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Ciencia y Sociedad | Mayo 2004
 

A contrarreforma

Este artículo es un extracto del prólogo escrito por Marcelino Cereijido al libro La construcción de lo posible

La Contrarreforma en la Argentina

Escribiré este prólogo con la desesperación esperanzada de quien grita: "¡Miren, un salvavidas!", refiriéndome al ideario de aquella universidad de 1955-1966, pues si bien considero que al destruirla Argentina aceleró su caída hacia su situación actual, sé muy bien que aún le quedan brasas de aquel fuego, de modo que es uno de los pocos países del Tercer Mundo que todavía tiene en sus manos el instrumento que le ayudaría a superar sus problemas. Lo único que me amarga y preocupa es saber que la misma chatura oscurantista que llevó a aplastar la universidad en 1966 todavía anda por ahí sofocando la mente del grueso de los argentinos, y le impide ejercer su derecho a conocer. Pero bueno, todas estas afirmaciones exigen cierta explicación; trataré de darla en este prólogo.

Aunque los argentinos no lo crean

La ciencia moderna ha partido a la humanidad en un Primer Mundo que investiga, crea, posee, decide, impone, invade y castiga, y un Tercero que obedece, se comunica, transporta, divierte, cura y mata, con teléfonos, radios, vehículos, deportes, medicamentos y armas que inventaron los del Primero. La Argentina es doblemente difícil de ubicar en ese esquema. En primer lugar porque en ella se mezclan cosas de Primer Mundo con cosas de Quincuagésimo. En segundo, porque la enorme mayoría de los argentinos da tozudamente por sentado que sus miserias actuales tienen una única explicación, la económica, a la que ahora le han empezando a agregar una segunda, la corrupción, de modo que, típicamente, en cuanto alguien empieza con los argumentos que expondré en este prólogo, dejan de escuchar. Es como intentar convencer al morador de una villa que la ecuación de Einstein E = mc2 ha cambiado la forma de entender el universo, de suministrar electricidad y de hacer la guerra. Pero, como diré al final de estas páginas, Argentina tiene también una población que conoce muy bien el papel social del conocimiento, y que escuchará nuestros argumentos aun en el caso de que a la postre no los comparta.

Arranca el Primer Mundo

Según la mitología cristiana, Jesús afirmó que el fin del mundo, la resurrección de los muertos y el Juicio Final estaban próximos; él mismo permaneció apenas tres días en su tumba. Por eso sus seguidores se sumieron en una aterrada expectativa y tomaban cada terremoto, plaga o cometa como señal de que el final había llegado. Sin embargo, trece siglos después, el temor sólo se recordaba en la arenga tremendista de algún sacerdote alucinado, y la Civilización Occidental empezó a aprovechar para, ya que seguían aquí, enfocar su curiosidad sobre la realidad que los rodeaba, y analizarla hasta donde les fuera posible. Pronto llegaron a la conclusión de que los antiguos habían sido geniales. Ahí estaban las pirámides de Egipto, los templos grecorromanos, las obras de Zenón, Pitágoras, Platón, Aristóteles y Aristarco para probarlo. La mismísima Biblia era un claro testimonio de aquel pasado y aquellos personajes gloriosos. Pero los europeos también advertían que de aquel esplendor sólo les habían llegado ruinas: columnas rotas, vasijas cachadas, esculturas con narices y brazos quebrados, manuscritos incompletos y pésimamente traducidos por gente que no solía entender el tema que leía, y acaso lo vertía del griego al latín clásico, del latín clásico al árabe, del árabe al latín medieval, e introducía groseras distorsiones adrede para encuadrarlos en la manera de interpretar que exigía la autoridad eclesiástica. De modo que había habido una Edad de Oro, pero ahora estaba cubierta por un manto de polvo, escombro, error y mentira. Se propusieron des-cubrirla.

Para ello tuvieron que aprender a leer directamente los textos originales, aunque fueran apenas fragmentos chamuscados, sin aceptar mediadores entre ellos y la realidad, desconfiando de interpretaciones ajenas; diseñaron formas de observar, analizar e interpretar directamente aquellos restos del pasado aunque se tratara de ruinas de templos y ciudades. Y, algo verdaderamente insólito, aceptaron la duda y aun la ignorancia antes que la "explicación" y las "interpretaciones oficiales", así éstas fueran impuestas por la mismísima Madre Iglesia.

Se trató de una tarea ardua y costosa que tomó siglos, pero la bosquejaremos por las semejanzas que creemos detectarle con la universidad del '55 al '66. Por comenzar, para leer la Biblia hay que tener un ejemplar, pero para producirlo se requerían generaciones de monjes copiando a mano con prolijidad y buena letra; por eso, claro está, sólo algunos conventos célebres y algunos condes o reyes tenían una Biblia tan única, que si aún subsiste cuesta millones de dólares y perdura como tesoro en algún museo nacional detrás de cristales antibalas. Aquellos europeos del Siglo XV contaron con la imprenta desarrollada hacía poco e imprimieron abundantes ejemplares, pero de qué servía tenerlos si menos del uno por ciento sabía leer: incrementaron la impresionante campaña alfabetizadora que había comenzado con el nacimiento de los burgos. Aun así, pocos entendían el hebreo, arameo y latín en el que estaban escritos el Antiguo y el Nuevo Testamento: se alentó la traducción al alemán, inglés, francés. El próximo impedimento sería que una cosa es leer y otra muy distinta entender lo que se lee: formaron entonces grupos de lectura, discusión y análisis. Ahora sí, cada uno podía aspirar a leer e interpretar por sí mismo.

Veamos ahora cómo aplicaron los mismos criterios para conocer la realidad-de-ahí-afuera. La receta central, insistimos, fue ver e interpretar directamente, se tratara de un texto o la órbita de un planeta, sin aceptar la imposición de interpretaciones ajenas.

Simplemente, los sabios dejaron de invocar las opiniones arcanas de doctores ilustres, llenas de oscuridades y pasajes enigmáticos, e insistieron en mirar, oír, tocar, pensar por sí mismos. Pero, una vez que comprobaban qué sucede si se mezcla este mineral con aquel ácido, o qué regularidad habían observado al estudiar las montañas, las poleas, las olas, los animales, no había ninguna autoridad que sancionara esas "verdades". A lo sumo podían convocar a colegas y personajes para que vieran y comprobaran que la afirmación era constatable. Y aquí viene lo importante, pues si querían que también lo confirmaran los sabios de otros países, no tenían más remedio que describirlo de una manera clara, sucinta, que permitiera repetir la observación, porque ahora no dependían de que una autoridad lo declarara cierto, sino de que todos pudieran reproducir las experiencias, repasar y examinar los análisis hasta convencerse por sí mismos. Nadie les podría "dar" la razón, pues ésta no le pertenecía a nadie. Empezaron a escribir hojitas escuetas, papelitos que de ahí en más se llamaron "papers", "proceedings", "comptes rendus" y a reimprimirlos e intercambiarlos entre sabios de distintas ciudades y distintos países. Se dejaron de lado los planes de estudio y asignaturas medievales, fueron inventando una nueva pedagogía.

Esa actividad en lo que luego fue el Primer Mundo indignó a las autoridades eclesiásticas que luchaban por imponer la manera oficial de interpretar, ocultar las discrepancias, perseguir a los osados. Pero ¿quiénes eran esos osados? ¿dónde estaban? En ninguna parte y en todas. Y he aquí otra de las maravillas de aquel tesoro de conocimiento que se iba acumulando: aunque nadie se lo propusiera, nadie enunciara ningún "gran sistema totalizador" a la manera de los grandes cuerpos de doctrinas teológicas, iba surgiendo espontáneamente una sistematización vigorosamente coherente, cada vez más eficaz, cada vez más abarcadora, cada vez más capaz de hacer predicciones con las que salir a buscar más información, más piezas del rompecabezas de la realidad, y que ellos transformaban rápidamente en conocimiento. Y aun así, aunque se encontrara que ese conocimiento era constatable, se le desconfiaba, se recomendaba buscar y volver a buscar, poner en duda, reinterpretar. De pronto aparecieron las palabras ricerca, y recherche y research, porque aquel embrión de Primer Mundo no se quedó a esperar que a un sabio se le ocurrieran explicaciones mientras se bañaba (como tradicionalmente se dice que le ocurrió a Arquímedes) o a observar las oscilaciones del candelabro en una iglesia (como supuestamente le sucedió a Galileo). Entonces construyeron un colosal aparato para generar más conocimiento activamente, y con el tiempo a ese instrumento se lo llegó a llamar investigación científica. Hoy ese aparato descomunal está constituido por todos los científicos del planeta, miles de laboratorios, bibliotecas, estaciones marinas, expediciones, fábricas de telescopios, microscopios, industrias de reactivos químicos, congresos, simposia, sistemas de becas. Pero queda claro que una cosa es la ciencia (manera de interpretar), y otra muy distinta la investigación (habilidad de encontrar cosas, hechos e hipótesis nuevas). Tanto en aquel entonces como en el presente, se considera que quien tiene una mente original y habilidad técnica puede ser un gran investigador, pero así y todo, si lo interpreta con base en milagros, revelaciones, dogmas y Principio de Autoridad, no es un científico. Usar la palabra "investigador" como substituta de "científico" es apelar a una metonimia que no siempre resulta justificada.

Siempre se pone el énfasis en que aquella hazaña produjo y cambió de manos riquezas, poder, formas de trabajar, vivir y organizarse socialmente. Sin desconocerlo, queremos señalar que tanto o más importante fue que la aventura los cambió a ellos, a los actores, a la relación que tenían con aquella realidad que estudiaban, y a la religión que profesaban. Los alquimistas habrán fallado en transformar el plomo en oro, pero lograron transformarse a sí mismos en químicos; los astrólogos no habrán encontrado secretos divinos en los cielos, pero se convirtieron a sí mismos en astrónomos. A los argentinos tomados en conjunto nos cuesta entender aquel proceso, porque la educación que nos dieron nos forzó a rezarle a San Ignacio de Loyola, numen de la Contrarreforma, no a enterarnos de que, en total oposición al ideario comenzado con la Reforma, dicho personaje recomendó: "Debemos estar siempre preparados para que si la Santa Madre Iglesia nos ordena que veamos negro aquello que estamos viendo blanco, debamos obedecer y verlo negro". Aquella educación nos inculcó la quintaesencia del subdesarrollo, al meternos en la cabeza que hubiera sido más meritorio que Tomás creyera ciegamente, antes que intentar cerciorarse viendo y tocando las heridas de Jesús.

La Iglesia Católica reaccionó ante aquella Reforma redoblando las propias reformas que siglos antes había iniciado en su interior. Creó órdenes religiosas ad hoc, entre las cuales destacaron los jesuitas de Ignacio de Loyola, convocó a teólogos, reunió concilios, enroló a reyes, personajes políticos y caudillos militares, y desempolvó y aceitó el instrumento de la Santa Inquisición. Casi sin excepción, los pueblos que aceptaron ver y entender lo que de acuerdo con la Iglesia debían ver y entender hoy conforman el Tercer Mundo; los que pudieron defender su derecho y libertad para interpretar la realidad y conocer conforman el Primero.

¿Y la Argentina?

En la opinión de Domingo Faustino Sarmiento, la Revolución de Mayo había sido provocada por los sobrinos de los curas, porque leían la obra de los autores iluministas y enciclopedistas que la Iglesia vedaba, pero que llegaba de contrabando en los baúles que recibían sus tíos. Hacia finales del Siglo XIX los pujantes argentinos lograron iniciar un esfuerzo vigoroso para erradicar el analfabetismo, crear las instituciones fundamentales para estudiar orografía, fauna, flora, clima, y formar a los médicos, ingenieros, abogados, químicos que el país necesitaba. La Argentina estaba creando un incipiente aparato científico-técnico-productivo que la iba acercando a los países del Primer Mundo. Algunas fuentes hablan de que el grado de alfabetización llegó a poner a la Argentina en 8° lugar en el mundo, otras en el 4°. Militares que no entendían la defensa nacional en términos de torturas ni de compatriotas arrojados al mar fomentaban el desarrollo de la siderurgia, el petróleo, las comunicaciones, procuraban para sus colegios los mejores maestros que pudieran hallar, trayéndolos de Europa si era preciso, y creaban institutos de investigaciones.

Desgraciadamente, durante los años 30 del Siglo XX argentina sufrió un enérgico embate católico-militar que cambió drásticamente su historia y su suerte. Los generales insurrectos derribaron los gobiernos elegidos lo más democráticamente que las circunstancias habían permitido y recibieron la visita oficial y el apoyo de la Iglesia Católica, sobre todo del Cardenal Eugenio Pacelli, futuro Papa Pío XII. La gestión de dicho Cardenal, tanto en sus años de nuncio apostólico en la Alemania de Hitler, como en su posterior papado, ha sido analizada por J. Cornwell en su libro Hitler’s Pope. A partir de ahí, Argentina padeció una serie de regímenes militares y grupos de poder con estrechos lazos ideológicos con la Italia de Mussolini, la España de Franco y la Alemania de Hitler. Ni bien terminó la Segunda Guerra Mundial, Argentina cobijó a miles de asesinos de la calaña de Adolf Eichmann y Ante Pavelic. Su economía e inserción internacional comenzaron a ser severamente boicoteadas, sin que esta circunstancia la tengan suficientemente presente quienes tratan de entender la situación actual con base exclusiva en pactos económicos, golpes de estado y altibajos del dólar.


El libro La construcción de lo posible trata sobre la universidad de Buenos Aires entre 1955 y 1966. Este singular periodo concluyó a garrotazos en la tristemente famosa Noche de los Bastones Largos y su fin significó el comienzo de una crisis que se extiende hasta nuestros días.

El prólogo completo del libro puede encontrarse en la página web de la editorial Libros del Zorzal .
 



Marcelino Cereijido es Doctor en Medicina de la UBA. Su especialidad es la biofísica. Trabajó en un comienzo en membranas biológicas. En 1973 fue elegido Decano de la Facultad de Farmacia y Bioquímica de la UBA. Debió exilarse en México por el golpe militar de 1976 donde continuó su brillante carrera científica. Además de sus trabajos científicos, tiene varios libros relacionados con la historia y la política científica en Argentina y en América Latina: La nuca de Houssay, Ciencia sin seso, ¿Porqué no tenemos Ciencia? y otros.
 


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