Muchos hombres aman los mundos ingrávidos, sutiles y gentiles como pompas de
jabón. Saludan a los aviones que pasan sobre sus cabezas, se sorprenden con las
bocinas estridentes de los barcos, juegan a fabricar anillos de humo de
cigarrillo. Las cosas que flotan tienen un encanto especial; tal vez sea
porque se anhele esa voluntad que les permite elevarse hacia lo alto, resistiendo
las fuerzas que tiran hacia abajo. En la número doce de Divulgón hay muchas cosas
que flotan.
Y qué es lo primero que ve flotar el hombre y más lo asombra si no es la
Luna. La Luna que siempre está ahí,
prendida de ningún lugar, flotando en el medio del cielo. Pero hubo un tiempo en que
no había Luna; un tiempo sin lunáticos, ni mareas, ni noches alumbradas por su
luz. Por supuesto, eran otros tiempos. Pero, ¿cómo surgió
la Luna? ¿Vino de algún otro rincón del Universo? ¿O es
acaso un desprendimiento de nuestro planeta?
En Lunático desconcierto se barajan hipótesis
sobre los posibles orígenes de la Luna.
Sin pastillas, ni cirugía nos traslada al
Paris de fines del siglo dieciocho. Allí, un tal doctor Mesmer practicaba una
medicina alternativa que consistía en manipular el sutil e ingrávido magnetismo
animal para curar todos los males. Bajo la influencia de Mesmer los pacientes
sentían que flotaban en dimensiones desconocidas, arrastrados de aquí para allá
por pura energía magnética. Edgar Allan Poe nos advierte que a veces estas
prácticas no resultaban tan placenteras.
Más allá de las etéreas flotaciones de la Luna y de los pacientes del doctor
Mesmer, en El comienzo de Arquímedes
tenemos a Arquímedes gritando Eureka y respondiéndonos al mismo tiempo porqué
flotan los barcos, los peces, los globos aerostáticos y todas esas cosas que se
hamacan suavemente en el agua y en el aire.
Gracias al campo magnético terrestre una brújula permite distinguir norte de
sur y no perdernos en el medio de la nada. Ahora si queremos distinguir arriba
de abajo no necesitamos ningún instrumento, basta mirar donde están nuestros
pies y sabremos donde está el abajo. Pero pensemos un rato en los bichos que
viven dentro de los océanos, flotando en un mundo azul oscuro por todos lados.
Mundo magnético nos explica que para estos
bichos el campo magnético de la Tierra también es una buena ayuda para
orientarse.
Quedémonos un rato en el agua. Se piensa que fue allí donde se desarrollaron
las primeras formas de vida. En algún momento, uno de nuestros antepasados se
cansó de flotar y buscó la tierra firme. Mucho millones de años después,
evolución mediante, llegó el hombre. Historias
de familia nos cuenta que genéticamente no somos tan distintos a nuestros
predecesores, y que algo conservamos de aquellos parientes nuestros que hacían
la plancha en el agua.
Los poetas intentan descifrar lo perecedero, lo que vive desapareciendo, lo
que no se puede atrapar e intentan hacerlo tangible e inmortal. Buscan armar con
palabras mundos sutiles que floten sobre nuestra realidad, como el vapor flota
sobre el agua. Los científicos por otro lado buscan escribir el libro de la
realidad. Pero ¿dónde está la esencia del hombre? ¿En lo
real o en lo sutil? Literatura vs. Ciencia
reproduce un artículo que rescata la literatura por sobre la ciencia, al Quijote
por sobre la relatividad de Einstein. ¡A no enojarse!