El peso del trabajo: de
Newton a Marx
por el abogado Adolfo Trumper
¿Cómo puede intercambiarse una mercancía de determinado
valor de uso por otra cualquiera de diverso valor de uso? ¿En qué
proporción puede intercambiarse un lienzo con una chaqueta? Para
responder a tales preguntas, Marx debió remontarse a las opiniones
de Aristóteles y finalmente a la ley de gravedad descubierta por
Newton. Debió pasar de la física a la economía política, de las
ciencias naturales a las ciencias sociales. Las mercancías a
intercambiarse, una mercancía con otra cualquiera, deben ser conmensurables. Deben tener algo igual. En la teoría de la
gravedad lo igual de las cosas reside en el peso. En la economía lo igual es el
valor o, mejor dicho, la forma equivalencial del valor. Dicho valor es el contenido
de trabajo abstracto. Concepto que en la época de la esclavitud no pudo
elaborar Aristóteles y que Marx pudo elaborar en la época del capitalismo.
Humorísticamente podría decirse que Marx debió preguntarse: ¿qué pesa más: un
kilo de plumas o un kilo de plomo? Lo que determina la magnitud de valor de
una mercancía no es más que la cantidad de trabajo abstracto socialmente
necesaria para producirla. Dejemos de
divagar y leamos directamente las palabras de Marx.

Marx estimando el valor de una chaqueta desde la mismísima torre de Pisa
(Dibujo de Carlos Candia)
El peso de las cosas
Un pilón de azúcar, por el mero hecho de ser un cuerpo, es pesado,
tiene un peso, y sin embargo, ni la vista ni el tacto acusan en ningún pilón
de azúcar esta propiedad. Tomemos varios trozos de hierro, previamente pesados. La forma
física del hierro no es de por sí, ni mucho menos, signo o manifestación de la
gravedad, como no lo es la del pilón de azúcar. Y sin embargo, cuando
queremos expresar el pilón de azúcar como peso lo relacionamos con el peso del
hierro. En esta relación, el hierro representa el papel de un cuerpo que
no asume más función que la de la gravedad.
Cantidades distintas de hierro sirven, por tanto, de medida de peso del azúcar,
y no tienen, respecto a la materialidad física del azúcar,
más función que la del peso, la de servir de forma y manifestación de
la gravedad. Pero el hierro sólo desempeña
este papel dentro de la relación que guarda con el azúcar o el cuerpo
cualquiera que él sea, que se trata de pesar.
Si ambos objetos no fuesen pesados, no podría establecerse entre ellos esta
relación, ni por tanto tomarse el uno como
medida para expresar el peso del otro. En efecto si depositamos ambos
objetos en el platillo de la balanza, vemos que,
desde el punto de vista de la gravedad,
ambos son lo mismo, ambos comparten en determinada proporción
la misma propiedad del peso. Pues
bien, del mismo modo que la materialidad
física del hierro, considerado como
medida de peso, no representa respecto al
pilón de azúcar más que gravedad, en
nuestra expresión de valor la
materialidad física de la chaqueta no
representa respecto al lienzo más que valor.

La hoz y la manzana - Física y Economía
(Dibujo de Elisa Kolodziej)
El valor de las cosas
Pero la analogía no pasa de ahí. En la
expresión del peso del pilón de azúcar, el hierro representa una propiedad
natural común a ambos cuerpos: su
gravedad. En cambio en la expresión del valor del lienzo,
la chaqueta asume una
propiedad sobrenatural de ambos
objetos: algo puramente social, su valor.
Al expresar su esencia de valor como algo
perfectamente distinto de su materialidad corpórea y de sus propiedades
físicas, es decir, como algo semejante a la chaqueta, la forma relativa de valor de
una mercancía, del lienzo por ejemplo, da ya a entender que esta expresión
encierra una relación de orden social.
La materialidad física de la mercancía
que sirve de equivalente rige siempre como encarnación del trabajo humano
abstracto y es siempre producto de un determinado trabajo concreto, útil; es
decir, que este trabajo concreto se convierte en expresión de trabajo humano
abstracto. La chaqueta, por ejemplo, se considera como simple realización y el
trabajo del sastre, que cobra cuerpo de realidad en esta prenda, como simple
forma de realización del trabajo abstracto.
Por mucho que difieran los trabajos
útiles o actividades productivas, es una verdad fisiológica incontrovertible que todas esas actividades son
funciones del organismo humano y que
cada una de ellas, cualquiera que sea su contenido y su forma, representa un
desgaste esencial de cerebro humano, de nervios, músculos, sentidos,
etc.
Por tanto, un valor de uso, un bien, sólo encierra un valor por ser
encarnación o materialización del trabajo
humano abstracto. ¿Cómo se mide la
magnitud de este valor? Por la cantidad de sustancia creadora de valor, es
decir, de trabajo, que encierra. Y, a su vez, la cantidad de trabajo que
encierra se mide por el tiempo de su duración, y el tiempo de trabajo
tiene, finalmente, su unidad de medida en las
distintas fracciones de tiempo; horas, días, etc.
Se dirá que si el valor de una mercancía
se determina por la cantidad de trabajo invertida en su producción, las
mercancías encerrarán tanto más valor cuanto más holgazán o más torpe sea
el hombre que las produce o, lo que es lo mismo, cuanto más tiempo tarde en
producirlas.
Pero no; el trabajo que forma la sustancia de los valores es trabajo humano
igual, inversión de la misma fuerza
humana de trabajo. Es como si toda la
fuerza de trabajo de la sociedad, materializada en la totalidad de los
valores que forman el mundo de las mercancías,
representase para estos efectos una
inmensa fuerza humana de trabajo, no obstante de ser la suma de un sinnúmero
de fuerzas de trabajo individuales
Cada una de estas fuerzas individuales de
trabajo es una fuerza humana de trabajo equivalente a las demás, siempre y cuando
que presente el carácter de una fuerza
media de trabajo social y dé, además, el rendimiento que a esa
fuerza media de trabajo social corresponde; o lo que es lo mismo,
siempre y cuando que para producir una
mercancía no consuma más que el tiempo de trabajo que representa la media
necesaria, o sea el tiempo de trabajo socialmente necesario.
Tiempo de trabajo socialmente necesario
es aquel que se requiera para producir un valor de uso cualquiera, en las
condiciones normales de producción y con el grado medio de destreza e
intensidad de trabajo imperantes en la sociedad. Así por ejemplo después de
introducirse en Inglaterra el telar de vapor, el volumen de trabajo necesario
para convertir en tela una determinada cantidad de hilado, seguramente quedaría
reducido a la mitad. El tejedor manual inglés seguía invirtiendo en esta
operación naturalmente el mismo tiempo de trabajo que antes, pero
ahora el producto de su trabajo individual solo representaba ya media
hora de trabajo social, quedando por tanto reducido a la mitad de
su valor primitivo
Por consiguiente, lo que determina la magnitud de valor de un
objeto no es más que la cantidad de trabajo socialmente necesario,
o sea el tiempo de trabajo socialmente necesario para su
producción. Para estos efectos cada mercancía se
considera como un ejemplar medio de su especie. Mercancías que encierran
cantidades de trabajo iguales o que pueden ser producidas en el mismo
tiempo de trabajo representan, por tanto, la misma magnitud de valor.
El valor de una mercancía es al valor de cualquier otra lo que el tiempo
de trabajo necesario para la producción de la primera es el
tiempo de trabajo necesario para la producción de la segunda.
Consideradas como valores, las mercancías no son todas ellas más que
determinadas cantidades de tiempo de trabajo cristalizado.
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Lo que ante todo interesa prácticamente a los que cambian unos productos por otros, es
saber cuantos productos ajenos obtendrán por el suyo propio, es decir, en que
proporciones se cambiarán unos productos por otros. Tan pronto como estas
proporciones cobran, por la fuerza de la costumbre, cierta fijeza, parece como
si brotasen de la propia naturaleza inherente a los productos del trabajo, como
si por ejemplo 1 tonelada de hierro encerrase el mismo valor que 2 onzas de
oro, del mismo modo que 1 libra de oro y 1 libra de hierro encierran un peso
igual, no obstante sus distintas propiedades físicas y químicas.
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Aristóteles y la conmensurabilidad
La forma equivalencial se nos presentará todavía con mayor claridad si nos
remontamos al gran pensador que primero analizó la forma del valor,
como tantas otras formas del pensamiento, de la sociedad y de la naturaleza.
Nos referimos a Aristóteles. Ante todo, Aristóteles dice
claramente que la forma-dinero de la mercancía no hace más que desarrollar la
forma simple de valor, o lo que es lo mismo, la expresión del valor de una
mercancía en otra cualquiera, he aquí sus palabras:
"5 cojines = 1 casa
no distingue de
5 cojines = tanto o cuanto dinero."
Advierte, además, que la relación de valor en que esta expresión
de valor se contiene es a su vez una relación condicionada, pues la casa
se equipara cualitativamente a los cojines, y si
no mediase alguna igualdad sustancial estos objetos corporalmente
distintos no podrían relacionarse entre sí como magnitudes conmensurables.

Las cuentas de Aristóteles (Dibujo de Elisa Kolodziej)
El cambio – dice Aristóteles – no podría
existir sin la igualdad, ni ésta sin
la conmensurabilidad; mas al llegar
aquí, se retiene y renuncia a seguir analizando la forma del valor. Pero en rigor
–añade– es imposible que objetos tan distintos sean conmensurables, es
decir cualitativamente iguales. Esta
equiparación tiene que ser necesariamente algo ajeno a la verdadera naturaleza
de las cosas, y por tanto un simple
recurso para salir del paso ante las necesidades de la práctica.
El propio Aristóteles nos dice, pues, en que tropieza al llevar
adelante su análisis: tropieza en la carencia de un concepto de
valor. ¿Dónde está lo igual?, la sustancia común que representa
la casa respecto a los cojines, ¿es la expresión de valor de éstos?. Semejante
sustancia no puede existir, en rigor,
dice Aristóteles. ¿Por qué? La casa representa respecto a los cojines un algo
igual en la medida en que representa aquello que hay realmente de igual en
ambos objetos, a saber: trabajo humano.
Aristóteles no podía descifrar por sí mismo, analizando la forma de valor,
el hecho de que en la forma de los valores de las mercancías todos los trabajos se
expresan como trabajo humano igual, y por tanto como equivalentes, porque la
sociedad griega estaba basada en el trabajo de los esclavos y tenía, por
tanto, como base natural la desigualdad entre los hombres y sus fuerzas de trabajo.
El secreto de la expresión de valor, la igualdad y equiparación de
valor de todos los trabajos, en cuanto son y por
el hecho de ser todos ellos trabajo humano en general, sólo podía ser
descubierto a partir del momento en que la
idea de la igualdad humana poseyese ya la firmeza de un prejuicio
popular.