Contaba un viejo profesor de física, en sus clases de cinemática, que una
vez en el año 1970 apareció en un periódico norteamericano un curioso
aviso que decía:
Realice su sueño. Viaje más rápido que un avión. Envíenos
cinco dólares a esta casilla de correos y recibirá, también por correo,
todas las instrucciones para llevar a cabo su sueño.
En aquella época
Rusia y Norteamérica se encontraban en plena carrera espacial con
estridentes lanzamientos a la Luna, como el Sputnik y el Apolo 11, y las
actividades de cohetería se habían convertido, para la gente común, en
actividades cotidianas. Por eso muchos no dudaron en enviar los cinco
dólares, esperando las instrucciones de dónde, cómo y cuándo tenían que
abordar el cohete que los llevaría a velocidades mayores que los 800
kilómetros por hora. La historia terminó cuando todos los contribuyentes
recibieron una carta que decía:
Bienvenidos a esta inolvidable aventura. Tome
una reposera, llévela al techo de su casa, siéntese cómodamente en ella y
disfrute del placer de viajar a mil kilómetros por hora respecto del centro
de la Tierra.

¡¡¡LLAME YA!!!... y sin moverse de su casa disfrute de esta magnífica
oferta
(Dibujo de Carlos Candia)
La recaudación fue millonaria. Y aunque todos los contribuyentes se
sintieron engañados por la naturaleza relativa del movimiento, sabían, en el
fondo, que nadie les había mentido. En efecto, cuando nos encontramos sentados
en una reposera estamos quietos respecto del suelo pero nuestra velocidad
respecto del centro de la Tierra puede ser altísima. Afortunadamente es bastante
sencillo calcularla. La velocidad que tiene una persona sentada en una reposera
respecto del centro de la Tierra no es más que la distancia que recorre en
un cierto lapso de tiempo.
Si recordamos que la Tierra tarda un día completo en dar
una vuelta y que su radio es de unos siete mil kilómetros, entonces la velocidad
será el perímetro de la
Tierra dividido la longitud del día. Sorprendentemente esta velocidad da
los mil kilómetros por hora que habían prometido nuestros precavidos
emprendedores del negocio.
Como ocurre siempre después que un gran negocio sale a la luz, llegaron
los emuladores con propuestas que, si bien eran exageradas, no dejaban de
ser correctas. Y así cambiaron el punto de referencia del centro de la
Tierra al Sol, lo que implicaba velocidades de diez mil kilómetros por
hora, y más adelante al centro de nuestra galaxia involucrando velocidades
de reposeras de hasta cien mil kilómetros por hora. Los contribuyentes
cada vez eran menos, ya estaban todos alertados sobre la naturaleza
relativa del movimiento, hasta que el negocio se terminó.

¡Paren este mundo que yo me quiero bajar!
(Dibujo de Elisa Kolodziej)
Pero la relatividad del movimiento no es sólo una cuestión de magnitud.
Contaba el viejo profesor en sus clases que en ocasión de un viaje en el
Estrella del Norte, el tren que va de Tucumán a Buenos Aires, se encontró con
un paisano que se fue con todos sus ahorros a probar suerte a la gran
ciudad. Y fue entonces, mientras miraba fijamente por la ventanilla del
tren, cuando la nostalgia y el miedo lo invadieron, a lo que con muy buen
humor el paisano dijo: Y bueno, si pierdo todo y me quedo seco no importa,
me pego la vuelta en poste.

...Aunque me quede sin plata siempre podré volver a casa.
(Dibujo de Carlos Candia)