Cuando pensamos en el magnetismo lo primero que nos viene a la
mente es el conjunto de objetos de uso cotidiano relacionados con los fenómenos
magnéticos. Brújulas, motores, tarjetas de créditos, reproductores de música,
computadoras, diagnósticos por imágenes, radios, celulares, etc. Sin embargo,
nuestra relación con el magnetismo va más allá de una simple cuestión de
confort. Nuestro planeta está rodeado de un gran campo magnético que lo hace
comportar como un enorme imán.
Sin lugar a dudas, esta característica no sólo ha marcado el
rumbo de nuestras vidas sino el de todos los seres vivos del planeta.
Un gran imán
El origen del campo magnético
terrestre se le atribuye al movimiento de la capa de hierro líquida que rota
alrededor del núcleo sólido central de la Tierra.
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Esta idea está basada en el principio del dínamo que dice: si un disco conductor
rotatorio se coloca en un campo
magnético se genera una diferencia de potencial entre su centro y el borde. Si
además la corriente producida por este disco refuerza, de alguna manera, el
campo magnético se dice que el dínamo es autoexcitado. En nuestro caso, el
hierro líquido juega el mismo papel que las corrientes que refuerzan el campo
magnético, que en la superficie de la Tierra llega a ser de unos 0.5 gauss – mil
veces más chico que el campo magnético que genera un imán de heladera.
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Aunque la teoría del dínamo terrestre está
ampliamente entendida, muchos detalles siguen siendo un misterio ya que el
movimiento del magma, o lava, a lo largo de períodos muy prolongados se vuelve
muy complejo. Por ejemplo, es muy difícil explicar porqué el campo magnético
terrestre se invierte aproximadamente cada unos 200.000 años, aunque ya pasaron
unos 800.000 años sin haberse invertido. Parece ser que el dínamo de alguna
manera se apaga, y al volver a encenderse lo hace con un campo magnético
invertido. Durante el pasaje de una dirección a otra, puede haber períodos de
tiempo, tal vez de unos miles de años, en los que el campo magnético sea
prácticamente nulo.
Este estado tendría consecuencias muy
serias sobre la vida en la superficie de nuestro planeta, ya que el campo actúa
como un gran escudo que nos protege del viento solar, compuesto por corrientes
de partículas altamente energéticas que constantemente nos bombardean
desde el Sol. Estos vientos solares se deflectan alrededor de la Tierra gracias
a su campo magnético. Si las partículas de viento solar, compuestas
mayoritariamente por electrones y protones, llegaran directamente a la
atmósfera terrestre desencadenarían una serie de complejos procesos químicos
que destruirían el ozono de la estratosfera – la parte superior de la atmósfera.
La función más importante que cumple el ozono es absorber la
radiación solar ultravioleta, muy dañina para la vida. Hoy, esta capa de ozono
es el centro de atención público ya que nosotros, los mismos seres vivos,
estamos atentando contra ella. De todos modos, sin el campo magnético protector
el viento solar impactaría directamente sobre la atmósfera haciendo desaparecer
por completo la capa de ozono. Muchas especies que viven al borde de la
tolerancia de la radiación ultravioleta serían desvastadas durante largos
períodos de campo magnético nulo. Los archivos geológicos muestran que en las
épocas de reversión de campo magnético muchas especies de distinto tipo se
extinguieron.
El campo magnético terrestre, entonces, es
esencial para el origen y sustentación de la vida tal cual la conocemos. Pues,
sin nuestro escudo magnético invisible no estaríamos aquí.
A esta importante conclusión se pudo llegar gracias a la
existencia del imán natural –o más técnicamente, a la magnetita--, cuyo
descubrimiento le permitió al hombre darse cuenta por primera vez de la
existencia del campo magnético terrestre. Hoy día cualquiera que tenga una
brújula en sus manos puede ver por donde pasan las líneas del campo magnético
terrestre. Además, los esfuerzos que el hombre hizo desde la antigüedad para
entender el misterioso fenómeno del magnetismo permitieron elaborar esta idea,
casi fantástica, de que el interior de la Tierra se comporta como un gigantesco
imán.
Bacterias fabricantes de imanes
Generalmente, la magnetita se encuentra
formando capas en grandes depósitos de hierro. Esta peculiaridad condujo a la
sorprendente hipótesis de que cierto tipo de bacterias fueron las encargadas de
fabricar las minas de magnetita que hoy conocemos. De acuerdo con estudios muy
recientes, existen unas bacterias denominadas GS-15 que sobreviven en ausencia
de oxígeno y requieren hierro para su metabolismo. Comen el óxido ferroso no
magnético –la forma natural en que el hierro se encuentra en las minas--
durante el desayuno, almuerzo y cena, y lo convierten en magnetita. Se cree
que hace mil millones de años atrás, durante el período precámbrico, estas
bacterias formaron las capas de magnetita a partir de grandes depósitos de
hierro. Las GS-15, que parecen haber vivido a unos sesenta metros por debajo
de la superficie de la Tierra, pertenecen al linaje de microorganismos
anteriores al desarrollo de la fotosíntesis. También fueron encontrados
depósitos de magnetita en el océano con una edad que oscila desde el cuaternario
(dos millones de años) al eoceno (quince millones de años), época en la que
fueron habitados por estas bacterias.

Dicen que una bacterias andan por allí comiendo hierro y
transformándolo en imanes
Bacterias bien orientadas
Por otro lado, existen otras bacterias,
denominadas magnetostáticas, que usan el campo magnético terrestre para
encontrar su comida. Estas criaturas tienen pequeñas brújulas en su cuerpo que
no usan para distinguir el norte del sur sino arriba de abajo. La existencia de
las bacterias magnetostáticas son un ejemplo más de la magnífica obsesión de la
naturaleza. La vida se expande en todas las posibles grietas y rincones
ecológicos y hace uso de todas las oportunidades que se le ofrecen para
sobrevivir. Uno de estos nichos involucra el uso de la información contenida en
el campo magnético terrestre.
Las líneas del campo magnético terrestre se
dirigen aproximadamente desde el polo sur geográfico al polo norte. Pero como
los polos del imán terrestre se encuentran en el interior, las líneas de campo
magnético están inclinadas respecto de la superficie de la Tierra, excepto en
el ecuador magnético. Cerca de los polos magnéticos, en cambio, las líneas de
campo se dirigen hacia arriba en el polo sur geográfico, o hacia abajo en el
polo norte, y las brújulas empiezan a ser de muy poca utilidad.

Las bacterias magnetostáticas, entonces,
nadan a lo largo de las líneas del campo magnético terrestre. En experimentos de
laboratorio, se comprobó que si el campo era invertido la bacteria
magnetostática nadaba en la dirección opuesta. Estas bacterias normalmente viven
en lagos y pantanos, y andan en busca de nutrientes que se encuentran en los
sedimentos del fondo. Para encontrar su comida nadan hacia las profundidades
a lo largo del campo magnético terrestre. Estos organismos evolucionaron para
hacer esto gracias a los pequeños granos de magnetita de sus células que, al
estar unidos en largas cadenas, funcionan como un rudimentario detector de campo
magnético. Al igual que ocurre con dos imanes de polos opuestos, el suave tirón
magnético que reciben las bacterias desde el polo norte de la Tierra las guía a
nadar hacia las profundidades de los sedimentos.
Si a una bacteria magnetostática del norte
se la llevara al sur continuaría nadando a lo largo del campo magnético. Pero
en el hemisferio sur las líneas de campo se dirigen hacia arriba, es decir,
hacia la superficie. Entonces, las bacterias seguirían las líneas de campo
hasta encontrar la superficie del agua y morir de hambre. Esto ha sido
confirmado mediante experimentos en laboratorios.
A esta altura podríamos preguntarnos ¿qué
le pasaría a la bacteria cuando el campo magnético terrestre se invierte?
Inadvertidamente la naturaleza ha tenido también este cuidado gracias a las
mutaciones. En una población normal de bacterias hay mutantes aberrantes que
nadan en la dirección equivocada y se mueren. Pero si el campo magnético se
invierte son éstas las que tomarán ventaja y sobrevivirán. Luego las normales se
morirán de hambre y las mutantes sobrevivirán para comenzar una nueva población,
y tal vez, nuevas especies de bacterias magnetostáticas.
El descubrimiento de estas bacterias llevó
a especular que una gran cantidad de colonias podrían haber sido las
responsables de los estratos de magnetita que residen en los depósitos de
hierro. Hace unos dos mil millones de años las bacterias magnetostáticas
pudieron haber sido la especie más dominante del planeta. Todavía hoy están
desparramadas y se han encontrado en algunos lugares de Bavaria. Ellas también
convierten el hierro en magnetita en el interior de sus células y esto
contribuye a las formación de granos de magnetita en el suelo. Pero estos granos
de magnetita son muy pequeños y no ocurren en suficientes cantidades como para
producir rocas magnéticas. En cambio, pare ser que la bacteria GS-15 es la
verdadera responsable.

Animales magnéticamente sensibles
Muchas otras especies son magnéticamente
sensibles y usan el magnetismo para sobrevivir. Abejas, palomas, tortugas
marinas, varias especies de pájaros migratorios, salmones, atunes, delfines y
ballenas.
Por ejemplo, se sabe que los delfines del
Pacífico tienen magnetita en la estructura celular de lugares específicos del
cerebro. Por eso es muy probable que los delfines usen el campo magnético
terrestre para distinguir entre abajo y arriba. El delfín es un mamífero que
respira aire y regularmente debe ir hacia la superficie por aire. Durante una
inmersión nocturna ¿cómo sabe donde está la superficie del agua? Su sonar no
puede serle de gran utilidad. Y como el delfín es neutralmente flotante no puede
relajarse y esperar que el empuje lo lleve hacia arriba. Por eso parece
bastante probable que los delfines sean sensibles al tirón magnético de la
Tierra y lo utilicen como forma efectiva para saber hacia donde hay que nadar
para tomar aire.
Por otro lado, los estudios detallados del
campo magnético a lo largo del globo muestran que el campo magnético terrestre,
en vez de ser uniforme, es bastante irregular. Por ejemplo, a lo largo de la
costa este de los Estados Unidos hay grandes irregularidades en donde el campo
magnético apunta hacia la costa. Por eso se piensa que hay una relación muy
estrecha entre la gran cantidad de ballenas encalladas y las altas anomalías
locales del campo magnético terrestre.
Finalmente, llegamos al magnetismo animal,
frase acuñada por el médico austríaco Friedrich Antón Mesmer,
mediante la cual le atribuía al cuerpo un poder natural que podía ser
restaurado por medio del uso terapéutico del magnetismo. Ésta es
otra historia de Divulgón.