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El juego de las ideas
La habilidad humana de entender la naturaleza se evidencia en las innumerables
ideas científicas que han nacido en respuesta a las preguntas
más básicas que se planteó el hombre desde siempre:
¿de qué están hechas las cosas? ¿cómo
surgieron el mundo y los cielos? ¿qué es el tiempo? ¿de
dónde salimos los hombres? ¿cómo es que pensamos?
¿Usted se anima a pensar qué ideas de la ciencia considera
las más importantes de toda la historia? A continuación,
como ayuda, le describimos brevemente algunas de ellas.
El atomismo
Demócrito de Abdera, un filósofo griego que vivió
en el siglo cuarto a.C., consideraba que lo único real que existía
en el universo eran los átomos y el vacío entre ellos.
Sus átomos eran partículas muy pequeñas, indivisibles
e inmutables, siempre en constante movimiento. Tenían diferentes
formas y tamaños, lo que permitía explicar la gran diversidad
de la naturaleza, reduciéndola a las propiedades de esos simples
corpúsculos fundamentales.
Durante dos mil años el atomismo fue eclipsado por las ideas
de Aristóteles, quien sostenía que la materia era continua,
infinitamente divisible. En el siglo XVII Robert Boyle rescató
a la teoría del olvido. Postuló que existían una
gran cantidad de átomos diferentes, cada uno de ellos asociado
a una sustancia elemental particular y dio origen así a la química.
En el siglo XIX la teoría cinética de los gases logró
explicar perfectamente las relaciones empíricas existentes entre
la temperatura, la presión y el volumen de un gas, usando como
hipótesis la existencia de átomos que chocan entre sí.
La idea atómica había sido probada concluyentemente, aunque
por algunos años sus detractores siguieron dando pelea.
¿Pero cómo eran los átomos? En unas pocas décadas
se respondió esta pregunta: en 1897 se descubre el electrón
y en 1911, el núcleo. Estos hallazgos, sumados a la mecánica
cuántica, permitieron armar el modelo de átomo que persiste
hoy en día.
Finalmente, en 1981, Gerd Binnig y Heinrich Rohrer pudieron ver un átomo
gracias al microscopio túnel de barrido, un sofisticado instrumento
que ellos mismos habían inventado. Cumplieron así el sueño
de Demócrito.
La energía
En el lenguaje habitual energía es sinónimo de capacidad
de acción, vitalidad e intensidad. Científicamente no
resulta sencillo definir energía. El problema es que ésta
existe en muchas formas diferentes, que a lo largo de la historia fueron
definidas independientemente unas de otras.
Tenemos la energía cinética asociada a la materia en movimiento;
por ejemplo, cuanto mayor es la velocidad de una pelota decimos que
tiene mayor energía. Hay otras formas que no implican movimiento,
sino la potencialidad de producirlo: la energía del agua almacenada
en una represa hidroeléctrica, la energía química
de los combustibles o la energía nuclear del plutonio. Con los
mecanismos apropiados cualquiera de estas formas de energía permite
realizar trabajo sobre un cuerpo; esto es, aplicarle una fuerza y ponerlo
en movimiento.
Otra forma de energía muy importante es el calor. Siglos atrás
se pensaba que éste era un fluido, invisible e indestructible,
denominado calórico, que se trasmitía desde los cuerpos
calientes hacia los fríos. Hoy sabemos que el calor es simplemente
energía relacionada a los movimientos moleculares.
Podemos transformar la energía de una a otra forma: trabajo en
calor, energía potencial en cinética, o energía
química en calor, Pero la experiencia nos demuestra que la cantidad
de energía del universo nunca puede aumentar ni disminuir.
La idea de la conservación de la energía, llamada también
primera ley de la termodinámica, se desarrolló durante
el siglo XIX, al unificarse trabajo y calor bajo un mismo concepto unificador,
la energía.
La entropía
Con el paso del tiempo envejecemos, las casas se derrumban, las tazas
de café caliente se enfrían. No hay nada en las leyes
de Newton ni en la ley de conservación de la energía que
prohíba que ocurran los procesos inversos por sí solos,
por ejemplo, que espontáneamente el café frío se
caliente. Sin embargo notamos que aquellos procesos son irreversibles,
sólo pueden volver hacia atrás con la ayuda de un agente
externo: un cirujano, un albañil, un horno microondas. Esto es
así porque en todo proceso natural algo de energía se
degrada y ya no puede utilizarse para revertir el proceso. La segunda
ley de la termodinámica nos dice que en cada uno de los cambios
de la naturaleza la entropía, que es una medida del desorden,
decaimiento y degradación, debe aumentar o permanecer igual.
Esta ley nos indica el sentido del tiempo: el futuro es la dirección
en que la entropía aumenta.
La idea de la entropía, clave para explicar el universo, no fue
el resultado de ninguna conjetura teórica. Surgió a partir
de los estudios sobre motores a vapor realizados por el ingeniero militar
francés Sadi Carnot a principios del siglo XIX. Este ingeniero
encontró que era imposible diseñar un motor que convirtiese
todo el calor en trabajo, es decir, siempre algo de energía se
vuelve inutilizable.
La evolución biológica
Siglos
atrás se pensaba que toda la riqueza de la naturaleza era el
resultado del plan de Dios, que la Tierra había surgido en el
año 4004 a.C. y que absolutamente todo había sido creado
al mismo tiempo. Sin embargo, en el siglo XIX, estudios geológicos
y de fósiles demostraron que la Tierra era mucho más vieja
y que la vida no era estática, que las especies de seres vivos
cambian con el tiempo.
Cuando los individuos de una especie se reproducen, los descendientes
se parecen a los padres pero no son idénticos debido a variaciones
del material genético producto de la reproducción sexual
y de mutaciones al azar. Durante eras geológicas se han producido
multitudes de variantes. En un medio ambiente particular, algunas de
éstas presentan características que le permiten sobrevivir
mejor a la permanente competición por territorio y comida, y
así multiplicarse más eficientemente que las otras variantes.
Esta ventaja se traduce en que ese organismo se vuelve pronto la forma
mayoritaria. Este es el mecanismo de selección natural propuesto
por Darwin para explicar cómo opera la evolución.
La evolución es un proceso al azar, lento, automático,
y sin objetivos finales. Sin necesidad de un diseñador, permitió
que los organismos unicelulares de miles de millones de años
atrás evolucionaran hacia lo que hoy somos y hacia la enorme
biodiversidad que nos rodea
La teoría cuántica
En 1666 Newton descubrió las leyes del movimiento. Durante dos
siglos fueron aplicadas con tanto éxito que nadie podía
imaginar la existencia de alguna falla. A fines del siglo XIX el físico
británico Lord Kelvin aconsejaba no seguir una carrera en física,
porque todo el trabajo interesante ya estaba hecho: la mecánica
de Newton, el electromagnetismo de Maxwell y la termodinámica
explicaban satisfactoriamente los fenómenos naturales. Sin embargo,
había algunos nubarrones sobre la física del momento:
por un lado era imposible detectar el éter, ese fluido misterioso
que supuestamente mediaba la propagación de la luz; y por otro
lado, la intensidad de la radiación producida en el interior
de un recinto cerrado caliente no era la esperada según la teoría.
Fue necesario cambiar nuestra imagen del tiempo y del espacio para explicar
la inexistencia del éter. Entender cómo irradian los cuerpos
implicó cuestionarnos que es la realidad misma. Evidentemente
Kelvin estaba muy equivocado.
Para resolver el enigma de la radiación el alemán Max
Planck, en 1900, hizo una conjetura alocada, sin ninguna justificación
física, pero que daba la respuesta correcta: propuso que cuando
un cuerpo emite energía radiante, lo hace en paquetes discretos
(cuantos) y no continuamente. Es como pensar que un auto no puede viajar
a cualquier velocidad entre 0 y 200 km/h, sino únicamente a determinadas
velocidades. En 1905 Einstein dobló la apuesta: propuso que los
cuantos tenían realidad física, y que la luz misma consistía
en cuantos de energía. Durante los 20 años siguientes
se construyó la teoría cuántica: Niels
Bohr armó el modelo del átomo, Werner Heisenberg con su
principio de la incertidumbre estableció que era imposible conocer
la velocidad y la posición de una partícula simultáneamente,
Louis de Broglie postuló que la materia tiene un carácter
dual: a veces se comporta como partícula y otras veces como ondas,
muchos otros contribuyeron a que la teoría sea hoy la herramienta
más poderosa para describir nuestro universo.
Antimateria, gatos que no están vivos ni muertos, partículas
que se comunican instantáneamente a través de distancias
astronómicas.... la teoría cuántica desafía
al sentido común, diluye la separación entre conciencia
y realidad.
“Pienso que puedo decir con absoluta certeza que nadie entiende
la mecánica cuántica” Richard Feynman.
El ADN como base de la herencia
En los jardines de su monasterio, el monje austríaco Gregor
Mendel gustaba realizar experimentos de cruzamiento de diferentes variedades
de arveja motivado por su interés en el fenómeno de la
herencia. En 1865, luego de observar los resultados de más de
28000 cruzamientos, concluyó que las características de
las plantas estaban gobernadas por ciertas unidades discretas, (hoy
llamadas genes) trasmitidas generación tras generación.
Mendel dio inicio a la genética sin usar nunca un microscopio,
no le preocupaba saber dónde residían las unidades de
herencia.
Mientras tanto, en 1869 el bioquímico suizo Friedrich Miescher
aislaba por primera vez la molécula de ácido desoxirribonucleico
(ADN), a partir de pus en vendas usadas. No sospechaba que esa molécula
era la que constituía las misteriosas unidades de Mendel. Recién
en 1945 el norteamericano Oswald Avery reveló que el ADN era
la molécula de la herencia, de la que están hechos los
genes (aunque usted no lo crea, Avery no recibió nunca el premio
Nobel).
Unos pocos años después, James Watson y Francis Crick
descubrieron la estructura de doble hélice del ADN y con ello
abrieron la puerta al presente entendimiento de la base molecular de
los procesos de la vida. Hoy en día sabemos que el ADN es un
mensaje de miles de millones de letras, que contiene todas las instrucciones
para armar un ser vivo y hacerlo funcionar.
Las simetrías
Decimos
que un objeto es simétrico si hay algo que podamos hacer con
él, por ejemplo girarlo o reflejarlo en un espejo, de tal modo
que después que lo hemos hecho parece la misma cosa de antes.
En algunas obras artísticas, como en El ofrecimiento musical
de J. S. Bach o en los dibujos de Escher, la simetría ocupa el
centro de atención.
A su vez, las leyes fundamentales de la física exhiben un alto
grado de simetría. Es decir, podemos manipular imaginariamente
el mundo sin alterar su forma de funcionar. Estos cambios pueden ser
geométricos u otros más sutiles, como hacer avanzar el
tiempo hacia adelante o hacia atrás, o intercambiar la carga
eléctrica positiva por la negativa.
Desde la segunda mitad del siglo veinte, el concepto de simetría
ha comenzado a jugar un nuevo rol en la física. En nuevos y desconocidos
dominios del microcosmos, los físicos tratan de adivinar las
leyes de la naturaleza demandando simetría (en lugar de encontrar
pacientemente las leyes y luego notar sus simetrías). Este procedimiento
ha permitido, por ejemplo, ordenar las partículas subatómicas
en familias con propiedades similares y ha logrado predecir la existencia
de algunas otras partículas elementales. Aún más,
en aquellas ocasiones en las que la realidad no presenta ciertas simetrías
esperadas, se ha vuelto una costumbre decir que nuestra realidad está
embebida en mundos imaginarios de mayor simetría, pero de los
que sólo tenemos una visión distorsionada.
La relatividad
En su Diálogo de los dos mundos de 1632, Galileo sostenía
que es imposible discernir si un fenómeno físico ocurre
en “la cabina principal, debajo de la cubierta, de un barco muy
grande, moviéndose uniformemente, sin fluctuaciones”, o
si ocurre en tierra firme. Realizando experimentos en la cabina, sin
mirar hacia afuera, un marinero no podía decidir si su barco
se estaba moviendo o no. Galileo establecía así su principio
de relatividad: las mismas leyes físicas valen para dos personas
que se están moviendo a velocidad constante, una respecto de
la otra. Dos siglos y medio después, Maxwell demostró
que la luz viajaba a una velocidad finita, y con ello quebró
el principio de Galileo: existía la posibilidad de detectar el
movimiento relativo. Para ello era suficiente medir la velocidad de
la luz: el que estuviese quieto respecto a la fuente de luz mediría
unos 300 mil kilómetros por segundo, el que se estuviese moviendo
mediría otro valor. Sin embargo, todos los experimentos realizados
para detectar este cambio de velocidades tuvieron un resultado nulo.
En
1905 Einstein resolvió el dilema con dos simples postulados:
el principio de relatividad de Galileo era válido para todos
los fenómenos físicos y la velocidad de la luz era la
misma para todos los observadores, se estén éstos moviendo
o no. Para reconciliar ambos postulados, Einstein necesitó reformular
los conceptos de espacio y de tiempo. Estos ya no eran absolutos, como
los había pensado Newton, sino que dependían de cómo
se estaba moviendo el observador y estaban íntimamente entrelazados.
Muchas de las consecuencias de la teoría de Einstein están
alejadas del sentido común, pero todas han sido comprobadas:
sucesos simultáneos para una persona, no lo son para otra; el
tiempo se dilata y las longitudes se contraen para aquellos que viajan;
la masa de los cuerpos aumenta con la velocidad; masa y energía
son una sola cosa.
La teoría de Einstein representó el cambio más
fundamental de la historia en las ideas que filósofos, científicos
y artistas tenían sobre el espacio y el tiempo.
El Big Bang
Cada
civilización ha inventado su propia cosmología para responderse
las preguntas más profundas sobre los cielos. En la década
del 40 del siglo veinte, el físico ruso George Gamow y colegas
propusieron la teoría del Big Bang (Gran Explosión) sobre
el origen del universo, y desde entonces ésta es la base de la
cosmología contemporánea.
En 1920 el astrónomo Edwin Hubble encontró que las galaxias
se alejan unas de otras con una velocidad proporcional a la distancia
que las separa, es decir, descubrió que el universo se estaba
expandiendo.
Surgió entonces la pregunta, ¿cuándo había
comenzado la expansión y cómo era el universo en ese tiempo?
Los astrónomos rebobinaron la película del universo y
estimaron que éste se originó hace unos 15 mil millones
de años atrás, a partir de la explosión de un punto
extremadamente caliente y denso. Temperatura y densidad iniciales eran
tan altas que toda la materia formaba una bola densa, altamente simétrica,
en la cual no existían diferencias entre las partículas
subatómicas y todas las fuerzas fundamentales tenían la
misma intensidad. Fracciones de segundos después de la explosión,
esa simetría primordial de fuerzas y partículas se rompió,
y se dividieron en las disparatadas formas que vemos hoy en día.
Desde entonces el universo se ha estado expandiendo y enfriando.
En 1965 Arno Penzias y Robert Wilson dieron claras evidencias de que
la teoría era correcta: descubrieron accidentalmente que el universo
entero está sumergido en un fondo de radiación (fotones),
que corresponde perfectamente a restos de la gran explosión.
¿Qué pasó antes del Big Bang? La teoría
sostiene que el tiempo y el espacio se originaron con la explosión
inicial, que no hay un antes ni hay un afuera del universo. Las galaxias
no ‘vuelan’ a través del espacio, sino que es el
espacio el que se está estirando y alejando a las galaxias unas
de otras.
Para seguir leyendo:
Frank Wilczek, en el número del 27
de marzo de 2003 de Nature, página 377, realiza una
reseña y recomienda el libro de reciente aparición
de Peter Atkins, Galileo’s finger, a los interesados
en el estudio de las grandes ideas de la ciencia.
Isaac Asimov, en su libro Grandes ideas de la ciencia,
incluye algunas de las ideas aquí descriptas, y agrega
entre otras: Tales y el método científico, Pitágoras
y los números, la clasificación de las especies,
Hipócrates y la medicina.
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