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Curiosas intersecciones | Octubre 2005
 

El peso del trabajo: de Newton a Marx

por el abogado Adolfo Trumper

¿Cómo puede intercambiarse una mercancía de determinado valor de uso por otra cualquiera de diverso valor de uso? ¿En qué proporción puede intercambiarse un lienzo con una chaqueta? Para responder a tales preguntas, Marx debió remontarse a las opiniones de Aristóteles y finalmente a la ley de gravedad descubierta por Newton. Debió pasar de la física a la economía política, de las ciencias naturales a las ciencias sociales. Las mercancías a intercambiarse, una mercancía con otra cualquiera, deben ser conmensurables. Deben tener algo igual. En la teoría de la gravedad lo igual de las cosas reside en el peso. En la economía lo igual es el valor o, mejor dicho, la forma equivalencial del valor. Dicho valor es el contenido de trabajo abstracto. Concepto que en la época de la esclavitud no pudo elaborar Aristóteles y que Marx pudo elaborar en la época del capitalismo. Humorísticamente podría decirse que Marx debió preguntarse: ¿qué pesa más: un kilo de plumas o un kilo de plomo? Lo que determina la magnitud de valor de una mercancía no es más que la cantidad de trabajo abstracto socialmente necesaria para producirla. Dejemos de divagar y leamos directamente las palabras de Marx.

Marx estimando el valor de una chaqueta desde la mismísima torre de Pisa
(Dibujo de Carlos Candia)

El peso de las cosas

Un pilón de azúcar, por el mero hecho de ser un cuerpo, es pesado, tiene un peso, y sin embargo, ni la vista ni el tacto acusan en ningún pilón de azúcar esta propiedad. Tomemos varios trozos de hierro, previamente pesados. La forma física del hierro no es de por sí, ni mucho menos, signo o manifestación de la gravedad, como no lo es la del pilón de azúcar. Y sin embargo, cuando queremos expresar el pilón de azúcar como peso lo relacionamos con el peso del hierro. En esta relación, el hierro representa el papel de un cuerpo que no asume más función que la de la gravedad. Cantidades distintas de hierro sirven, por tanto, de medida de peso del azúcar, y no tienen, respecto a la materialidad física del azúcar, más función que la del peso, la de servir de forma y manifestación de la gravedad. Pero el hierro sólo desempeña este papel dentro de la relación que guarda con el azúcar o el cuerpo cualquiera que él sea, que se trata de pesar. Si ambos objetos no fuesen pesados, no podría establecerse entre ellos esta relación, ni por tanto tomarse el uno como medida para expresar el peso del otro. En efecto si depositamos ambos objetos en el platillo de la balanza, vemos que, desde el punto de vista de la gravedad, ambos son lo mismo, ambos comparten en determinada proporción la misma propiedad del peso. Pues bien, del mismo modo que la materialidad física del hierro, considerado como medida de peso, no representa respecto al pilón de azúcar más que gravedad, en nuestra expresión de valor la materialidad física de la chaqueta no representa respecto al lienzo más que valor.

La hoz y la manzana - Física y Economía
(Dibujo de Elisa Kolodziej)

El valor de las cosas

Pero la analogía no pasa de ahí. En la expresión del peso del pilón de azúcar, el hierro representa una propiedad natural común a ambos cuerpos: su gravedad. En cambio en la expresión del valor del lienzo, la chaqueta asume una propiedad sobrenatural de ambos objetos: algo puramente social, su valor.

Al expresar su esencia de valor como algo perfectamente distinto de su materialidad corpórea y de sus propiedades físicas, es decir, como algo semejante a la chaqueta, la forma relativa de valor de una mercancía, del lienzo por ejemplo, da ya a entender que esta expresión encierra una relación de orden social.

La materialidad física de la mercancía que sirve de equivalente rige siempre como encarnación del trabajo humano abstracto y es siempre producto de un determinado trabajo concreto, útil; es decir, que este trabajo concreto se convierte en expresión de trabajo humano abstracto. La chaqueta, por ejemplo, se considera como simple realización y el trabajo del sastre, que cobra cuerpo de realidad en esta prenda, como simple forma de realización del trabajo abstracto.

Por mucho que difieran los trabajos útiles o actividades productivas, es una verdad fisiológica incontrovertible que todas esas actividades son funciones del organismo humano y que cada una de ellas, cualquiera que sea su contenido y su forma, representa un desgaste esencial de cerebro humano, de nervios, músculos, sentidos, etc.

Por tanto, un valor de uso, un bien, sólo encierra un valor por ser encarnación o materialización del trabajo humano abstracto. ¿Cómo se mide la magnitud de este valor? Por la cantidad de sustancia creadora de valor, es decir, de trabajo, que encierra. Y, a su vez, la cantidad de trabajo que encierra se mide por el tiempo de su duración, y el tiempo de trabajo tiene, finalmente, su unidad de medida en las distintas fracciones de tiempo; horas, días, etc.

Se dirá que si el valor de una mercancía se determina por la cantidad de trabajo invertida en su producción, las mercancías encerrarán tanto más valor cuanto más holgazán o más torpe sea el hombre que las produce o, lo que es lo mismo, cuanto más tiempo tarde en producirlas.

Pero no; el trabajo que forma la sustancia de los valores es trabajo humano igual, inversión de la misma fuerza humana de trabajo. Es como si toda la fuerza de trabajo de la sociedad, materializada en la totalidad de los valores que forman el mundo de las mercancías, representase para estos efectos una inmensa fuerza humana de trabajo, no obstante de ser la suma de un sinnúmero de fuerzas de trabajo individuales

Cada una de estas fuerzas individuales de trabajo es una fuerza humana de trabajo equivalente a las demás, siempre y cuando que presente el carácter de una fuerza media de trabajo social y dé, además, el rendimiento que a esa fuerza media de trabajo social corresponde; o lo que es lo mismo, siempre y cuando que para producir una mercancía no consuma más que el tiempo de trabajo que representa la media necesaria, o sea el tiempo de trabajo socialmente necesario.

Tiempo de trabajo socialmente necesario es aquel que se requiera para producir un valor de uso cualquiera, en las condiciones normales de producción y con el grado medio de destreza e intensidad de trabajo imperantes en la sociedad. Así por ejemplo después de introducirse en Inglaterra el telar de vapor, el volumen de trabajo necesario para convertir en tela una determinada cantidad de hilado, seguramente quedaría reducido a la mitad. El tejedor manual inglés seguía invirtiendo en esta operación naturalmente el mismo tiempo de trabajo que antes, pero ahora el producto de su trabajo individual solo representaba ya media hora de trabajo social, quedando por tanto reducido a la mitad de su valor primitivo

Por consiguiente, lo que determina la magnitud de valor de un objeto no es más que la cantidad de trabajo socialmente necesario, o sea el tiempo de trabajo socialmente necesario para su producción. Para estos efectos cada mercancía se considera como un ejemplar medio de su especie. Mercancías que encierran cantidades de trabajo iguales o que pueden ser producidas en el mismo tiempo de trabajo representan, por tanto, la misma magnitud de valor. El valor de una mercancía es al valor de cualquier otra lo que el tiempo de trabajo necesario para la producción de la primera es el tiempo de trabajo necesario para la producción de la segunda. Consideradas como valores, las mercancías no son todas ellas más que determinadas cantidades de tiempo de trabajo cristalizado.

Lo que ante todo interesa prácticamente a los que cambian unos productos por otros, es saber cuantos productos ajenos obtendrán por el suyo propio, es decir, en que proporciones se cambiarán unos productos por otros. Tan pronto como estas proporciones cobran, por la fuerza de la costumbre, cierta fijeza, parece como si brotasen de la propia naturaleza inherente a los productos del trabajo, como si por ejemplo 1 tonelada de hierro encerrase el mismo valor que 2 onzas de oro, del mismo modo que 1 libra de oro y 1 libra de hierro encierran un peso igual, no obstante sus distintas propiedades físicas y químicas.

Aristóteles y la conmensurabilidad

La forma equivalencial se nos presentará todavía con mayor claridad si nos remontamos al gran pensador que primero analizó la forma del valor, como tantas otras formas del pensamiento, de la sociedad y de la naturaleza. Nos referimos a Aristóteles. Ante todo, Aristóteles dice claramente que la forma-dinero de la mercancía no hace más que desarrollar la forma simple de valor, o lo que es lo mismo, la expresión del valor de una mercancía en otra cualquiera, he aquí sus palabras:

"5 cojines = 1 casa
no distingue de
5 cojines = tanto o cuanto dinero."

Advierte, además, que la relación de valor en que esta expresión de valor se contiene es a su vez una relación condicionada, pues la casa se equipara cualitativamente a los cojines, y si no mediase alguna igualdad sustancial estos objetos corporalmente distintos no podrían relacionarse entre sí como magnitudes conmensurables.

Las cuentas de Aristóteles (Dibujo de Elisa Kolodziej)

El cambio – dice Aristóteles – no podría existir sin la igualdad, ni ésta sin la conmensurabilidad; mas al llegar aquí, se retiene y renuncia a seguir analizando la forma del valor. Pero en rigor –añade– es imposible que objetos tan distintos sean conmensurables, es decir cualitativamente iguales. Esta equiparación tiene que ser necesariamente algo ajeno a la verdadera naturaleza de las cosas, y por tanto un simple recurso para salir del paso ante las necesidades de la práctica.

El propio Aristóteles nos dice, pues, en que tropieza al llevar adelante su análisis: tropieza en la carencia de un concepto de valor. ¿Dónde está lo igual?, la sustancia común que representa la casa respecto a los cojines, ¿es la expresión de valor de éstos?. Semejante sustancia no puede existir, en rigor, dice Aristóteles. ¿Por qué? La casa representa respecto a los cojines un algo igual en la medida en que representa aquello que hay realmente de igual en ambos objetos, a saber: trabajo humano.

Aristóteles no podía descifrar por sí mismo, analizando la forma de valor, el hecho de que en la forma de los valores de las mercancías todos los trabajos se expresan como trabajo humano igual, y por tanto como equivalentes, porque la sociedad griega estaba basada en el trabajo de los esclavos y tenía, por tanto, como base natural la desigualdad entre los hombres y sus fuerzas de trabajo.

El secreto de la expresión de valor, la igualdad y equiparación de valor de todos los trabajos, en cuanto son y por el hecho de ser todos ellos trabajo humano en general, sólo podía ser descubierto a partir del momento en que la idea de la igualdad humana poseyese ya la firmeza de un prejuicio popular.

        

Para seguir leyendo:
 
El Capital por Carlos Marx, Editorial Cártago, 1956, Tomo I.
 


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