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Bajo la lupa | Julio 2006
 
Historias de familia

La especie humana no es de modo alguno la cúspide de la evolución. La evolución no tiene cúspide y el progreso evolutivo no existe como tal: la selección natural es simplemente el proceso por el cual las formas de vida cambian para adaptarse a la enorme cantidad de oportunidades que ofrecen el ambiente físico y las otras formas de vida.

En cualquier caso, los seres humanos son únicos. Poseen entre sus orejas la maquinaria más complicada del planeta. Pero la complejidad no lo es todo y no es el objetivo de la evolución. Todas las especies del planeta son en realidad únicas. Lo "único" es algo que abunda mucho. Sin embargo es interesante explorar algunas de estas "unicidades" y descubrir en ellas las causas de nuestra idiosincrasia en tanto especie.

La historia de un primate sin pelo originario de África que abundó durante un corto período de tiempo no es nada más que una nota al pié de página en la historia de la vida, pero, ¿cuál es el aspecto único a resaltar de nuestra especie? Los seres humanos constituyen probablemente un triunfo ecológico. Sin embargo, la verdad es que procedemos de una larga serie de fracasos. Veámoslo así: somos simios, un grupo que casi se extinguió hace 15 millones de años compitiendo con los monos mejor diseñados. Somos primates, un grupo de mamíferos que casi se extinguió hace 45 millones de años compitiendo con los roedores mejor diseñados. Somos tetrápodos sinápsidos, un grupo de reptiles que casi se extinguió hace 200 millones de años compitiendo con los dinosaurios mejor diseñados. Descendemos de los peces con patas que casi se extinguieron compitiendo con los peces de aletas radiadas. Somos cordados, un filo que sobrevivió por poco a la era precámbrica hace 500 millones de años compitiendo con los artrópodos, brillantes triunfadores. Nuestro éxito ecológico se dio a pesar de todos los factores humillantes en contra.

La razón de que sepamos todo esto es que la historia está escrita en los genes. El genoma humano está empaquetado en 23 pares de cromosomas distintos. 22 de ellos están numerados en orden decreciente de tamaño, en tanto que el restante es el par sexual, aquí, mientras que las mujeres poseen 2 cromosomas X, los hombres tienen un X y un Y. En tamaño, el X se sitúa entre el 7 y 8 mientras que el Y es el más pequeño de los cromosomas de la especie humana. El número 23 no es significativo en sí mismo. Muchas especies, incluidos nuestros parientes más cercanos entre los simios tienen más cromosomas y muchas tienen menos.

Tampoco genes de funciones similares se agrupan necesariamente en el mismo cromosoma. Hay genes que deben haber aparecido por primera vez cuando nuestros ancestros eran como gusanos. Hay genes que deben haber aparecido por primera vez cuando nuestros antepasados eran peces y hay genes que existen en la forma actual debido simplemente a recientes epidemias de enfermedades. Muchos de estos genes pueden utilizarse para escribir la historia de las migraciones humanas de los últimos miles de años. Desde hace cuatro mil millones de años hasta hace sólo algunos cientos el genoma ha constituido una autobiografía para nuestra especie que ha registrado los acontecimientos importantes en la medida que ocurrían.

En el libro Genoma de Matt Ridley -de donde ha sido extractado el material que se presenta en este artículo- se describen cada uno de los cromosomas de la especie humana destacando un gen de cada uno de ellos. Vamos a concentrarnos aquí algunas cuestiones referentes al cromosoma 2.

Hasta 1955 se aceptaba que los seres humanos tenían 24 pares de cromosomas. Era uno de esos hechos que todo el mundo sabía que era cierto. Esto era debido a que en 1921 un tejano llamado T Painter había realizado cortes finos de testículos de 2 hombres y los había examinado al microscopio. Pointer había tratado de contar la masa enmarañada de cromosomas desapareados que podía ver en los espermatocitos de los desafortunados hombres y llegó a la cifra de 24. Mas adelante, otros repitieron su experimento de distinta forma y convinieron en que el número era 24.

Durante 30 años nadie negó este hecho y un grupo de científicos abandonó sus experimentos con células hepáticas humanas porque sólo pudieron encontrar 23 pares de cromosomas en cada célula. Otro investigador creó un método para separar los cromosomas pero siguió pensando que veía 24 pares. La verdad no empezó a aflorar hasta 1955, cuando un indonesio llamado Joe-Him Tjio viajó de España a Suecia para trabajar junto a A. Levan y utilizando técnicas mas sofisticadas observaron claramente que había 23 pares. Incluso, volvieron atrás y contaron entonces 23 pares en fotografías publicadas en libros en las que la leyenda de la figura indicaba 24 pares. Nadie es tan ciego como el que no quiere ver.

Lo que ocurre es que es bastante sorprendente que los seres humanos no tengan 24 pares. Los chimpancés tienen 24 pares, y también los gorilas y los orangutanes. Entre los primates nosotros somos la excepción. Bajo el microscopio, la diferencia más asombrosa entre nosotros y todos los demás grandes monos es que nosotros tenemos un par menos. De inmediato se hace evidente que la razón no es que un par de cromosomas de mono se haya perdido en nosotros, sino que 2 cromosomas de mono se han fusionado. El cromosoma 2, el segundo más grande de los cromosomas humanos en realidad está formado por la fusión de 2 cromosomas de mono de tamaño medio, tal como puede observarse a partir del patrón de bandas sobre los cromosomas respectivos.

Aparte de la fusión del cromosoma 2, las diferencias visibles entre los cromosomas humanos y minúsculos son pocas y minúsculas. En 13 cromosomas no existen diferencias visibles de ningún tipo. Es decir, si tomamos un párrafo al azar del genoma de un chimpancé y se lo coteja con el correspondiente de un humano se hallará en promedio 2 diferencia cada 100 nucleótidos. Nosotros somos chimpancés con una aproximación del 98 % y ellos seres humanos en un 98 %. Si esto hace mella en nuestro amor propio, pensemos que los chimpancés son solo gorilas en un 97 %, al igual que los humanos. Dicho de otro modo, somos tan parecidos a los chimpancés como lo son lo gorilas. Hagamos este ejercicio: si se tomaran 2 figuras de ratón hechas con plastilina y se intentara convertir una en un chimpancé y otra en un humano muchos de los cambios que se harían serían los mismos. Mas aún, si se tomaran 2 figuras de una ameba hecha en plastilina y se las intentara convertir, la mayoría de los cambios serían iguales.

Este 2 % del genoma cuenta la historia de la divergencia en la evolución ecológica y social que hemos seguido nosotros con respecto a los chimpancés. Cuando el genoma de un humano y de un chimpancé se haya transcripto completamente, cuando los genes se hayan identificado y se llegue a hacer una lista de las diferencias y las coincidencias, los genes que serán iguales serán los de la bioquímica básica y la estructura corporal, las únicas diferencias se encontrarán probablemente en los genes para la regulación del crecimiento y el desarrollo hormonal. Resulta increíble incluso tratar de imaginar como puede hacerse esto pero puede pensarse que las diferencias entre los chimpancés y nosotros son algunos genes y nada más.

 
Divulgón recibe correspondencia en divulgon@ifir.edu.ar