Hacia el centro de la Tierra
En estos días caminar por las calles de Rosario no es tarea sencilla. Es
tanta la humedad que pareciera que en vez de en aire estamos sumergidos en una
pecera
y dar cada paso cuesta un esfuerzo mayor al habitual. Imaginemos entonces la
tarea titánica que implica ir tierra adentro, tratando de llegar al centro de la
Tierra, atravesando rocas, magma, hierro, infiernos religiosos, temperaturas y
presiones altísimas. Para tener una idea de la dificultad basta mencionar que,
mientras hay naves espaciales humanas que ya llegaron a los confines del sistema
solar, a cientos de millones de kilómetros de nuestro planeta, el hombre no ha
logrado excavar más allá de los doce kilómetros de profundidad en su viaje hacia
el centro de la Tierra (en una perforación
en la península de Kola, Rusia). Y lo más profundo que una persona ha descendido
es tres kilómetros y medio, en minas de oro de Sudáfrica, soportando temperaturas
de 50 grados Celsius. Casi nada, si tenemos en cuenta que la distancia a recorrer
hasta el centro es de 6380 kilómetros.
Muchos han buscado alternativas para realizar el viaje, alternativas que no
impliquen andar luchando con taladros que pesan toneladas, que se funden y
se rompen. Desde Julio Verne, que hizo entrar a sus personajes al interior
terrestre a través del cráter de un volcán apagado, para encontrar allí dentro
otro mundo, a Lewis Caroll, que hizo caer a Alicia hacia las Antipáticas,
perdón, las Antípodas, por la madriguera de un conejo parlanchín. Pero no todo
es literatura, recientemente un científico propuso abrir una grieta en la
superficie terrestre mediante una explosión nuclear, para luego volcar dentro
toneladas de hierro líquido. Esa masa de hierro, con un robot adentro que haga
las mediciones científicas, se abriría camino hacia el
centro de la Tierra gracias a la fuerza de gravedad. Como el hierro tiene que
abrirse paso fundiendo el material que lo circunda, su arribo al centro no sería
muy rápido y estaría previsto en dos días y medio, mientras que la caída libre
de Alicia la llevó al centro en apenas veinte minutos (si es que ella pasó
por el centro).
Casi todos quieren emprender el viaje motivados por un espíritu aventurero,
buscando nuevos mundos en el subsuelo de la Tierra, donde esperan encontrar
civilizaciones prehistóricas, extraterrestres o lo que a
usted se le ocurra imaginar.
Otros persiguen fines científicos, quieren comprobar in situ si las teorías modernas
sobre la estructura terrestre son ciertas.
Pero también están aquellos para los cuales viajar al centro de la Tierra puede
resultar un negocio redondo. De esto último nos cuenta Ana María Shua.
Mis aventuras en el centro de la Tierra
por Ana María Shua
(Del libro "Expedición al Amazonas" 1988)
Cuando yo era
chica, no se viajaba tanto como ahora. La mayoría de los aviones tenían motores
a hélice y recién estaban empezando a funcionar los primeros aviones
supersónicos. Les decíamos “aviones a chorro” y eran algo bastante especial. Y
si no me creés, preguntale a tu papá. Como tomar un avión era casi una aventura
y viajar en barco se hacía muy largo, la gente se quedaba más en su casa.
Observando esta
situación, se me ocurrió una vez una gran idea para ganar plata. Yo seguía
necesitando el dinero para organizar mi expedición al Amazonas. Pensaba comprar
carpas, bolsas de dormir, mosquiteros y canoas y tenía que pagarle al indio
explorador que va adelante señalando el camino y a los indios que van atrás
llevando los bultos sobre la cabeza.
Mi idea era muy
simple: se trataba de cavar un pozo tan profundo que, cruzando por el centro de
la tierra, me permitiera llegar hasta la China, que queda justo del otro lado. A
través de mi pozo, sería posible viajar a China sin usar ningún medio de
transporte. Pensaba cobrar entrada a todos los que quisieran hacer el viaje,
menos a mi familia y a mi compañera de banco. En fin, un negocio redondo.

Yo vivía en un
departamento. Si uno hace un pozo en un departamento, el primer lugar al que
llega es al departamento de abajo. No sería fácil hacerles comprender a los
vecinos la importancia de mi proyecto. Decidí, entonces, cavar en el fondo de la
casa de mis abuelos, donde había una gran higuera, un jardín y una pequeña
plantación de achicorias.
El sábado al
mediodía fuimos a comer asado a casa de los abuelos. Pedí y obtuve permiso para
quedarme a dormir allí. Después del asado mis padres se fueron y los abuelos se
acostaron a dormir la siesta. Yo me quedé sola en el fondo, con mi balde y mi
pala, lista para empezar el trabajo.
Como en esa época
no había plástico, casi todos los juguetes eran de madera y los de playa eran
de metal. Yo tenía una buena pala de fierro, grande y fuerte, que me había
comprado con la plata que me dejaron los ratones por el primer colmillo que se
me cayó. Y si no me creés, preguntále a mi mamá. Llevaba una buena cantidad de
piolín enrollado en la cintura, debajo del pullover. El piolín siempre hace
falta.
Empecé a cavar
debajo de la higuera. Al principio la tierra era blanda y negra y no oponía
resistencia a mi pala. Tuve cuidado de no dañar las raíces del árbol. Pronto
dejé atrás la zona de las lombrices y la tierra se puso cada vez más seca y
dura. Pero yo tenía mucha práctica en esto de cavar porque hacía poco había
vuelto de las vacaciones en la playa. Fui escarbando escaloncitos en las paredes
del pozo para poder salir cuando quisiera.
A cierta altura
apareció la primera dificultad: la tierra se había terminado y ahora había que
cavar directamente en la piedra. Mi pala de fierro no servía para eso. Recordé,
entonces, que hay una piedra que se usa, hasta para cortar acero: es el
diamante. Y mi abuela tenía un diamante en su anillo de bodas.
Cuando salí a
buscar el anillo de la abuela, comprobé que la higuera había desaparecido
momentáneamente, tapada por la montaña de tierra y escombros que yo había sacado
del pozo.
En puntas de pie
entré en el dormitorio de los abuelos y tomé prestado el anillo, que estaba en
el cajón de la mesa de luz. De paso me llevé la linterna del abuelo porque el
pozo se estaba poniendo oscuro. Al pasar por la cocina vi la bolsa de las
compras con una docena de bananas y la llevé también, pensando que podía tener
hambre. Por la sed no me preocupé, porque para eso contaba con la existencia de
ríos o lagos subterráneos. Y si no me creés, fijate cómo se saca el agua en el
campo, con bombas o con molinos de viento que la hacen subir desde abajo de la
tierra.
El anillo de la
abuela, con su diamante, cortaba la roca sin dificultad, de modo que seguí
abriéndome paso hacia abajo, siempre en dirección a la China. El problema fue
que, a medida que me acercaba al centro de la tierra, cada vez hacía más calor.
Recién entonces comprendí que había dejado de lado un detalle importante: debajo
de la corteza terrestre no hay más que roca derretida, como la que sale en forma
de lava y fuego por los volcanes.

Me sentí algo
desanimada, Mi proyecto parecía a punto de fracasar. Por una parte, podía morir
derretida mucho antes de llegar a la China. Por otra parte, nunca iba a poder
cobrar entrada para pasar por un lugar tan peligroso. Y, finalmente, si llegaba
a provocar la aparición de un volcán en el fondo de la casa de los abuelos,
jamás volverían a invitarme a pasar con ellos el fin de semana.
Tenía mucha sed,
la boca reseca y la lengua pegada al paladar. ¿Dónde estaban los esperados
depósitos de agua subterránea? Casi no me quedaban fuerzas para seguir rompiendo
la roca y no sabía si lograría salir del pozo. Precisamente cuando ya estaba
desesperada, el golpe que di con el anillo sonó a hueco, un trozo de roca se
desprendió y por el agujero pude ver una gigantesca caverna. Apagué mi linterna:
el lugar estaba iluminado por el brillo de las extrañas piedras violáceas
incrustadas en el piso y en las paredes. (Una de ellas adorna hoy el estante de
mi biblioteca.)
Sentí un gran
alivio al ver que una parte de la caverna (tan grande que no alcanzaba a ver
dónde terminaba) estaba ocupada por un inmenso lago subterráneo. Até la punta de
mi piolín a una saliente de roca y me descolgué hasta el piso. Inmediatamente
sentí que me hundía hasta la cintura en un musgo rosado, muy alto y espeso, que
tapizaba las rocas. Si alguna vez venís a mi casa, te puedo mostrar un manojo de
musgo seco que tengo guardado de recuerdo entre las páginas de un libro.
Había grupos de
hongos gigantes, de unos cuantos metros de altura, formando bosquecillos. Corrí
hacia el lago. El agua era dulce y fresca y calmó mi sed.
De pronto, desde
un bosquecillo de hongos, vi asomar una cabeza de reptil sostenida por un cuello
largo y delgado. El animal avanzó. Seguía al cuello un enorme corpachón con
patas como columnas.
Yo sabía
perfectamente que los dinosaurios son una especie que se extinguió en la
prehistoria. Según algunos científicos, se murieron de frío cuando cambió la
temperatura del planeta. Evidentemente este magnífico ejemplar había sobrevivido
gracias al calor que hacía en el caverna y que provenía del centro de la tierra.
Afortunadamente no
se trataba de un Tiranosaurio Rey, que es un dinosaurio carnívoro muy peligroso.
Era, en cambio, un amable brontosaurio, de los que se conforman con alimentos
vegetales. El bicho pastaba tranquilamente en el musgo rosado de las rocas.
Así, pude
acercarme sin temor. El reptil tampoco se asustó con mi presencia, lo que no es
de extrañar, considerando que yo tenía el tamaño de uno de los dedos de sus
patas. Me observó con cierta curiosidad.
Parada en una roca
alta, le ofrecí una banana. Inclinando su flexible cuello hacia mí, la tomó de
mi mano con su lengua, como hace la jirafa del zoológico con las galletitas que
le ofrecen los chicos. Se la tragó con cáscara y todo.
Me puse muy
contenta. Aunque no lograra completar mi túnel hasta la China, se me presentaba
ahora otro excelente negocio: podía cobrar boleto por llevar a los chicos del
barrio a dar una vuelta manzana en brontosaurio. Para eso, naturalmente, debía
encontrar la forma de izar al animal hasta el fondo de la casa de mi abuela,
varios kilómetros más arriba.
Yo era muy fuerte.
Tanto, que hasta podía ganarle pulseadas a los varones. Y sin embargo, comprendí
que todo el poder de mis músculos no sería suficiente para levantar las tres mil
toneladas que pesaba el animal. Por otra parte no podía esperar que un
dinosaurio pasara a través del angosto pozo que me había llevado a mí hasta la
caverna.
Para empezar de
algún modo, decidí atar al dinosaurio con mi piolín. El animal enseguida me tomó
confianza y me iba siguiendo para comerse las bananas que yo le dejaba en el
camino. Así conseguí atraerlo hasta un grupo de rocas lo bastante altas como
para permitirme trepar sobre su lomo. Bajando por el otro lado (me deslizaba por
sus escamas como por un tobogán), pasando por debajo de su panza y volviendo a
subir, conseguí darle una cuantas vueltas de piolín a su gigantesco cuerpo.
Aseguré el piolín con varios nudos.
Después trepé
hasta el techo de la caverna y me dediqué a la fatigosa tarea de ensanchar el
pozo, mientras subía, al mismo tiempo, hacia la salida. No intenté, por el
momento, levantar al dinosaurio: otros eran mis planes. Fue una tarea tremenda,
agotadora, que terminó por desgastar completamente el brillante del anillo. Y si
no me creés, preguntale a mi abuelita, que nunca me perdonó del todo.
Cuando llegué por
fin a la superficie, tuve que destrozar todas las baldosas del patio para
hacerle lugar al brontosaurio. A todo esto Bronti seguía pastando tranquilamente
en su caverna, porque yo había tenido cuidado de ir largando piolín mientras
subía, (como hacen los buenos pescadores, cuando le aflojan la línea a los peces
para hacerles creer que se están escapando con la carnada). Temía que un tirón
inesperado lo espantara cuando todavía no había llegado el momento de izarlo.
El fondo de la
casa de mis abuelos había quedado completamente destruido, convertido en una
montaña al borde de un precipicio. Un poco preocupada salí a la calle y,
mientras preparaba un lazo con el extremo del piolín que tenía conmigo, esperé a
que pasara un camión.
Cuando por fin vi
pasar uno que me pareció lo bastante grande y fuerte, un camión casi tan pesado
como Bronti, con un hábil movimiento de mi brazo lancé el piolín y conseguí
enlazar la cabina. Repentinamente frenado por el peso del animal, el conductor
se sorprendió mucho y trató de aumentar la velocidad, exigiendo al máximo al
motor. Hacía ya mucho tiempo que el camión había desaparecido de la vista cuando
mi brontosaurio empezó a emerger por la boca del pozo.
Con ayuda de
Bronti, que parecía encantado de conocer el cielo, el sol y el fondo de la casa
de los abuelos, conseguí volver a meter en el pozo todas las piedras, la tierra
y los escombros. La higuera no había sufrido daño alguno y pronto estuvo todo
otra vez como siempre, excepto las baldosas rotas del patio, que tuve que pegar
como pude con un tubito de pegalotodo, el mejor pegamento que existía cuando yo
era chica.
Cuando mis abuelos
se despertaron de la siesta, se llevaron la gran sorpresa de encontrarse con mi
brontosaurio, que se estaba comiendo la achicoria del jardín. Y aunque es cierto
que tuve mucho éxito paseando en dinosaurio a los chicos del barrio, toda la
plata que gané la tuve que usar para comprar otro anillo para mi abuela y
baldosas nuevas para el patio del fondo. Sin hablar de lo que costaba alimentar
a Bronti, que necesitaba casi una tonelada de pasto por día.
Bronti vivió
durante muchos años en el fondo de la casa de mis abuelos. Tenía la mala
costumbre de comerse todos los higos y la abuela protestaba porque ya no los
podía usar para hacer su dulce preferido. Por lo demás resultó ser un animal muy
cariñoso y de buen carácter. Cuando se murió de tan viejito, doné su esqueleto
al Museo de Ciencias Naturales. Y si no me creés, andá cualquier día al Museo y
allí vas a ver, en la sala dedicada a los dinosaurios, los huesos gigantescos de
mi querido amigo, el brontosaurio.
Claro que todavía
me quedaba por resolver un problema: cómo conseguir la plata que necesitaba para
organizar mi gran expedición a la selva del Amazonas.