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Lo que todavía no se ha dicho o el problema 187 de Frascarelli
Muchas veces la razón agota sus posibilidades de análisis generando un discurso
plagado de lugares comunes y, consecuentemente, vacío.
Cuando esto ocurre, se hace necesario recurrir a otros enfoques, a otros
artilugios, para sacudir la serena modorra de quienes creen que todo se ha
dicho.
Este, quizás, sea nuestro caso.
Por ello, hemos decidido apelar al humor para despertar de nuestro tranquilo
sueño en un esfuerzo por reconocernos en aquello que todavía no fue dicho.
En esta sección hemos hecho un recorrido, hemos consultado a diversos autores,
pero aún no hemos logrado definir el problema y su naturaleza, hacernos las
grandes preguntas para luego buscar las respuestas… aún no hemos logrado
elaborar un problema a la manera del Problema 187 del profesor Frascarelli
La ciencia en Flores
por Alejandro Dolina
(Crónicas del Ángel Gris)
Los Refutadores de Leyendas han sostenido siempre que toda la Naturaleza puede
expresarse en términos matemáticos. Lo poco que queda fuera no existe.
Así, esta comparsa racionalista se ha esforzado, utilizando cifras, vectores y
logaritmos, en representar cosas tales como el tango El Entrerriano o los celos
de las novias de la calle Artigas.
Cuando fracasaban, simplemente declaraban superstición lo que no conseguían
encuadrar en sus estructuras científicas.
Existía un minucioso catálogo de cosas inexistentes que se actualizaba cada año.
Allí figuraban los sueños, las esperanzas, el hombre de la bolsa, el alma, el
ornitorrinco, el catorce de espadas, el Ángel Gris de Flores, el gol de Ernesto
Grillo a los ingleses, la generala servida y la angustia.
Otra publicación venerada fue el desmesurado libro Un Amor así de Grande,
resultado del afán de medirlo todo. En ese trabajo no solo se otorgan valores
numéricos a los colores, aromas y formas, sino también a las sensaciones
espirituales más sutiles.
A lo largo de cien capítulos se establece la cantidad de adrenalina que produce
un individuo antes de ser vacunado, el volumen que alcanzan las lágrimas de una
madre a lo largo de su vida, la cantidad de cera que lleva en sus oídos el
conjunto de habitantes de la ciudad de Buenos Aires (suficiente al parecer para
lustrar todos los pisos del edificio de Obras Sanitarias), y la energía que se
consume en un suspiro.
Algunos datos producen indignación en las almas sencillas: para esta gente la
novela Madame Bovary consiste en una cierta mezcla de medio kilo de papel y un
cuarto de litro de tinta. Los elementos químicos que componen al hombre son
descriptos puntualmente con su precio en las farmacias de la zona. De este modo
se llega a la conclusión que más barato resulta un señor robusto que un velador.
No hace falta indicar el gran éxito obtenido por esta curiosa forma de evaluar
el universo. Constantemente podemos oír en la radio las declaraciones de
brillantes deportistas que manifiestan hallarse en un setenta y cinco por
ciento, vaya a saber de qué. Los chicos preparan tablas de posiciones en las que
dan a entender que quieren primero a su madre, después a su padre, en tercer
lugar a la abuela, y en el cuarto -lejos- al tío Julián. Los boletines de
calificaciones no son otra cosa que la versión escolar del pensamiento de los
Refutadores. Aunque la descripción de la conducta de un alumno que no ha
estudiado su lección, se reduce a un redondo cero. Por el contrario, un
estudiante talentoso y perseverante será premiado no con un cariño ni con una
frase estimulante, sino con un diez.
No se sabe si los Refutadores de Leyendas escribían cartas de amor, pero no
sería extraño que sus más tiernas declaraciones consistieran en gráficos
representativos del progreso de sus sentimientos.
Todo este arrebato cientificista no pudo menos que causar la repugnancia de los
Hombres Sensibles de Flores, que confiaban más en las corazonadas que en la
razón.
Como siempre ocurre, los excesos racionales generan desaforadas rebeliones
románticas. Pero en el barrio de Flores esa rebelión no se manifestó únicamente
a través del arte, sino que tuvo lugar -además- en el propio terreno científico.
La Sociedad de Científicos Sentimentales nació gracias al impulso del profesor
Aurelio C. Frascarelli, quien harto de la deshumanización de las disciplinas
científicas resolvió ponerle un poco de sangre al frío mundo de las raíces
cuadradas y las cotangentes.
Este pensador delirante fundó la sociedad antedicha y editó un Manual de Ingreso
que nunca se supo si era un libro de texto o una colección de intentos poéticos.
Las primeras innovaciones del manual son módicas. Se reducen a la redacción más
emotiva de los problemas de regla de tres compuesta.
Transcribimos uno de ellos:
Problema 14: Doce hombres tristes tropiezan en un año con ciento seis
desengaños. No se conocen entre si, pero sufren de un modo parecido. Pregunto
entonces: ¿Cuántos desengaños padecerán ocho hombres tristes en seis meses?
Como se ve, lo novedoso consiste únicamente en reemplazar hortalizas por
desengaños, y en ciertas declaraciones innecesarias como el mutuo
desconocimiento y la tristeza de estos hombres. Pero conforme se avanza en la
lectura del Manual se encuentran cosas más audaces.
El Problema 187 es prácticamente una novela corta. La descripción psicológica
del protagonista -un comerciante poco escrupuloso- está bastante bien lograda.
Hay personajes laterales (un cuñado que busca un tesoro oculto) y una divertida
pintura costumbrista de un almacén de barrio. La pregunta final ("¿a cuánto
deberá vender el kilo de arroz?") resulta insignificante al lado de otros
interrogantes que no están escritos, pero si sabiamente sugeridos por el
profesor Frascarelli: ¿Tiene sentido la vida? ¿Hay algún propósito en el
universo? Cumplimos sin saberlo con algún plan divino o diabólico?
A partir de la mitad del libro, el autor empieza a tomar partido arbitrariamente
en arduas cuestiones matemáticas. Paralelamente se incorporan juicios éticos y
estéticos en la explicación de teoremas y postulados.
Se habla entonces de paralelepípedos atorrantes, de esferas traidoras, de
ángulos aburridos y llega a decirse que el trapezoide es una figura que no
merece ser tomada en serio.
Las cuestiones biológicas son en el Manual de Ingreso verdaderas fantasías. La
vida del paramecio es un cuento de terror y Frascarelli llega a afirmar que las
amebas son muy guardianas y fieles a sus amos.

La actividad de los Científicos Sentimentales no se reducía a la difusión del
Manual. En los años de oro del barrio de Flores, muchos maestros románticos
dieron clase en una academia privada de la calle Condarco. Los alumnos padecían
la misma locura que los profesores. Cada vez que se realizaba algún experimento
en el gabinete de química, los jóvenes salían corriendo aterrorizados, mientras
gritaban "cosa de Mandinga" o "el Diablo anda suelto".
El propio Frascarelli dirigía un grupo de investigación cuyos métodos provocaban
el escándalo de los Refutadores. Creían, por ejemplo, en la búsqueda de la
casualidad. Este criterio podría escribirse así: sabiendo que muchos grandes
descubrimientos se realizaron casualmente, parece una buena idea disimular el
verdadero propósito de la investigación. Así, cuando se quiere encontrar una
estrella, se busca un microbio. Los resultados no fueron muy espectaculares, si
bien Frascarelli se jactaba de haber hallado un específico que combatía el mal
aliento, mientras buscaba la piedra filosofal.
En ocasiones, los científicos soñadores acudían a la búsqueda empírica y tomaban
frascos de untura blanca, para ver que ocurría. Estas experiencias se anotaban
en un cuaderno que ha sobrevivido a la Sociedad y en el que se refieren más de
mil quinientas locuras, que van desde comer pólvora hasta arrojarse al vacío
desde diferentes alturas para establecer los daños físicos y morales que, más
allá de los cuatro metros , solían traducirse en la muerte lisa y llana.
Hay que decir que aunque sus logros fueron pequeños, los propósitos de la
Sociedad no tenían límites. Durante años trataron de hacer algún milagro.
Buscaron la esmeralda que cura todas las enfermedades, el elixir de la eterna
juventud, el polvo de Perlimpimpim, el jarabe del amor eterno y la llave de la
sabiduría. Discutieron sobre la cuadratura del círculo y la inmortalidad del
cangrejo y trataron de volver al pasado y visitar el futuro.
Todos saben que en el barrio del Ángel Gris se destilaba el vino del olvido y el
licor del recuerdo. También se conocen perfectamente sus efectos y propiedades.
Al parecer, lo que mataba era la mezcla.
Algunos mentirosos pretenden que estas maravillas fueron creadas por los
Científicos Sentimentales. Nada más falso. El vino fue obra de los Amigos del
Olvido, un club que proponía la abolición del pasado. Y el licor es -sin duda
alguna- un hallazgo de Manuel Mandeb, el polígrafo de Flores.
Tal como es fácil sospechar, los científicos románticos fueron derrotados por la
prédica incesante de los Refutadores de Leyendas.
Hoy todo el mundo rinde culto a la Ciencia Pura. Y se da una ilustre paradoja:
los Refutadores no han hecho más que reemplazar a las viejas leyendas por otras
más nuevas, mucho peores.
Los arquitectos razonables podrán dudar de la existencia del alma, pero
suscribirán cualquier teoría sobre el átomo, los neutrones y los protones, con
la mayor alegría.
No importa si entienden estas teorías. En realidad -como dice Sábato- el
pensamiento científico parece tener mayor poder cuanto menos se lo comprende.
Por eso se suele decir: -¡Qué bien que habla este hombre...! No alcanzo a
entender ni una sola de sus palabras.
Cuando un racionalista se pone supersticioso, no hay quien lo gane.
Todo parece indicar que el futuro pertenece a los Refutadores de Leyendas.
Tal vez por eso los miembros de esta entidad - la única que queda de las que
existieron en los años dorados- se muestran tan optimistas con respecto a lo que
vendrá.
Todos los adoradores del progreso nos pintan un porvenir lleno de veredas
móviles que nos evitarán el esfuerzo de caminar, con máquinas invictas, con ríos
domados, y vehículos cada vez más veloces.
A las almas sencillas, la descripción de estos espantosos mecanismos les parece
algo diabólico.
Porque en este proyecto de aparatos infalibles y formidables fuentes de energía
no parece existir la menor preocupación por responder a alguna de las preguntas
que el profesor Frascarelli supo insertar en su memorable problema 187.
La Sociedad Científicos Sentimentales era una locura. Pero tal vez hace falta un
poco de locura entre tanta exactitud y precisión.
Serán buenos los cálculos y los teoremas inexpugnables, si es que se aplican a
rombos, ángulos y cubos. Pero empiezan a fallar cuando se trata de personas.
Y a lo mejor esto constituye la más grande virtud del hombre, su toque divino.
El último de los atorrantes de Flores es más interesante que una estrella,
solamente porque su comportamiento no es previsible.
Nada de esto significa que debamos renunciar a la ciencia y su arsenal. Que se
sigan inventando licuadoras y tónicos contra el catarro. Dos más dos son cuatro.
Los Refutadores de Leyendas tienen razón. Pero nada más que eso: razón.
A mi no me alcanza.
A los coordinadores de Divulgón tampoco.
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Alejandro Dolina nació un 20 de Mayo de vaya uno a saber qué año, en
Baigorrita, Provincia de Buenos Aires. Creció, sin embargo, en el barrio porteño
de Caseros, como lo ha recordado más de una vez en verso:
"Soy, señores de Caseros:
lo digo con el pico,
lo defiendo con el cuero."
Publicó sus primeras notas humorísticas en la revista Mengano, en el año 1974.
A partir de 1978 colaboró con la revista Humor, donde publicó sus Crónicas del Angel Gris.
Más recientemente, es conductor de uno de los programas de radio más populares
de Buenos Aires, "La venganza será terrible"(*), donde habla, toca música y
cuenta frente al público, todas las noches, sus historias de barrio.
(*) Lunes a Viernes de 0 a 2 hrs por
Radio Continental de Buenos Aires.
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