No cabe duda que Einstein nos ha dejado un legado impresionante que
trasciende lo que aún seguimos denominando Física. Pero también, con el mismo
nivel de agudeza, supo brindar a toda la sociedad un conjunto de pensamientos,
ideas y sentimientos que se encuentran dispersos en artículos, charlas, cartas,
entrevistas y prólogos.
Es la dimensión tremendamente humana la que hace de Einstein un hombre
común, un hombre que piensa y se equivoca, un ser vulnerable como tantos otros.
Es esta capacidad de expresar ideas complejas, de diseñar experimentos
imaginarios, de comunicar lo que otros no han visto o no han querido ver, lo que
hoy pretendemos rescatar en este pequeño artículo.
Se trata de un prólogo a un libro de Max Planck, que Divulgón transcribe a
continuación, en donde Einstein describe brevemente su visión del Templo de la
Ciencia y sus devotos. Así es como nos previene de científicos-olímpicos, de
científicos-políticos, de científicos-empresarios, de científicos-enredaderas, rescatando
sabiamente la labor de algunos de ellos...pero también nos habla de los otros, de los
que han basado su vida y su trajinar diario en el amor a la ciencia misma, impulsados
tan sólo por la inspiración que surge de un hambre del alma.
Si bajara un ángel del Señor y expulsara del Templo a los devotos de las primeras
categorías*, pocos fieles quedarían, entre ellos nuestro Planck y Einstein
cumple, presurosamente y como debe ser, en separar la paja del trigo.
Antes de suicidarse, Mayakovsky supo describir el naufragio de la barca amorosa
en lo vulgar y Einstein coincide con Schopenhauer en que quizás las
motivaciones que conducen al hombre a entregar su vida a la ciencia o al arte
provengan de la necesidad de huir de la vida cotidiana... Quizás sea simplemente la
falta de amor la que produjo los otros suicidios posibles, los que se encarnan en
hombres que no pertenecen a la categoría en donde Planck ha sido puesto por
Einstein. Aquéllos que decidieron matarse a sí mismos, acribillando también su amor
por la ciencia, y a la ciencia misma, en muchos casos. En este sentido, este ángel
ha obrado, como se suele decir, de extraña manera, dejando esta
decisión en manos de los propios devotos del Tempo de la Ciencia.
Pero, si bien sólo esto ya es sumamente importante y esclarecedor, Einstein profundiza
aún más su análisis y nos brinda en pocas palabras su visión de la ciencia y de la
Física; bosquejando las motivaciones y los procesos que subyacen en los intentos
del hombre por obtener alguna imagen del Universo que lo atrape.
Divulgón cree que ya es tiempo de leerlo a Einstein y de reflexionar, animados por sus
palabras...
(*Se dice por allí que ya ha descendido un Angel al Templo de
la Ciencia, pero que, quien descendió, no fue el Angel del Señor sino el Angel Exterminador, echando
del Templo a aquellos que amaban la ciencia.)
Prólogo de Einstein al libro ¿A dónde va la ciencia?
de Max Planck
Algunos hombres se dedican a la ciencia, pero no todos lo hacen por amor
a la ciencia misma. Hay algunos que entran en su templo porque se les ofrece
la oportunidad de desplegar sus talentos particulares. Para esta clase de hombres la
ciencia es una especie de deporte en cuya práctica hallan un regocijo, lo mismo que
el atleta se regocija con la ejecución de sus proezas musculares. Y
hay otro tipo de hombres que penetran en el templo para ofrendar su masa
cerebral con la esperanza de asegurarse un buen pago. Estos hombres son científicos
tan sólo por la circunstancia fortuita que se presentó cuando elegían su carrera. Si
las circunstancias hubieran sido diferentes podrían haber sido políticos o magníficos
hombres de negocios. Si descendiera un ángel del Señor y expulsara del Templo
de la Ciencia a todos aquellos que pertenecen a las categorías mencionadas,
temo que el templo apareciera casi vacío. Pocos fieles quedarían, algunos de los
viejos templos, algunos de nuestros días. Entre estos últimos hallaría a nuestro Planck. He aquí por qué siento estima por él.
Me doy cuenta que esa decisión significa la expulsión de algunas gentes
dignas que han construido una gran parte, quizá la mayor, del Templo de la Ciencia,
pero al mismo tiempo hay que convenir que si los hombres que se han dedicado a
la ciencia pertenecieran tan sólo a esas dos categorías, el edificio nunca hubiera
adquirido las grandiosas proporciones que exhibe al presente, igual que un bosque
jamás podría crecer si sólo se compusiera de enredaderas.

El Templo de la Ciencia según Joaquín.
Pero olvidémonos de ellos. Non ragionam di lor. Y vamos a dirigir
nuestras miradas a aquellos que merecieron el favor del ángel. En su mayor parte son gentes
extrañas, taciturnas, solitarias. Pero a pesar de su mutua semejanza están muy lejos de ser
iguales a los que nuestro hipotético ángel expulsó.
¿Qué es lo que les ha conducido a dedicar sus vidas a la persecución de la ciencia?
Difícil es responder a esta cuestión, y puede que jamás sea posible dar una respuesta
categórica. Me inclino a pensar con Schopenhauer que uno de los más fuertes motivos
que conduce a las gentes a entregar sus vidas al arte o a la ciencia es la necesidad de
huir de la vida cotidiana con su gris y fatal pesadez, y así desprenderse de las cadenas
de los deseos temporales que se van suplantando en una sucesión interminable, en tanto que
la mente se fija sobre el horizonte del medio que nos rodean día tras día.
Pero a este motivo negativo debe añadirse otro positivo. La naturaleza
humana ha intentado siempre formar por sí misma una simple y sinóptica imagen
del mundo circundante. En consecuencia, ensaya la construcción de una imagen que
proporcione cierta expresión tangible de lo que la mente humana ve en la
naturaleza. Esto es lo que hacen, cada uno en su propia esfera, el poeta, el pintor y el
filósofo especulativo. Dentro de este cuadro coloca el centro de gravedad de su
propia alma, y en él quiere encontrar el reposo y equilibrio que no puede hallar
dentro del estrecho círculo de sus agitadas reacciones personales frente a la vida
cotidiana.
Entre las diversas imágenes del mundo formadas por el artista, el filósofo y el poeta
¿qué lugar ocupa la imagen del físico teórico? Su principal cualidad debe ser una exactitud
escrupulosa y una coherencia lógica que sólo el lenguaje de las matemáticas puede expresar.
Por otra parte, el físico tiene que ser severo y abnegado respecto al material que utiliza.
Debe contentarse con reproducir los más simples procesos que se ofrecen a nuestra
experiencia personal, pues los procesos más complejos no pueden ser
representados por la mente humana con la sutil exactitud y la secuencia lógica que
son indispensables para el físico teórico.
Incluso a expensas de la amplitud tenemos que asegurar la pureza, claridad
y exacta correspondencia entre la representación y la cosa representada. Al
darnos cuenta de que es muy pequeña la parte de la naturaleza que así podemos
comprender y expresar en una fórmula exacta, mientras que tiene que ser
excluido todo lo más sutil y complejo, es natural preguntarse: ¿qué tipo de
atracción puede ejercer esta obra? ¿Merece el pomposo nombre de imagen
del mundo el resultado de una selección limitada?
Creo que si, pues las leyes más generales sobre las cuales se construye la
estructura mental de la física teórica tienen que ser derivadas estudiando en la
naturaleza incluso los fenómenos más sencillos. Si son bien conocidos, hay que
ser capaz de deducir de ellos, mediante el razonamiento puramente abstracto, la
teoría de todos los procesos de la naturaleza, incluyendo los de la vida
misma. He querido decir teóricamente, pues en la práctica tal proceso de
deducción está mucho más allá de la capacidad del razonamiento humano. Por
tanto, el hecho de que en la ciencia tengamos que contentarnos con una
imagen incompleta del universo físico no es debido a la naturaleza del universo,
sino más bien a nosotros mismos.
Así, la labor suprema del científico es el descubrimiento de las leyes
elementales más generales a partir de las cuales puede ser deducida lógicamente la
imagen del mundo. Pero no existe un camino lógico para el descubrimiento de
esas leyes elementales. Existe únicamente la vía de la intuición, ayudada por un
sentido para el orden que yace tras las apariencias, y este Einfuehlung se
desarrolla por la experiencia. ¿Es posible, pues, decir que cualquier sistema de física
puede ser igualmente válido y admisible? Teóricamente nada hay de ilógico en esta
idea. Pero la historia del desarrollo científico enseña que de todas las
estructuras teóricas imaginables, una sola demuestra ser superior a las restantes en
cada período por el que atraviesa el progreso de la ciencia.
Todo investigador que tenga experiencia sabe que el sistema teórico de la física
depende del mundo de la percepción sensorial y está controlado por él, aunque no
exista un camino lógico que nos permita elevarnos desde la percepción
a los principios que rigen la estructura teórica. De todos modos, la síntesis
conceptual que es un trasunto del mundo empírico puede ser reducida a unas
cuantas leyes fundamentales sobre las cuales se construye lógicamente toda la
síntesis. En cualquier progreso importante, el físico observa que las leyes
fundamentales se simplifican cada vez más a medida que avanza la investigación
experimental. Es asombroso ver cómo de lo que parece ser el caos surge el más
sublime orden. Y esto no puede ser referido al trabajo mental del físico, sino
a una cualidad que es inherente al mundo de la percepción. Leibniz expresaba
adecuadamente esta cualidad denominándola armonía preestablecida.
Los físicos combaten algunas veces a los filósofos que se ocupan de las
teorías del conocimiento, alegando que estos últimos no llegan a apreciar
completamente este hecho. Yo creo que esa fue la base de la controversia
entablada hace pocos años entre Ernst Mach y Max Planck. Él último tuvo
probablemente la sensación de que Mach no apreciaba completamente el afán del
físico por la percepción de esta armonía preestablecida. Este afán ha sido la fuente
inagotable de la paciencia y persistencia de que ha hecho gala Planck al dedicarse
a las cuestiones más comunes que surgen en relación con la ciencia física, cuando
hubiera podido intentar otras vías que le condujeran a resultados atrayentes.
Muchas veces he oído que sus compañeros tienen la costumbre de atribuir esa
actitud a sus extraordinarios dones personales de energía y disciplina.
Creo que están en un error. El estado mental que proporciona en este caso el
poder impulsor es semejante al del devoto o al del amante. El esfuerzo largamente
prolongado no es inspirado por un plan o propósito establecido. Su inspiración
surge de un hambre del alma.
Estoy seguro que Max Planck sonreirá ante mi infantil manera de
escudriñar con la linterna de Diógenes. ¡Bueno! Pero ¿para que hablar de su
grandeza? Su grandeza no necesita mi modesta confirmación. Su obra ha dado al
progreso de la ciencia uno de los más poderosos impulsos. Sus ideas serán
útiles en tanto que persista la ciencia física. Y espero que el ejemplo que brota
de su vida no será menos útil para las próximas generaciones de físicos.