En una charla pronunciada en la Universidad Central de Venezuela en Junio de 1968,
el Dr. Oscar Varsavsky vuelve sobre sus pasos,
retoma viejos conceptos y propone nuevos desafíos a la luz de la historia.
Son palabras que tienen el valor de haber sido pronunciadas a partir de una historia de vida y de su
posterior análisis, profundamente crítico. Para situarnos ante estos hechos, la
historia nos remite a 1955 cuando se encamina la denominada Renovación de la
Facultad de Ciencias de la Universidad de Buenos Aires hasta que la policía
entró a repartir palos a estudiantes y profesores en Julio de 1966, inaugurando
lo que se daría en llamar "la noche de los bastones largos".
Las palabras de Varsavsky resumen con crudeza los problemas encarnados en nuestro sistema de ciencia y
tecnología, en nuestras universidades y en sus propios actores, en tanto
profesores o estudiantes, y tienen la extraña virtud de llegar a nuestros días
sin perder vigencia, muy por el contrario, sus palabras siguen describiendo con
total precisión lo que aún vivimos y padecemos.
Finalmente, sólo nos resta advertir que en este artículo se superponen tres tiempos históricos: la
experiencia desarrollada en la Facultad de Ciencias de la UBA desde el ’55 al
’66; el análisis crítico a la luz de lo realizado en otro tiempo (1968) y lugar
(Venezuela); y nuestro propio tiempo sobre el cual impactan desafiantes estas
palabras.
Ahora si, por mucho mal que nos pese, sostiene Varsavsky...
Sobre la necesaria renovación académica
(...) Empeñados en realizar
una renovación académica han llegado a la conclusión que, aun sin discutir a
fondo cual es el papel de una Facultad de Ciencias en un país subdesarrollado,
hay una cosa segura: para desempeñar bien su papel debe formar profesionales y
científicos serios, responsables, capaces de utilizar todos los instrumentos que
la ciencia y la técnica ponen a su disposición y de crear los que necesiten y
aún no existan. Rechazar en cambio el concepto de Facultad que se limita a
otorgar títulos académicos como recompensa a los alumnos que han tenido la
habilidad o la paciencia de aprobar sus exámenes
Esto les ha señalado
claramente uno de los enemigos naturales de la renovación: el profesor
anticuado, incapaz o desinteresado, que por desgracia abunda en nuestras
universidades, y que no cumple ni remotamente con su misión formadora, porque no
sabe o porque no le importa.
Sobre fósiles y cientificistas
En toda acción es muy cómodo
identificar al enemigo: la táctica, las victorias, las derrotas, todo se hace
más claro y fácil. Yo estoy de acuerdo en que esos profesores “fósiles” son un
enemigo que hay que vencer, y ojalá tengan pleno éxito en esa tarea. Pero quiero
hablarles de otro enemigo no tan fácilmente identificable, puesto que en
ocasiones como ésta aparece incluso como un aliado, pero que luego resulta más
peligroso que el otro, más eficiente en la tarea de impedir a la Universidad
realizar su verdadera misión.
(Tomando como referencia a la renovación que se hizo en la Facultad de Ciencias de Buenos Aires, en el
período 1955-1966) Pensando siempre en el primer enemigo, quisimos pues asegurarnos de que sólo
“buenos científicos” iban a ganar los concursos. Si se tomaba en cuenta como
antecedente la antigüedad en la docencia o los títulos académicos habituales en
el país, se nos volvían a meter los fósiles. El criterio debía ser la actividad
científica, pero ¿cómo se mide? La unidad de medida propuesta fue la de más
prestigio en el hemisferio Norte: el “paper”, el artículo publicado en una
revista extranjera, porque las nacionales no daban suficiente garantía de
calidad.
Todos aceptamos ese
criterio. Poco a poco, sin embargo, algunos empezamos a darnos cuenta de ciertas
tristes realidades de la vida científica. Encontramos que en algunos campos,
como Biología, donde el nivel internacional es muy desparejo, hay revistas
extranjeras dispuestas a publicar prácticamente cualquier cosa. Una mala
descripción de un alga de la Patagonia o cualquier otra trivialidad podía
hacerse publicar en alguna revista internacional, con tal de tener algún
conocido en el cuerpo editor.
En otro tipo de ciencias,
como la Física, descubrimos gente que habiendo aprendido en el exterior una
técnica todavía no muy difundida en el mundo, se hacía comprar el aparato
correspondiente al volver al país y se ponía a aplicar esa técnica a muchas
sustancias diferentes. Hay miles de moléculas que se pueden analizar por
resonancia paramagnética, por ejemplo: cada una de ellas puede producir un paper,
cuyo valor puede ir desde infinito a cero, o incluso ser negativo. La persona
que había tenido la habilidad de dedicarse a eso aparecía entonces con
antecedentes mucho mejores que otras de gran capacidad pero que sólo escribían
un paper cuando tenían algo decentemente original que decir.
Lo ridículo del caso es que
allá igual que aquí, nosotros conocíamos perfectamente a todos los que se
presentaban a concurso, porque habían sido colegas, compañeros, o alumnos
nuestros, y podíamos decir de antemano sin equivocarnos cuáles de ellos iban a
ser útiles, quiénes iban a formar escuela, quiénes iban a enseñar con interés,
como verdaderos maestros, quiénes se iban a preocupar por los problemas del
país, sin descuidar por ello el rigor científico. Y sabíamos por otra parte
quiénes estaban simplemente haciendo su carrera profesional en la ciencia y
ponían todos sus esfuerzos en cumplir con ese requisito formal del paper,
eludiendo toda otra actividad, incluso la enseñanza.
Sobre los papers
Hacer un paper no es tan
difícil. Yo diría que cualquier graduado de esta Facultad puede publicar en una
revista extranjera sin mucho más esfuerzo científico que el que hizo para
graduarse, siempre que haya conseguido un “padrino” extranjero que le haya dado
un tema que tenga algo que ver con las corrientes de moda. Eso se consigue yendo
becado al exterior, y es muy fácil equivocarse al asignar becas.
Sobre la "carrera científica"
(...) La ciencia, por su
gran prestigio, se ha convertido en una profesión codiciada y en ella hay que
hacer carrera de cierta manera, ya estandarizada por normas internacionales. El
éxito consiste en publicar papers, asistir a congresos y simposios, recibir
visitas de profesores extranjeros, ser invitado a otras universidades como
profesor visitante. Esta carrera requiere una técnica y un cierto umbral de
capacidad y preparación. Pero la inteligencia no es un elemento decisivo, salvo
en el caso de genios, y este caso lo dejamos de lado porque sobre genios no hay
ninguna regla general que valga. Para el investigador común, el elemento
decisivo para adquirir “status” en la carrera científica es un tipo de habilidad
muy similar al “public relations”. Tal como en la competencia comercial, a menos
que lo que se venda sea muy, muy malo o muy, muy bueno, es más importante saber
vender que preocuparse por la calidad del producto. Esto puede parecer
exagerado, y cuando yo publiqué mi primer paper, hace 25 años, me hubiera
parecido una herejía, pero la experiencia me ha hecho cambiar de opinión.
Por supuesto, no todos los que tienen éxito en esta
carrera científica son simples buscadores de prestigio, si no, la ciencia
estaría estancada y no lo está. Pero tampoco progresa tan maravillosamente como
se dice: tengan en cuenta que desde Aristóteles hasta Einstein hubo menos
científicos en total que los que hoy viven y publican papers, y sin embargo en
los últimos cuarenta años ninguna ciencia, salvo la Biología, produjo ideas,
teorías o descubrimientos geniales corno los que asociamos a los nombres de
Darwin, Einstein, Schrodinger, Cantor, Marx, Weber e incluso Freud. Los grandes
adelantos han sido técnicos, inpublicables en revistas de “ciencia pura”:
computadores, bomba atómica, satélites, propaganda comercial.
No está claro que el actual
diluvio de papers ayude mucho al progreso de la ciencia, y por lo tanto no es
válido en general el argumento de los que se niegan a “perder tiempo” enseñando
porque dicen que sus investigaciones son más importantes. Eso puede ser cierto
en un caso cada mil, no más.
Sobre el cientificismo
El cientificismo es la actitud
del que, por progresar en esta carrera científica, olvida sus deberes sociales
hacía su país y hacia los que saben menos que él.
Pero este peligro no lo
vimos al principio, y seguimos preocupados exclusivamente con el otro, el de los
fósiles, incapaces siquiera de ser cientificistas. Así, otra medida de seguridad
que tomamos fue la de incluir científicos extranjeros en los jurados. Todavía no
me explico cómo pudimos cometer semejante error.
Los científicos extranjeros
son capaces -si están bien elegidos- de juzgar entre un paper "moderno" y uno
anticuado, y siempre votaron en contra de los fósiles. Pero cuando se
trataba de elegir entre dos candidatos científicamente aceptables, usaban sus
propias normas, válidas en sus propios países, y optaban por el que había
publicado un poco más, o se ocupaba de un tema más de moda, sin tomar en cuenta
dos cuestiones esenciales: que en Sudamérica es tanto o más importante formar
las nuevas generaciones de científicos que hacer investigación ya, y que la
investigación que se haga debe servir al país a corto o mediano plazo. Esos
criterios ideológicos, estos juicios de valor, no eran compartidos por los
jurados extranjeros, y muchas veces nos obligaron a nombrar profesor a un
cientificista dejando de lado a jóvenes también capaces de investigar, pero más
conscientes de sus deberes sociales.
El resultado práctico de
nuestros esfuerzos fue que "triunfamos", digámoslo entre comillas (muchas
personas siguen creyendo lo mismo; yo no). En la mayoría de los casos, los
fósiles fueron derrotados y en muy poco tiempo la Facultad de Ciencias de Buenos
Aires fue considerada un ejemplo de ciencia moderna en Sudamérica; se multiplicó
el número de papers producidos, nuestros alumnos hacían siempre un brillante
papel en las universidades extranjeras a donde iban becados y cuando llegaba un
profesor visitante siempre nos encontraba al día en todos los temas de moda.
Lo que conseguimos fue
estimular el cientificismo, lanzar a los jóvenes a esa olimpíada que es la
ciencia según los criterios del Hemisferio Norte, donde hay que estar
compitiendo constantemente contra los demás científicos, que más que colegas son
rivales. Y como esa competencia continua no es el estado ideal para poder pensar
con tranquilidad, con profundidad, no es extraño que ninguno de los muchos
papers publicados por nuestros investigadores desde 1955 haya hecho adelantar
notablemente ninguna rama de la ciencia. Si no se hubieran escrito, la
diferencia no se notaría.
A cambio de ese ínfimo aporte
a la ciencia universal, encontramos que estos cientificistas no atendían a los
alumnos, o peor, implantaban un criterio aristocrático en la Facultad: elegían
algunos buenos alumnos porque los necesitaban como asistentes para su trabajo, y
se dedicaban exclusivamente a ellos. Los demás eran considerados de casta
inferior y debían arreglarse como pudieran.
(...) En realidad, uno de los
motivos que hace tan atrayente el cientificismo es que es muy fácil: no hay que
pensar en cuestiones realmente difíciles por sus muchas implicaciones. A uno lo
envían recién graduado a una universidad extranjera y allí su jefe le dice qué
artículos tiene que leer, qué aparatos tiene que manejar, qué técnicas tiene que
usar y qué resultados tiene que tratar de obtener. Si trabaja con perseverancia,
consultando cuando se le presenta alguna dificultad, se graduará sin duda de
"científico", y volverá a su país a tratar de seguir haciendo lo mismo que
aprendió o algo muy relacionado con eso.
Sobre la alienación, el seguidismo y la imitación de nuestros jóvenes científicos... y de los no tan
jóvenes
Poco a poco la Facultad se fue
transformando en una sucursal de las universidades del Hemisferio Norte. En
nuestros laboratorios trabajaba gente joven, muy capaz, becada al Hemisferio
Norte apenas graduados, que habían recibido allí un tema de trabajo, y ahora de
regreso en el país seguían con ese tema porque era lo único que sabían bien y lo
único que les permitía seguir publicando; eran muy jóvenes, no tenían una
experiencia amplia y no querían desperdiciar esa capacidad tan específica que
habían adquirido. Se mantenían en contacto mucho más estrecho con las
universidades del exterior que con las nuestras: todos sus canales de
información estaban conectados hacía afuera. Y desgraciadamente dimos el ejemplo
a las demás universidades e institutos científicos del país y llegamos a
extremos escandalosos: una escuela de Física y un instituto de investigaciones
sociológicas ubicados en los Andes patagónicos, una hermosa zona de turismo
aislada del resto del país, pero adonde los profesores extranjeros iban
encantados durante sus vacaciones de verano porque podían combinar ciencia con
esquí.
Lo que obtuvimos, pues, fue
una alienación, un extrañamiento de todos esos jóvenes que habíamos preparado
con tanto cuidado, luchando durante años para conseguirles fondos, para crear el
Consejo de Investigaciones Científicas y Técnicas que dio y da becas, subsidios,
complementos de sueldo con un criterio aún más cientificista que el nuestro.
Toda esa gente, aun quedándose en el país, cortaba sus lazos con él y se
vinculaba cada vez más al extranjero. Algunos terminaban yéndose al Hemisferio
Norte definitivamente, pero ese no era el problema más grave. Más problema eran
los que se quedaban pero se ocupaban sólo de temas que interesaban a los Estados
Unidos o a Europa. Cuestiones de ciencia aplicada que interesaran al país no se
investigaban. Problemas de ciencia pura que pudieran tener alguna ramificación
beneficiosa para el país, no se veían. Que pudieran ser un aporte significativo
para la ciencia universal, no aparecieron.
En cambio teníamos una
especie de colonización científica; todos nuestros criterios, nuestras medidas
de prestigio, los valores e ideales de nuestros muchachos más inteligentes,
estaban dados por patrones exteriores, aceptados sin análisis, por puro
seguidismo e imitación.
Sobre inesperados apoyos
Sin embargo, había algunos
síntomas significativos. Empezamos a obtener apoyos inesperados e indeseados. Al
comienzo, en el año 55, éramos todos considerados comunistas por la embajada
norteamericana, pero esa actitud fue cambiando y nos encontramos recibiendo
apoyo de las fundaciones -Ford, Rockefeller, Carnegie, todas- la National
Academy of Science, el National Institute for Health; hasta recibimos un
subsidio de la Fuerza Aérea norteamericana para hacer un estudio meteorológico.
A algunos de nosotros esto nos obligó a pensar qué era lo que estaba sucediendo,
por qué tanto interés, tanta amistad con nosotros de golpe. Y llegamos a la
conclusión de que estábamos haciendo un buen negocio para ellos: que nuestra
producción científica era tan parecida a la de ellos que les convenía apoyarnos.
Cuando nuestros
radioquímicos completaron una serie de tablas con propiedades de los
radioisótopos, no hicieron una obra científica original -no formularon ninguna
idea nueva- pero hicieron un trabajo de rutina delicada, muy útil para la
ciencia del Norte y recibieron por ello muchas palmadas de agradecimiento. Como
ese hay otros muchos ejemplos, pero tal vez el máximo beneficio que el
Hemisferio Norte saca de este apoyo al cientificismo es que nos hace depender
culturalmente de ellos. Si los universitarios, la gente de la cual salen los
cuadros dirigentes del país, se acostumbran a aceptar el liderazgo científico, y
por lo tanto tecnológico del Norte, les será mucho más difícil rebelarse contra
la dependencia económica y política. De ahí el interés de muchas entidades del
Norte en apoyar nuestros esfuerzos en pro de la modernización de la enseñanza, y
en contra de los profesores fósiles y los métodos anticuados.
Sobre la educación y la independencia cultural
(...) Si un país es algo
diferente de los demás es porque tiene una cultura propia, es decir hábitos de
vivir, de pensar, de trabajar, tradiciones y valores propios. Esa cultura se
forma en gran parte a través de la educación, y por eso la educación es lo
último que puede entregarse a otro país, cualquiera que sea. Si en nuestra vida
cotidiana, en nuestra ciencia y nuestro arte imitamos a los EEUU, es inútil que
tengamos un ejército propio y elecciones presidenciales: seremos igual una
colonia, y con menos probabilidades de liberarnos que hace 150 años, porque
estaremos satisfechos con nuestra manera de vivir. El colonialismo cultural es
como un lavado de cerebro: más limpio y más eficaz que la violencia física.
Si un país sudamericano
quiere ser realmente libre, y no un estado libre asociado, tiene que tener su
propia política educativa, dirigida mal o bien por sus ciudadanos. Si son
inteligentes tendrán grandes éxitos y serán admirados por el resto del mundo; si
no, serán al menos lo que ellos han querido ser.
En resumen, la independencia
cultural debe ser nuestro objetivo permanente, en todos los campos de la
cultura, desde las series de TV hasta la ciencia pura.
Independencia cultural
significa dos cosas: obligación de crear, y derecho a elegir. De lo que se hace
en el Norte vamos a elegir lo que nos parezca conveniente; vamos a tomarnos esa
gran responsabilidad. Y vamos a tratar de crear lo que falta.
Sobre la verdad, la universalidad y la importancia en la ciencia
Se nos dice que la ciencia debe interesarnos, porque la ciencia está formada por verdades, y lo que es
verdad en Nueva York también es verdad en Caracas. Esto hay que aclararlo.
Lo que ocurre es que la
verdad no es la única dimensión que cuenta: hay verdades que son triviales, hay
verdades que son tontas, hay verdades que no interesan a nadie. “Una frase
significa algo sí y sólo sí puede ser declarada verdadera o falsa”, afirma una
escuela filosófica muy en boga entre los científicos norteamericanos. Yo no creo
eso: hay otra dimensión del significado que no puede ignorarse la importancia.
Es cierto que un teorema demostrado en cualquier parte del mundo es válido en
todas las demás, pero a lo mejor a nadie le importa. Eso me ha pasado a mí con
muchos teoremas que yo he demostrado. Son verdaderos pero creo que el tiempo que
gasté en demostrarlos lo pude haber aprovechado mejor. No significan nada.
Para eso hay una respuesta
habitual: “no se sabe nunca; tal vez dentro de diez años ese teorema va a ser la
piedra fundamental de una teoría más importante que la relatividad o la
evolución”. Bueno, sí, como posibilidad lógica no se puede descartar, pero ¿cuál
es su probabilidad? Porque si es muy cercana a cero no vale la pena molestarse.
Además, seamos realistas: si un teorema que yo descubro hoy y que nadie lee ni
le importa, dentro de diez años resulta importante, es seguro que el científico
que lo necesite para su teoría lo va a redescubrir por su cuenta, y recién mucho
después algún historiador de la ciencia dirá "ya diez años antes un señor allá
en Sudamérica había demostrado ese mismo teorema". No tiene mucha importancia
eso para la ciencia universal. Ese valor potencial que tiene cualquier
descubrimiento científico es el que tendría un ladrillo arrojado en cualquier
lugar del país, si a alguno se le ocurriera construir allí una casa, por
casualidad. Es posible, pero no se puede organizar una sociedad, ni la ciencia
de un país con ese tipo de criterio. Hay que planificar las cosas. No todas las
investigaciones tienen la misma prioridad; ellas no pueden elegirse al azar ni
por criterios ajenos.
Sobre la originalidad en ciencia
Elegir en vez de aceptar no es
fácil. Crear, mucho menos. La Ciencia parece a primera vista un cuerpo tan
completo y perfecto que uno se descorazona fácilmente ante la tarea de innovar.
Sin embargo, todos están de acuerdo en que dentro de un siglo la ciencia habrá
descubierto campos, teorías y métodos totalmente nuevos. Eso significa que la
ciencia de hoy no está cubriendo todos los campos posibles. Hay un horizonte
inmenso de nuevas posibilidades.
(...) El deseo de crear, de
ser originales, tropieza con dificultades cada vez mayores a medida que se trata
de una ciencia más básica.
Pero la originalidad no puede
ser el único criterio. Eso corresponde a la ideología de que la ciencia es un
juego y que el científico puede elegir el tema que le divierta más, porque su
recompensa es el placer que experimenta al dedicarse a ese juego. Esa ideología
se lava las manos de los problemas sociales y por eso debemos rechazarla.
Intentemos por lo menos una
respuesta tentativa a este problema de hacer ciencia autónoma pero con un
contenido social.
Yo creo que lo que tiene que
hacer un país subdesarrollado es integrar la actividad científica alrededor de
algunos grandes problemas del país. Y la Facultad de Ciencias tiene que orientar
su enseñanza para que eso sea posible. Afirmo que con ese método de trabajo se
conseguirá que la Universidad contribuya mejor al desarrollo del país y que no
se haga seguidismo científico.
Sobre la "ciencia del Norte"
Les recuerdo además una
característica propia de la ciencia del norte, y es que allí es muy raro el
trabajo en equipo, justamente porque la filosofía de la vida en Estados Unidos
requiere una alta competitividad individual. Cada científico tiene que firmar él
su paper, porque si no ha publicado tantos por año pierde su contrato en la
Universidad a favor de otro que publicó más. Hay una resistencia muy grande a
hacer un trabajo en el que haya cierta dosis de, digamos, generosidad colectiva
con respecto a las ideas y a los papers. Es muy difícil plantear allá un trabajo
grande, cuyos resultados pueden tardar 3, 4 ó más años en aparecer, y cuando
aparezcan estarán firmados por muchas personas. Eso no sirve para hacer carrera
científica en Estados Unidos, y no se hace salvo cuando no hay más remedio:
cuando hay guerra, en las industrias de defensa, en la industria espacial. Allí
sí; cuando hay que hacer la bomba atómica se reúnen todos los cráneos necesarios
y se hace. Pero no es lo usual; ellos no están preparados ideológicamente para
trabajar en equipo. Yo no sé si nosotros lo estamos, pero es un camino
promisorio y deberíamos probarlo.
Sobre el tema científico que mayor importancia debiera tener
Es el estudio de la estrategia de desarrollo que más
conviene al país. Partiendo de la situación actual objetiva, y de ciertas metas
generales como eliminar la pobreza, la dependencia económica y cultural, etc.,
se debe investigar cómo efectuar ese cambio, pero analizando todos sus aspectos:
con qué recursos naturales y humanos se cuenta, qué fuerzas internas o externas
se oponen al cambio, qué instituciones se necesitan, qué fábricas son
indispensables, cómo pueden continuar funcionando si hay un bloqueo comercial,
etc., etc. Este es un problema que parece pertenecer a las ciencias sociales,
pero si se plantea en todo su real tamaño requiere la colaboración esencial de
las ciencias básicas, desde la discusión de los recursos naturales y los
procesos tecnológicos de producción hasta los métodos matemáticos y estadísticos
de analizar la enorme cantidad de factores que intervienen en el proceso
simultáneamente.
E insisto en que aunque estos grandes proyectos parecen ser ciencia aplicada, en la realidad darán origen a
muchos problemas de ciencia pura, y de manera funcional: no problemas teóricos
cualesquiera, sino sugeridos por la necesidad de contestar a las preguntas
planteadas en el proyecto y que la ciencia actual no alcanza a responder.
La famosa ciencia universal
puede ganar mucho más de unas pocas ideas frescas, motivadas por problemas
reales nuestros, que de nuestra incorporación pasiva a la gran competencia
atlético-científica del Hemisferio Norte.
Nota:
DIVULGÓN se ha tomado el atrevimiento de rescatar aquellos conceptos que a su juicio conforman el
pensamiento fundamental de Oscar Varsavsky y los ha puesto en el formato que
considera más accesible para el lector. No obstante, DIVULGÓN recomienda
fervientemente la lectura del
texto completo de esta charla.
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Si bien las palabras
de Varsavsky siguen muy vigentes, no podemos dejar de reconocer que
hoy existen nuevos actores y otros compromisos en nuestro sistema de Ciencia y
Tecnología. Actualmente, desde el sistema de Ciencia y Técnica se propone una
visión "productivista" en donde la ciencia y la tecnología son tomadas sólo
como creadoras de riquezas, como partes fundamentales de los procesos de
producción, respondiendo a un pensamiento un tanto ingenuo y lineal, y en
algún sentido, mágico (ciencia básica → aplicada
→ desarrollo tecnológico →
producción industrial).
No caben dudas que para lograr una corriente autosostenida de desarrollo tecnológico es imprescindible una fuerte
interacción entre el Estado, el sistema productivo y el sistema
científico-técnico, aunque la realidad es mucho más compleja que el conocido
“triángulo de Sabato” (ver Ciencia y Tecnología en los países del sur, por
Tomás Buch en Divulgón 2). No es raro escuchar en el discurso actual de
científicos y tecnólogos hablar con ligereza de "empresas", "empresarios" e
"impacto social de proyectos". Así vemos como, sin la seriedad que
corresponde, se intentan construir incubadoras de empresas, polos
tecnológicos y agencias de promoción científica.
Estos nuevos horizontes
propuestos terminan formando parte del discurso justificatorio de proyectos de
investigación y de pedidos de subsidios, en donde se retuercen las palabras
para que aparezca el impacto social del proyecto, en una competencia económica
o financiera, más que científica, tecnológica, o académica. Por todo esto, es
importante tener en cuenta que en nuestro país todavía no hubo una reforma
estructural del sistema de ciencia y tecnología, como tampoco existe un
genuino corrimiento masivo de posiciones ideológicas de los investigadores y
tecnólogos que lo conforman en pos de construir una mejor calidad de vida para
la sociedad de la cual se nutren. Hoy, más que nunca, se nota la falta de
intelectuales que posibiliten un análisis riguroso de estas nuevas alianzas,
de estos nuevos horizontes, de esta “cosmética” del discurso, como lo hizo el
Dr. Oscar Varsavsky a su tiempo y desde su tiempo.
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