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Para cortar y pegar | Julio 2006
 
Lunático desconcierto

Versión obstinadamente libre acerca del origen de la Luna

La luna, tan bonita y, misteriosamente, tan nuestra, parece ser demasiado grande. Con su tamaño equivocado, deambula por el espacio siguiendo un camino que no le corresponde y aún, en su naturaleza más íntima, tampoco es la que debiera ser…

¿A qué se debe este desacierto cósmico? Por supuesto, nuestra cenicienta Luna, nada tiene que ver…

Eran otros tiempos. Tiempos extraños, vertiginosos, violentos, en donde grandes cuerpos se encontraban en formación, unos chocaban contra otros en extrañas carambolas cósmicas y algunos quedaban atrapados para siempre.

Nuestro sistema solar estaba siendo moldeado tenazmente por la fuerza de gravedad, para que todo se estableciera tal cual hoy lo conocemos o, más bien, como creemos conocerlo.

Eran tiempos de gran incertidumbre, en donde todo estaba por ocurrir. Sin nadie que pudiera registrar lo que verdaderamente acontecía.

No obstante lo ingrato de esta situación, todavía podemos inferir algo de lo mucho que no sabemos, no sin gran esfuerzo ni temor a equivocarnos.

La Luna no siempre ha estado allí, y ése sí que es todo un hecho. Tuvo que tener un origen, al igual que nuestra Tierra y todo lo demás. Un origen sin testigos ni testimonios, pero un origen al fin.

Pongamos, entonces, las cosas en claro de una vez. Digamos qué es lo que sabemos y a qué destino nos lleva en este paisaje dominado por conjeturas, para luego, quizás con los años, corroborarlo o desecharlo para siempre.

Al ser la Luna demasiado grande en relación con el tamaño de la Tierra, algunos piensan que habitamos en un "planeta-doble". Nuestro sistema solar, generoso por naturaleza, presenta otro ejemplo de este tipo: el lejano planeta Plutón con su acompañante Caronte.

El encantador sistema doble, Tierra-Luna, presenta otras particularidades. Mientras que la Tierra contiene un gran núcleo de hierro, en la Luna este material es bastante escaso. La densidad de la Luna se parece muchísimo a la del manto de la Tierra y difiere notablemente de la correspondiente al núcleo de este planeta.

Tampoco se encuentran en la Luna materiales ligeros, como el agua, mientras que en la Tierra se presentan por doquier. Pero, eso sí, muchos minerales se revelan en ambos cuerpos celestes y, lo que es más importante aún, la abundancia relativa de diversos isótopos, en la Tierra y en la Luna, es francamente muy similar.

En cuanto a la órbita, los grandes satélites del sistema solar siguen trayectorias que se ubican aproximadamente sobre el plano ecuatorial del planeta al que acompañan… pero la Luna es todo un caso. Nuestro satélite, o más bien, nuestro planeta hermano, transita sobre el plano orbital de la Tierra en lugar de hacerlo por el plano que define el ecuador terrestre.

Juntemos ahora todas las piezas y, con algo de esfuerzo, veamos que resulta…

Si la Luna no tiene un núcleo de hierro similar al de la Tierra, es poco probable, por no decir imposible, que se haya formado imitando el proceso que dio origen a nuestro planeta.

Si ahora suponemos que cuando se formaba la Tierra, la alta velocidad de rotación del planeta produjo la expulsión de parte de su material para formar, de esta manera la Luna y, tal vez a Marte, debemos decir que, a la luz de la evidencia, esto no sería posible, pues la órbita de la Luna no encaja para nada con esta idea tan interesante, ya que no se encuentra sobre el plano del ecuador terrestre, que es donde aproximadamente debería estar si así hubieran ocurrido las cosas.

Bien, acomodemos nuevamente las piezas para tratar de armar una nueva escena…

Supongamos entonces que la Luna se formó en otro lugar de nuestro sistema solar y que en aquellos tiempos tan vertiginosos se atrevió a pasar muy cerca de la Tierra, quedando atrapada para siempre por la gravedad de nuestro planeta. Suena interesante, pero las simulaciones realizadas exigen la presencia de un tercer cuerpo masivo en nuestro vecindario para que tal captura pudiera ocurrir y, lamentablemente, ese astro, tan imprescindible, no existe. Más aún, si defendiéramos esta teoría, todavía tendríamos que ingeniárnosla para describir las llamativas similitudes entre la composición química de la Tierra y de la Luna.

¿Qué nos queda entonces? Sólo la maravillosa oportunidad de bosquejar otra conjetura a partir de las evidencias que tenemos, tratando que todo lo conocido encaje como en un desprolijo rompecabezas.

Supongamos que en aquellos tiempos, donde las carambolas cósmicas se daban por doquier, algún cuerpo en formación, un posible planetesimal, se llevara por delante a nuestra desprevenida y primitiva Tierra. Una colosal colisión tendría lugar y el intrépido planetesimal se hundiría fundiéndose en las entrañas de nuestro planeta herido, salpicando con material del manto al espacio vacío.

No es difícil imaginar lo que sigue. El material comienza a “coagularse” debido a la gravedad y a sufrir un proceso de formación similar al de cualquier otro planeta rocoso como el nuestro, para constituir, finalmente, nuestra querida Luna.

¿Será correcta esta conjetura? Muchas son las piezas que encajan, aunque el paisaje que muestra nuestro rompecabezas sigue siendo demasiado tosco, como siempre sucede cuando se intenta explicar algo del universo que nos rodea.

De cualquier manera, hoy podemos decir que ésta es la teoría que mejor describe las características lunares más sobresalientes. La Luna se formó con material de la superficie terrestre a partir de la gran salpicadura originada por el impacto de otro cuerpo celeste y esto da cuenta de la falta de un núcleo de hierro en el astro, a la vez que explica por qué la composición química de la Luna y su densidad son muy similares a las del manto de la Tierra. El particular origen de la Luna también deja al descubierto que no necesariamente su órbita debería encontrarse cerca del plano ecuatorial de la Tierra, haciendo encajar otra pieza en el taimado rompecabezas, puesto que el derrotero lunar ocurre sobre el plano orbital de nuestro planeta.

Todo esto suena muy interesante, pero ¿qué podemos decir del cuerpo que impactó sobre la Tierra? Es decir, qué sabemos sobre el “impactor”, denominación que se aplica a un cuerpo que colisiona con otro de mayor tamaño.

Las simulaciones computacionales realizadas indican que el impactor responsable de la formación de nuestra Luna, y de dejar las cosas tal cual hoy las conocemos, debió ser un cuerpo del tamaño de Marte.

¿Estaremos en lo cierto? Seguramente hay muchos hechos que todavía no encajan en este imaginario paisaje, aunque de cualquier manera esta es, hoy por hoy, la conjetura más plausible que hemos podido pergeñar con el paso del tiempo.

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