Este artículo es un extracto del prólogo escrito por Marcelino Cereijido al
libro La construcción de lo posible
La Contrarreforma en la Argentina
Escribiré este prólogo con la desesperación esperanzada de quien grita: "¡Miren,
un salvavidas!", refiriéndome al ideario de aquella universidad de 1955-1966,
pues si bien considero que al destruirla Argentina aceleró su caída hacia su
situación actual, sé muy bien que aún le quedan brasas de aquel fuego, de modo
que es uno de los pocos países del Tercer Mundo que todavía tiene en sus manos
el instrumento que le ayudaría a superar sus problemas. Lo único que me amarga y
preocupa es saber que la misma chatura oscurantista que llevó a aplastar la
universidad en 1966 todavía anda por ahí sofocando la mente del grueso de los
argentinos, y le impide ejercer su derecho a conocer. Pero bueno, todas estas
afirmaciones exigen cierta explicación; trataré de darla en este prólogo.
Aunque los argentinos no lo crean
La ciencia moderna ha partido a la humanidad en un Primer Mundo que investiga,
crea, posee, decide, impone, invade y castiga, y un Tercero que obedece, se
comunica, transporta, divierte, cura y mata, con teléfonos, radios, vehículos,
deportes, medicamentos y armas que inventaron los del Primero. La Argentina es
doblemente difícil de ubicar en ese esquema. En primer lugar porque en ella se
mezclan cosas de Primer Mundo con cosas de Quincuagésimo. En segundo, porque la
enorme mayoría de los argentinos da tozudamente por sentado que sus miserias
actuales tienen una única explicación, la económica, a la que ahora le han
empezando a agregar una segunda, la corrupción, de modo que, típicamente, en
cuanto alguien empieza con los argumentos que expondré en este prólogo, dejan de
escuchar. Es como intentar convencer al morador de una villa que la ecuación de
Einstein E = mc2 ha cambiado la forma de entender el universo, de suministrar
electricidad y de hacer la guerra. Pero, como diré al final de estas páginas,
Argentina tiene también una población que conoce muy bien el papel social del
conocimiento, y que escuchará nuestros argumentos aun en el caso de que a la
postre no los comparta.
Arranca el Primer Mundo
Según la mitología cristiana, Jesús afirmó que el fin del mundo, la resurrección
de los muertos y el Juicio Final estaban próximos; él mismo permaneció apenas
tres días en su tumba. Por eso sus seguidores se sumieron en una aterrada
expectativa y tomaban cada terremoto, plaga o cometa como señal de que el final
había llegado. Sin embargo, trece siglos después, el temor sólo se recordaba en
la arenga tremendista de algún sacerdote alucinado, y la Civilización Occidental
empezó a aprovechar para, ya que seguían aquí, enfocar su curiosidad sobre la
realidad que los rodeaba, y analizarla hasta donde les fuera posible. Pronto
llegaron a la conclusión de que los antiguos habían sido geniales.
Ahí estaban
las pirámides de Egipto, los templos grecorromanos, las obras de Zenón, Pitágoras,
Platón, Aristóteles y Aristarco para probarlo. La mismísima Biblia era un claro
testimonio de aquel pasado y aquellos personajes gloriosos. Pero los europeos
también advertían que de aquel esplendor sólo les habían llegado ruinas:
columnas rotas, vasijas cachadas, esculturas con narices y brazos quebrados,
manuscritos incompletos y pésimamente traducidos por gente que no solía entender
el tema que leía, y acaso lo vertía del griego al latín clásico, del latín
clásico al árabe, del árabe al latín medieval, e introducía groseras
distorsiones adrede para encuadrarlos en la manera de interpretar que exigía la
autoridad eclesiástica. De modo que había habido una Edad de Oro, pero ahora
estaba cubierta por un manto de polvo, escombro, error y mentira. Se propusieron
des-cubrirla.
Para ello tuvieron que aprender a leer directamente los textos originales,
aunque fueran apenas fragmentos chamuscados, sin aceptar mediadores entre ellos
y la realidad, desconfiando de interpretaciones ajenas; diseñaron formas de
observar, analizar e interpretar directamente aquellos restos del pasado aunque
se tratara de ruinas de templos y ciudades. Y, algo verdaderamente insólito,
aceptaron la duda y aun la ignorancia antes que la "explicación" y
las "interpretaciones oficiales", así éstas fueran impuestas por la
mismísima Madre Iglesia.
Se trató de una tarea ardua y costosa que
tomó siglos, pero la bosquejaremos por
las semejanzas que creemos detectarle con la universidad del '55 al '66. Por
comenzar, para leer la Biblia hay que tener un ejemplar, pero para producirlo se
requerían generaciones de monjes copiando a mano con prolijidad y buena letra;
por eso, claro está, sólo algunos conventos célebres y algunos condes o reyes
tenían una Biblia tan única, que si aún subsiste cuesta millones de dólares y
perdura como tesoro en algún museo nacional detrás de cristales antibalas.
Aquellos europeos del Siglo XV contaron con la imprenta desarrollada hacía poco
e imprimieron abundantes ejemplares, pero de qué servía tenerlos si menos del
uno por ciento sabía leer: incrementaron la impresionante campaña alfabetizadora
que había comenzado con el nacimiento de los burgos. Aun así, pocos entendían el
hebreo, arameo y latín en el que estaban escritos el Antiguo y el Nuevo
Testamento: se alentó la traducción al alemán, inglés, francés. El próximo
impedimento sería que una cosa es leer y otra muy distinta entender lo que se
lee: formaron entonces grupos de lectura, discusión y análisis. Ahora sí, cada
uno podía aspirar a leer e interpretar por sí mismo.
Veamos ahora cómo aplicaron los mismos criterios para conocer la
realidad-de-ahí-afuera. La receta central, insistimos, fue ver e interpretar
directamente, se tratara de un texto o la órbita de un planeta, sin aceptar la
imposición de interpretaciones ajenas.
Simplemente, los sabios dejaron de invocar las opiniones arcanas de doctores
ilustres, llenas de oscuridades y pasajes enigmáticos, e insistieron en mirar,
oír, tocar, pensar por sí mismos. Pero, una vez que comprobaban qué sucede si se
mezcla este mineral con aquel ácido, o qué regularidad habían observado al
estudiar las montañas, las poleas, las olas, los animales, no había ninguna
autoridad que sancionara esas "verdades". A lo sumo podían convocar a colegas y
personajes para que vieran y comprobaran que la afirmación era constatable. Y
aquí viene lo importante, pues si querían que también lo confirmaran los sabios
de otros países, no tenían más remedio que describirlo de una manera clara,
sucinta, que permitiera repetir la observación, porque ahora no dependían de que
una autoridad lo declarara cierto, sino de que todos pudieran reproducir las
experiencias, repasar y examinar los análisis hasta convencerse por sí mismos.
Nadie les podría "dar" la razón, pues ésta no le pertenecía a nadie. Empezaron a
escribir hojitas escuetas, papelitos que de ahí en más se llamaron "papers",
"proceedings", "comptes rendus" y a reimprimirlos e intercambiarlos entre sabios
de distintas ciudades y distintos países. Se dejaron de lado los planes de
estudio y asignaturas medievales, fueron inventando una nueva pedagogía.

Esa actividad en lo que luego fue el Primer Mundo indignó a las autoridades
eclesiásticas que luchaban por imponer la manera oficial de interpretar, ocultar
las discrepancias, perseguir a los osados. Pero ¿quiénes eran esos osados? ¿dónde
estaban? En ninguna parte y en todas. Y he aquí otra de las maravillas de aquel
tesoro de conocimiento que se iba acumulando: aunque nadie se lo propusiera,
nadie enunciara ningún "gran sistema totalizador" a la manera de los grandes
cuerpos de doctrinas teológicas, iba surgiendo espontáneamente una
sistematización vigorosamente coherente, cada vez más eficaz, cada vez más
abarcadora, cada vez más capaz de hacer predicciones con las que salir a buscar
más información, más piezas del rompecabezas de la realidad, y que ellos
transformaban rápidamente en conocimiento. Y aun así, aunque se encontrara que
ese conocimiento era constatable, se le desconfiaba, se recomendaba buscar y
volver a buscar, poner en duda, reinterpretar. De pronto aparecieron las
palabras ricerca, y recherche y research, porque aquel embrión de Primer Mundo
no se quedó a esperar que a un sabio se le ocurrieran explicaciones mientras se
bañaba (como tradicionalmente se dice que le ocurrió a Arquímedes) o a observar
las oscilaciones del candelabro en una iglesia (como supuestamente le sucedió a
Galileo). Entonces construyeron un colosal aparato para generar más conocimiento
activamente, y con el tiempo a ese instrumento se lo llegó a llamar
investigación científica. Hoy ese aparato descomunal está constituido por todos
los científicos del planeta, miles de laboratorios, bibliotecas, estaciones
marinas, expediciones, fábricas de telescopios, microscopios, industrias de
reactivos químicos, congresos, simposia, sistemas de becas. Pero queda claro que
una cosa es la ciencia (manera de interpretar), y otra muy distinta la
investigación (habilidad de encontrar cosas, hechos e hipótesis nuevas). Tanto
en aquel entonces como en el presente, se considera que quien tiene una mente
original y habilidad técnica puede ser un gran investigador, pero así y todo, si
lo interpreta con base en milagros, revelaciones, dogmas y Principio de
Autoridad, no es un científico. Usar la palabra "investigador" como substituta
de "científico" es apelar a una metonimia que no siempre resulta justificada.
Siempre se pone el énfasis en que aquella hazaña produjo y cambió de manos
riquezas, poder, formas de trabajar, vivir y organizarse socialmente. Sin
desconocerlo, queremos señalar que tanto o más importante fue que la aventura
los cambió a ellos, a los actores, a la relación que tenían con aquella realidad
que estudiaban, y a la religión que profesaban. Los alquimistas habrán fallado
en transformar el plomo en oro, pero lograron transformarse a sí mismos en
químicos; los astrólogos no habrán encontrado secretos divinos en los cielos,
pero se convirtieron a sí mismos en astrónomos. A los argentinos tomados en
conjunto nos cuesta entender aquel proceso, porque la educación que nos dieron
nos forzó a rezarle a San Ignacio de Loyola, numen de la Contrarreforma, no a
enterarnos de que, en total oposición al ideario comenzado con la Reforma, dicho
personaje recomendó: "Debemos estar siempre preparados para que si la Santa
Madre Iglesia nos ordena que veamos negro aquello que estamos viendo blanco,
debamos obedecer y verlo negro". Aquella educación nos inculcó la quintaesencia
del subdesarrollo, al meternos en la cabeza que hubiera sido más meritorio que
Tomás creyera ciegamente, antes que intentar cerciorarse viendo y tocando las
heridas de Jesús.
La Iglesia Católica reaccionó ante aquella Reforma redoblando las propias
reformas que siglos antes había iniciado en su interior. Creó órdenes religiosas
ad hoc, entre las cuales destacaron los jesuitas de Ignacio de Loyola, convocó a
teólogos, reunió concilios, enroló a reyes, personajes políticos y caudillos
militares, y desempolvó y aceitó el instrumento de la Santa Inquisición. Casi
sin excepción, los pueblos que aceptaron ver y entender lo que de acuerdo con la
Iglesia debían ver y entender hoy conforman el
Tercer Mundo; los que pudieron defender su derecho y libertad para interpretar
la realidad y conocer conforman el Primero.
¿Y la Argentina?
En la opinión de Domingo Faustino Sarmiento, la Revolución de Mayo había sido
provocada por los sobrinos de los curas, porque leían la obra de los autores
iluministas y enciclopedistas que la Iglesia vedaba, pero que llegaba de
contrabando en los baúles que recibían sus tíos. Hacia finales del Siglo XIX los
pujantes argentinos lograron iniciar un esfuerzo vigoroso para erradicar el
analfabetismo, crear las instituciones fundamentales para estudiar
orografía,
fauna, flora, clima, y formar a los médicos, ingenieros, abogados, químicos que
el país necesitaba. La Argentina estaba creando un incipiente aparato
científico-técnico-productivo que la iba acercando a los países del Primer Mundo.
Algunas fuentes hablan de que el grado de alfabetización llegó a poner a la
Argentina en 8° lugar en el mundo, otras en el 4°. Militares que no entendían la
defensa nacional en términos de torturas ni de compatriotas arrojados al mar
fomentaban el desarrollo de la siderurgia, el petróleo, las comunicaciones,
procuraban para sus colegios los mejores maestros que pudieran hallar,
trayéndolos de Europa si era preciso, y creaban institutos de investigaciones.
Desgraciadamente, durante los años 30 del Siglo XX argentina sufrió un enérgico
embate católico-militar que cambió drásticamente su historia y su suerte. Los
generales insurrectos derribaron los gobiernos elegidos lo más democráticamente
que las circunstancias habían permitido y recibieron la visita oficial y el
apoyo de la Iglesia Católica, sobre todo del Cardenal Eugenio Pacelli, futuro
Papa Pío XII. La gestión de dicho Cardenal, tanto en sus años de nuncio
apostólico en la Alemania de Hitler, como en su posterior papado, ha sido
analizada por J. Cornwell en su libro Hitler’s Pope. A partir de ahí, Argentina
padeció una serie de regímenes militares y grupos de poder con estrechos lazos
ideológicos con la Italia de Mussolini, la España de Franco y la Alemania de
Hitler. Ni bien terminó la Segunda Guerra Mundial, Argentina cobijó a miles de
asesinos de la calaña de Adolf Eichmann y Ante Pavelic. Su economía e inserción
internacional comenzaron a ser severamente boicoteadas, sin que esta
circunstancia la tengan suficientemente presente quienes tratan de entender la
situación actual con base exclusiva en pactos económicos, golpes de estado y
altibajos del dólar.