Para contar esta historia desde el principio deberíamos remontarnos al Big Bang
y quizás antes, el motivo para no ir más allá aún es que dicen los físicos que
"antes no había antes". Sin embargo, si partimos de tan lejos correríamos serios riesgos
de no arribar a destino. Por eso empecemos unos miles millones de años más acá.
Una de las hipótesis acerca del origen de la Tierra indica que en algún momento
en la historia del universo el Sol explotó y una de las bolas incandescentes de materia
que se desprendieron de él se alejó rápidamente y se enfrió, dando origen a la Tierra.
En la actualidad se piensa que es más
probable que la Tierra, junto con los demás planetas del sistema solar, hayan
comenzado a formarse a partir de una densa y gigantesca nebulosa que al sufrir
el colapso gravitatorio se aplanó y se convirtió en un disco de polvo girando
alrededor de una oscura masa central, nuestro Sol (ver
Mundo interior).
En cualquier caso, desde entonces lo que ha
ingresado a nuestra atmósfera ha sido mayoritariamente energía solar y
radiaciones cósmicas, mientras que la materia original se ha ido reorganizado constantemente dando forma a todo lo que vemos en el
planeta.
Unos 3000 millones de años luego de formada la Tierra se formaron las primeras
rocas y mil millones después los
océanos eran una suerte de gran sopa con la temperatura justa para que se formen
las primeras moléculas biológicas, no está bien claro cuáles fueron, pero lo más
probable es que hayan sido algo similar a lo que hoy llamamos ácido ribonucléico
(ARN).
Hasta aquí no había dentro ni fuera pero entonces aparecieron las primeras células,
pequeños compartimentos con las
enzimas necesarias para desarrollar algunas actividades biológicas básicas y la
capacidad de multiplicarse. Este tipo de células, denominadas procariotas
tienen como representantes en la actualidad a las bacterias y por definición, a
todas aquellas células carentes de núcleo. Durante más de mil millones de años
fueron las únicas formas de vida en la Tierra y si bien un análisis rápido puede
inducir a suponer que se trata de maquinarias de baja complejidad y pobres
prestaciones, han sido la fuente de la amplia mayoría de los procesos biológicos
que hoy conocemos y utilizamos, tales como la reproducción, la fotosíntesis, la
respiración y el movimiento.
En algún momento, un nuevo tipo de
célula de estructura más compleja apareció en el planeta: la célula eucariota,
el tipo de célula que forma los cuerpos de animales y plantas. En particular,
las células eucariotas están caracterizadas por contener organelas internas
recubiertas de membrana, lo que incluye especialmente un núcleo celular que
contiene la mayoría del material genético de la célula.

La célula eucariota con sus diversas organelas.
¿Cómo apareció la primera célula eucariota?
Una de las teorías mas plausibles
acerca de cómo se generaron las células eucariotas es que en algún momento un
predador (procariota, ya que no había hasta el momento otro tipo de células)
invadió a otra célula, pero por alguna razón aquella relación inicialmente feroz
resultó benigna para ambos y evolucionaron juntos, estableciéndose una relación
endosimbiótica. Cuando estas bacterias invasoras se establecieron dentro de
sus hospedadores, la fuerza de esta unión creo un nuevo conjunto que era mucho
más que la suma de las partes y evolucionaron juntas con evidente éxito.
Una de las evidencias que ha sido
tomada en cuenta para dar sustento a esta teoría es la existencia de las
mitocondrias. Las mitocondrias son orgánulos intracelulares sumamente
especializados que tienen a su cargo el transporte de electrones a través de
proteínas presentes en su membrana. Durante este proceso se realiza una
actividad biológica denominada respiración, por la cual se obtiene energía con
gran eficiencia y se la almacena en un tipo de molécula que puede ser utilizada
en el resto de los procesos metabólicos de la célula. Las mitocondrias tienen la
particularidad de poseer su propio acerbo genético, es decir, poseen una
molécula de ADN propio que codifica para sus proteínas y que se hereda de forma
independiente de los genes nucleares. Un elemento interesante para aportar en
este sentido es que dado que las mitocondrias están en el citoplasma de las
células, del óvulo por ejemplo, y que durante la fecundación el macho sólo
aporta un pronúcleo y nada de material citoplasmático, las mitocondrias son de
exclusiva herencia materna. Así, coexisten en las células eucariotas al menos
dos genealogías paralelas y esto puede considerarse como un indicio de que en
algún momento se trató de microorganismos de vida libre.
Otra evidencia que aporta elementos
en esta dirección es la existencia de ADN fuera del núcleo, de las mitocondrias
y los cloroplastos en algunas especies de algas. Este ADN, en términos
evolutivos, puede pensarse como un vestigio de antiguas bacterias predadoras,
cuya invasión presagiaba la integración.
Una de las más importantes gestoras
de este conjunto de ideas es la bióloga Lynn Margulis, quién de alguna manera
propone que la totalidad del mundo vivo es una elaboración de la vida
microbiana. En un principio la idea de que el origen de la célula eucariota provenía de
una relación endosimbiótica fue considerada absolutamente alocada, sin embargo,
hoy es considerada por muchos biólogos como una de las más creativas de la
biología moderna.
Y las sombras cubrirán la profunda conmoción
de sentir mi cuerpo devorado al fin por tí. Sólo abrázame inocentemente así.
(Dibujo de Elisa Kolodziej)
Otra forma de entender la evolución
La teoría endosimbiótica no sólo
aporta elementos para explicar la aparición de las células eucariotas sino que,
también, contribuye a nuevas posibilidades para entender los procesos de evolución
y especiación.
En reglas generales se piensa que el mecanismo principal por el que opera la
evolución se basa en variación y selección, de hecho, la existencia de estos dos
procesos es lo que sirve para definirlos y que en reglas generales no se pone en
discusión, si bien siempre queda fuera del consenso la escala a la cual actúa la
selección, ¿el gen, el individuo, la especie?
Por contraposición, lo que propone Margulis es que el establecimiento de vínculos
endosimbióticos ha impulsado la aparición de nuevos conjuntos genéticos por fuera de
una competición, sino más bien dentro una mutua conveniencia. Claro que de
todas maneras, la competencia se manifiesta entre el nuevo individuo con los demás de su
entorno.
Una excelente síntesis del pensamiento de Margulis puede encontrarse en el
capitulo 7 del libro La Tercer Cultura (Editorial Tusquets, Serie
Metatemas, 43).
Allí, enfáticamente dice:
"Numerosos experimentos han puesto de manifiesto que si las moscas de la
fruta son expuestas a mutágenos como los rayos X o determinadas sustancias
químicas, lo que se obtiene son
moscas enfermas o muertas, no aparece ninguna
especie nueva de mosca. Todo el mundo está de acuerdo que tales mutaciones
producen una variación heredable. Todo el mundo está de acuerdo que la selección
natural actúa sobre esa variación. La cuestión es de dónde proviene la variación
útil sobre la que actúa la selección. Este problema aún no está resuelto. Pero
yo afirmo que la variación hereditaria más significativa procede de las
fusiones, de la simbiogénesis".
Los buenos modales: endosimbiosis con cuchillo y tenedor
(Dibujo de Daiana)
Más adelante continúa: "Mientras que Gould
y los demás tienden a pensar que las especies divergen entre sí, yo sostengo que
las especies forman nuevas entidades mixtas por fusión e integración, lo que es
más importante en la generación de variantes. La simbiogénesis es un mecanismo
extremadamente importante en la evolución"
Así, como en aquellas
invasiones en que los bárbaros se colaron por las fronteras del Imperio Romano y
dieron origen a una nueva civilización, en la historia de la biología las
bacterias parecen haberse invadido unas a otras dando origen a células de mayor
complejidad. El azar, la necesidad y millones de años nos han traído hasta aquí.