Los humanos no somos como el resto de los animales,
esta frase forma parte del conocimiento popular,
independientemente de que existan fundamentos que la sustenten, y algún motivo
debe haber. Fácil es darse cuenta que la “cultura” interviene profundamente en
todas nuestras actividades biológicas, desde qué y cuánto comemos, qué
fabricamos y, por supuesto, cómo nos reproducimos, tema fundamental para
intentar responder a nuestra pregunta.
Los seres humanos, a diferencia del resto de los animales, utilizamos métodos
anticonceptivos para evitar tener hijos y técnicas de fertilización asistida para cuando
tenerlos no es naturalmente sencillo, medicinas para prolongar la vida y
recientemente hemos adquirido la capacidad de modificar nuestro propio ADN.
Todo esto hace tentador pensar que la especie traspasa las leyes de la
evolución natural. Tentador, pero ¿cierto?
¿Qué es la Evolución?
No es posible responder esta pregunta en forma completa desde un párrafo o
siquiera un artículo, sin embargo es posible delinear algunos conceptos básicos
que permiten pensar como funciona.
La definición de especie está signada por la incompatibilidad reproductiva, es
decir, los individuos de especies distintas no son capaces de reproducirse
entre sí, con algunas pocas excepciones en las que de todas maneras la
descendencia es estéril, la mula por ejemplo. Así, los individuos de una misma
especie pueden acumular una cierta cantidad de diferencias hasta que esto
genera un cambio cualitativo y ya no pueden reproducirse entre si, dando origen
a una nueva especie.
Estos cambios pueden ocurrir como un continuo dentro de una población o estar
catalizados particularmente por migraciones o catástrofes. A través de los
registros fósiles y análisis de secuencias de ADN es posible trazar un
recorrido entre ancestros y representantes actuales de muchas especies. Así, es
interesante observar que la idea de evolución no necesariamente debe estar
asociada a la de progreso. En términos funcionales puede pensarse a la
evolución construida sobre dos piedras fundamentales: la existencia de variaciones
heredables y la selección. Es decir, debe existir una forma en la cual los
cambios en las
capacidades biológicas de los organismos son transmitidos a
las generaciones siguientes y, por otra parte, debe operar una selección de unos individuos
sobre otros. Tratemos de pensar entonces la respuesta a nuestra pregunta sobre
la evolución de la especie humana en
función del análisis de estos dos puntos.
Las variaciones heredables
La herencia ha sido uno de los problemas centrales en la biología y entender su
fundamento ha impulsado el desarrollo de la genética y la biología molecular
modernas. Hoy sabemos con lujo de detalles que la información genética que se
transmite de generación en generación está contenida en los ácidos nucleicos. Sabemos
también que nuestra reproducción es básicamente sexual y sin introducirnos en
la discusión acerca de la posibilidad de clonar seres humanos podemos
considerar que llevamos caracteres de nuestros padres y que la célula que da
origen a un nuevo individuo proviene de la unión de un óvulo (gameta sexual
femenina) con un
espermatozoide (gameta sexual masculina). Pues bien, veamos rápidamente, en
busca de nuestra fuente de variabilidad, como se
forman estas “gametas
sexuales”.
La formación de las gametas ocurre por un proceso denominado división meiótica. En
él, el ADN de la célula que va a dar origen a las gametas se duplica, de manera
que cada una de las gametas a generar
lleve una copia de cada uno de los cromosomas existentes en la célula original,
esta duplicación es seguida de un proceso de recombinación y dos divisiones
celulares. De esta manera, una célula con 46 cromosomas genera 4 gametas (óvulos
o espermatozoides) con 23 cromosomas cada una. Cuando el espermatozoide
fertiliza el óvulo, el número diploide de 46 cromosomas es restituido.
¿Pero donde está la variabilidad?
Por un lado, si bien la maquinaria de replicación del ADN es muy eficiente y tiene
además un sistema de corrección de errores, aún así se equivoca, y lo hace en
un nucleótido cada mil millones. Cuando se introducen cambios en la secuencia
del ADN, estos pueden generar nuevas actividades biológicas que en algunos
casos implican un beneficio y en otros pueden ser perjudiciales o incluso
letales. Estas mutaciones constituyen una importante fuente de variabilidad.
Por otra parte, la recombinación genética que ocurre durante la meiosis da como
resultado nuevas combinaciones de genes que dan a la descendencia características
únicas. De esta manera, estos dos sucesos implican la aparición de nuevos genes
o nuevas combinaciones de ellos.
En términos generales no se ha observado que exista una variación en la frecuencia
de aparición de mutaciones. Es decir, la enzima que se ocupa de la replicación
del ADN no se equivoca ni más ni menos de lo que lo viene haciendo en los
últimos miles de años. Tampoco se cree que exista una variación en la tasa de
recombinación. Entonces, desde este punto de vista, “la existencia de cambios
heredables” continua. Veamos que es lo que pasa con la selección
La selección ¿natural?
Entre las filas de los evolucionistas existen muchísimas discordancias. Los debates
principales conciernen a los mecanismos que llevan a la especiación. El punto
crucial de esta discusión es si la selección natural opera sobre los genes, los
organismos, las especies o los tres niveles a la vez. Cuando pensamos la
selección en términos específicos para la especie humana la cuestión se
complica aún más y se ajusta mucho menos a la premisa de "supervivencia y
reproducción".
La medicina moderna permite a los seres humanos pasar por alto enfermedades y
accidentes que podrían matarlos. La expectativa de vida ha ascendido
notablemente en el último siglo y la muerte puede retrasarse
significativamente. Estas características tienen gran incidencia en la
composición de la población, sin embargo, pueden no ser rasgos heredables. Es
decir, individuos claramente longevos pero que no tengan hijos, o al menos no un
número mayor que la media, no tendrán incidencia más allá de su generación.
Un factor con clara incidencia en la evolución es el control de la natalidad. Por
una parte existe un conjunto de tecnologías que hace posible la procreación en
situaciones antes impensadas. De esta manera cuestiones de índole netamente biológicas
que harían imposible la reproducción son nuevamente modificadas por productos
de la tecnología desarrollada por el hombre. Esto tiene a su vez una doble
incidencia, ya que se pasa por alto una imposibilidad biológica que a su vez
puede ser transmitida a la generación siguiente.
Por otra parte, existen pautas culturales que condicionan drásticamente el tamaño de la
descendencia. En China, tener más de un hijo está penado por el Estado,
mientras que en Europa, donde la baja tasa de natalidad es una gran
preocupación, el estado intenta estimular que la población tenga un número
mayor de hijos mediante subsidios y ventajas sociales. De esta manera, a
diferencia de lo que puede observarse en otros animales, el tamaño de la
descendencia no está asociado a cualidades biológicas.
También debe considerarse que el hombre está cambiando en una manera muy rápida su
entorno, alterando el clima, aumentando la polución ambiental y creando las
condiciones para la emergencia de nuevas enfermedades. Estos factores no deben
despreciarse al pensar como el hombre puede estar "conduciendo" su propia
evolución.

Entonces, ¿estamos todavía evolucionando?
Si, nuestros genes siguen cambiando y existe una selección activa sobre ellos.
Nuestra relación con la biología es sin duda muy particular y las herramientas
de la ingeniería genética actúan tanto como agentes de cambio como de selección
de una manera que no presenta antecedentes. Sin embargo, aún cuando es mucho lo
que sabemos de nuestra biología es mucho más aún lo que queda por comprender. Consideremos en este segundo grupo el destino evolutivo de la especie.