La luna, tan bonita y, misteriosamente, tan nuestra,
parece ser demasiado grande. Con su tamaño equivocado, deambula por el espacio
siguiendo un camino que no le corresponde y aún, en su naturaleza más íntima, tampoco
es la que debiera ser…
¿A qué se debe este desacierto cósmico? Por supuesto,
nuestra cenicienta Luna, nada tiene que ver…

Eran otros tiempos. Tiempos extraños, vertiginosos,
violentos, en donde grandes cuerpos se encontraban en formación, unos chocaban
contra otros en extrañas carambolas cósmicas y algunos quedaban atrapados para
siempre.
Nuestro sistema solar estaba siendo moldeado
tenazmente por la fuerza de gravedad, para que todo se estableciera tal cual hoy
lo conocemos o, más bien, como creemos conocerlo.
Eran tiempos de gran incertidumbre, en donde todo
estaba por ocurrir. Sin nadie que pudiera registrar lo que verdaderamente acontecía.
No obstante lo ingrato de esta situación, todavía podemos
inferir algo de lo mucho que no sabemos, no sin gran esfuerzo ni temor a
equivocarnos.
La Luna no siempre ha estado allí, y ése sí que es todo un hecho. Tuvo que
tener un origen, al igual que nuestra Tierra y todo lo demás. Un origen sin
testigos ni testimonios, pero un origen al fin.
Pongamos, entonces, las cosas en claro de una vez. Digamos
qué es lo que sabemos y a qué destino nos lleva en este paisaje dominado por
conjeturas, para luego, quizás con los años, corroborarlo o desecharlo para
siempre.
Al ser la Luna demasiado grande en
relación con el tamaño de la Tierra, algunos piensan que
habitamos en un "planeta-doble". Nuestro sistema solar, generoso por
naturaleza, presenta otro ejemplo de este tipo: el lejano planeta Plutón con su
acompañante Caronte.
El encantador sistema doble, Tierra-Luna, presenta
otras particularidades. Mientras que la
Tierra contiene un gran núcleo de hierro, en la
Luna este material es bastante escaso. La densidad de
la Luna se parece muchísimo a la del manto de la
Tierra y difiere notablemente de la correspondiente al núcleo de
este planeta.
Tampoco se encuentran en la Luna materiales ligeros, como el
agua, mientras que en la
Tierra se presentan por doquier. Pero, eso sí, muchos minerales se
revelan en ambos cuerpos celestes y, lo que es más importante aún, la
abundancia relativa de diversos isótopos, en la
Tierra y en la Luna, es francamente muy
similar.
En cuanto a la órbita, los grandes satélites del
sistema solar siguen trayectorias que se ubican aproximadamente sobre el plano
ecuatorial del planeta al que acompañan… pero la
Luna es todo un caso. Nuestro satélite, o más bien, nuestro planeta
hermano, transita sobre el plano orbital de la
Tierra en lugar de hacerlo por el plano que define el ecuador
terrestre.
Juntemos ahora todas las piezas y, con algo de
esfuerzo, veamos que resulta…
Si la Luna no tiene un núcleo de hierro similar al de la Tierra,
es poco probable, por no decir imposible, que se haya formado imitando el
proceso que dio origen a nuestro planeta.
Si ahora suponemos que cuando se formaba la Tierra, la alta velocidad de
rotación del planeta produjo la expulsión de parte de su material para formar,
de esta manera la Luna y, tal vez a Marte, debemos decir que, a la luz de la evidencia, esto
no sería posible, pues la órbita de la Luna no encaja para nada con
esta idea tan interesante, ya que no se encuentra sobre el plano del ecuador
terrestre, que es donde aproximadamente debería estar si así hubieran ocurrido
las cosas.
Bien, acomodemos nuevamente las piezas para tratar de
armar una nueva escena…
Supongamos entonces que la Luna
se formó en otro lugar de nuestro sistema solar y que en aquellos
tiempos tan vertiginosos se atrevió a pasar muy cerca de
la Tierra, quedando atrapada para siempre por la gravedad de nuestro
planeta. Suena interesante, pero las simulaciones realizadas exigen la
presencia de un tercer cuerpo masivo en nuestro vecindario para que tal captura
pudiera ocurrir y, lamentablemente, ese astro, tan imprescindible, no existe.
Más aún, si defendiéramos esta teoría, todavía tendríamos que ingeniárnosla
para describir las llamativas similitudes entre la composición química de
la Tierra y de la Luna.
¿Qué nos queda entonces? Sólo la maravillosa
oportunidad de bosquejar otra conjetura a partir de las evidencias que tenemos,
tratando que todo lo conocido encaje como en un desprolijo rompecabezas.
Supongamos que en aquellos tiempos, donde las
carambolas cósmicas se daban por doquier, algún cuerpo en formación, un posible
planetesimal, se llevara por delante a nuestra desprevenida y primitiva Tierra.
Una colosal colisión tendría lugar y el intrépido planetesimal se hundiría
fundiéndose en las entrañas de nuestro planeta herido,
salpicando con material del manto al espacio
vacío.
No es difícil imaginar lo que sigue. El material
comienza a “coagularse” debido a la gravedad y a sufrir un proceso de formación
similar al de cualquier otro planeta rocoso como el nuestro, para constituir,
finalmente, nuestra querida Luna.
¿Será correcta esta conjetura? Muchas son las piezas
que encajan, aunque el paisaje que muestra nuestro rompecabezas sigue siendo
demasiado tosco, como siempre sucede cuando se intenta explicar algo del
universo que nos rodea.
De cualquier manera, hoy podemos decir que ésta es la
teoría que mejor describe las características lunares más sobresalientes.
La Luna se formó con material de la superficie terrestre a partir de la gran
salpicadura originada por el impacto de otro cuerpo celeste y esto da cuenta de
la falta de un núcleo de hierro en el astro, a la vez que explica por qué la
composición química de
la Luna y su densidad son muy
similares a las del manto de la Tierra.
El particular origen de la Luna
también deja al descubierto que no necesariamente su órbita debería
encontrarse cerca del plano ecuatorial de la Tierra,
haciendo encajar otra pieza en el taimado rompecabezas,
puesto que el derrotero lunar ocurre sobre el plano orbital de nuestro planeta.
Todo esto suena muy interesante, pero ¿qué podemos
decir del cuerpo que impactó sobre la Tierra?
Es decir, qué sabemos
sobre el “impactor”, denominación que se aplica a un cuerpo que colisiona con
otro de mayor tamaño.
Las simulaciones computacionales realizadas indican
que el impactor responsable de la formación de nuestra Luna, y de dejar las
cosas tal cual hoy las conocemos, debió ser un cuerpo del tamaño de Marte.
¿Estaremos en lo cierto? Seguramente hay muchos
hechos que todavía no encajan en este imaginario paisaje, aunque de cualquier
manera esta es, hoy por hoy, la conjetura más plausible que hemos podido
pergeñar con el paso del tiempo.