Uno de los descubrimientos que más ha influido
sobre nuestra concepción del universo es el hecho de que éste está compuesto
por los mismos elementos químicos que conforman nuestra conocida tabla
periódica.
En la antigüedad se pensaba que las estrellas
estaban constituidas por un material distinto, característico de los objetos
celestiales, llamado éter o quintaesencia. El hombre, sin embargo, en su afán
de querer comprender todo lo que lo rodea - y el más allá - encontró la
composición química de las estrellas analizando la luz que de ellas provenía.
Finalmente, se descubrió que los verdaderos hornos en donde se cocinan los
elementos químicos son las mismas estrellas. Esto permitió desechar las
antiguas ideas, y evolucionar hacia una concepción más unificada del universo.
Veamos de qué conocimientos se valió el hombre para descubrir de qué está
hecho el Sol, nuestra estrella más cercana.
A simple vista nos parece que la luz que proviene
del Sol es de un color amarillento. En realidad el Sol emite una gran gama de
colores (o longitudes de onda). Un fenómeno que nos confirma cotidianamente esto
es el arco iris que aparece cada vez que las gotas de lluvia son iluminadas por
un rayo de luz. La razón por la cual vemos el Sol amarillento es porque de todos
sus colores el amarillo es el más intenso.
Pero no tenemos que esperar a que llueva para
observar toda la gama de colores, basta con interponer un prisma cada vez que
queramos. Cada uno de los colores u ondas que componen la luz del Sol se
propagan, a través del prisma, a distintas velocidades desplegándose a su salida
en distintos ángulos. La descomposición de la luz en todos sus colores se llama
espectro y los aparatos que hoy se usan cumplen la misma función que el prisma
y se denominan espectroscopios.
Utilizando prismas o espectroscopios más
sofisticados es posible observar, además de todos los colores, rayas oscuras
desparramadas a lo largo de todo el espectro, y es aquí en donde reside toda la
información que necesitamos para saber de qué esta hecho el Sol!!.
En honor a su descubridor estas rayas se denominaron rayas de Fraunhofer (1814).
Casi medio siglo después que estas rayas fueran descubiertas se supo que
cuando los gases de un determinado elemento eran calentados estos emitían luz de
determinados colores, como si fuera una huella digital característica de cada
elemento.

Así, por ejemplo, el hidrógeno, dentro
del espectro visible, emite naranja (longitud de onda 6560 A), azul (4858 A ),
añil (4337 A) y violeta (4098 A), donde A es un angstrom, una
unidad de longitud equivalente a una diezmillonésima de milímetro.

El gas noble neón (Ne) emite naranja (6402 A), amarillo (5852 A) y verde
(5400 A), y así sucesivamente con los demás elementos.

Este hecho experimental inobjetable, recién pudo ser relacionado con los niveles
electrónicos de los átomos varios años después con la
teoría de la mecánica cuántica.
Otra manifestación de la huella digital de los elementos es mediante el
proceso de absorción de luz de gases en el cual se interpone un gas a una luz
blanca, que contiene todos los colores, y al ser observada a través de un prisma
se encuentran rayas oscuras en el espectro. La presencia de rayas oscuras indica que el
gas interpuesto absorbe solamente los colores que sorprendentemente coinciden con los
mismos que el gas emite al ser calentado.

Absorción y emisión de un mismo elemento

Todos estos
avances sobre el análisis de la luz absorbida y emitida por los gases fueron
desarrollados por Gustav Kirchoff en 1859, y fueron utilizados para comprender
de qué estaba hecho el Sol.
Supongamos que
el sol es una gran esfera de gas con un núcleo central muy denso y caliente
(alrededor de 15 millones de grados centígrados), emitiendo luz de todos los colores,
y que la capa más superficial
(alrededor de 6000 grados) está formada por una mezcla de gases. Ahora las
rayas observadas por Fraunhofer adquieren un significado más claro:
La ausencia de
determinados colores en el espectro indica la presencia de determinados gases en
la superficie del sol, ya que absorben la luz que no llega o que al menos es
mucho más tenue que el resto.
En 1859 Gustav Kirchhoff logró identificar ocho elementos en el Sol
analizando el espectro de
absorción de Fraunhofer. En 1897 Henry Augustus Rowland publicó un mapa
fotográfico de 12 metros del espectro solar que permitió identificar la
presencia de 39 elementos químicos en el Sol. Con la extensión de las
observaciones del espectro solar hacia el infrarrojo por un lado y hacia el
ultravioleta por el otro, y con el análisis de la composición de las partículas
que el Sol lanza hacia el espacio, se ha podido constatar que éste se encuentra
compuesto de los mismos elementos químicos que la Tierra, aunque en proporciones
muy diferentes.
Hoy sabemos que la mayor parte del Sol
es hidrógeno; aproximadamente el 92% de sus átomos son átomos de
hidrógeno y casi todo el resto de helio. Los demás elementos son
prácticamente impurezas, pues constituyen sólo el 0.1% del número total de
átomos.