Literatura vs. Ciencia
En la antigua Grecia Homero era sinónimo de sabiduría. Sus versos fueron el
manual de vida de generaciones de griegos. Por supuesto, éstos sabían que Homero
a veces mentía, y quizás no creyesen al pie de la letra los relatos de dioses
que, guiados por pasiones muy humanas, jugaban con el destino de los hombres.
Pero eso no importaba demasiado porque los personajes de Homero encarnaban la
perfección ideal del carácter humano. En aquellos que leían sus versos se
despertaba la ambición de ser Aquiles y Ulises:
la verdad y la belleza de la amistad, el patriotismo y la devoción perseverante
hacia un objeto se revelaban hasta lo más hondo en esas creaciones inmortales:
los sentimientos del público se purificaban y engrandecían debido a la simpatía
con unas personificaciones tan grandes y amables, hasta que de tanto admirarles
los imitaban, y pasaban de la imitación a identificarse con los objetos de su
admiración.
Platón no soportó que sus conciudadanos otorgasen el rol de gran maestro a
Homero, que diesen más trascendencia a unos versos mentirosos que a las
enseñanzas de su maestro Sócrates. Platón pretendía para sí o para Sócrates el
rol de educador de los griegos. No lo logró. Resentido y lleno de desconfianza
de la poesía, echó a Homero de su ciudad ideal, sentenció que en la ciudad de
los hombres-filósofos la poesía no tenía lugar. Platón inaugura así la disputa
entre literatura y filosofía, entre los que tienen sentimientos y los que
tienen pensamientos.
Los veinticinco siglos transcurridos desde entonces han dejado a Platón como
maestro de filosofía y a Homero como fundador de la poesía. Platón se ha quedado
con los derechos de autor del mundo; sin embargo, Homero es el mundo
y no admite que se queden con sus derechos de autor.
Hoy en día, una réplica de aquella disputa tiene lugar entre las humanidades y
las ciencias naturales, las llamadas ciencias duras. Por supuesto, Platón vs.
Homero fue una pelea de pesos pesados; hoy, en cambio, la discusión gira sobre
asuntos algo más prosaicos: distribuciones de subsidios, captación de alumnos
universitarios, espacios en los medios de comunicación. Si hasta se discute
quiénes, entre científicos y humanistas, tienen derecho a llamarse intelectuales
(y fumar en pipa vistiendo un tweed escocés).
Alejado de estas escaramuzas contemporáneas entre academias y cercano a la
pelea de fondo entre Platón y Homero, el periodista inglés Simon Jenkins
escribió el artículo “Un molino que no arremeteré” a propósito de los recientes
aniversarios de las teorías de Einstein y de la aparición de Don Quijote de la
Mancha. Ya desde el subtítulo Jenkins no deja lugar a dudas: está claro que para
él una página del Quijote es más importante que una tonelada de papers
científicos.

En este número queremos reproducir el artículo de Jenkins. El artículo puede
parecer polémico, pero nos permitimos hacer algunas aclaraciones. Está fuera de
discusión –para bien o para mal- quiénes son los que dan forma a nuestro mundo
super-tecnológico. Sabemos sobradamente de qué lado de esta contienda están
quienes inventaron la notebook con la que Jenkins escribió su artículo o
quienes diseñan las vacunas de nuestros hijos. Por otro lado, lo que Jenkins
escribe no tiene que ver con el hecho de que los científicos no saben hablar en
lenguaje llano y, por ende, no logran atraer la atención masiva del público;
Paenza ocupando el lugar de Tinelli no cambiaría un ápice las conclusiones de
Jenkins. Tampoco se trata de filosofar afrancesadamente sobre si tanto el arte
como la ciencia son ambos modos aceptables e igualmente válidos de construir
conocimientos. Mucho menos aun se trata de menoscabar la calidad humana y
científica de Einstein, un ejemplo de científico que supo mirar más allá de sus
ecuaciones e involucrarse de lleno en los problemas de su tiempo. No se trata de nada de eso; según Jenkins se trata de quién logra
responder al interrogante ¿dónde está el Hombre? ¿Dónde está su esencia? Parece
ser que es Cervantes quien tiene la respuesta.
Un molino que no
arremeteré
Se cumplen 400 años del Don Quijote, una obra más importante que todas las teorías
de Einstein juntas
Por Simon Jenkins
El retrato de un guerrero maltrecho reposa en mi escritorio. Lo encontré en una
tienda de cuadros de Bloomsbury muchos años atrás. El guerrero delgado y triste
está sentado sobre un asno, su casco está roto y su armadura ya no existe.
Vuelve a casa tarde en la noche para ser saludado con alegría y alivio por su
amada ama de llaves. Ha retornado de sus andanzas caballerescas, para recobrar
la razón y morir. Este guerrero es mi ícono.
Este año celebramos dos aniversarios. Uno es el de la teoría especial de la
relatividad de Einstein (1905), un gran trabajo de la civilización Occidental.
El otro es el aniversario del Don Quijote de Cervantes (1605), también
otro gran trabajo de la civilización Occidental. El primero de estos
aniversarios está siendo festejado mediante programas especiales de la BBC,
suplementos a todo color en la prensa mundial, estampillas conmemorativas y la
declaración de Año Internacional de la Física realizada por las Naciones
Unidas. El otro aniversario, al menos fuera de España, está siendo ignorado.
¿Cuál de los dos trabajos merece la mayor celebración?
No tengo nada personal contra Einstein. Los cabezones de la Gran Ciencia lo han
declarado como Maestro del Universo. Su cerebro fue estudiado minuciosamente y
sus zapatos embalsamados. Las mujeres le escribían cartas expresándole sus
deseos de tener bebés con él. Sus pensamientos están en el templo de Newton
ocupando el altar mayor. Einstein es cool.
Pero si Einstein no hubiese existido, la física, más tarde o más temprano, lo
hubiese inventado. Estoy seguro de ello. Su teoría de la relatividad fue un
entendimiento de la naturaleza. Descansaba sobre el horizonte cósmico, esperando
ser descubierta por el primer genio que pasase por allí. Einstein fue el
Cristóbal Colón de la relatividad.
No sucede lo mismo con Don Miguel de Cervantes Saavedra. Cervantes analizó el
espíritu de la Europa post-medieval y preguntó: ¿dónde está el Hombre? El
comprendió la esencia del coraje, el amor, la lealtad, el triunfo y la
mortificación y, tal como hizo su contemporáneo Shakespeare, condensó estos
sentimientos en un personaje profundamente humano. Cervantes contó una historia
como ningún otro hombre lo había hecho antes. Si Cervantes no hubiese existido,
no podría haber sido inventado. Habría una ausencia en el espíritu de Europa.
Pocos ingleses leyeron Don Quijote, probablemente porque piensan que ya
conocen la novela. Hemos escuchado de sus fantasías y sufrimientos, de su pobre
caballo y su leal escudero, Sancho Panza, "si no muy rico, muy bien azotado".
Conocemos de sus arremetidas contra los molinos y de sus absurdas acciones para
alimentar sus añoranzas por la incomparable Dulcinea del Toboso. El hombre está
loco y es de otra época.
Pero ésta no es ni la mitad de la historia. En 1605 también
se publicó el texto completo de Hamlet. Don Quijote y Hamlet
son comparados frecuentemente, pero raramente esto es hecho por los chauvinistas
británicos. Ambas novelas comparten fantasmas y demonios, pasión y honor, y
utilizan representaciones dentro de representaciones como metáforas. Ambas nos
conducen a través de un puente desde la Edad Media a la introspección y la era
moderna. Pero el Quijote es el más inventivo, divertido, triste, la mente más
noble y el mejor conversador. Sus diálogos con Sancho Panza, el fiel e incrédulo
sirviente, están entre los más encantadores de la literatura.
Cervantes vivió su personaje. Peleó contra los turcos en Lepanto en 1571, la
batalla que cierra la Europa medieval. Perdió su mano derecha, fue esclavizado
en Africa y puesto prisionero en España. Sus obras fracasaban. Su vida era un
desastre. Aun así, en apenas unos pocos meses de 1605, Cervantes escribió un
libro que trascendió mucho más allá de su tiempo.
Las dos partes de Don Quijote son tan diferentes como tesis y antitesis.
El Quijote de la primera parte es el auténtico caballero fantasioso, saciado por
la lectura de rancios viejos textos. Se propone volver a actuar las reglas de
los caballeros, defender la justicia y el amor en un mundo inmoral. Pelea contra
molinos, ovejas e hijas de posaderos. En su gran ensayo sobre el Quijote, Carlos
Fuentes habla del "arte dando vida a lo que la historia ha matado".
La segunda parte rompe lanzas con el pasado. El Quijote escucha comentarios
sobre sus propias proezas, en realidad, sobre su propio libro. Ya ha castigado a
Sancho por pensar que él no se da cuenta que Dulcinea no es una gran belleza. El
Quijote sabe que Dulcinea es una vulgar aldeana, pero ella es aun más noble por
esa razón. "Y así," argumenta frente a Sancho, "bástame a mí pensar y creer que
es hermosa y honesta… Yo imagino que todo lo que digo es así, sin que sobre ni
falte nada; y píntola en mi imaginación como la deseo". Un millón de mujeres
españolas gritan ¡Olé! Ya no estamos seguros quién se burla de quién. ¿Quiénes
somos nosotros para legislar entre sueño y realidad? Somos actores y
espectadores en esta comedia.

Así, durante un show de títeres, el Quijote decapita a los muñecos soldados que
estaban por arrestar a una princesa y a su amante que escapaban hacia la
libertad. Luego compensa sobradamente al titiritero por su deuda de honor. En el
último capítulo llega la síntesis final. El moribundo Quijote renuncia a las
"sombras caliginosas de la ignorancia" que provienen de "la amarga y continua
leyenda de los detestables libros de las caballerías". Lamenta solamente que ya
no tiene tiempo para leer "otros libros que sean luz del alma".
Don Quijote es supuestamente la novela más popular de la historia.
El Quijote fue adorado por
Sterne, Goethe, Flaubert, Dostoievsky, Kafka y Melvilla. Dos años atrás su saga
fue votada como la mejor novela de todos los tiempos por los "cien escritores
top" del mundo.
Muchos han llegado a considerar al Quijote como un amigo de la vida. Como
Cervantes, han sido esclavizados en Lepanto y emergieron con tan solo sus sueños
para seguir viviendo. Como el Quijote han anhelado más allá de toda esperanza y
han amado más allá del amor. Todos algunas veces vemos a los molinos de viento
como gigantes, y a los gigantes como molinos de viento. Cada uno de nosotros
tiene dentro un caballero errante, guiando su lanza y transformando la más
humilde carrera en una noble cruzada. Como el Quijote ansiamos saltar al
escenario de la vida, para calentar la mano congelada de Mimi o detener la daga
de Otelo. Imaginamos a ese bagallo que encontramos en el Subte como a la
incomparable Dulcinea, al menos hasta llegar a Tottenham Court Road.
De alguna manera sobreviviré sin Einstein. Puedo manejar la nave Tierra sin
conocer los mecanismos del átomo. Pero no puedo sobrevivir sin mi ícono. Levanto
mi copa por el Caballero de la Triste Figura, Don Quijote de la Mancha, quien
trota por la llanura de la vida buscando su destino de hombre. Sabía que la
razón triunfaría al fin, pero también sabía que la razón no era suficiente. El
epitafio del Quijote dice: "Fue su buena gran fortuna vivir como un loco y morir
cuerdo". Amén.