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Para cortar y pegar | Junio 2005
 

Mundo interior

Primaveras, otoños, atardeceres que nos toman por sorpresa. Los movimientos de nuestro planeta no pasan inadvertidos a nuestros sentidos, e inevitablemente nos dictan el paso del tiempo, o más bien, el paso de nuestras vidas. ¿Y la Tierra? ¿En qué etapa de su vida se encuentra? ¿Cuáles son los rasgos que le marcan el paso del tiempo?

Hace unos 5000 millones de años la Tierra, recién formada, era un cuerpo que desbordaba de energía de manera tal que el calor generado en su interior fue y sigue fluyendo poco a poco hacia la superficie hasta disiparse en el espacio. Este flujo térmico dio y sigue dando lugar a varios fenómenos geológicos por los que la Tierra es considerada como un motor térmico que mientras esté en marcha estará geológicamente viva.

Actualmente la Tierra está constituida por tres capas fundamentales con temperaturas y composiciones bien diferentes, y en continuo movimiento:

Capa Profundidad (kms) Temperatura ( ºC)
Corteza 7 - 70 hasta 500
Manto 70 - 2900 2000 - 3300
Núcleo 2900 - 6370 4000 - 6600

¿Pero cómo se llegó a esto?

La Tierra junto con los demás planetas comenzaron a formarse a partir de una densa y gigantesca nebulosa que al sufrir el colapso gravitatorio se aplanó y se convirtió en un disco de polvo girando alrededor de una oscura masa central, nuestro Sol.

Nuevamente, gracias a la fuerza de gravedad se originaron granos de algunos centímetros que se fueron uniendo a otros hasta formar planetas de varios kilómetros de diámetro. Así, se pasó de una gran nube de polvo giratoria a un conjunto de planetas con órbitas bien definidas alrededor del Sol.

Durante este proceso la Tierra  se nutrió de silicatos y metales mezclados, principalmente hierro. Y debido a la gran cantidad de choques con otros objetos y a la energía liberada por fuentes radioactivas como el uranio, torio y un isótopo del potasio, la Tierra se calentó hasta llegar a la temperatura de fusión del hierro. Una vez fundido el hierro cayó gravitacionalmente hasta ocupar el centro del planeta, de donde desplazó a los silicatos. En este proceso se generó una gran cantidad de calor primordial proveniente de aquel colapso gravitacional, en lo que fue el mayor episodio térmico de la historia de la Tierra.

El interior de este núcleo de hierro fundido se solidificó y el calor desprendido dotó a la parte líquida externa del núcleo de un movimiento muy complejo que al producirse en el seno del campo magnético protosolar generó el campo magnético terrestre.

Los silicatos que fueron expulsados del centro pasaron a formar el manto. Posteriormente, al finalizar la formación de nuestro sistema solar, el cese del bombardeo de asteroides permitió que la superficie de la Tierra comenzase a enfriarse y a formar las primeras rocas de la corteza.

En una primera etapa el calor primordial y radioactivo almacenado en el interior comenzó a liberarse a través del vulcanismo, mediante la perforación de la litosfera en zonas de calentamiento muy intenso. Luego la Tierra empezó a comportarse como un motor térmico que puso en movimiento al manto. El origen de este movimiento es similar al de las corrientes convectivas que se generan en una habitación con una estufa en su interior. Como el aire es muy mal conductor del calor no puede transportar calor por conducción, es decir, transmitiendo su estado de agitación a las moléculas vecinas. Lo que en realidad ocurre es que el aire en las cercanías de la estufa se calienta y disminuye su densidad. Como la única fuerza que actúa es la gravedad se produce un ascenso de  las capas calientes y un descenso de las frías generando así una corriente de convección. En nuestro ejemplo el papel de la estufa lo hace el núcleo caliente, mientras que las corrientes convectivas tienen lugar en el manto, compuesto por silicatos muy malos conductores del calor. Por supuesto que a diferencia del aire el manto es mucho más viscoso y por eso los períodos de estas corrientes son de unos cientos de millones de años.

El efecto más importante de este  movimiento convectivo del manto es la fractura y reciclaje de la litosfera. Por ejemplo, las rocas continentales más antiguas rondan los cuatro mil millones de años, mientras que la corteza oceánica más antigua es de apenas unos ciento ochenta millones de años. Además, mientras en las cuencas oceánicas las rocas más antiguas se sitúan en los bordes cercanos a los continentes, en los continentes ocurre lo contrario: la rocas más antiguas se sitúan en las zonas centrales. Todo parece indicar que los continentes crecen por los bordes y los océanos por el centro.

Por eso el movimiento convectivo del manto es la verdadera cinta transportadora de los continentes, encargada de armar y desarmar constantemente el rompecabezas de nuestro mapamundi. Esta etapa de la deriva de los continentes tuvo, y sigue teniendo, efectos cruciales sobre la evolución de la biosfera de la Tierra debido a la gran variabilidad ambiental que implican los continentes en movimiento. Sin dudas, este fue el principal factor geológico de la evolución de los seres vivos en la Tierra.

¿Cuál es el futuro de la Tierra? Pues bien, ésta parece tener energía suficiente como para continuar con la etapa actual de fractura y reciclaje de litosfera hasta que por el enfriamiento aumente la viscosidad de la parte superior del manto y cesen las corrientes de convección. Mientras tanto la parte líquida del núcleo se solidificará desapareciendo así el campo magnético terrestre. Cuando todo esto suceda nuestro planeta comenzará a enfriarse por conducción hasta llegar al equilibrio térmico, o muerte geológica, como Mercurio y la Luna que ya consumieron su combustible hace cientos de millones de años.


Para seguir leyendo:
  • ¿Qué es la Tierra? por Takeuchi, Uyeda y Kanamori, Conjeturas, Antonio Bosch editor.
     
  • Origen e historia de la Tierra de Francisco Anguita Varela, Editorial Rueda.
     

Divulgón recibe correspondencia en divulgon@ifir.edu.ar