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Ciencia y Sociedad | Julio 2006
 
Literatura vs. Ciencia

En la antigua Grecia Homero era sinónimo de sabiduría. Sus versos fueron el manual de vida de generaciones de griegos. Por supuesto, éstos sabían que Homero a veces mentía, y quizás no creyesen al pie de la letra los relatos de dioses que, guiados por pasiones muy humanas, jugaban con el destino de los hombres. Pero eso no importaba demasiado porque los personajes de Homero encarnaban la perfección ideal del carácter humano. En aquellos que leían sus versos se despertaba la ambición de ser Aquiles y Ulises: la verdad y la belleza de la amistad, el patriotismo y la devoción perseverante hacia un objeto se revelaban hasta lo más hondo en esas creaciones inmortales: los sentimientos del público se purificaban y engrandecían debido a la simpatía con unas personificaciones tan grandes y amables, hasta que de tanto admirarles los imitaban, y pasaban de la imitación a identificarse con los objetos de su admiración.

Platón no soportó que sus conciudadanos otorgasen el rol de gran maestro a Homero, que diesen más trascendencia a unos versos mentirosos que a las enseñanzas de su maestro Sócrates. Platón pretendía para sí o para Sócrates el rol de educador de los griegos. No lo logró. Resentido y lleno de desconfianza de la poesía, echó a Homero de su ciudad ideal, sentenció que en la ciudad de los hombres-filósofos la poesía no tenía lugar. Platón inaugura así la disputa entre literatura y filosofía, entre los que tienen sentimientos y los que tienen pensamientos.

Los veinticinco siglos transcurridos desde entonces han dejado a Platón como maestro de filosofía y a Homero como fundador de la poesía. Platón se ha quedado con los derechos de autor del mundo; sin embargo, Homero es el mundo y no admite que se queden con sus derechos de autor.

Hoy en día, una réplica de aquella disputa tiene lugar entre las humanidades y las ciencias naturales, las llamadas ciencias duras. Por supuesto, Platón vs. Homero fue una pelea de pesos pesados; hoy, en cambio, la discusión gira sobre asuntos algo más prosaicos: distribuciones de subsidios, captación de alumnos universitarios, espacios en los medios de comunicación. Si hasta se discute quiénes, entre científicos y humanistas, tienen derecho a llamarse intelectuales (y fumar en pipa vistiendo un tweed escocés).

Alejado de estas escaramuzas contemporáneas entre academias y cercano a la pelea de fondo entre Platón y Homero, el periodista inglés Simon Jenkins escribió el artículo “Un molino que no arremeteré” a propósito de los recientes aniversarios de las teorías de Einstein y de la aparición de Don Quijote de la Mancha. Ya desde el subtítulo Jenkins no deja lugar a dudas: está claro que para él una página del Quijote es más importante que una tonelada de papers científicos.

En este número queremos reproducir el artículo de Jenkins. El artículo puede parecer polémico, pero nos permitimos hacer algunas aclaraciones. Está fuera de discusión –para bien o para mal- quiénes son los que dan forma a nuestro mundo super-tecnológico. Sabemos sobradamente de qué lado de esta contienda están quienes inventaron la notebook con la que Jenkins escribió su artículo o quienes diseñan las vacunas de nuestros hijos. Por otro lado, lo que Jenkins escribe no tiene que ver con el hecho de que los científicos no saben hablar en lenguaje llano y, por ende, no logran atraer la atención masiva del público; Paenza ocupando el lugar de Tinelli no cambiaría un ápice las conclusiones de Jenkins. Tampoco se trata de filosofar afrancesadamente sobre si tanto el arte como la ciencia son ambos modos aceptables e igualmente válidos de construir conocimientos. Mucho menos aun se trata de menoscabar la calidad humana y científica de Einstein, un ejemplo de científico que supo mirar más allá de sus ecuaciones e involucrarse de lleno en los problemas de su tiempo. No se trata de nada de eso; según Jenkins se trata de quién logra responder al interrogante ¿dónde está el Hombre? ¿Dónde está su esencia? Parece ser que es Cervantes quien tiene la respuesta.

 

Un molino que no arremeteré

Se cumplen 400 años del Don Quijote, una obra más importante que todas las teorías de Einstein juntas

Por Simon Jenkins

El retrato de un guerrero maltrecho reposa en mi escritorio. Lo encontré en una tienda de cuadros de Bloomsbury muchos años atrás. El guerrero delgado y triste está sentado sobre un asno, su casco está roto y su armadura ya no existe. Vuelve a casa tarde en la noche para ser saludado con alegría y alivio por su amada ama de llaves. Ha retornado de sus andanzas caballerescas, para recobrar la razón y morir. Este guerrero es mi ícono.

Este año celebramos dos aniversarios. Uno es el de la teoría especial de la relatividad de Einstein (1905), un gran trabajo de la civilización Occidental. El otro es el aniversario del Don Quijote de Cervantes (1605), también otro gran trabajo de la civilización Occidental. El primero de estos aniversarios está siendo festejado mediante programas especiales de la BBC, suplementos a todo color en la prensa mundial, estampillas conmemorativas y la declaración de Año Internacional de la Física realizada por las Naciones Unidas. El otro aniversario, al menos fuera de España, está siendo ignorado. ¿Cuál de los dos trabajos merece la mayor celebración?

No tengo nada personal contra Einstein. Los cabezones de la Gran Ciencia lo han declarado como Maestro del Universo. Su cerebro fue estudiado minuciosamente y sus zapatos embalsamados. Las mujeres le escribían cartas expresándole sus deseos de tener bebés con él. Sus pensamientos están en el templo de Newton ocupando el altar mayor. Einstein es cool.

Pero si Einstein no hubiese existido, la física, más tarde o más temprano, lo hubiese inventado. Estoy seguro de ello. Su teoría de la relatividad fue un entendimiento de la naturaleza. Descansaba sobre el horizonte cósmico, esperando ser descubierta por el primer genio que pasase por allí. Einstein fue el Cristóbal Colón de la relatividad.

No sucede lo mismo con Don Miguel de Cervantes Saavedra. Cervantes analizó el espíritu de la Europa post-medieval y preguntó: ¿dónde está el Hombre? El comprendió la esencia del coraje, el amor, la lealtad, el triunfo y la mortificación y, tal como hizo su contemporáneo Shakespeare, condensó estos sentimientos en un personaje profundamente humano. Cervantes contó una historia como ningún otro hombre lo había hecho antes. Si Cervantes no hubiese existido, no podría haber sido inventado. Habría una ausencia en el espíritu de Europa.

Pocos ingleses leyeron Don Quijote, probablemente porque piensan que ya conocen la novela. Hemos escuchado de sus fantasías y sufrimientos, de su pobre caballo y su leal escudero, Sancho Panza, "si no muy rico, muy bien azotado". Conocemos de sus arremetidas contra los molinos y de sus absurdas acciones para alimentar sus añoranzas por la incomparable Dulcinea del Toboso. El hombre está loco y es de otra época.

Pero ésta no es ni la mitad de la historia. En 1605 también se publicó el texto completo de Hamlet. Don Quijote y Hamlet son comparados frecuentemente, pero raramente esto es hecho por los chauvinistas británicos. Ambas novelas comparten fantasmas y demonios, pasión y honor, y utilizan representaciones dentro de representaciones como metáforas. Ambas nos conducen a través de un puente desde la Edad Media a la introspección y la era moderna. Pero el Quijote es el más inventivo, divertido, triste, la mente más noble y el mejor conversador. Sus diálogos con Sancho Panza, el fiel e incrédulo sirviente, están entre los más encantadores de la literatura.

Cervantes vivió su personaje. Peleó contra los turcos en Lepanto en 1571, la batalla que cierra la Europa medieval. Perdió su mano derecha, fue esclavizado en Africa y puesto prisionero en España. Sus obras fracasaban. Su vida era un desastre. Aun así, en apenas unos pocos meses de 1605, Cervantes escribió un libro que trascendió mucho más allá de su tiempo.

Las dos partes de Don Quijote son tan diferentes como tesis y antitesis. El Quijote de la primera parte es el auténtico caballero fantasioso, saciado por la lectura de rancios viejos textos. Se propone volver a actuar las reglas de los caballeros, defender la justicia y el amor en un mundo inmoral. Pelea contra molinos, ovejas e hijas de posaderos. En su gran ensayo sobre el Quijote, Carlos Fuentes habla del "arte dando vida a lo que la historia ha matado".

La segunda parte rompe lanzas con el pasado. El Quijote escucha comentarios sobre sus propias proezas, en realidad, sobre su propio libro. Ya ha castigado a Sancho por pensar que él no se da cuenta que Dulcinea no es una gran belleza. El Quijote sabe que Dulcinea es una vulgar aldeana, pero ella es aun más noble por esa razón. "Y así," argumenta frente a Sancho, "bástame a mí pensar y creer que es hermosa y honesta… Yo imagino que todo lo que digo es así, sin que sobre ni falte nada; y píntola en mi imaginación como la deseo". Un millón de mujeres españolas gritan ¡Olé! Ya no estamos seguros quién se burla de quién. ¿Quiénes somos nosotros para legislar entre sueño y realidad? Somos actores y espectadores en esta comedia.

Así, durante un show de títeres, el Quijote decapita a los muñecos soldados que estaban por arrestar a una princesa y a su amante que escapaban hacia la libertad. Luego compensa sobradamente al titiritero por su deuda de honor. En el último capítulo llega la síntesis final. El moribundo Quijote renuncia a las "sombras caliginosas de la ignorancia" que provienen de "la amarga y continua leyenda de los detestables libros de las caballerías". Lamenta solamente que ya no tiene tiempo para leer "otros libros que sean luz del alma".

Don Quijote es supuestamente la novela más popular de la historia. El Quijote fue adorado por Sterne, Goethe, Flaubert, Dostoievsky, Kafka y Melvilla. Dos años atrás su saga fue votada como la mejor novela de todos los tiempos por los "cien escritores top" del mundo.

Muchos han llegado a considerar al Quijote como un amigo de la vida. Como Cervantes, han sido esclavizados en Lepanto y emergieron con tan solo sus sueños para seguir viviendo. Como el Quijote han anhelado más allá de toda esperanza y han amado más allá del amor. Todos algunas veces vemos a los molinos de viento como gigantes, y a los gigantes como molinos de viento. Cada uno de nosotros tiene dentro un caballero errante, guiando su lanza y transformando la más humilde carrera en una noble cruzada. Como el Quijote ansiamos saltar al escenario de la vida, para calentar la mano congelada de Mimi o detener la daga de Otelo. Imaginamos a ese bagallo que encontramos en el Subte como a la incomparable Dulcinea, al menos hasta llegar a Tottenham Court Road.

De alguna manera sobreviviré sin Einstein. Puedo manejar la nave Tierra sin conocer los mecanismos del átomo. Pero no puedo sobrevivir sin mi ícono. Levanto mi copa por el Caballero de la Triste Figura, Don Quijote de la Mancha, quien trota por la llanura de la vida buscando su destino de hombre. Sabía que la razón triunfaría al fin, pero también sabía que la razón no era suficiente. El epitafio del Quijote dice: "Fue su buena gran fortuna vivir como un loco y morir cuerdo". Amén.

Esta es la traducción del artículo A windmill I won’t tilt at, de Simon Jenkins, aparecido el 21 de enero de 2005 en el periódico The Times de Londres.

Más información sobre la disputa de Platón con Homero puede encontrarse en ¿Dónde está la sabiduría? de Harold Bloom.

Divulgón recibe correspondencia en divulgon@ifir.edu.ar