Cuando un agente infeccioso ingresa en un organismo, éste intenta, en la medida
de sus posibilidades, defenderse. El encargado de la línea de defensa es el
sistema inmune, que dispone de una gran variedad de mecanismos para responder
frente al ingreso de virus y bacterias. Uno de ellos es mediante la producción
de unas proteínas denominadas
anticuerpos (Ac) que son capaces de unirse
específicamente a alguno de los componentes del microorganismo que ingresó. Por
lo general se unen a componentes superficiales, que denominaremos
antígenos (Ag)
y de alguna manera inactivan al microorganismo o al menos lo señalan, para que
otro de los componentes del sistema inmune se haga cargo de eliminarlo.
La respuesta
que se genera la primera vez que el sistema inmune se enfrenta a un
agente infeccioso es lenta y no alcanza para evitar las manifestaciones de la
enfermedad. Pero en la mayoría de los casos queda un registro en el sistema
inmune que prepara al organismo para responder más rápida y eficientemente ante
una segunda infección con el mismo agente. Este hecho fue observado ya en la
antigua Grecia y es la base del funcionamiento de las vacunas: generar un primer
contacto con el agente infeccioso, o con alguno de sus componentes, de una
manera que no haya riesgos de enfermedad.
La forma en que el sistema inmune se prepara para responder más rápidamente en
una segunda oportunidad es bastante compleja y requiere de un análisis
específico. Veamos aquí como ha ido evolucionando el concepto de vacuna y la
metodología utilizada para diseñarlas,
desde Jenner a nuestros días.
La vieja guardia: atenuadas o inactivadas
Las primeras vacunas, como la desarrollada por Jenner en 1796, se basaron en el
uso de un microorganismo que en apariencia era igual, o muy parecido, al que
causaba la enfermedad pero que no era capaz de generarla. De esta manera se
induce al sistema inmune a poner en marcha sus mecanismos de defensa y a
prepararse para una respuesta rápida cuando el agente infeccioso ingrese. En el
caso de la vacuna contra la viruela, Jenner utilizó un virus similar al de la
viruela humana pero natural de las vacas, que era incapaz de generar enfermedad
en el hombre.
El desarrollo de este tipo de vacunas fue, en un comienzo, completamente empírico,
ya sea por su hallazgo en la naturaleza o por su desarrollo en el laboratorio.
Calmet y Guerin, por ejemplo, desarrollaron una bacteria que lleva sus nombres (BCG)
pasando una cepa de Micobacterium bovis de un cerdo a otro durante 13 años. Lo
que ocurrió durante estos sucesivos pasajes fue la acumulación de
mutaciones
(ocurridas al azar) generando en la bacteria un gran número de cambios. La
habilidad de Calmet y Guerin estuvo en seleccionar aquellas bacterias que habían
perdido los factores que hacían que causara enfermedad en humanos pero
conservando, sin embargo, su apariencia y su capacidad de multiplicarse. Así, al
inocularse en humanos, el sistema inmune se prepara produciendo células B, memoria
para una futura infección, pero la enfermedad está ausente porque la bacteria
perdió los componentes que la causaban. Dado que la capacidad de generar la
enfermedad en
estas cepas estaba atenuada, estas vacunas reciben el nombre de “vacunas vivas
atenuadas”.
Más adelante, en el año 1885, Pasteur demostró que era posible utilizar el mismo
microorganismo que causaba la enfermedad pero inactivado, de aquí el nombre de
”vacunas inactivadas”. Los métodos de inactivación utilizados inicialmente
consistían en tratamientos térmicos que mataban a los microorganismos tratando
de que se conserven las apariencias originales de los mismos. Así las vacunas
inactivadas están hechas con los mismos microorganismos que pueden causar la
enfermedad pero incapacitados de multiplicarse. Estas vacunas presentan como
principales ventajas frente a las vacunas atenuadas, su estabilidad y seguridad.
Sin embargo, suelen inducir una respuesta inmunitaria menor y esto desemboca en
la necesidad de un número mayor de dosis.
Las vacunas convencionales, ya sean atenuadas o inactivadas,
han sido y siguen
siendo la base inmunológica principal para luchar contra la mayoría de las
enfermedades. Sin embargo, varios son los problemas que presentan este tipo de
vacunas. Por una parte implican en cualquier caso la propagación en el
laboratorio de microorganismos patógenos, cuya inactivación o atenuación pueda
resultar incompleta y por otro lado pueden inducir efectos secundarios de
consideración.
Vacunas de nueva generación
Con el correr de los años se comprendió que no era necesaria la presencia de los
microorganismos completos para la inmunización y que bastaba con alguno de sus
componentes. Esto dio origen a las vacunas de subunidades, que consisten en el
uso de sólo una parte del microorganismo, en lugar del microrganismo completo.
Estas vacunas fueron introducidas en los 1920's, siendo las primeras la del tétano y
la difteria. Sin lugar a dudas esto representaba un gran avance, ya que evitaba
el riesgo de inocular microorganismos enteros, ya sea muertos o atenuados. Sin
embargo, en un comienzo esta estrategia no solucionaba el inconveniente y riesgo
de cultivar grandes cantidades de microorganismos potencialmente patógenos.
Pero entonces la posibilidad de manipular los genes y prescindir de los
microorganismos patógenos dio impulso a una nueva generación de vacunas.
Vacunas recombinantes
Ahora bien, dado que se demostró que en muchos casos no es necesaria la
presencia del microorganismo completo para la inmunización y que basta con una
de sus proteínas, ¿por qué no producir esta proteína en un sistema que no sea
peligroso?
En la década del ´80 se desarrollaron herramientas que permitieron cortar y
pegar fragmentos de ácidos nucleícos (ADN). Entonces fue posible aislar el
fragmento de ADN que conducía a la síntesis de una proteína capaz de generar una
respuesta primaria (un Ag) y conseguir que un microorganismo inofensivo produzca
esta proteína en el laboratorio. Así no era necesario mantener ningún tipo de
contacto con el patógeno, ni siquiera durante la producción de la vacuna. Una
vez identificado el Ag que podía ser utilizado como subunidad para la vacuna, se
utilizaba el gen que lo codifica para producirlo en otra especie que no
represente ningún peligro. Utilizando esta estrategia en 1986 surge la primer
vacuna recombinante, fruto de la producción en levaduras del antígeno de
superficie del virus de la hepatitis B.
La estrategia es conceptualmente sencilla pero no siempre efectiva ni fácil de
llevar a la práctica. Los sistemas de producción de antígenos que se utilizan
son muy variados y hoy en día se han expresado antígenos en distintos tipos de
bacterias, levaduras, células de insectos, banana, manzana, papa, tabaco, peces
y otros animales. Algunos de estos ejemplos agregan una nueva posibilidad para
el diseño de vacunas: hacerlas comestibles. Esta es la idea que subyace en las
investigaciones que utilizan frutas o bacterias lácticas: desarrollar una
manzana, una banana o un yogurt que posea como única diferencia con los
productos que consumimos habitualmente la presencia de un Ag capaz de iniciar la
respuesta inmune.
Vacunas de ADN
Sin embargo, hay todavía una instancia que puede ser explorada, las vacunas de ADN.
En este caso prescindimos de cualquiera de los componentes del patógeno y
sólo requerimos de él un fragmento de ADN que codifique para un antígeno.
Superando la instancia de las vacunas recombinantes mostradas anteriormente,
aquí no se utiliza un microorganismo o una fruta para producir el Ag sino que el
fragmento de ADN que lo codifica se introduce en el propio individuo a ser
vacunado. Una vez en las células, este ADN conduce la síntesis de la proteína
que servirá de Ag y de esta manera, es el mismo organismo el que produce el Ag y
lo presenta a su sistema inmune.
|
Clasificación de las vacunas
|
| Atenuadas |
Utilizan microorganismos relacionados a los patógenos pero modificados
para que no puedan generar la enfermedad. |
| Inactivadas |
Utilizan los microorganismos patógenos pero muertos. |
| Subunidades |
No utilizan los microorganismos patógenos sino que sólo alguno de sus componentes. |
| Recombinantes |
Se utiliza la manipulación genética para producir alguno de los componentes del
patógeno en un organismo inofensivo. |
| ADN |
El gen que codifica para el antígeno es introducido en el organismo a ser vacunado
y él mismo produce el antígeno a partir de ese gen. |
La posibilidad de producir antígenos en frutas, peces y bacterias comestibles
permite suponer que en un futuro habrá una nueva generación de vacunas en las
que los antígenos serán producidos y transportados por alimentos. Más allá del
obvio alivio de evitar jeringas y agujas, la verdadera ventaja de esto consiste
en facilitar el acceso masivo de la población a las campañas de vacunación. Esto
se potenciaría enormemente con vacunas que no requieran de cadena de frío y
personal especializado para su aplicación.