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Curiosas intersecciones | Junio 2005

Hacia el centro de la Tierra

En estos días caminar por las calles de Rosario no es tarea sencilla. Es tanta la humedad que pareciera que en vez de en aire estamos sumergidos en una pecera y dar cada paso cuesta un esfuerzo mayor al habitual. Imaginemos entonces la tarea titánica que implica ir tierra adentro, tratando de llegar al centro de la Tierra, atravesando rocas, magma, hierro, infiernos religiosos, temperaturas y presiones altísimas. Para tener una idea de la dificultad basta mencionar que, mientras hay naves espaciales humanas que ya llegaron a los confines del sistema solar, a cientos de millones de kilómetros de nuestro planeta, el hombre no ha logrado excavar más allá de los doce kilómetros de profundidad en su viaje hacia el centro de la Tierra (en una perforación en la península de Kola, Rusia). Y lo más profundo que una persona ha descendido es tres kilómetros y medio, en minas de oro de Sudáfrica, soportando temperaturas de 50 grados Celsius. Casi nada, si tenemos en cuenta que la distancia a recorrer hasta el centro es de 6380 kilómetros.

Muchos han buscado alternativas para realizar el viaje, alternativas que no impliquen andar luchando con taladros que pesan toneladas, que se funden y se rompen. Desde Julio Verne, que hizo entrar a sus personajes al interior terrestre a través del cráter de un volcán apagado, para encontrar allí dentro otro mundo, a Lewis Caroll, que hizo caer a Alicia hacia las Antipáticas, perdón, las Antípodas, por la madriguera de un conejo parlanchín. Pero no todo es literatura, recientemente un científico propuso abrir una grieta en la superficie terrestre mediante una explosión nuclear, para luego volcar dentro toneladas de hierro líquido. Esa masa de hierro, con un robot adentro que haga las mediciones científicas, se abriría camino hacia el centro de la Tierra gracias a la fuerza de gravedad. Como el hierro tiene que abrirse paso fundiendo el material que lo circunda, su arribo al centro no sería muy rápido y estaría previsto en dos días y medio, mientras que la caída libre de Alicia la llevó al centro en apenas veinte minutos (si es que ella pasó por el centro).

Casi todos quieren emprender el viaje motivados por un espíritu aventurero, buscando nuevos mundos en el subsuelo de la Tierra, donde esperan encontrar civilizaciones prehistóricas, extraterrestres o lo que a usted se le ocurra imaginar. Otros persiguen fines científicos, quieren comprobar in situ si las teorías modernas sobre la estructura terrestre son ciertas. Pero también están aquellos para los cuales viajar al centro de la Tierra puede resultar un negocio redondo. De esto último nos cuenta Ana María Shua.

 

Mis aventuras en el centro de la Tierra

por Ana María Shua

(Del libro "Expedición al Amazonas" 1988)

Cuando yo era chica, no se viajaba tanto como ahora. La mayoría de los aviones tenían motores a hélice y recién estaban empezando a funcionar los primeros aviones supersónicos. Les decíamos “aviones a chorro” y eran algo bastante especial. Y si no me creés, preguntale a tu papá. Como tomar un avión era casi una aventura y viajar en barco se hacía muy largo, la gente se quedaba más en su casa.

Observando esta situación, se me ocurrió una vez una gran idea para ganar plata. Yo seguía necesitando el dinero para organizar mi expedición al Amazonas. Pensaba comprar carpas, bolsas de dormir, mosquiteros y canoas y tenía que pagarle al indio explorador que va adelante señalando el camino y a los indios que van atrás llevando los bultos sobre la cabeza.

Mi idea era muy simple: se trataba de cavar un pozo tan profundo que, cruzando por el centro de la tierra, me permitiera llegar hasta la China, que queda justo del otro lado. A través de mi pozo, sería posible viajar a China sin usar ningún medio de transporte. Pensaba cobrar entrada a todos los que quisieran hacer el viaje, menos a mi familia y a mi compañera de banco. En fin, un negocio redondo.

Yo vivía en un departamento. Si uno hace un pozo en un departamento, el primer lugar al que llega es al departamento de abajo. No sería fácil hacerles comprender a los vecinos la importancia de mi proyecto. Decidí, entonces, cavar en el fondo de la casa de mis abuelos, donde había una gran higuera, un jardín y una pequeña plantación de achicorias.

El sábado al mediodía fuimos a comer asado a casa de los abuelos. Pedí y obtuve permiso para quedarme a dormir allí. Después del asado mis padres se fueron y los abuelos se acostaron a dormir la siesta. Yo me quedé sola en el fondo, con mi balde y mi pala, lista para empezar el trabajo.

Como en esa época no había plástico, casi todos los juguetes eran de madera y los de playa eran de metal. Yo tenía una buena pala de fierro, grande y fuerte, que me había comprado con la plata que me dejaron los ratones por el primer colmillo que se me cayó. Y si no me creés, preguntále a mi mamá. Llevaba una buena cantidad de piolín enrollado en la cintura, debajo del pullover. El piolín siempre hace falta.

Empecé a cavar debajo de la higuera. Al principio la tierra era blanda y negra y no oponía resistencia a mi pala. Tuve cuidado de no dañar las raíces del árbol. Pronto dejé atrás la zona de las lombrices y la tierra se puso cada vez más seca y dura. Pero yo tenía mucha práctica en esto de cavar porque hacía poco había vuelto de las vacaciones en la playa. Fui escarbando escaloncitos en las paredes del pozo para poder salir cuando quisiera.

A cierta altura apareció la primera dificultad: la tierra se había terminado y ahora había que cavar directamente en la piedra. Mi pala de fierro no servía para eso. Recordé, entonces, que hay una piedra que se usa, hasta para cortar acero: es el diamante. Y mi abuela tenía un diamante en su anillo de bodas.

Cuando salí a buscar el anillo de la abuela, comprobé que la higuera había desaparecido momentáneamente, tapada por la montaña de tierra y escombros que yo había sacado del pozo.

En puntas de pie entré en el dormitorio de los abuelos y tomé prestado el anillo, que estaba en el cajón de la mesa de luz. De paso me llevé la linterna del abuelo porque el pozo se estaba poniendo oscuro. Al pasar por la cocina vi la bolsa de las compras con una docena de bananas y la llevé también, pensando que podía tener hambre. Por la sed no me preocupé, porque para eso contaba con la existencia de ríos o lagos subterráneos. Y si no me creés, fijate cómo se saca el agua en el campo, con bombas o con molinos de viento que la hacen subir desde abajo de la tierra.

El anillo de la abuela, con su diamante, cortaba la roca sin dificultad, de modo que seguí abriéndome paso hacia abajo, siempre en dirección a la China. El problema fue que, a medida que me acercaba al centro de la tierra, cada vez hacía más calor. Recién entonces comprendí que había dejado de lado un detalle importante: debajo de la corteza terrestre no hay más que roca derretida, como la que sale en forma de lava y fuego por los volcanes.

Me sentí algo desanimada, Mi proyecto parecía a punto de fracasar. Por una parte, podía morir derretida mucho antes de llegar a la China. Por otra parte, nunca iba a poder cobrar entrada para pasar por un lugar tan peligroso. Y, finalmente, si llegaba a provocar la aparición de un volcán en el fondo de la casa de los abuelos, jamás volverían a invitarme a pasar con ellos el fin de semana.

Tenía mucha sed, la boca reseca y la lengua pegada al paladar. ¿Dónde estaban los esperados depósitos de agua subterránea? Casi no me quedaban fuerzas para seguir rompiendo la roca y no sabía si lograría salir del pozo. Precisamente cuando ya estaba desesperada, el golpe que di con el anillo sonó a hueco, un trozo de roca se desprendió y por el agujero pude ver una gigantesca caverna. Apagué mi linterna: el lugar estaba iluminado por el brillo de las extrañas piedras violáceas incrustadas en el piso y en las paredes. (Una de ellas adorna hoy el estante de mi biblioteca.)

Sentí un gran alivio al ver que una parte de la caverna (tan grande que no alcanzaba a ver dónde terminaba) estaba ocupada por un inmenso lago subterráneo. Até la punta de mi piolín a una saliente de roca y me descolgué hasta el piso. Inmediatamente sentí que me hundía hasta la cintura en un musgo rosado, muy alto y espeso, que tapizaba las rocas. Si alguna vez venís a mi casa, te puedo mostrar un manojo de musgo seco que tengo guardado de recuerdo entre las páginas de un libro.

Había grupos de hongos gigantes, de unos cuantos metros de altura, formando bosquecillos. Corrí hacia el lago. El agua era dulce y fresca y calmó mi sed.

De pronto, desde un bosquecillo de hongos, vi asomar una cabeza de reptil sostenida por un cuello largo y delgado. El animal avanzó. Seguía al cuello un enorme corpachón con patas como columnas.

Yo sabía perfectamente que los dinosaurios son una especie que se extinguió en la prehistoria. Según algunos científicos, se murieron de frío cuando cambió la temperatura del planeta. Evidentemente este magnífico ejemplar había sobrevivido gracias al calor que hacía en el caverna y que provenía del centro de la tierra.

Afortunadamente no se trataba de un Tiranosaurio Rey, que es un dinosaurio carnívoro muy peligroso. Era, en cambio, un amable brontosaurio, de los que se conforman con alimentos vegetales. El bicho pastaba tranquilamente en el musgo rosado de las rocas.

Así, pude acercarme sin temor. El reptil tampoco se asustó con mi presencia, lo que no es de extrañar, considerando que yo tenía el tamaño de uno de los dedos de sus patas. Me observó con cierta curiosidad.

Parada en una roca alta, le ofrecí una banana. Inclinando su flexible cuello hacia mí, la tomó de mi mano con su lengua, como hace la jirafa del zoológico con las galletitas que le ofrecen los chicos. Se la tragó con cáscara y todo.

Me puse muy contenta. Aunque no lograra completar mi túnel hasta la China, se me presentaba ahora otro excelente negocio: podía cobrar boleto por llevar a los chicos del barrio a dar una vuelta manzana en brontosaurio. Para eso, naturalmente, debía encontrar la forma de izar al animal hasta el fondo de la casa de mi abuela, varios kilómetros más arriba.

Yo era muy fuerte. Tanto, que hasta podía ganarle pulseadas a los varones. Y sin embargo, comprendí que todo el poder de mis músculos no sería suficiente para levantar las tres mil toneladas que pesaba el animal. Por otra parte no podía esperar que un dinosaurio pasara a través del angosto pozo que me había llevado a mí hasta la caverna.

Para empezar de algún modo, decidí atar al dinosaurio con mi piolín. El animal enseguida me tomó confianza y me iba siguiendo para comerse las bananas que yo le dejaba  en el camino. Así conseguí atraerlo hasta un grupo de rocas lo bastante altas como para permitirme trepar sobre su lomo. Bajando por el otro lado (me deslizaba por sus escamas como por un tobogán), pasando por debajo de su panza y volviendo a subir, conseguí darle una cuantas vueltas de piolín a su gigantesco cuerpo. Aseguré el piolín con varios nudos.

Después trepé hasta el techo de la caverna y me dediqué a la fatigosa tarea de ensanchar el pozo, mientras subía, al mismo tiempo, hacia la salida.  No intenté, por el momento, levantar al dinosaurio: otros eran mis planes. Fue una tarea tremenda, agotadora, que terminó por desgastar completamente el brillante del anillo. Y si no me creés, preguntale a mi abuelita, que nunca me perdonó del todo.

Cuando llegué por fin a la superficie, tuve que destrozar todas las baldosas del patio para hacerle lugar al brontosaurio. A todo esto Bronti seguía pastando tranquilamente en su caverna, porque yo había tenido cuidado de ir largando piolín mientras subía, (como hacen los buenos pescadores, cuando le aflojan la línea a los peces para hacerles creer que se están escapando con la carnada). Temía que un tirón inesperado lo espantara cuando todavía no había llegado el momento de izarlo.

El fondo de la casa de mis abuelos había quedado completamente destruido, convertido en una montaña al borde de un precipicio. Un poco preocupada salí a la calle y, mientras preparaba un lazo con el extremo del piolín que tenía conmigo, esperé a que pasara un camión.

Cuando por fin vi pasar uno que me pareció lo bastante grande y fuerte, un camión casi tan pesado como Bronti, con un hábil movimiento de mi brazo lancé el piolín y conseguí enlazar la cabina. Repentinamente frenado por el peso del animal, el conductor se sorprendió mucho y trató de aumentar la velocidad, exigiendo al máximo al motor. Hacía ya mucho tiempo que el camión había desaparecido de la vista cuando mi brontosaurio empezó a emerger por la boca del pozo.

Con ayuda de Bronti, que parecía encantado de conocer el cielo, el sol y el fondo de la casa de los abuelos, conseguí volver a meter en el pozo todas las piedras, la tierra y los escombros. La higuera no había sufrido daño alguno y pronto estuvo todo otra vez como siempre, excepto las baldosas rotas del patio, que tuve que pegar como pude con un tubito de pegalotodo, el mejor pegamento que existía cuando yo era chica.

Cuando mis abuelos se despertaron de la siesta, se llevaron la gran sorpresa de encontrarse con mi brontosaurio, que se estaba comiendo la achicoria del jardín. Y aunque es cierto que tuve mucho éxito paseando en dinosaurio a los chicos del barrio, toda la plata que gané la tuve que usar para comprar otro anillo para mi abuela y baldosas nuevas para el patio del fondo. Sin hablar de lo que costaba alimentar a Bronti, que necesitaba casi una tonelada de pasto por día.

Bronti vivió durante muchos años en el fondo de la casa de mis abuelos. Tenía la mala costumbre de comerse todos los higos y la abuela protestaba porque ya no los podía usar para hacer su dulce preferido. Por lo demás resultó ser un animal muy cariñoso y de buen carácter. Cuando se murió de tan viejito, doné su esqueleto al Museo de Ciencias Naturales. Y si no me creés, andá cualquier día al Museo y allí vas a ver, en la sala dedicada a los dinosaurios, los huesos gigantescos de mi querido amigo, el brontosaurio.

Claro que todavía me quedaba por resolver un problema: cómo conseguir la plata que necesitaba para organizar mi gran expedición a la selva del Amazonas.


El Barón de Munchausen era un señor muy mentiroso que le contaba a sus amigos unas aventuras increíbles. La pequeña Lulú era una nena. Cuando tenía que inventar cuentos para entretenar a Memo, siempre empezaba hablando de una niñita pobre a la que se le ocurrían negocios para ganar dinero. Y Julio Verne fue un gran autor que escribió Viaje al centro de la Tierra.

Mis hijas me preguntan a veces de dónde salen los cuentos. Y yo les explico que los cuentos salen de otros cuentos. Y también (al mismo tiempo) de cosas que a uno le pasan de verdad.

Cuando empecé a escribir estas historias, me acordé del Barón, de Lulú y de Julio Verne. Y los recuerdos de lo que había leído se me mezclaron con mis recuerdos verdaderos de cuando yo era chica. Como las clases de natación a las que me llevaba mi abuelito, las barras de hielo envueltas en arpillera o el dulce de higos que hacía mi abuelita con los frutos de la higuera del fondo. Y así fueron brotando estos cuentos, como agua de manantial.

Ana María Shua


Ana María Shua nació en Buenos Aires en 1951. Escribe cuentos, novelas y poemas.Es profesora de literatura y trabaja en publicidad y periodismo. Los dibujos son de Mónica Ugarte.


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