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Bajo la lupa | Junio 2005
 

¿Sigue evolucionando la especia humana?

Los humanos no somos como el resto de los animales, esta frase forma parte del conocimiento popular, independientemente de que existan fundamentos que la sustenten, y algún motivo debe haber. Fácil es darse cuenta que la “cultura” interviene profundamente en todas nuestras actividades biológicas, desde qué y cuánto comemos, qué fabricamos y, por supuesto, cómo nos reproducimos, tema fundamental para intentar responder a nuestra pregunta.

Los seres humanos, a diferencia del resto de los animales, utilizamos métodos anticonceptivos para evitar tener hijos y técnicas de fertilización asistida para cuando tenerlos no es naturalmente sencillo, medicinas para prolongar la vida y recientemente hemos adquirido la capacidad de modificar nuestro propio ADN. Todo esto hace tentador pensar que la especie traspasa las leyes de la evolución natural. Tentador, pero ¿cierto?

¿Qué es la Evolución?

No es posible responder esta pregunta en forma completa desde un párrafo o siquiera un artículo, sin embargo es posible delinear algunos conceptos básicos que permiten pensar como funciona.

La definición de especie está signada por la incompatibilidad reproductiva, es decir, los individuos de especies distintas no son capaces de reproducirse entre sí, con algunas pocas excepciones en las que de todas maneras la descendencia es estéril, la mula por ejemplo. Así, los individuos de una misma especie pueden acumular una cierta cantidad de diferencias hasta que esto genera un cambio cualitativo y ya no pueden reproducirse entre si, dando origen a una nueva especie.

Estos cambios pueden ocurrir como un continuo dentro de una población o estar catalizados particularmente por migraciones o catástrofes. A través de los registros fósiles y análisis de secuencias de ADN es posible trazar un recorrido entre ancestros y representantes actuales de muchas especies. Así, es interesante observar que la idea de evolución no necesariamente debe estar asociada a la de progreso. En términos funcionales puede pensarse a la evolución construida sobre dos piedras fundamentales: la existencia de variaciones heredables y la selección. Es decir, debe existir una forma en la cual los cambios en las capacidades biológicas de los organismos son transmitidos a las generaciones siguientes y, por otra parte, debe operar una selección de unos individuos sobre otros. Tratemos de pensar entonces la respuesta a nuestra pregunta sobre la evolución de la especie humana en función del análisis de estos dos puntos.

Las variaciones heredables

La herencia ha sido uno de los problemas centrales en la biología y entender su fundamento ha impulsado el desarrollo de la genética y la biología molecular modernas. Hoy sabemos con lujo de detalles que la información genética que se transmite de generación en generación está contenida en los ácidos nucleicos. Sabemos también que nuestra reproducción es básicamente sexual y sin introducirnos en la discusión acerca de la posibilidad de clonar seres humanos podemos considerar que llevamos caracteres de nuestros padres y que la célula que da origen a un nuevo individuo proviene de la unión de un óvulo (gameta sexual femenina) con un espermatozoide (gameta sexual masculina). Pues bien, veamos rápidamente, en busca de nuestra fuente de variabilidad, como se forman estas “gametas sexuales”.

La formación de las gametas ocurre por un proceso denominado división meiótica. En él, el ADN de la célula que va a dar origen a las gametas se duplica, de manera que cada una de las gametas a generar lleve una copia de cada uno de los cromosomas existentes en la célula original, esta duplicación es seguida de un proceso de recombinación y dos divisiones celulares. De esta manera, una célula con 46 cromosomas genera 4 gametas (óvulos o espermatozoides) con 23 cromosomas cada una. Cuando el espermatozoide fertiliza el óvulo, el número diploide de 46 cromosomas es restituido.

¿Pero donde está la variabilidad?

Por un lado, si bien la maquinaria de replicación del ADN es muy eficiente y tiene además un sistema de corrección de errores, aún así se equivoca, y lo hace en un nucleótido cada mil millones. Cuando se introducen cambios en la secuencia del ADN, estos pueden generar nuevas actividades biológicas que en algunos casos implican un beneficio y en otros pueden ser perjudiciales o incluso letales. Estas mutaciones constituyen una importante fuente de variabilidad.

Por otra parte, la recombinación genética que ocurre durante la meiosis da como resultado nuevas combinaciones de genes que dan a la descendencia características únicas. De esta manera, estos dos sucesos implican la aparición de nuevos genes o nuevas combinaciones de ellos.

En términos generales no se ha observado que exista una variación en la frecuencia de aparición de mutaciones. Es decir, la enzima que se ocupa de la replicación del ADN no se equivoca ni más ni menos de lo que lo viene haciendo en los últimos miles de años. Tampoco se cree que exista una variación en la tasa de recombinación. Entonces, desde este punto de vista, “la existencia de cambios heredables” continua. Veamos que es lo que pasa con la selección

La selección ¿natural?

Entre las filas de los evolucionistas existen muchísimas discordancias. Los debates principales conciernen a los mecanismos que llevan a la especiación. El punto crucial de esta discusión es si la selección natural opera sobre los genes, los organismos, las especies o los tres niveles a la vez. Cuando pensamos la selección en términos específicos para la especie humana la cuestión se complica aún más y se ajusta mucho menos a la premisa de "supervivencia y reproducción".

La medicina moderna permite a los seres humanos pasar por alto enfermedades y accidentes que podrían matarlos. La expectativa de vida ha ascendido notablemente en el último siglo y la muerte puede retrasarse significativamente. Estas características tienen gran incidencia en la composición de la población, sin embargo, pueden no ser rasgos heredables. Es decir, individuos claramente longevos pero que no tengan hijos, o al menos no un número mayor que la media, no tendrán incidencia más allá de su generación.

Un factor con clara incidencia en la evolución es el control de la natalidad. Por una parte existe un conjunto de tecnologías que hace posible la procreación en situaciones antes impensadas. De esta manera cuestiones de índole netamente biológicas que harían imposible la reproducción son nuevamente modificadas por productos de la tecnología desarrollada por el hombre. Esto tiene a su vez una doble incidencia, ya que se pasa por alto una imposibilidad biológica que a su vez puede ser transmitida a la generación siguiente.

Por otra parte, existen pautas culturales que condicionan drásticamente el tamaño de la descendencia. En China, tener más de un hijo está penado por el Estado, mientras que en Europa, donde la baja tasa de natalidad es una gran preocupación, el estado intenta estimular que la población tenga un número mayor de hijos mediante subsidios y ventajas sociales. De esta manera, a diferencia de lo que puede observarse en otros animales, el tamaño de la descendencia no está asociado a cualidades biológicas.

También debe considerarse que el hombre está cambiando en una manera muy rápida su entorno, alterando el clima, aumentando la polución ambiental y creando las condiciones para la emergencia de nuevas enfermedades. Estos factores no deben despreciarse al pensar como el hombre puede estar "conduciendo" su propia evolución.

Entonces, ¿estamos todavía evolucionando?

Si, nuestros genes siguen cambiando y existe una selección activa sobre ellos. Nuestra relación con la biología es sin duda muy particular y las herramientas de la ingeniería genética actúan tanto como agentes de cambio como de selección de una manera que no presenta antecedentes. Sin embargo, aún cuando es mucho lo que sabemos de nuestra biología es mucho más aún lo que queda por comprender. Consideremos en este segundo grupo el destino evolutivo de la especie.

 

Divulgón recibe correspondencia en divulgon@ifir.edu.ar