde Maiquetía
(Venezuela). Ellos no habían recurrido al burro, pese a que habían transportado
una docena de ellos en el mismo helicóptero. Luego, al conocer al profesor
Bruges, comencé a comprender los porqués de tanta organización, de tanto
fanatismo en el cuidado de los más mínimos detalles.
Recién al día siguiente de mi arribo pude tomar un café con el profesor e
iniciar la primera etapa de mi reportaje.
-¿Qué lo ha llevado, profesor –le pregunté- a elegir esta meseta sudamericana,
para la prueba más rigurosa de su pupilo?
Bruges me observó largamente desde atrás de sus anteojuelos sin marco. Es un
hombre muy delgado y su cuerpo demuestra el físico emparentado desde siempre con
el deporte. Cercano a los 74 años, sus brazos y piernas son tensos y fibrosos y
revelan al hombre que, durante quince años, ha practicado intensamente, a nivel
de altísima competencia, el aeromodelismo.
-La resistencia del aire –me contestó, al fin.- En estas alturas, el aire padece
de una notoria disminución de densidad y el cuerpo de un individuo lanzado a
toda marcha lo pliega, lo aplasta y lo hiende con la facilidad con que esta
cuchara separa este trozo de manteca.
Bruges unió el ejemplo a su palabra y recibí sobre el rostro dos tibios
salpicones de manteca. El profesor hizo caso omiso al detalle.
-Cuando uno está luchando, no ya contra los segundos, no ya contra las milésimas
de segundo, no ya contra las centésimas de milésima de segundo, sino contra la
millonésima de centésimas de segundo, cualquier posibilidad de bajar la más
despreciable unidad de tiempo no debe ser desdeñada.
-¿Justificaría eso, según sus palabras, este traslado masivo, casi un operativo
militar, a esta región perdida del globo? –le pregunté.- Pocas veces he visto
tanto desprecio reflejado en los ojos de un ser humano.
-Esto no es sólo una prueba deportiva, señor –murmuró, cuando pudo controlarse.-
Esto es un experimento de resistencia física, que pone al hombre en los umbrales
de nuevas conquistas maravillosas. Los resultados que pueden devenir de esta
prueba pueden adelantar el estudio de las formidables posibilidades del hombre
en su evolución corporal y mental en uno o dos siglos, constituyendo un hito
comparable al del descubrimiento de la disgregación de la materia, el café
instantáneo o el reloj cu-cú.
Yo, que vi la muerte multitudinaria por hambruna en Etiopía, que presencié desde
cerca el asesinato de Anwar Sadar, en El Cairo, que conocí a la primera novia de
un primo mío, que asistí (de niño) al momento en que mi abuelo retorcía el
pescuezo de una gallina y luego soporté el instante en que mi abuela hacía lo
propio con mi abuelo, nunca vi nada que me impresionase tanto como la figura de
Lauven Vogelio. Eso fue recién al tercer día de permanecer en el campamento.
Hasta ese día Vogelio había estado siendo sometido a una completa transfusión de
sangre, que le reoxigenó los glóbulos rojos, le brindó a los blancos una
ferocidad de hienas y lo devolvió a la pista con la iracundia de un misil.
Ahora pienso que yo, tal vez sin saberlo, ya había visto antes al atleta. Al
segundo día de estar en Colquechaca, pasando frente a la carpa inflable que
hacía las veces de quirófano, vi colgando de una soga, junto a la ropa interior
del personal, una suerte de envase vacío y fláccido, que semeja un balón
desinflado secándose al sol. No puedo jurarlo, pues lo vi desde muy lejos y algo
distraído, pero bien podía haber sido aquello el mismísimo Lauven Vogelio
aguardando ser llenado de sangre flamante, como tantas veces.
Lo cierto es que, al tercer día, sin tener mayores cosas para hacer entre
aquella gente ceñuda y hosca como los ayudantes del profesor, o silenciosa y
ausente como los coyas encargados de programar las computadoras, decidí estirar
las piernas en un paseo destinado, más que nada, a estudiar la sedentaria
conducta de los guanacos. Confieso que aquellos animales habían despertado mi
curiosidad con sus miradas profundas y diáfanas, su permanente rumiar y sus
escupitajos agraviantes. Máxime tras enterarme, a través de Pebas Bjorksele (uno
de los coyas) que no se trataba de rumiantes sino que masticaban permanentemente
coca. Las hojas del estimulante eran provistas a los animales por los mismos
nativos, quienes de esa manera, los mantenían calmos y aletargados, a la vez que
infatigables para el trote, la trepada de riscos y el transporte de bultos.
A poco de andar divisé a Vogelio estirando los músculos, solo en la llanura.
Estuve contemplándolo sin que él reparase en mi presencia. Era un joven delgado
y alto, tal vez cercano a los dos metros, con proporciones físicas comparables a
las de un galgo por lo estilizadas y magras.
En todos sus movimientos dejaba la sensación de una incalculable potencialidad
de velocidad latente. Estaba parado y parecía que andaba. Caminaba y era creíble
la idea de que podía levantar vuelo en cualquier momento. De pronto, Lauven me
vio y se acercó de inmediato. Desde lejos pude advertir el brillo de su sonrisa.
Pero, ya cerca, cuando estiraba su mano para estrechar la mía, no pude evitar un
respingo de estupor y rechazo. El cráneo de Vogelio estaba completamente
rasurado y la piel, allí, ofrecía la tersura de la porcelana. Ese detalle no
hubiese conmovido a nadie, de no mediar la visión de su nariz afilada y de sus
orejas inexistentes. La nariz era bastante más larga que cualquier nariz
prolongada y, la piel sobre el tabique nasal, estirada y tensa por más de una
operación de cirugía estética, terminaba en una punta aguda como la original
nariz de Pinocho. Las orejas brillaban por su ausencia y sólo se advertían los
orificios auditivos, pulidos y exentos de rebarba. La barbilla, huidiza y casi
inapreciable no parecía tener modificación artificial alguna. Las cejas no
existían, depiladas por completo, como las pestañas. En verdad, no podía
detectarse huella capilar en esa suerte de globo blanquecino, aguzado hacia la
nariz, como un ariete.
-Comprendo su confusión –me dijo Lauven, sonriente y sin soltar mi diestra.- Me
ocurre muy a menudo. Usted debe ser el periodista argentino.
Asentí con la cabeza y nos sentamos sobre unas rocas.
-Ocurre que el profesor –me explicó Lauven- se ha inspirado en el diseño del
Concorde. Usted verá –dijo, pasándose un dedo por la cara- que se ha procurado
evitar toda saliente o protuberancia que pueda ofrecer resistencia al aire. Las
orejas, por ejemplo, me quitaban casi una décima de segundo.
-Comprendo. Comprendo –atiné a decir. Disimuladamente pude pasar mi vista por el
resto del cuerpo de Vogelio, debilitada en parte la cruel atracción que
ejerciera en mí su rostro. Vi, entonces, dos enormes cicatrices que nacían desde
los empeines de ambos pies, trepando hasta las rodillas. Las señalé sin hablar,
como un niño curioso.
-Ah…-exclamó Lauven-…me reemplazaron los huesos de las piernas por huesos sin
médula. Huecos. El profesor lo descubrió estudiando los cuadros de las
bicicletas de carrera. El hueso hueco es mucho más liviano y no pierde
resistencia si se el suministra calcio en buena cantidad. Además, en la misma
operación –Lauven articuló su pie derecho- el doctor Vlaandéren me modificó en
un punto el ángulo de apoyo de la pisada. En Austria filmamos mi última prueba,
entregamos todos los datos a la computadora y ésta dictaminó que yo pisaba mal.
Vlaandéren me operó y mejoré una décima de segundo.
Lauven hablaba visiblemente satisfecho, ante mi gesto de cierta repulsa.
-Nada escapa al cálculo del profesor –agregó.- También introdujo otra variante,
luego de que yo marqué 9’8” en Sarajevo. Me hizo sacar las dos costillas
inferiores, las denominadas “falsas” –dijo, señalando sus flancos donde podía
apreciarse un pálido hilo de carne suturada- una de cada lado. No servían para
nada. Y era peso suplementario.
-¿No…no es demasiado? –me atreví a preguntar.
-Por supuesto. Puedo bajar ese tiempo. Los 9’ 8” de Sarajevo son una marca
mentirosa. Garuaba, además y, aunque usted no lo crea, la garúa ejerce una
resistencia mensurable. Como la neblina. No correré nunca más con neblina.
-¿Piensa usted –pregunté- que todo esto, estos experimentos, estas mutilaciones
que se han hecho sobre su cuerpo, tienen algún sentido, dejan alguna enseñanza
para alguien?
Lauven observó la lejanía.
-No son mutilaciones –afirmó- son adaptaciones lógicas para conseguir un diseño
más apropiado. Es algo natural en cualquier disciplina y en cualquier trabajo.
Yo no hubiese aceptado que se me cortasen las orejas de haber sido traductor.
Pero soy velocista, no las necesito. El disparo de largada se efectúa desde tan
cerca que puedo oírlo perfectamente. La historia tiene innumerables pruebas de
esto. Las amazonas se extirpaban un pecho para poder disparar mejor sus flechas.
En la segunda guerra, cuando las mujeres debieron suplantar a sus maridos en las
fábricas, se cortaron el cabello, impusieron un estilo de corte varonil y nadie
se rasgó las vestiduras por eso.
Vogelio hablaba como recitando, pero no había enojo en su voz. Se lo advertía
acostumbrado a dar ese tipo de explicaciones.
-¿Qué pretende demostrar usted –requerí- con este, digamos, despiadado régimen
de eficiencia, de concentración, de entrenamiento?
Vogelio tardó en responder. El viento, al resbalar sobre sus arcos superciliares,
al deslizarse por sus fosas nasales, gemía como una quena. Llegué a pensar que
tenía unidos, directamente, los conductos nasales y auditivos.
-No hay ninguna motivación diferente a la de cualquier atleta: el sentido de la
superación –me dijo- simplemente. El lógico y humano deseo de superación. De
fijarse una marca y quebrarla. Además, algunas organizaciones están pendientes
de mis pruebas y recogen importante información y datos de ellas.
-¿Cómo cuales?
-No conozco todas –confesó, y parecía sincero.- No es mi rubro. Pero sé que hay
una importante firma de calzado deportivo detrás de esto, una marca de
hamburguesas y una corporación que fabrica refugios antiatómicos.
-¿Refugios antiatómicos?
-Sí. Una firma alemana. La velocidad en carrera de un ser humano puede ser la
diferencia entre la vida y la muerte. Ganar dos segundos en un sprint hasta un
refugio tal vez salve la vida a más de uno. No con respecto a los misiles
pequeños, los antipersonales. Con ésos, si uno corre es peor. Como sucede con
los perros.
Nos quedamos en silencio. El, observando el reverbero del sol sobre la planicie.
Yo, observándolo a él.
-Usted dijo en un momento –continuó Vogelio- “entrenamiento despiadado”. No creo
que sea tan así. Vea usted mis muslos –los señaló.- No han sido tocados. Acá no
hay huesos huecos ni flexores laminados de acero. Están naturales, como cuando
yo vine al mundo. Porque el profesor no desea convertirme en una máquina. Eso me
invalidaría como un ejemplo viviente para el resto de los atletas o para los
niños que aman el atletismo. Yo no puedo apartarme de la especie humana.
Asentí vagamente. Me conmovía su candidez y su cordialidad. Se puso de pie y
caminó unos pasos. Parecía hacerlo en cámara lenta, como un mimo, pero asimismo,
me recordó a un Mirage saliendo de su hangar.
-Debo dejarlo ahora. El doctor tiene que inyectarme unas hormonas –dijo.- Por un
par de días no nos veremos. Supongo que podremos vernos el día previo a la
prueba. A veces las hormonas –explicó- no me caen muy bien.
Parecía que le costaba alejarse.
-No le extrañe que hablo tanto –sonrió- pero hace años que vivo siempre rodeado
de la misma gente. Por eso, cuando encuentro a alguien ajeno al grupo, procuro
aprovecharlo. Y más si se trata de alguien de un país, por así decirlo, y usted
no se ofenda, tan exótico como el suyo. ¿Cómo andan esos carnavales?
-Bien. Bien –acerté a decir, confuso.

-¡Qué hermoso lugar!–exclamó, volviendo a mirar la meseta, tal vez contagiado de
mi confusión.- Lo que puede la erosión. ¿Sabe qué elementos han provocado esta
erosión?
-El viento –arriesgué.
-El viento y los instrumentos de viento. Los nativos de acá, desde siglos, tocan
instrumentos de viento. Eso con el tiempo, influye. Ningún abuso es gratuito,
amigo –me dijo, a manera de despedida. Agitó una mano y se alejó hacia el
campamento.
En efecto, no volví a ver a Vogelio hasta dos días después, uno antes de la
prueba final. La proximidad del momento clave había enrarecido el aire en el
campamento y el nerviosismo se podía palpar incluso en los coyas, ya que se
miraban entre ellos y hasta pestañeaban.
Cuando llegué al barracón del profesor tuve mi primera sorpresa. Vi, paseando
junto a los helicópteros, una espigada mujer, de paso decidido y largos cabellos.
Me impactó no haberme percatado antes de la presencia de una dama en el
campamento, ya que no había visto hasta el momento ninguna representante del
sexo femenino, máxime considerando que parecía tratarse de una mujer cercana al
metro noventa de estatura.
Media hora después, cuando concurrí a la reunión previa a la prueba de
entrenamiento, mi sorpresa se multiplicó por mil. La mujer en cuestión no era
otro que Vogelio. Mordisqueando las cutículas de sus uñas nerviosamente, el
atleta ofrecía una imagen física y social muy diferente a la que había mostrado
en nuestro primer encuentro. Adusto, huraño, no pronunció palabra durante toda
la reunión, persistiendo en alisarse una melena casi rojiza que le cubría los
hombros. A todas luces no era peluca. Sobre el final, al despedirse, rumbo al
vestuario, su voz lucía aflautada y con desniveles. Mostraba, también, un
caminar levemente feminoide.
El profesor Bruges advirtió mi rostro de perplejidad.
-Las hormonas suelen sentarle mal –dijo, a título de explicación.- Ya lo ve, se
pone bastante esquivo y de mal talante. Pero luego se le pasa. Puede influir el
hecho de que no hayamos conseguido, esta vez, hormonas de guepardo macho.
-¿Guepardo? –me asombré.
-Conocerá usted el guepardo…-comenzó Bruges.
-Por supuesto que lo conozco. Son los seres vivientes más veloces sobre la
Tierra.
-Bueno, ¡imagínese lo que es alcanzarlo para sacarle las hormonas! Le estamos
haciendo un tratamiento a Vogelio a base de hormonas de ese felino. No intensivo,
porque le ha causado algunos desarreglos de comportamiento, como incentivo de un
cierto instinto depredador que lleva a mi muchacho a destrozar flores, comer
papeles o perseguir sabandijas. Pero lo suficiente como para que desarrollo una
suerte de contracción muscular previa al despegue mucho más efectiva y
contundente.
No me permitieron presenciar la prueba de ensayo. El compromiso conmigo admitía
sólo mi presencia en la prueba final, a efectuarse al día siguiente.
Pero al anochecer, de regreso el equipo al campamento, proveniente de la meseta,
había caras de enojo y gestos de contrariedad y desaliento.
-Estamos un segundo por sobre la marca buscada –alcanzó a deslizarme, tipo
información de máximo secreto, el doctor Vlaandéren cuando pasó a mi lado.
Observé a Bruges y lo vi pálido y desencajado. Detecté, incluso, un destello de
locura en sus ojos. Vogelio, más atrás, más inexpresivo, parecía lagrimear.
Al día siguiente, todo pareció conjugarse para el éxito. El aire tenía la pureza
de un cristal y ni una brisa alteraba la calma de la mañana. Se había elegido
como hora de largada el exacto punto del mediodía, con la finalidad de que la
sombra de Vogelio se redujese al máximo procurando que no llegase a
desconcentrarlo.
Ya sobre las nueve de la mañana, los camiones cargando los equipos de filmación,
las cámaras de televisión y las computadoras partieron hacia la meseta.
El compartimento de Vogelio se mantuvo herméticamente cerrado y él no se dejó
ver en ningún momento. El profesor, en cambio, anduvo desde muy temprano de un
lado a otro, controlando todo y con huellas evidentes de no haber dormido bien.
Por último, pasó a mi lado y, en un gesto inusual de cariño, me pegó un par de
palmadas en el brazo. Detrás de él llegó el doctor y me invitó a acompañarlos en
el jeep hasta la pista.
Media hora después estábamos apostados al lado de ésta, en medio de una maraña
de cables, instrumentos de medición y auxiliares que iban y venían. Parecía
increíble que, en aquella región inmovilizada por el tiempo, prácticamente
inerte, pudiese desplegarse de pronto, tamaña actividad. Sobre las once de la
mañana llegó Vogelio y la visión de su nuevo diseño me paralizó la sangre.
Le habían sido amputados ambos brazos. Apenas llegado comenzó a corretear,
calentando los músculos.
-¿Parece una bala, no es así? –la voz del profesor, a mi lado, me sobresaltó.
-Realmente –dije.
-Con esto, ganará algo más del segundo que nos hace falta –me explicó, confiado.
Luego, sin esperar mi aprobación, se marchó a conversar con Vogelio. La
concentración mental del atleta duró hasta cinco minutos antes de la largada. En
tanto nos diseminábamos por nuestros puestos de observación, Vogelio realizaba
los últimos movimientos elongatorios.
Cuando las cámaras comenzaron a filmar, el profesor trotó hasta el asiento que
compartíamos con el doctor y se sentó. Allí sí, lo noté contraído y tenso.
Vogelio, lentamente, se acercó a la línea de largada. Nosotros estábamos como a
unos cien metros, para evitar dispersar su atención, y sólo se encontraba cerca
de él el largador, pistola en mano. A pesar de la distancia, pude apreciar que,
antes de flexionarse, Vogelio miraba hacia nuestro banco y sonreía. Parecía
haber recuperado el espíritu afable que yo le conocía.
Luego, siempre lentamente y ya por completo imbuido de su responsabilidad ante
la historia del atletismo mundial, se agachó buscando la posición de partida.
La nariz aguzada al frente, sin los brazos, las piernas formidables curvadas y
aguardando dispararse como una saeta, la figura de Vogelio era un emblema de la
potencia.
Sonó el disparo y el muchacho pareció catapultado hacia adelante por un reactor
espacial. Vi como un manchón esfumado por la velocidad, un frenético pistonear
de las piernas, luego, algo que pareció desprenderse, un estallido y finalmente,
Vogelio, convertido en una bola de fuego, se pulverizó en el aire.