Sin pastillas, ni
cirugía
En 1778 los nobles franceses también tenían problemas.
Un problema no menor era conseguir un turno para ser atendido por el doctor
Franz Mesmer. Este médico austriaco,
recién llegado a Paris, había inventado un tratamiento que curaba todo tipo de
enfermedades. ¡Sin pastillas ni cirugías! Sólo utilizaba los poderes ocultos del
magnetismo animal, una terapia que pronto pasó a llamarse mesmerismo,
en merecido homenaje a su inventor.
La clínica del doctor Mesmer deslumbraba. Salas de espera enormes,
espejos cubriendo las paredes, candelabros que despedían luces tenues y fragancias
de incienso flotando en el aire arrastradas por el tañido suave de arpas escondidas.
En el centro de la sala principal estaba la baqueta: una bañera ovalada de unos
30 centímetros de profundidad y un metro y medio de largo. Dentro de la baqueta
había botellas de agua magnetizada herméticamente cerradas, con sus cuellos
apuntando hacia fuera. Las botellas estaban sumergidas en agua y con limaduras
de hierro sazonadas sobre ellas. La baqueta estaba cubierta por una planchuela
de hierro con agujeros. A través de los agujeros pasaban unas barras largas de
hierro.
La atención de los pacientes no era individual, sino que éstos se
sentaban apretadamente
alrededor de la baqueta, presionando sus rodillas unos contra otros, y tomándose
de las manos. Este apretujamiento permitía que el misterioso magnetismo animal
pudiese fluir a través de sus cuerpos. Luego se inclinaban sobre la baqueta y se
les recomendaba que tocasen con las barras de hierro aquella parte del cuerpo
que estuviese enferma.
Siguiendo con la
terapia, jóvenes ayudantes de Mesmer entraban a la sala. Comenzaban a masajear a
los pacientes, mirándolos directamente a los ojos. Silenciosamente, de las
puntas de sus dedos fluía el poder magnético, hasta que un pianoforte comenzaba
a sonar, acompañado por la voz de una soprano que entonaba una melodía sin
palabras.
Pronto la calma
del lugar desaparecía. Algunos de los pacientes se excitaban de manera muy
extraña. Las mejillas de las damas comenzaban a brillar, algunos gritaban, otros
lloraban y trataban de arrancarse los pelos, o se reían alocadamente.

En esos momentos
de descontrol los ayudantes desaparecían y el doctor Mesmer, vestido en una bata
de seda y asistido por una varita mágica, se hacía cargo de la situación.
Con
el leve chasquido de sus dedos o un toque con la varita o simplemente con su
mirada penetrante calmaba a los pacientes, algunos percibían corrientes heladas
o sofocantes de vapor cruzando sus cuerpos. Eventualmente, los pacientes caían
en estado de sopor, absolutamente relajados. Un último chasquido de los dedos y
se terminaba la sesión. Los pacientes aun mareados y desorientados salían de la
sala sin saber exactamente qué había pasado allí. Sin embargo,
no dudaban que
habían participado de una experiencia singular, que habían sobrevolado regiones
ocultas de la mente humana.
Pero, ¿cuál era
el soporte teórico del tratamiento del doctor Mesmer? Desde tiempos inmemoriales
el magnetismo fue considerado un fenómeno mágico, la manifestación
de un alma
sobrenatural. En el siglo dieciséis el alquimista Paracelso sostiene que una
piedra magnética curaba todas las enfermedades y da nacimiento a la medicina con
imanes. De manera más general, con el descubrimiento del magnetismo terrestre
comenzaron a verse influencias magnéticas por todos lados, por ejemplo, en un
momento de la historia se pensó que los planetas mismos daban vueltas alrededor
del Sol atraídos por el poder magnético de éste.
Mientras las
curaciones magnéticas convencionales consistían en frotar al paciente con
piedras magnetizadas o fajarlo en placas de hierro. Sin embargo, bajo la
inspiración de Newton, Mesmer tenía otras ideas al respecto.
Cuando Newton
establece su ley de gravitación se encuentra con el problema de no saber qué
medio es el que transmite esta fuerza entre los cuerpos, ¿cómo hace la Tierra
para enterarse que es atraída por el Sol? Postula entonces que existe una
sustancia etérea, un espíritu sutil que está en todo el universo,
aun dentro de
los cuerpos, y que por la acción de este espíritu las
partículas de los cuerpos
se atraen unas a otras. También se pregunta si acaso no es este mismo espíritu,
este fluido universal, el que permite la propagación de la luz y del magnetismo.
Variantes de este éter newtoniano estuvieron presente en la física durante casi
dos siglos, hasta que fueron desterradas por las teorías modernas.
Por otro lado,
desde la antigüedad griega se recurría a la idea de los espíritus animales para
responder a la pregunta ¿cómo hace la mente para comunicarse con el cuerpo y
viceversa? Según los fisiólogos de la antigüedad la función
intermediaria entre
mente y materia la cumplía una sustancia incorpórea invisible –el
espíritu
animal- suave como el aire para recibir impresiones de los sentidos y
vigorosa como el fuego para lanzar acciones desde la mente.
Con tantas sustancias incorpóreas dando vuelta por las teorías
científicas de la
época, no resultó increíble que Mesmer declarase que había
descubierto un fluido
universal que, al mismo tiempo que dirigía el movimiento de los cuerpos
celestes, inundaba y afectaba el sistema nervioso de los hombres. Una vez
aceptada esta existencia etérea, el mesmerismo resultaba fácil de explicar: Si
la mente de una persona era capaz de actuar sobre esta sustancia para imponer su
voluntad a su propio cuerpo, también podría, si es que sabía como hacerlo,
manipular la sustancia y alterar el sistema nervioso de una persona cercana.
Después de todo, todas las psiquis nadaban en el mismo mar de fluido universal.
En pocas palabras, lo que
Mesmer había hecho era unificar el éter de Newton con los espíritus
animales de
la fisiología antigua, y poner a ese fluido universal al servicio de la medicina
y de su bolsillo.
En pocos años Mesmer logró
cientos de adeptos en Francia y en otros países, principalmente Inglaterra. Sin
exagerar, un testigo de la época declaró que Francia se dividía
entonces entre
los magnetizadores y los magnetizados. Decenas de "Sociedades de la Armonía"
surgieron; en ellas el uso de las técnicas de Mesmer trascendían la
cuestión
médica: los pacientes ya no recurrían a esta terapia para curarse de alguna
enfermedad, sino para llegar a la situación de trance y poder entonces percibir
las ilimitadas potencialidades de la mente.
Además de billetes, Mesmer
recogió odios a granel. Principalmente de parte de los médicos ortodoxos. En
1784 el rey Luis XVI designó una
comisión de sabios -Benjamín Franklin y el químico Lavoisier, entre otros-
para investigar qué había de verdadero en el mesmerismo.
Resultó
imposible detectar de manera directa el supuesto fluido magnético, no existía
aparato capaz de detectar una sustancia invisible, no luminosa, sin olor y sin
peso. La comisión investigó entonces la relación entre las acciones de los
magnetizadores y los trances o crisis que sufrían los pacientes mesmerizados. No
encontraron ninguna relación. El documento final que elaboró la comisión, un
documento clave en la historia de la razón, fue demoledor. Declara que "El
magnetismo animal puede existir sin ser necesariamente útil, pero no puede ser
útil si no existe".
Sin embargo, los
trances en los que caían los pacientes durante las sesiones de mesmerismo eran
muy reales y no fabulaciones. La comisión atribuyó estos hechos al poder de la
imaginación de los pacientes y al fenómeno de imitación propio de crisis
colectivas. Todo era disparado por las expectativas del paciente, bajo las
manipulaciones de los magnetizadores. Buscando las causas imaginarias del
magnetismo animal, la comisión dio cuenta de "la magnitud del poder que puede
lograr un hombre sobre otro, sin la ayuda aparente de ningún agente físico
intermediario" y que "las acciones y signos más simples a veces producían
efectos muy poderosos, que las acciones del hombre sobre la imaginación podían
convertirse en un arte".
Mesmer fue
denunciado por charlatán y tuvo que abandonar Paris; sin embargo el mesmerismo
dejó su legado, que llega a nuestros días. Más allá de la
ridícula
representación teatral que montaban los magnetizadores, más allá
del sinsentido
de la baqueta y de la varita mágica, había algo cierto: la posibilidad de
inducir al paciente en un estado de trance, en un estado de sueño que por
supuesto nada tenía de magnético. No eran necesarias barras de hierro
magnetizadas para inducir el trance, eran suficientes los gestos y las palabras
del magnetizador.
Involuntariamente Mesmer ayudó al surgimiento de las técnicas modernas de
hipnosis. Pero aquí no terminan las influencias del mesmerismo en nuestros
días.
Sigmund Freud, el padre del psicoanálisis, tomó la idea de transferencia del
mesmerismo; mientras que para Mesmer lo que se transmitía de una persona a otra
era un fluido magnético, para Freud eran las fuentes creativas del inconsciente.
En el cuento que
sigue, Los hechos en el caso de M. Valdemar (1845), Edgar Allan Poe
relata las horrorosas consecuencias de una práctica de mesmerismo.
Los hechos en el
caso de M. Valdemar
Por Edgar Allan Poe
Desde luego que
no fingiré estar asombrado ante el hecho de que el extraordinario caso de M.
Valdemar haya excitado tanto la discusión. Habría sido un milagro que así no
fuese, especialmente debido a sus circunstancias. A causa del deseo de todos los
interesados de ocultar el asunto del público, al menos por ahora, o hasta que
tuviéramos nuevas oportunidades de investigación —a través de nuestros esfuerzos
al efecto—, una relación incompleta o exagerada se ha abierto camino entre la
gente y se ha convertido en la fuente de muchas interpretaciones falsas y
desagradables y, naturalmente, de un gran escepticismo.
Ahora se ha
hecho necesario que yo dé cuenta de los hechos, tal como yo
mismo los entiendo. Helos sucintamente aquí:
En estos tres
últimos años, mi atención se vio repetidamente atraída por el
mesmerismo; y hace
aproximadamente nueve meses que de pronto se me ocurrió que, en la serie de
experiencias realizadas hasta ahora, había una importante e inexplicable
omisión: nadie había sido aún mesmerizado
in articulo mortis.
Hacia falta saber, primero, si en tal estado existía en el paciente alguna
receptividad a influencia magnética; segundo, si en caso existir, era ésta
disminuida o aumentada por su condición; tercero, hasta qué punto,
o por cuánto
tiempo, podría la invasión de la muerte ser detenida por la operación.
Había
otros puntos por comprobar, pero éstos excitaban en mayor grado mi curiosidad,
especialmente el último, por el importantísimo carácter de sus
consecuencias.
Buscando en
torno mío algún sujeto que pudiese aclararme estos puntos, pensé
en mi amigo M.
Ernest Valdemar, el conocido compilador de la
Bibliotheca Forensica, y autor (bajo el nom de plume de Issachar Marx)
de las visiones polacas de Wallenstein y Gargantúa.
M. Valdemar, que
residía principalmente en Harlem, Nueva York, desde el año 1839, llama (o
llamaba) particularmente la atención por su extrema delgadez (sus extremidades
inferior se asemejaban mucho a las de John Randolp y también por la blancura de
sus patillas, que contrastaban violentamente con la negrura de su cabello, el
cual era generalmente confundido con una peluca. Su temperamento era
singularmente nervioso, y hacía de él un buen sujeto para la experiencia
mesmérica. En dos o tres ocasiones, yo había conseguido dormirle sin mucha
dificultad, pero me engañaba en cuanto a otros resultados que su peculiar
constitución me habían hecho naturalmente anticipar. Su voluntad no quedaba
positiva ni completamente sometida a mi gobierno, y por lo que respecta a la
clairvoyance, no pude obtener
de él nada digno de relieve. Siempre atribuí mi fracaso en estos aspectos al
desorden de su edad. Unos meses antes de conocerle, sus médicos le habían
diagnosticado una tisis. En realidad, tenía la costumbre de hablar
tranquilamente de su próximo fin, como de un hecho que no podía ser ni evitado
ni lamentado.
Cuando se me
ocurrieron por primera vez las ideas a que he aludido, es natural que pensase en
M. Valdemar.
Conocía demasiado bien su sólida filosofía para temer algún
escrúpulo por su
parte, y él carecía de parientes en América que pudieran oponerse.
Le hablé
francamente del asunto, y, con sorpresa por mi parte, su interés pareció
vivamente excitado. Digo con sorpresa por mi parte porque, aunque siempre se
había prestado amablemente a mis experiencias, nunca me había dado con
anterioridad la menor señal de simpatía hacia ellas. Su enfermedad era de las
que permiten calcular con exactitud la época de la muerte, y al fin convinimos
en que me mandaría a buscar unas veinticuatro horas antes del término fijado por
los médicos para su fallecimiento.
Hace ahora más de siete meses que recibí del propio M. Valdemar la nota
siguiente:
Querido P...
Puede usted venir ahora. D... y F... están de acuerdo en que no puedo
pasar de la medianoche de mañana, y creo que han acertado la hora con bastante
aproximación.
Valdemar
Recibí esta nota
a la media hora de haber sido escrita, y quince minutos después me hallaba en la
habitación del moribundo. No le había visto hacía diez días,
y me asustó la
terrible alteración que en tan breve intervalo se había operado en él.
Su rostro
tenía un color plomizo; sus ojos carecían totalmente de brillo y su delgadez era
tan extrema que los pómulos le habían agrietado la piel.
Su expectoración
era excesiva, y el pulso era apenas perceptible. Sin embargo, conservaba de un
modo muy notable todo su poder mental y cierto grado de fuerza física. Hablaba
con claridad, tomaba sin ayuda algunas drogas calmantes, y, cuando entré en la
habitación, se hallaba ocupado escribiendo notas en una agenda.
Estaba sostenido
en el lecho por almohadas. Los doctores D... y F... le atendían.
Después de
estrechar la mano de Valdemar llevé aparte a estos señores, que me explicaron
minuciosamente el estado del enfermo. Hacía ocho meses que el pulmón izquierdo
se hallaba en un estado semióseo o cartilaginoso, y era, por tanto,
completamente inútil para toda función vital. El derecho, en su parte superior
estaba también parcialmente, si no todo, osificado, mientras que la región
inferior era simplemente una masa de tubérculos purulentos que penetraban unos
en otros. Existían diversas perforaciones profundas, y en un punto una
adherencia permanente de las costillas. Estos fenómenos del lóbulo derecho eran
de fecha relativamente reciente. La osificación se había desarrollado con una
rapidez desacostumbrada; un mes antes no se había descubierto aún ninguna señal,
y la adherencia sólo había sido observada en los tres últimos días.
Independientemente de la tisis, se sospechaba que el paciente sufría un
aneurisma de la aorta; pero, sobre este punto, los síntomas de osificación
hacían imposible una diagnosis exacta. La opinión de ambos médicos era que M.
Valdemar moriría aproximadamente a la medianoche del día siguiente, domingo.
Eran entonces las siete de la tarde del sábado.
Al abandonar la
cabecera del enfermo para hablar conmigo, los doctores D... y F... le habían
dado su último adiós. No tenían intención de volver, pero, a petición mía,
consintieron en ir a ver al paciente sobre las diez de la noche.
Cuando se
hubieron marchado, hablé libremente con M. Valdemar de su próxima muerte, así
como, más particularmente, de la experiencia propuesta. Declaró que estaba muy
animado y ansioso por llevarla a cabo, y me urgió para que la comenzase acto
seguido. Un enfermero y una enfermera le atendían, pero yo no me sentía con
libertad para comenzar un experimento de tal carácter sin otros testigos más
dignos de confianza que aquella gente, en caso de un posible accidente súbito.
Retrasé, pues,
la operación hasta las ocho de la noche siguiente, pero la llegada de un
estudiante de Medicina, con el que me unía cierta amistad (Mr. Theodore L...),
me hizo desechar esta preocupación. En un principio, había sido mi
propósito
esperar por los médicos; pero me indujeron a comenzar, primero, los ruegos
apremiantes de M. Valdemar, y, segundo, mi convicción de que no había instante
que perder, ya que era evidente que agonizaba con rapidez. Mister L… fue tan
amable que accedió a mi deseo y se encargó de tomar notas de cuanto ocurriese;
así, pues, voy a reproducir ahora la mayor parte de su memorándum, condensado o
copiado verbatim.
Eran
aproximadamente las ocho menos cinco cuando, tomando la mano del paciente, le
rogué que confirmase a Mr. L..., tan claro como pudiera, cómo él,
M. Valdemar,
estaba enteramente dispuesto a que se realizara con el una experiencia mesmérica
en tales condiciones.
Él replicó,
débil, pero muy claramente:
—Sí, deseo ser
mesmerizado —añadiendo inmediatamente—: Temo que lo haya usted retrasado
demasiado.
Mientras
hablaba, comencé los pases que ya había reconocido como los más
efectivos para
adormecerle. Evidentemente, sintió el influjo del primer movimiento lateral de
mi mano a través de su frente; pero por más que desplegaba todo mi poder,
no se
produjo ningún otro efecto más perceptible hasta unos minutos
después de las
diez, cuando los doctores D... y F… llegaron, de acuerdo con la cita.
Les explique en
pocas palabras lo que me proponía, y como ellos no pusieran ninguna objeción,
diciendo que el paciente estaba ya en la agonía, continué sin vacilar,
cambiando, sin embargo, los pases laterales por pases de arriba abajo y
concentrando mi mirada en el ojo derecho del enfermo.
Durante este
tiempo, su pulso era imperceptible y su respiración estertórea, interrumpida a
intervalos de medio minuto.
Este estado duró
un cuarto de hora sin ningún cambio. Transcurrido este período, no obstante, un
suspiro muy hondo, aunque natural, se escapó del pecho del moribundo, y cesaron
los estertores, es decir, estos no fueron perceptibles; los intervalos no habían
disminuido. Las extremidades del paciente tenían una frialdad de hielo.
A las once menos
cinco noté señales inequívocas de la influencia mesmérica.
El vidrioso girar del
ojo se había trocado en esa penosa expresión de la mirada
hacia dentro que
no se ve más que en los casos de sonambulismo, y acerca de la cual es imposible
equivocarse. Con algunos rápidos pases laterales, hice que palpitaran sus
párpados, como cuando el sueño nos domina, y con unos cuantos más
conseguí
cerrarlos del todo. Sin embargo, no estaba satisfecho con esto, y continué
vigorosamente mis manipulaciones, con la plena tensión de la voluntad, hasta que
conseguí la paralización completa de los miembros del durmiente, después de
haberlos colocado en una postura aparentemente cómoda. Las piernas estaban
extendidas, así como los brazos, que reposaban en la cama a regular distancia de
los riñones. La cabeza estaba ligeramente levantada.
Cuando llevé
esto a cabo, era ya medianoche, y rogué a los señores presentes que examinaran
el estado de M. Valdemar. Tras algunas experiencias, admitieron que se hallaba
en un estado de catalepsia mesmérica, insólitamente perfecto. La curiosidad de
ambos médicos estaba muy excitada. El doctor D... decidió de pronto permanecer
toda la noche junto al paciente, mientras el doctor F... se despidió,
prometiendo volver al rayar el alba. Mr. L... y los enfermeros se quedaron.
Dejamos a M.
Valdemar completamente tranquilo hasta cerca de las tres de la madrugada;
entonces me acerqué a él y le hallé en idéntico estado que cuando
el doctor F...
se había marchado, es decir, que yacía en la misma posición... el pulso
era
imperceptible; la respiración, dulce, sensible únicamente si se le aplicaba un
espejo ante los labios; tenía los ojos cerrados naturalmente, y los miembros tan
rígidos y tan fríos como el mármol. Sin embargo, su aspecto general no era
ciertamente el de la muerte.
Al aproximarme a
M. Valdemar hice una especie de ligero esfuerzo para obligar a su brazo a seguir
el mío, que pasaba suavemente de un lado a otro sobre él. Tales experiencias con
este paciente no me habían dado antes ningún resultado, y seguramente estaba
lejos de pensar que me lo diese ahora; pero, sorprendido su brazo siguió débil y
suavemente cada dirección que le señalaba con el mío. Decidí
intentar una breve
conversación.
—M. Valdemar —dije—, ¿duerme usted?

No contestó,
pero percibí un temblor en la comisura de sus labios, y esto me indujo a repetir
la pregunta una y otra vez. A la tercera, su cuerpo se agitó por un levísimo
estremecimiento; los párpados se abrieron, hasta descubrir una línea blanca del
globo; los labios se movieron lentamente, y a través de ellos, en un murmullo
apenas perceptible, se escaparon estas palabras:
-Sí..., ahora
duermo. ¡No me despierten! ¡Déjenme morir así!
Toqué sus
miembros, y los hallé tan rígidos como siempre. El brazo derecho, como antes,
obedecía la dirección de mi mano. Volví a preguntar al sonámbulo:
-¿Le duele a
usted el pecho, M. Valdemar? Ahora, la respuesta fue inmediata, pero aún menos
audible que antes.
—No hay dolor...
¡Me estoy muriendo!
No creí
conveniente atormentarle más por el momento, y no se pronunció una sola palabra
hasta la llegada del doctor F..., que se presentó poco antes de la salida del
sol, y que expresó un ilimitado asombro al hallar todavía vivo al paciente.
Después de tomarle el pulso y de aplicarle un espejo sobre los labios, me rogó
que volviese a hablarle al sonámbulo. Así lo hice, preguntándole:
—M. Valdemar,
¿duerme aún?
Como
anteriormente pasaron unos minutos antes de que respondiese, y durante el
intervalo el moribundo pareció hacer acopio de energías para hablar. Al
repetirle la pregunta por cuarta vez, dijo débilmente, casi de un modo
inaudible:
—Sí, duermo...
Me estoy muriendo.
Entonces los
médicos expresaron la opinión, o, mejor, el deseo de que se permitiese a M.
Valdemar reposar sin ser turbado, en su actual estado de aparente tranquilidad,
hasta que sobreviniese la muerte, lo cual, añadieron unánimemente,
debía ocurrir
al cabo de pocos minutos. Decidí, no obstante, hablarle una vez más, y
repetí
simplemente mi anterior pregunta.
Mientras yo
hablaba, se operó un cambio ostensible en la fisonomía del sonámbulo.
Los ojos
giraron en sus órbitas y se abrieron lentamente, y las pupilas desaparecieron
hacia arriba; la piel tomó en general un tono cadavérico, asemejándose
no tanto
al pergamino como al papel blanco, y las manchas héticas circulares, que hasta
entonces se señalaban vigorosamente en el centro de cada mejilla,
se extinguieron de
pronto. Empleo esta expresión porque la rapidez de su desaparición en nada me
hizo pensar tanto como en el apagarse una vela de un soplo. El labio superior,
al mismo tiempo, se retorció sobre los dientes, que hasta entonces había
cubierto por entero, mientras la mandíbula inferior caía con una sacudida
perceptible, dejando la boca abierta y descubriendo la lengua hinchada y negra.
Imagino que todos los presentes estaban acostumbrados a los horrores de un lecho
mortuorio; pero el aspecto de M. Valdemar era en este momento tan espantoso,
sobre toda concepción, que todos nos apartamos de la cama.
Noto ahora que
llego a un punto de esta narración en el que cada lector puede alarmarse hasta
una positiva incredulidad. Sin embargo, sólo es de mi incumbencia continuar.
Ya no había en
M. Valdemar el menor signo de vitalidad y, convencidos de que estaba muerto,
íbamos a dejarlo a cargo de los enfermeros cuando se observó en la lengua un
fuerte movimiento vibratorio, que continuó tal vez durante un minuto. Cuando
hubo acabado, de las mandíbulas separadas e inmóviles salió una voz que
sería
locura en mí tratar de describir. Hay, no obstante, dos o tres epítetos que
podrían considerarse aplicables en parte; podría decir, por ejemplo, que el
sonido era áspero, roto y cavernoso, pero el odioso total es indescriptible, por
la simple razón de que ningún sonido semejante ha llegado jamás al
oído humano.
Había, sin embargo, dos particularidades que me hacían pensar entonces, y aun
ahora, que podían ser tomadas como características de la entonación y
dar alguna
idea de su peculiaridad ultraterrena. En primer lugar; la voz parecía llegar a
nuestros oídos —al menos a los míos— desde una gran distancia o desde alguna
profunda caverna subterránea. En segundo lugar, me impresionó (temo,
ciertamente, que me sea imposible hacerme comprender) como las materias
gelatinosas o glutinantes impresionan el sentido del tacto.
He hablado a la
vez de "sonido" y de "voz". Quiero decir que en el sonido se distinguían las
sílabas con una maravillosa y estremecedora claridad. M. Valdemar
hablaba,
evidentemente, en respuesta a la pregunta que le había hecho pocos minutos
antes. Yo le había preguntado, como se recordará, si aún
dormía. Ahora dijo:
—Sí... No...
He estado dormido..., y ahora..., ahora...
estoy muerto.
Ninguno de los
presentes trató de negar o siquiera reprimir el inexpresable, el estremecedor
espanto que estas pocas palabras, así pronunciadas, nos produjo. Mr. L..., el
estudiante, se desmayó.
Los enfermeros
abandonaron inmediatamente la estancia, y fue imposible hacerlos regresar. No
pretendo siquiera hacer comprensibles al lector mis propias impresiones. Durante
cerca de una hora nos ocupamos silenciosamente —sin que se pronunciase un sola
palabra— en que Mr. L... recobrara el conocimiento. Cuando volvió en sí,
volvimos a investigar el estado de M. Valdemar. Permanecía, en todos los
aspectos, tal como lo he descrito últimamente, con la excepción de que el espejo
ya no indicaba la menor señal de respiración. Fue vano un intento de
sangría en
el brazo. Debo decir, asimismo, que este miembro ya no estaba sujeto a mi
voluntad. Me esforcé vanamente en hacerle seguir la dirección de mi mano. La
única indicación real de la influencia mesmérica se manifestaba
ahora en el
movimiento vibratorio de la lengua cada vez que hacía a M. Valdemar una
pregunta. Parecía hacer un esfuerzo para responder, pero su voluntad no era
bastante duradera. Si cualquier otra persona que no fuese yo le dirigía una
pregunta, parecía insensible, aunque yo intentase poner cada miembro de esa
persona en
relación mesmérica
con él. Creo que he relatado ya todo lo necesario para comprender el estado del
sonámbulo en este periodo. Conseguimos otros enfermeros, y a las diez abandoné
la casa en compañía de los dos médicos y de Mr. L…
Por la tarde
volvimos todos a ver al paciente. Su estado continuaba siendo exactamente el
mismo. Discutimos acerca de la oportunidad y la factibilidad de despertarlo;
pero estuvimos fácilmente de acuerdo en que ningún buen propósito
serviría para
lograrlo. Era evidente que, hasta entonces, la muerte (o lo que usualmente se
denomina muerte) había sido detenida por el proceso mesmérico. A todos nos
parecía claro que despertar a M. Valdemar sería simplemente asegurar su
instantáneo o al menos rápido fallecimiento.
Desde este
período hasta el fin de la última semana
—un intervalo de cerca de siete meses—,
continuamos
yendo diariamente a casa de M. Valdemar, acompañados, unas veces u otras, por
médicos y otros amigos. En todo este tiempo, el sonámbulo
permanecía exactamente como
lo he descrito por último. La vigilancia de los enfermeros era continua.
Fue el último
viernes cuando, finalmente, decidimos llevar a cabo el experimento de
despertarlo o al menos de tratar de hacerlo; y es acaso el deplorable resultado
de esta última experiencia lo que ha promovido tantas discusiones en los
círculos privados; tantas, que no puedo atribuirlas sino a una injustificada
credulidad popular.
Con el propósito
de liberar a M. Valdemar de su estado mesmérico, empleé los pases acostumbrados.
Durante algún tiempo, éstos no dieron resultado. La primera señal de
que revivía
fue un descenso parcial del iris. Se observó, como especialmente interesante,
que este descenso de la pupila fue acompañado del abundante flujo de un licor
amarillento (por debajo de los párpados) de un olor acre y muy desagradable.
Me sugirieron
entonces que tratase de influir en el brazo del paciente, como anteriormente. Lo
intenté, pero sin resultado. Entonces, el doctor D... insinuó el deseo de que le
dirigiese una pregunta. Yo lo hice tal como sigue:
—M. Valdemar,
¿puede usted explicarme cuáles son ahora sus sensaciones o sus deseos?
Instantáneamente, los círculos héticos volvieron a las mejillas; la
lengua se
estremeció, o, mejor, giró violentamente en la boca (aún las
mandíbulas y los
labios continuaban rígidos como antes), y por fin la misma horrible voz que ya
he descrito exclamó con fuerza:
-¡Por el amor de
Dios! ¡Pronto, pronto! ¡Duérmame o..., pronto..., despiérteme! ¡Pronto!
¡Le digo que estoy muerto!

Yo estaba
completamente enervado, y por un momento no supe qué hacer. Primero realicé un
esfuerzo para calmar al paciente; pero, fracasando en esto por la ausencia total
de la voluntad, volví sobre mis pasos y traté por todos los medios de
despertarlo. Pronto vi que esta tentativa tendría éxito, al menos había
imaginado que mi éxito seria completo, y estaba seguro de que todos los que se
encontraban en la habitación se hallaban preparados para ver despertar al
paciente.
Sin embargo, es
imposible que ningún ser humano pudiese estar preparado para lo que realmente
ocurrió.
Mientras hacía
rápidamente pases mesméricos, entre exclamaciones de “¡Muerto, muerto! Que
explotaban de la lengua y
no de los labios del paciente, su cuerpo, de pronto, en el espacio de un solo
minuto, o incluso de menos, se contrajo, se desmenuzó, se pudrió
completamente bajo mis manos.
Sobre la cama, ante todos los presentes, yacía una masa casi líquida de
repugnante, de detestable putrefacción.