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En perspectiva | Junio 2005
 
El cielo que nos mira

¡Vaya novedad!

Que la Tierra se traslada alrededor del Sol y que, a la vez, rota sobre un eje imaginario que la atraviesa de Norte a Sur no es novedad. El cambio de las estaciones y la sucesión de los días y de las noches son consecuencias evidentes de estos movimientos. Pero aquí no termina la cuestión. Cualquier noctámbulo, por más desprevenido que sea, habrá notado que las estrellas, al igual que el Sol, salen por el Este y se ponen por el Oeste confirmando otra vez que la Tierra rota sobre sí misma. También, quizás con la ayuda que dan los años, se habrá dado cuenta que no siempre se observan los mismos grupos de estrellas sobre la bóveda celeste. En el transcurso de un año existen patrones de estrellas que ceden su lugar a otros, mientras que algunos insisten en un permanente deambular sobre el firmamento.

Así como se repiten el día y la noche, también se suceden las estaciones año tras año y, por supuesto, las estrellas retornan al lugar que ocupaban, precisamente, un año antes.

Desde tiempos inmemoriales el hombre ha sido un observador paciente del cielo y los rastros de aquello que descubrió, o creyó descubrir, llegan hasta nuestros días, ya sea como parte del andamiaje de las ciencias o en forma de mitos, leyendas y creencias.

Dibujos en el cielo

Para poder ubicar a los astros celestes en las distintas épocas del año, culturas milenarias agruparon a las estrellas más brillantes formando figuras lo suficientemente grandes como para ser usadas de referencia, y sobre ellas también proyectaron su propia visión del Universo.

La constelación de Orión caracteriza a los cielos de verano del hemisferio Sur.

Estos agrupamientos de estrellas, arbitrarios y artificiales, cuyo origen sólo se encuentra en la imaginación del hombre, son las constelaciones y señalan zonas particulares del cielo, por lo que toda la esfera celeste sobre nuestras cabezas está dividida en regiones, como si fuesen las provincias de un imaginario país. Cada estrella, por más débil y solitaria que nos parezca, forma parte de una de ellas. Por lo tanto, el concepto de constelación es esencial para la observación del cielo, pues todo objeto celeste, aún en lo más lejano o profundo del espacio, está clasificado en relación a la constelación a la cual pertenece.

Actualmente, la esfera celeste está dividida en 88 constelaciones o regiones, con contornos bien definidos por los astrónomos, siendo la Cruz del Sur, la Osa Mayor, Orión y Escorpión sólo algunas de las más conocidas por el observador común.

Para los habitantes del Hemisferio Sur, la Cruz del Sur está siempre presente o casi siempre, dependiendo de la latitud de observación, y gira a lo largo del año en torno a un punto imaginario del cielo, el Polo Sur Celeste. Por supuesto que también existe un Polo Norte Celeste, siendo este punto imaginario mucho más fácil de ubicar, ya que muy cerca de él se encuentra la Estrella Polar (Polaris) y la constelación que gira a su alrededor es, justamente, la Osa Menor, que caracteriza a los cielos del hemisferio Norte. Tanto la Cruz del Sur como la Osa Menor son constelaciones circumpolares, es decir que, dada su proximidad a los polos, giran en torno a ellos completando un ciclo cada año.

La línea imaginaria que une el Polo Sur Celeste con el Polo Norte Celeste define el eje sobre el cual rota la bóveda celeste mientras avanza la noche, repleta de estrellas y de constelaciones.

La constelación de Orión, que es donde se encuentran las Tres Marías, domina los cielos de verano del Hemisferio Sur y la constelación del Escorpión es la que está en lo alto de los australes cielos de invierno. Si al comienzo de la noche se ve a Orión desapareciendo por el Oeste y a Escorpión avanzando por el Este, es el otoño quien anuncia su llegada. En cambio, si vemos aparecer a Orión por el Este y a Escorpio ocultándose hacia el oeste, estamos en presencia de los tibios cielos primaverales.

En la mitología grecorromana, Orión era un cazador que por alardear de su poder recibió el castigo de los dioses, quienes le enviaron un pequeño y terrible animal para herirlo... un escorpión. Así se cuenta, desde entonces, que Orión y Escorpio fueron colocados en lugares opuestos del cielo y que, temeroso por el escorpión, Orión huye ocultándose por el Oeste cuando Escorpio trepa por los cielos del Este.

Por la vereda del Sol

Pero, sobre las 88 provincias que dividen a la bóveda celeste, y que mantienen su forma y distancias relativas a lo largo de nuestras vidas, existen objetos familiares, algunos vagabundos y errantes, que se empeñan en visitar sólo algunas de ellas, tan sólo unas pocas. El Sol, la Luna y los planetas, recorren el firmamento paseándose por las mismas pocas constelaciones una y otra vez, que inmutables demarcan una especie de camino.

Los antiguos pensaron que estas constelaciones debían ser muy especiales para ostentar tamaño privilegio y así las distinguieron definiendo una estrecha franja en el cielo denominada zodiaco, teniendo en cuenta los recorridos del Sol, de la Luna y de los planetas que podían ver a simple vista.

Algunas de las constelaciones que conforman el zodiaco fueron descriptas por sumerios, egipcios y babilonios, pero correspondió a los griegos sistematizar este conocimiento, estableciendo 12 constelaciones zodiacales, con nombres de animales mitológicos para la mayoría de ellas: Aries, Tauro, Géminis, Cáncer, Leo, Virgo, Libra, Escorpio, Sagitario, Capricornio, Acuario y Piscis. En este sentido, es interesante recordar que la palabra zodiaco proviene del griego y significa algo así como zona o círculo de animales.

Obsesionados por obtener la vía del Sol sobre la esfera celeste, aquellos pueblos observaron las constelaciones que se veían poco después del atardecer o un ratito antes del amanecer, puesto que durante el día la luz del Sol les impedía ver el fondo de estrellas sobre el que el astro deambulaba. Así determinaron la Eclíptica, es decir, la trayectoria aparente que sigue el Sol a lo largo de un año sobre un fondo fijo de estrellas visto desde la superficie terrestre.

A medida que la Tierra recorre su órbita, el Sol se proyecta sobre las constelaciones que oculta con su propia luz, definiendo la Eclíptica.

Desde otro punto de vista, el plano que va dibujando la línea imaginaria que une a la Tierra con el Sol a medida que nuestro planeta recorre su órbita se denomina plano de la Eclíptica. Más precisamente, el zodiaco es una banda de unos 16º de ancho sobre la bóveda celeste que, centrada en el plano de la Eclíptica, contiene los movimientos de algunos planetas, la Luna y el Sol. Esto se debe a que todos los astros del sistema solar se mueven en órbitas aproximadamente coplanares (es decir, sobre un mismo plano)... bueno, exceptuando a Venus que se aparta más de 8º del plano de la Eclíptica y al rebelde Plutón cuya órbita se inclina 17º respecto del plano de la Eclíptica, para ser un poco más precisos.

Ahora bien, aquí es conveniente aclarar algo. En primer lugar, y ateniéndonos a la definición de zodiaco en términos astronómicos, debemos decir que en la banda de 16º con centro en la Eclíptica existen 24 constelaciones y no 12 como se estableció en la antigüedad. Si quisiéramos que el zodiaco incluya a todos los planetas, además de la Luna y el Sol, que era el propósito de las antiguas civilizaciones, deberíamos contemplar el movimiento de Plutón, lo cual nos llevaría a aumentar en 4 el número de constelaciones del zodiaco astronómico.

 

Para tener una idea acerca de las distancias angulares sobre la bóveda celeste podemos usar nuestras propias manos como instrumentos de medición. Así, estirando una mano con la palma extendida hacia el cielo, usando nuestro puño o el dedo meñique, estaremos cubriendo, aproximadamente, las distancias angulares que se indican en la figura.

 

Además, si ahora nos detenemos a mirar la Eclíptica, encontraremos que actualmente el Sol atraviesa una constelación más, Ofiuco, tan artificial y arbitraria como las otras 12 más conocidas.

El torcido eje del mundo

Ahora bien, el camino del Sol sobre la bóveda celeste, cambia un poquito cada día. A lo largo del año, el lugar en el horizonte por donde sale (y se pone) este astro varía. Esto se debe a que el plano de la Eclíptica no coincide con el plano del Ecuador terrestre y, por lo tanto, el eje de rotación de la Tierra viaja torcido alrededor del Sol. Esta inclinación es la responsable de producir el cambio de las estaciones, ya que si bien la cantidad de energía que recibimos del Sol es siempre la misma, ésta nos llega con mayor o menor intensidad dependiendo de la época del año. Cualquier observador, perspicaz o no tanto, habrá notado que en verano el Sol está mucho más alto en el cielo que en invierno y que, por lo tanto, sus rayos alcanzan más directamente su frágil humanidad.

Por supuesto, la inclinación del eje de la Tierra tiene otros efectos, como la variación en la duración de los días y de las noches a lo largo del año.

La Tierra viaja alrededor del Sol manteniendo su eje de rotación siempre inclinado 23.5º respecto de la recta normal al plano de la Eclíptica.

En este sentido, hay dos instantes muy especiales en el año que marcan el cambio en la intensidad de energía solar que reciben los Hemisferios Norte y Sur, y suceden cuando los rayos solares caen perpendiculares sobre el Ecuador terrestre (latitud 0º) iluminando ambos hemisferios por igual. Ocurren aproximadamente alrededor del 21 de marzo y del 21 de septiembre, y el día dura lo mismo que la noche, 12 horas... por esta razón, estos dos momentos reciben el nombre de equinoccios. En estas dos fechas, el Sol sale por el mismo sitio, definiendo precisamente el punto cardinal Este. Pero, según se van sucediendo los días, el lugar del amanecer cambia rápidamente, trasladándose en dirección Norte si estamos en marzo transitando hacia el invierno, o en dirección Sur si estamos en septiembre fijando rumbo hacia el verano austral.

Las posiciones extremas de salida y ocultamiento del Sol hacia el Sur o hacia el Norte ocurren el 21 de diciembre y el 21 de junio, respectivamente. Estas fechas reciben el nombre de solsticios porque, a diferencia de lo que ocurre en los equinoccios, pareciera que el Sol se mantuviera estacionario (“sticio”) por varios días.

Existen dos latitudes, una en el Hemisferio Norte y otra en el Hemisferio Sur, en donde, al mediodía de algún solsticio, los rayos del Sol caen perpendicularmente sobre la superficie terrestre, iluminan el fondo de profundos pozos y, siguiendo la dirección de una plomada, se proyectan hacia el centro de la Tierra. Estas zonas son el Trópico de Cáncer y el Trópico de Capricornio, de latitud 23.5º Norte y Sur, respectivamente. El fenómeno descripto se produce el 21 de junio sobre el Trópico de Cáncer y el 21 de diciembre sobre el Trópico de Capricornio. Como no podía ser de otra manera, ambas latitudes concuerdan con la inclinación del eje de la Tierra respecto del plano de la Eclíptica.

Mediodía del 21 de diciembre sobre el Trópico de Capricornio: los rayos del Sol llegan perpendiculares a la superficie terrestre, iluminan el fondo de oscuros pozos y siguen viaje hacia el centro de la Tierra.

Hágalo usted mismo: tome una pelota y déjela inmóvil sobre una mesa. Esta pelota será nuestro Sol. Tome otra pelota, que será la Tierra, márquele con un fibrón la línea ecuatorial y póngala sobre la mesa de forma tal que el plano que contiene al ecuador no sea paralelo a la mesa (debido al torcido eje terrestre). Ahora haga girar la Tierra alrededor del Sol describiendo un círculo, con el plano del ecuador terrestre siempre paralelo así mismo. Trate de identificar los equinoccios y solsticios.

Bamboleo cósmico

La Tierra se mueve alrededor del Sol a razón de 1º por día. En nuestra condición de observadores terrestres, percibimos este movimiento como un desplazamiento aparente del astro sobre la esfera celeste a la misma velocidad, proyectándose sobre las constelaciones del zodíaco a medida que recorre la Eclíptica. Esto ya lo sabemos. También vimos que existen dos momentos en el año en los cuales el Sol ilumina cada hemisferio por igual y la duración de la noche es igual a la del día: los equinoccios.

Pues bien, haciendo un esfuerzo por juntar algunas piezas de este rompecabezas, podremos visualizar que en estas fechas el plano de la Eclíptica y el plano del Ecuador terrestre -que forman un ángulo de 23.5º entre sí- se cortan formando una línea imaginaria, la que al proyectarse sobre la bóveda celeste define dos puntos sobre la Eclíptica. Estos puntos imaginarios se denominan equinoccio vernal y equinoccio otoñal. El equinoccio vernal es el que ocurre alrededor del 21 de marzo y es conocido, también, con el nombre de Punto Aries.

Por supuesto que la ubicación de estos puntos sobre la bóveda celeste constituyó una preocupación fundamental para los antiguos astrónomos. Y así fue como supieron utilizar a los eclipses de Luna que ocurrían muy cerca de los equinoccios de primavera u otoño para determinar la posición del punto Aries, o su opuesto, sobre el fondo de estrellas.

Para simplificar la idea, supongamos que ocurre un eclipse total de Luna (es decir, la Tierra se interpone entre el Sol y la Luna) cuando el Sol está en uno de los equinoccios. El centro de la sombra de la Tierra, es decir la Luna en este caso, señala al punto opuesto, es decir al otro equinoccio. Y, como durante un eclipse total de Luna las estrellas próximas a ella son visibles, se hace posible identificar la posición de los equinoccios respecto del fondo de estrellas y constelaciones.

Más aún, el punto Aries fue tomado como referencia para medir la posición de otras estrellas. Así, el astrónomo del observatorio de Alejandría, Timócaris, pudo determinar que la estrella Spica (la estrella alfa de la constelación de Virgo) se encontraba a 8º del equinoccio de otoño.  Unos 160 años después, Hiparco (~190 a.C. – ~120 a.C.) determina que la misma estrella se encontraba a unos 6º del mismo punto, descubriendo que el Punto Aries no está fijo, sino que se mueve muy lentamente a razón de 1º cada 80 años... lo que implicaba que cada 28.800 años este punto debería dar un giro completo, valor muy cercano a las mediciones actuales, teniendo en cuenta los métodos utilizados en aquel entonces.

Pero, ¿cuál es el origen de este bamboleo cósmico?

Si observamos atentamente el vertiginoso girar de un trompo, rápidamente notaremos que su eje se mueve describiendo una circunferencia respecto de la vertical del lugar que pasa por el punto de apoyo. Este movimiento resulta de la combinación del movimiento de rotación del trompo y de la fuerza de gravedad de la Tierra.

Pensemos ahora en nuestro planeta. Su forma no es esférica, sino que tiene un abultamiento en el Ecuador, y el mismo no coincide con los planos sobre los que se hallan el Sol y la Luna. Por lo tanto, la influencia gravitatoria de estos astros sobre nuestro planeta combinada con su rápido movimiento de rotación produce el mismo efecto que observamos en el trompo... es decir, el eje de la Tierra irá describiendo un cono en torno a una línea perpendicular al plano de la Eclíptica. Este movimiento, registrado por Hiparco, recibe el nombre de precesión de los equinoccios.

Bajo la influencia de Ofiuco

Actualmente sabemos que el eje imaginario de la Tierra describe un círculo completo en unos 25.800 años aproximadamente. Por lo tanto, el Punto Aries estuvo sobre la constelación de Aries desde el 2000 a.C. y hasta la era cristiana. Desde aquel momento y hasta el 2150 aproximadamente, el Punto Aries estará recorriendo Piscis, para luego inaugurar la mística era de Acuario.

Posición de las constelaciones del zodiaco antiguo... ¡Cuándo el Punto Aires apuntaba a Aries!

Pero esto no es todo... El fenómeno de precesión ha originado discrepancias entre el zodiaco antiguo y el que actualmente recorre el Sol en su camino a lo largo de la Eclíptica. Por ejemplo, durante el eclipse del 11 de julio de 1991 se pudo observar al Sol en la constelación de Géminis, mientras que el zodiaco antiguo nos indicaba que el astro rey debería haber estado en Cáncer para esa fecha.

El cambio de la trayectoria aparente del Sol sobre la esfera celeste, producto de la precesión, no solo ha originado un corrimiento en las constelaciones del zodiaco, sino que además ha modificado el tiempo que transcurre nuestra estrella en cada una de ellas y ha introducido una nueva constelación en su recorrido: Ofiuco.

Ofiuco es una constelación que ya conocían los antiguos pero que se encontraba lejos de la Eclíptica. Actualmente, el Sol la atraviesa durante unos 16 días luego de pasar rápidamente por Escorpio -en sólo 7 días- y rumbo a Sagitario en donde permanecerá aproximadamente 35 días.

Bueno, solo resta decirle que si usted quiere saber bajo qué constelación nació puede consultar la siguiente tabla... todo lo demás corre por su cuenta...

Constelación

Zodiaco antiguo

Zodiaco actual

Aries 21/marzo - 19/abril 18/abril - 13/mayo
Tauro 20/abril - 20/mayo 14/mayo - 20/junio
Géminis 21/mayo - 21/junio 21/junio - 19/julio
Cáncer 22/junio - 22/julio 20/julio - 9/agosto
Leo 23/julio - 22/agosto 10/agosto - 15/septiembre
Virgo 23/agosto - 22/septiembre 16/septiembre - 30/octubre
Libra 23/septiembre - 22/octubre 31/octubre - 22/noviembre
Escorpión 23/octubre - 21/noviembre 23/noviembre - 29/noviembre
Ofiuco   30/noviembre - 15/diciembre
Sagitario 22/noviembre - 21/diciembre 16/diciembre - 19/enero
Capricornio 22/diciembre - 19/enero 20/enero - 16/febrero
Acuario 20/enero - 18/febrero 17/febrero - 11/marzo
Piscis 19/febrero - 20/marzo 12/marzo - 18/abril

Zodíaco antiguo y zodíaco actual: tiempo que transcurre el Sol en cada constelación

   


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