Probablemente, el hombre de hoy, aquel que lucha
trabajosamente por sostener sus propios sueños, claudica día a día ante la
imposibilidad de cambiar, aunque más no sea un poquito, el rumbo de su supuesto
destino. Pareciera que este agobiante mensaje social es el que impera por estas
latitudes, estableciendo que todo está dicho, dado y hecho, congelado en el
tiempo y en el espacio, "instituido".
¿Quién no se ha topado con la frase “aquí no se puede
hacer nada”? ¿Quién no la ha hecho propia muchas veces, vencido por las
circunstancias?
Aquello que hoy llamamos institución da lugar, como
tal, a lo instituido, y aunque por sí mismo esto resulte natural, deja de serlo
cuando no hay margen para la producción de cambios, cuando desaparece hasta el
más pequeño resquicio por el que el hombre común pueda colarse con toda su
humanidad para intervenir y producir hechos que modifiquen lo que está dado,
favoreciendo el bienestar y el bien pasar de todos.
Nuestras instituciones parecen haber logrado que el
hombre común, el de todos los días, pierda el rumbo y, aún a costa de sus
propios sueños, se deshumanice sintiéndose cada vez menos, delegando
impotentemente todo lo que por derecho propio debiera pertenecerle.
Dicho esto, en el texto que Divulgón presenta en este
número, Paulo Freire realiza un minucioso análisis del hombre y de lo que la
humanidad implica, considera el carácter histórico de la existencia y la
conciencia de su finitud, menciona la necesidad de la práctica política y de la
compresión de la historia como posibilidad, resalta la importancia de la
subjetividad y examina el rol que la educación desempeña en su construcción… y
mucho más, muchísimo más...
Pero esto no es todo.
Tratando, quizás, de buscar aires más frescos para
ablandar la rigurosidad de las palabras de Freire nos tropezamos con una opinión
de Saramago acerca de lo que realmente debería importarnos desde nuestra cada
vez más frágil humanidad; opinión que complementa y refuerza el llamado al
compromiso con "el aquí y el ahora" que palpita en las palabras de Freire.
Divulgón espera que los textos seleccionados nos
sirvan de referencia para sostener nuestro rumbo hacia sociedades mejores,
plenas de esperanzados hombres comunes que pretendan una y otra vez colar sus
sueños por el ojo de incontables cerraduras.
Política y Educación
por Paulo Freire (Siglo XXI editores)
Me gustaría hilar algunos comentarios en esta especie
de conversación directa con sus probables lectores en torno a dos o más puntos
de reflexión político-pedagógica siempre presentes en ellos.
El primero que es preciso subrayar es la posición en
que me encuentro, críticamente en paz con mi opción política, en interacción con
mi práctica pedagógica. Posición no dogmática sino serena, firme, de quien se
encuentra en permanente estado de búsqueda, abierto al cambio, en la medida
misma en que desde hace mucho dejó de estar demasiado seguro de sus certezas.
Cuanto más seguro me siento de que estoy en lo cierto,
tanto más corro el riesgo de dogmatizar mi postura, de congelarme en
ella, de encerrarme sectariamente en el círculo de mi verdad.
Esto no significa que lo correcto sea “deambular” en
forma irresponsable, receloso de afirmarme. Significa reconocer el carácter
histórico de mi certeza, la historicidad del conocimiento, su naturaleza de
proceso en permanente devenir. Significa reconocer el conocimiento como una
producción social, que resulta de la acción y de la reflexión, de la curiosidad
en constante movimiento de búsqueda. Curiosidad que terminó por
inscribirse históricamente en la naturaleza humana y cuyos objetos se dan en la
historia tal como en la práctica histórica se gestan y se perfeccionan los
métodos de aproximación a los objetos de los que resulta la mayor o menor
exactitud de los descubrimientos. Métodos sin los cuales la curiosidad,
vuelta epistemológica, no adquiriría eficacia. Pero al lado de las certezas
históricas, respecto de las cuales debo estar siempre abierto, a la espera de la
posibilidad de reverlas, tengo también certezas ontológicas. Certezas
ontológicas social e históricamente fundadas. Es por eso por lo que la
preocupación por la naturaleza humana se halla tan presente en mis reflexiones.
Por la naturaleza humana constituyéndose en la historia misma y no antes o fuera
de ella. Es históricamente como el ser humano ha ido convirtiéndose en lo que
viene siendo: no sólo un ser finito, inconcluso, inserto en un permanente
movimiento de búsqueda, sino un ser consciente de su finitud. Un ser con
vocación para ser más que sin embargo históricamente puede perder su
dirección y, distorsionando su vocación, deshumanizarse. La deshumanización, por
eso mismo, no es vocación sino distorsión de la vocación de
ser más. Por eso digo que toda práctica, pedagógica o no, que atente contra ese
núcleo de la naturaleza humana es inmoral.
Esta vocación de ser más que no se realiza en la
inexistencia de tener, en la indigencia, exige libertad, posibilidad de
decisión, de elección, de autonomía. Para que los seres humanos se muevan en el
tiempo y en el espacio en cumplimiento de su vocación, en la realización
de su destino, obviamente no en el sentido común de la palabra, como algo
a lo que se está condenado, como un sino inexorable, es preciso que participen
constantemente en el dominio político, rehaciendo siempre las estructuras
sociales, económicas, en que se dan las relaciones de poder y se generan las
ideologías. La vocación de ser más, como expresión de la naturaleza humana
haciéndose en la historia, necesita condiciones concretas sin las cuales la
vocación se distorsiona.
Sin la lucha política, que es la lucha por el poder,
esas condiciones necesarias no se crean. Y sin las condiciones necesarias para
la libertad, sin la cual el ser humano se inmoviliza, es privilegio de la
minoría dominante lo que debería ser atributo de todos.
Forma parte también y necesariamente de la naturaleza humana
el que hayamos llegado a ser este cuerpo consciente
que estamos siendo. Este cuerpo que en su práctica con otros cuerpos y
contra otros cuerpos, en la experiencia social, llegó a hacerse capaz de
producir socialmente el lenguaje, de transformar la cualidad de la curiosidad
que, nacida con la vida, se perfecciona y se profundiza con la existencia
humana. De la curiosidad ingenua que caracterizaba la lectura poco rigurosa
del mundo a la curiosidad exigente, metodizada con rigor, que busca descubrir
con mayor exactitud. Lo que significó también cambiar la posibilidad de conocer,
de ir más allá de un conocimiento conjetural mediante la capacidad de aprehender
con rigor creciente la razón de ser del objeto de la curiosidad.
Uno de los riesgos que necesariamente correríamos al
superar el nivel del mero conocimiento conjetural, mediante la metodización
rigurosa de la curiosidad, es la tentación de sobrevaluar la ciencia y
menospreciar el sentido común. Es la tentación que se concretó en el
cientificismo que, al postular como absolutos la fuerza y el papel de la
ciencia, terminó por convertirla casi en magia. Es urgente, por eso mismo,
desmixtificar y desmitificar la ciencia, es decir, ponerla en su debido lugar, y
por lo tanto respetarla.
El cuerpo consciente y curioso que estamos siendo ha
venido haciéndose capaz de comprender, de inteligir el mundo, de intervenir en
él en forma técnica, ética, estética, científica y política.
La conciencia y el mundo no pueden ser entendidos
separadamente, en forma dicotomizada, sino en sus relaciones contradictorias. La
conciencia no es la hacedora arbitraria del mundo, de la objetividad, ni es puro
reflejo de él.
La importancia del papel interferente de la subjetividad en la historia
da especial importancia al papel de la educación.

Si los seres humanos fueran seres totalmente
determinados y no seres "programados para aprender" no habría por qué apelar, en
la práctica educativa, a la capacidad crítica del educando. No habría por qué
hablar de educación para la decisión, para la liberación. Pero por otra parte,
tampoco habría por qué pensar en los educadores y las educadoras como sujetos.
No serían sujetos, ni educadores, ni educandos, así como no puedo considerar a
Jim y Andra, mi pareja de perros pastores alemanes, sujetos de la práctica en
que adiestran a sus cachorros, ni a sus cachorros objetos de esa práctica. Les
falta la decisión, la facultad de enfrentarse a los modelos y romper con uno
para escoger otro.
Nuestra experiencia, que incluye condicionamientos
pero no determinismo, implica decisiones, rupturas, opciones, riesgos. Viene
haciéndose en la afirmación, ya sea en la afirmación de la autoridad del
educador que, exacerbada, anula la libertad del educando –caso en que éste es
casi objeto-, o bien en la afirmación de ambos, respetándose en sus
diferencias –caso en el que son, uno y otro, sujetos y objetos del proceso-, o
bien en la anulación de la autoridad, lo que implica un clima de
irresponsabilidad.
En el primer caso, tenemos el autoritarismo; en el
segundo, el ensayo democrático; en el tercero, el espontaneísmo licencioso.
Conceptos que en el fondo –autoritarismo, ensayo democrático, espontaneísmo- que
sólo fuimos capaces de inventar porque, primero, somos seres programados,
condicionados, y no determinados; segundo, porque antes de inventarlos
experimentamos la práctica que ellos representan en forma abstracta.
En cuanto condicionados hemos podido reflexionar
críticamente sobre el propio condicionamiento e ir más allá de él, lo que no
sería posible en el caso del determinismo. El ser determinado se halla
encerrado en los límites de su determinación.
La práctica política que se basa en la comprensión
mecanicista de la historia, reduciendo el futuro a algo inexorable,
“castra” a las mujeres y a los hombres en su capacidad de decidir, de optar,
pero no tiene fuerza suficiente para cambiar la naturaleza misma de la historia.
Más tarde o más temprano, por eso mismo, prevalece la comprensión de la historia
como posibilidad, en la que no hay lugar para las explicaciones
mecanicistas de los hechos ni tampoco para proyectos políticos de izquierda que
no apuesten a la capacidad crítica de las clases populares.
En este sentido, además, las dirigencias progresistas
que se dejan tentar por las tácticas emocionales y místicas por parecerles más
adecuadas a las condiciones histórico-sociales del contexto terminan por
reforzar el atraso o la inmersión en que se hallan las clases populares debido a
los niveles de explotación y sumisión a que se encuentran tradicionalmente
sujetas por la realidad favorable a las clases dominantes. Obviamente su error
no está en respetar su estado de preponderantemente inmersas en la
realidad, sino en no problematizarlas.
Es así como se impone reexaminar el papel de la
educación que, sin ser la hacedora de todo, es un factor fundamental en la
reinvención del mundo.
En la posmodernidad progresista, en cuanto clima
histórico pleno de optimismo crítico, no hay espacio para optimismos ingenuos ni
para pesimismos deprimentes.
Como proceso de conocimiento, formación política,
manifestación ética, búsqueda de la belleza, capacitación científica y técnica,
la educación es práctica indispensable y específica de los seres humanos en la
historia como movimiento, como lucha. La historia como posibilidad no prescinde
de la controversia, de los conflictos que, por sí mismos, generarían la
necesidad de la educación.
Lo que la posmodernidad progresista nos impone es la
comprensión realmente dialéctica del enfrentamiento y de los conflictos, y no su
inteligencia mecanicista. Digo realmente dialéctica porque muchas veces la
práctica así llamada es en realidad puramente mecánica, de una dialéctica
domesticada. En lugar del decreto de una nueva historia sin clases sociales, sin
ideología, sin lucha, sin utopía y sin sueño, que la cotidianidad mundial niega
contundentemente, lo que debemos hacer es colocar nuevamente en el centro de
nuestras preocupaciones al ser humano que actúa, que piensa, que habla, que
sueña, que ama, que odia, que crea y recrea, que sabe e ignora, que se afirma y
se niega, que construye y destruye, que es tanto lo que hereda como lo
que adquiere. Así restauraremos la significación profunda de la
radicalidad. La radicalidad de mi ser, como persona y como misterio, no permite
sin embargo el conocimiento de mí en la estrechez de la singularidad de apenas
uno de los ángulos que sólo aparentemente me explica. No es posible entenderme
tan sólo como clase, o como raza o como sexo, aunque por otro lado mi posición
de clase, el color de mi piel y el sexo con que vine al mundo no se pueden
olvidar en el análisis de lo que hago, de lo que pienso, de lo que digo. Como no
se puede olvidar la experiencia social en que participo, mi formación, mis
creencias, mi cultura, mi opción política, mi esperanza.
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Paulo Freire, el teórico brasilero de la educación, nació en 1921 y murió
en 1997. Su libro Pedagogía de los Oprimidos es, quizás, uno de los textos
sobre educación más influyentes del siglo veinte. Las teorías de Freire han
resonado con mayor fuerza en las regiones del mundo y en aquellas comunidades
caracterizadas por una gran disparidad social y económica.
Una de las claves de la filosofía de Freire es la noción de
que la educación necesita ser dialógica. En otras palabras, enseñar y aprender
involucra un camino de ida y vuelta entre maestros y estudiantes en lugar de lo
que Freire llamó la "aproximación bancaria" a la educación en la que un
instructor simplemente realiza depósitos en el estudiante.
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Opinión de Saramago (extraída del sitio mexicano
Etcétera)
Yo no puedo decir a dónde se dirige la humanidad; a lo
mejor, en la primera conversación intelectual entre Adán y Eva. Eva seguramente
ha preguntado (porque Eva es la curiosa, el hombre no tiene ninguna curiosidad,
la mujer es la que quiere saber, y seguramente Eva ha preguntado), mira tú qué
es lo que tú crees, tú que ya estabas aquí antes que yo llegara, ¿a dónde crees
tú que vamos a ir?
Adán, que no sabía nada, seguramente inventó una historia,
que es lo que el hombre hace cuando la mujer le pregunta, entonces él siempre
se inventa una historia para que alguien se crea que es verdad y si ella se
cree que es verdad, él pasa a creer realmente que lo que ha inventado es
verdad.

Yo no sé a dónde va la humanidad, no tengo la menor idea, y
además, tengo que decirlo, dentro de 50 años el mundo será de otra forma
distinto, diferente de lo que es, que no vale la pena que pensemos, porque
cuando nosotros estamos preguntando a dónde va la humanidad, lo que nos estamos
preguntando es una cosa distinta, a dónde vamos nosotros, y la respuesta a esa
pregunta, que es la auténtica, es: nosotros no vamos a ninguna parte.
Nosotros no vamos a ninguna parte porque tenemos el límite
temporal de nuestras vidas, ahí, más o menos ahí adelante, en el mejor de los
casos, para muchos de nosotros podréis esperar vivir más de 60 años o más de 70
años y se acabó. Y van a conocer un mundo que ahora es impensable porque no es
solamente la ingeniería genética, no es solamente el clon, la ingeniería
genética y todo ello, todo eso cambiará el futuro.
Umberto Eco decía, y yo creo que él tiene toda la razón del
mundo, que "se presentará muy pronto un ser humano que no tiene nada que
ver con nosotros o que tiene muy poco que ver con nosotros", con valores
distintos, con ideas distintas sobre el mundo y sobre la relación humana y todo
eso, entonces, a dónde va la humanidad en el límite, tiene límite, ahí sí eso
puedo yo contestarlo.
En el centro de la galaxia hay un agujero negro y alrededor
la materia estelar, las estrellas y todo eso, va rodando, rodando y rodando
hasta ser absorbido por el agujero negro; el agujero negro (podrán explicarlo
mejor los físicos con mayor rigor científico que la improvisación que yo dijera
ahora aquí), la propia luz no puede escapar al agujero negro, se queda ahí la
luz. Entonces toda la galaxia acabará ahí, nuestro sistema solar acabará ahí,
ese es el límite. Entonces se acabó todo, se acabó Morelia, se acabó Monterrey,
nosotros no porque ya nos hemos acabado antes.
Es decir, la finitud, el final, el acabose, el se acabó, ahí
está, pero mientras, lo que nos importa no es a dónde vamos, a dónde va la
humanidad, lo que debe importarnos es lo que estamos haciendo ahora; y además
hay que tomar en cuenta esto, a la humanidad del siglo XXIII, puede importarle
un pepino lo que estamos diciendo aquí, nuestros ideales, lo que creemos que es
bueno y todo eso, para ellos es poco. Entonces, la única cosa que podemos hacer
aquí, lo que podemos influir en algo, es ahora, dejemos el mañana en paz porque
el mañana no nos pertenece, lo que nos pertenece es el día de hoy, es ahora, y
si queremos tener un mañana mejor, si no lo preparamos hoy, no lo tendremos
mañana.
Esta es la sabiduría del sentido común, que algunas veces no sirve pero
otras veces sí.