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Ciencia y Sociedad | Junio 2005
 

Por el ojo de incontables cerraduras

Probablemente, el hombre de hoy, aquel que lucha trabajosamente por sostener sus propios sueños, claudica día a día ante la imposibilidad de cambiar, aunque más no sea un poquito, el rumbo de su supuesto destino. Pareciera que este agobiante mensaje social es el que impera por estas latitudes, estableciendo que todo está dicho, dado y hecho, congelado en el tiempo y en el espacio, "instituido".

¿Quién no se ha topado con la frase “aquí no se puede hacer nada”? ¿Quién no la ha hecho propia muchas veces, vencido por las circunstancias?

Aquello que hoy llamamos institución da lugar, como tal, a lo instituido, y aunque por sí mismo esto resulte natural, deja de serlo cuando no hay margen para la producción de cambios, cuando desaparece hasta el más pequeño resquicio por el que el hombre común pueda colarse con toda su humanidad para intervenir y producir hechos que modifiquen lo que está dado, favoreciendo el bienestar y el bien pasar de todos.

Nuestras instituciones parecen haber logrado que el hombre común, el de todos los días, pierda el rumbo y, aún a costa de sus propios sueños, se deshumanice sintiéndose cada vez menos, delegando impotentemente todo lo que por derecho propio debiera pertenecerle.

Dicho esto, en el texto que Divulgón presenta en este número, Paulo Freire realiza un minucioso análisis del hombre y de lo que la humanidad implica, considera el carácter histórico de la existencia y la conciencia de su finitud, menciona la necesidad de la práctica política y de la compresión de la historia como posibilidad, resalta la importancia de la subjetividad y examina el rol que la educación desempeña en su construcción… y mucho más, muchísimo más...

Pero esto no es todo.

Tratando, quizás, de buscar aires más frescos para ablandar la rigurosidad de las palabras de Freire nos tropezamos con una opinión de Saramago acerca de lo que realmente debería importarnos desde nuestra cada vez más frágil humanidad; opinión que complementa y refuerza el llamado al compromiso con "el aquí y el ahora" que palpita en las palabras de Freire.

Divulgón espera que los textos seleccionados nos sirvan de referencia para sostener nuestro rumbo hacia sociedades mejores, plenas de esperanzados hombres comunes que pretendan una y otra vez colar sus sueños por el ojo de incontables cerraduras.

 

Política y Educación

por Paulo Freire (Siglo XXI editores)

Me gustaría hilar algunos comentarios en esta especie de conversación directa con sus probables lectores en torno a dos o más puntos de reflexión político-pedagógica siempre presentes en ellos.

El primero que es preciso subrayar es la posición en que me encuentro, críticamente en paz con mi opción política, en interacción con mi práctica pedagógica. Posición no dogmática sino serena, firme, de quien se encuentra en permanente estado de búsqueda, abierto al cambio, en la medida misma en que desde hace mucho dejó de estar demasiado seguro de sus certezas.

Cuanto más seguro me siento de que estoy en lo cierto, tanto más corro el riesgo de dogmatizar mi postura, de congelarme en ella, de encerrarme sectariamente en el círculo de mi verdad.

Esto no significa que lo correcto sea “deambular” en forma irresponsable, receloso de afirmarme. Significa reconocer el carácter histórico de mi certeza, la historicidad del conocimiento, su naturaleza de proceso en permanente devenir. Significa reconocer el conocimiento como una producción social, que resulta de la acción y de la reflexión, de la curiosidad en constante movimiento de búsqueda. Curiosidad que terminó por inscribirse históricamente en la naturaleza humana y cuyos objetos se  dan en la historia tal como en la práctica histórica se gestan y se perfeccionan los métodos de aproximación a los objetos de los que resulta la mayor o menor exactitud de los descubrimientos. Métodos sin los cuales la curiosidad, vuelta epistemológica, no adquiriría eficacia. Pero al lado de las certezas históricas, respecto de las cuales debo estar siempre abierto, a la espera de la posibilidad de reverlas, tengo también certezas ontológicas. Certezas ontológicas social e históricamente fundadas. Es por eso por lo que la preocupación por la naturaleza humana se halla tan presente en mis reflexiones. Por la naturaleza humana constituyéndose en la historia misma y no antes o fuera de ella. Es históricamente como el ser humano ha ido convirtiéndose en lo que viene siendo: no sólo un ser finito, inconcluso, inserto en un permanente movimiento de búsqueda, sino un ser consciente de su finitud. Un ser con vocación para ser más que sin embargo históricamente puede perder su dirección y, distorsionando su vocación, deshumanizarse. La deshumanización, por eso mismo, no es vocación sino distorsión de la vocación de ser más. Por eso digo que toda práctica, pedagógica o no, que atente contra ese núcleo de la naturaleza humana es inmoral.

Esta vocación de ser más que no se realiza en la inexistencia de tener, en la indigencia, exige libertad, posibilidad de decisión, de elección, de autonomía. Para que los seres humanos se muevan en el tiempo y en el espacio en cumplimiento de su vocación, en la realización de su destino, obviamente no en el sentido común de la palabra, como algo a lo que se está condenado, como un sino inexorable, es preciso que participen constantemente en el dominio político, rehaciendo siempre las estructuras sociales, económicas, en que se dan las relaciones de poder y se generan las ideologías. La vocación de ser más, como expresión de la naturaleza humana haciéndose en la historia, necesita condiciones concretas sin las cuales la vocación se distorsiona.

Sin la lucha política, que es la lucha por el poder, esas condiciones necesarias no se crean. Y sin las condiciones necesarias para la libertad, sin la cual el ser humano se inmoviliza, es privilegio de la minoría dominante lo que debería ser atributo de todos.

Forma parte también y necesariamente de la naturaleza humana el que hayamos llegado a ser este cuerpo consciente que estamos siendo. Este cuerpo que en su práctica con otros cuerpos y contra otros cuerpos, en la experiencia social, llegó a hacerse capaz de producir socialmente el lenguaje, de transformar la cualidad de la curiosidad que, nacida con la vida, se perfecciona y se profundiza con la existencia humana. De la curiosidad ingenua que caracterizaba la lectura poco rigurosa del mundo a la curiosidad exigente, metodizada con rigor, que busca descubrir con mayor exactitud. Lo que significó también cambiar la posibilidad de conocer, de ir más allá de un conocimiento conjetural mediante la capacidad de aprehender con rigor creciente la razón de ser del objeto de la curiosidad.

Uno de los riesgos que necesariamente correríamos al superar el nivel del mero conocimiento conjetural, mediante la metodización rigurosa de la curiosidad, es la tentación de sobrevaluar la ciencia y menospreciar el sentido común. Es la tentación que se concretó en el cientificismo que, al postular como absolutos la fuerza y el papel de la ciencia, terminó por convertirla casi en magia. Es urgente, por eso mismo, desmixtificar y desmitificar la ciencia, es decir, ponerla en su debido lugar, y por lo tanto respetarla.

El cuerpo consciente y curioso que estamos siendo ha venido haciéndose capaz de comprender, de inteligir el mundo, de intervenir en él en forma técnica, ética, estética, científica y política.

La conciencia y el mundo no pueden ser entendidos separadamente, en forma dicotomizada, sino en sus relaciones contradictorias. La conciencia no es la hacedora arbitraria del mundo, de la objetividad, ni es puro reflejo de él.

La importancia del papel interferente de la subjetividad en la historia da especial importancia al papel de la educación.

Si los seres humanos fueran seres totalmente determinados y no seres "programados para aprender" no habría por qué apelar, en la práctica educativa, a la capacidad crítica del educando. No habría por qué hablar de educación para la decisión, para la liberación. Pero por otra parte, tampoco habría por qué pensar en los educadores y las educadoras como sujetos. No serían sujetos, ni educadores, ni educandos, así como no puedo considerar a Jim y Andra, mi pareja de perros pastores alemanes, sujetos de la práctica en que adiestran a sus cachorros, ni a sus cachorros objetos de esa práctica. Les falta la decisión, la facultad de enfrentarse a los modelos y romper con uno para escoger otro.

Nuestra experiencia, que incluye condicionamientos pero no determinismo, implica decisiones, rupturas, opciones, riesgos. Viene haciéndose en la afirmación, ya sea en la afirmación de la autoridad del educador que, exacerbada, anula la libertad del educando –caso en que éste es casi objeto-, o bien en la afirmación de ambos, respetándose en sus diferencias –caso en el que son, uno y otro, sujetos y objetos del proceso-, o bien en la anulación de la autoridad, lo que implica un clima de irresponsabilidad.

En el primer caso, tenemos el autoritarismo; en el segundo, el ensayo democrático; en el tercero, el espontaneísmo licencioso. Conceptos que en el fondo –autoritarismo, ensayo democrático, espontaneísmo- que sólo fuimos capaces de inventar porque, primero, somos seres programados, condicionados, y no determinados; segundo, porque antes de inventarlos experimentamos la práctica que ellos representan en forma abstracta.

En cuanto condicionados hemos podido reflexionar críticamente sobre el propio condicionamiento e ir más allá de él, lo que no sería posible en el caso del determinismo. El ser determinado se halla encerrado en los límites de su determinación.

La práctica política que se basa en la comprensión mecanicista de la historia, reduciendo el futuro a algo inexorable, “castra” a las mujeres y a los hombres en su capacidad de decidir, de optar, pero no tiene fuerza suficiente para cambiar la naturaleza misma de la historia. Más tarde o más temprano, por eso mismo, prevalece la comprensión de la historia como posibilidad, en la que no hay lugar para las explicaciones mecanicistas de los hechos ni tampoco para proyectos políticos de izquierda que no apuesten a la capacidad crítica de las clases populares.

En este sentido, además, las dirigencias progresistas que se dejan tentar por las tácticas emocionales y místicas por parecerles más adecuadas a las condiciones histórico-sociales del contexto terminan por reforzar el atraso o la inmersión en que se hallan las clases populares debido a los niveles de explotación y sumisión a que se encuentran tradicionalmente sujetas por la realidad favorable a las clases dominantes. Obviamente su error no está en respetar su estado de preponderantemente inmersas en la realidad, sino en no problematizarlas.

Es así como se impone reexaminar el papel de la educación que, sin ser la hacedora de todo, es un factor fundamental en la reinvención del mundo.

En la posmodernidad progresista, en cuanto clima histórico pleno de optimismo crítico, no hay espacio para optimismos ingenuos ni para pesimismos deprimentes.

Como proceso de conocimiento, formación política, manifestación ética, búsqueda de la belleza, capacitación científica y técnica, la educación es práctica indispensable y específica de los seres humanos en la historia como movimiento, como lucha. La historia como posibilidad no prescinde de la controversia, de los conflictos que, por sí mismos, generarían la necesidad de la educación.

Lo que la posmodernidad progresista nos impone es la comprensión realmente dialéctica del enfrentamiento y de los conflictos, y no su inteligencia mecanicista. Digo realmente dialéctica porque muchas veces la práctica así llamada es en realidad puramente mecánica, de una dialéctica domesticada. En lugar del decreto de una nueva historia sin clases sociales, sin ideología, sin lucha, sin utopía y sin sueño, que la cotidianidad mundial niega contundentemente, lo que debemos hacer es colocar nuevamente en el centro de nuestras preocupaciones al ser humano que actúa, que piensa, que habla, que sueña, que ama, que odia, que crea y recrea, que sabe e ignora, que se afirma y se niega, que construye y destruye, que es tanto lo que hereda como lo que adquiere. Así restauraremos la significación profunda de la radicalidad. La radicalidad de mi ser, como persona y como misterio, no permite sin embargo el conocimiento de mí en la estrechez de la singularidad de apenas uno de los ángulos que sólo aparentemente me explica. No es posible entenderme tan sólo como clase, o como raza o como sexo, aunque por otro lado mi posición de clase, el color de mi piel y el sexo con que vine al mundo no se pueden olvidar en el análisis de lo que hago, de lo que pienso, de lo que digo. Como no se puede olvidar la experiencia social en que participo, mi formación, mis creencias, mi cultura, mi opción política, mi esperanza.


Paulo Freire, el teórico brasilero de la educación, nació en 1921 y murió en 1997. Su libro Pedagogía de los Oprimidos es, quizás, uno de los textos sobre educación más influyentes del siglo veinte. Las teorías de Freire han resonado con mayor fuerza en las regiones del mundo y en aquellas comunidades caracterizadas por una gran disparidad social y económica.

Una de las claves de la filosofía de Freire es la noción de que la educación necesita ser dialógica. En otras palabras, enseñar y aprender involucra un camino de ida y vuelta entre maestros y estudiantes en lugar de lo que Freire llamó la "aproximación bancaria" a la educación en la que un instructor simplemente realiza depósitos en el estudiante.


Una generación ... podría transformar al mundo, dando nacimiento a otra generación de niños valientes, no retorcidos en formas antinaturales, sino rectos y cándidos, generosos, afectuosos y libres. Su ardor barrería la crueldad y el dolor que hoy soportamos sólo por ser perezosos, cobardes, duros de corazón y estúpidos. Es la educación la que nos ha dado estas malas cualidades, y es la educación quien debe promover las virtudes opuestas. La Educación es la llave del nuevo mundo.

Bertrand Russell


Opinión de Saramago (extraída del sitio mexicano Etcétera)

Yo no puedo decir a dónde se dirige la humanidad; a lo mejor, en la primera conversación intelectual entre Adán y Eva. Eva seguramente ha preguntado (porque Eva es la curiosa, el hombre no tiene ninguna curiosidad, la mujer es la que quiere saber, y seguramente Eva ha preguntado), mira tú qué es lo que tú crees, tú que ya estabas aquí antes que yo llegara, ¿a dónde crees tú que vamos a ir?

Adán, que no sabía nada, seguramente inventó una historia, que es lo que el hombre hace cuando la mujer le pregunta, entonces él siempre se inventa una historia para que alguien se crea que es verdad y si ella se cree que es verdad, él pasa a creer realmente que lo que ha inventado es verdad.

Yo no sé a dónde va la humanidad, no tengo la menor idea, y además, tengo que decirlo, dentro de 50 años el mundo será de otra forma distinto, diferente de lo que es, que no vale la pena que pensemos, porque cuando nosotros estamos preguntando a dónde va la humanidad, lo que nos estamos preguntando es una cosa distinta, a dónde vamos nosotros, y la respuesta a esa pregunta, que es la auténtica, es: nosotros no vamos a ninguna parte.

Nosotros no vamos a ninguna parte porque tenemos el límite temporal de nuestras vidas, ahí, más o menos ahí adelante, en el mejor de los casos, para muchos de nosotros podréis esperar vivir más de 60 años o más de 70 años y se acabó. Y van a conocer un mundo que ahora es impensable porque no es solamente la ingeniería genética, no es solamente el clon, la ingeniería genética y todo ello, todo eso cambiará el futuro.

Umberto Eco decía, y yo creo que él tiene toda la razón del mundo, que "se presentará muy pronto un ser humano que no tiene nada que ver con nosotros o que tiene muy poco que ver con nosotros", con valores distintos, con ideas distintas sobre el mundo y sobre la relación humana y todo eso, entonces, a dónde va la humanidad en el límite, tiene límite, ahí sí eso puedo yo contestarlo.

En el centro de la galaxia hay un agujero negro y alrededor la materia estelar, las estrellas y todo eso, va rodando, rodando y rodando hasta ser absorbido por el agujero negro; el agujero negro (podrán explicarlo mejor los físicos con mayor rigor científico que la improvisación que yo dijera ahora aquí), la propia luz no puede escapar al agujero negro, se queda ahí la luz. Entonces toda la galaxia acabará ahí, nuestro sistema solar acabará ahí, ese es el límite. Entonces se acabó todo, se acabó Morelia, se acabó Monterrey, nosotros no porque ya nos hemos acabado antes.

Es decir, la finitud, el final, el acabose, el se acabó, ahí está, pero mientras, lo que nos importa no es a dónde vamos, a dónde va la humanidad, lo que debe importarnos es lo que estamos haciendo ahora; y además hay que tomar en cuenta esto, a la humanidad del siglo XXIII, puede importarle un pepino lo que estamos diciendo aquí, nuestros ideales, lo que creemos que es bueno y todo eso, para ellos es poco. Entonces, la única cosa que podemos hacer aquí, lo que podemos influir en algo, es ahora, dejemos el mañana en paz porque el mañana no nos pertenece, lo que nos pertenece es el día de hoy, es ahora, y si queremos tener un mañana mejor, si no lo preparamos hoy, no lo tendremos mañana.

Esta es la sabiduría del sentido común, que algunas veces no sirve pero otras veces sí.

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