Para la mayoría de nosotros, preguntarnos por qué el cielo nocturno es
oscuro resulta poco menos que una obviedad. Quizás, encandilados por la
luz del Sol, no encontramos otra razón más allá de su ausencia.
No obstante, muchos dirigieron su atención hacia la oscuridad del cielo.
Los antiguos Incas construían afanosamente oscuras figuras con las sombras
que rodean a las estrellas e inventaban “constelaciones negras” salpicadas
de tanto en tanto por brillantes puntos de luz.
Vincent Van Gogh se desesperaba pintando con igual pasión cielo y estrellas en su
Noche estrellada (1889) o en la Terraza
del café de la Place du Forum
en Arlés por la noche (1888).
En ambos casos, la oscuridad del cielo nocturno adquiría cierta relevancia y, si
bien parecía ser el resultado de un fenómeno conocido, no pasaba desapercibida por
ello.
Claro que ni los antiguos Incas, ni el famoso pintor, llegaron a imaginarse lo
que algunos filósofos, científicos y hasta un conocido escritor razonaran acerca de
la oscuridad de la noche.

Sobre la calle, la hilera de focos
lustra el asfalto con luz mortecina.
(Dibujo de Elisa Kolodziej)
De Aristóteles a Newton
El Universo aristotélico era finito,
cerrado y, por tanto, delimitado. En el pensamiento medioevo occidental,
existían esferas concéntricas de cristal que albergaban a los planetas y en la
última de ellas yacían resplandecientes las estrellas. En este Universo, la
oscuridad del cielo se explicaba naturalmente a sí misma y no había por qué
dudar.
La modernidad y Copérnico (1543) ponen al
Sol como centro del Universo y la Tierra se convierte de pronto en un planeta
como cualquier otro que gira a su alrededor. Las esferas aristotélicas tambalean
y sucumben ante proposiciones como la de Digges (1576) quien sugiere un Universo
ilimitado, pleno de estrellas a distintas distancias.
Giordano Bruno, "hereje impenitente,
pertinaz y obstinado" según la abominable sentencia de la Inquisición, también
traza conjeturas sobre un Universo infinito poblado de soles muy parecidos al
nuestro hacia fines del siglo XVI y responde por ello en la hoguera, quemado
vivo y despojado de la palabra, con su lengua aferrada a una prensa de madera,
en las romanas tierras del Campo di Fiori.
En 1687 Newton da a conocer una nueva
imagen del Universo, unificando la mecánica de Galileo y las leyes de Kepler
sobre el movimiento de los planetas. La nueva teoría, basada en la Ley de
Gravitación Universal junto a sus tres leyes del movimiento, lograba explicar y
sintetizar lo que hasta ese entonces era poco más que una masa informe de datos
y observaciones.
La gran síntesis realizada por Newton también generaba nuevos interrogantes y
Bentley plantea en 1692 algo que no podía pasar inadvertido. Puesto que la
fuerza gravitatoria es siempre atractiva, en un Universo finito las estrellas
terminarían colapsando sobre su centro de masas. Presuroso, Newton responde que
el Universo debía ser infinito, estando la materia que lo compone repartida
uniformemente en él, de tal forma que todas las fuerzas se anulen entre sí
evitando el irremediable colapso.
Pero Newton no reparó en un detalle. Si bien la imagen del Universo que él
había construido contenía a las leyes de
Kepler, su razonamiento se contradecía con lo que este último autor escribiera
en 1610: “... en un Universo infinito las estrellas llenarían los cielos vistos
por nosotros”.
Explicar lo inexplicable
Si bien, durante los siglos XVIII y XIX la noción de un Universo infinito, eterno y con estrellas
repartidas en forma homogénea predominaba, todo esto se oponía a la más trivial
de las observaciones, ya contenida en los escritos de aquél viejo astrónomo: el
cielo nocturno era oscuro.
La paradoja que surgía era muy simple: si el Universo era infinito y estaba poblado por
infinitas estrellas repartidas uniformemente por doquier, cada vez que miramos
hacia el cielo, tarde o temprano, nuestra vista debiera encontrar una fuente de
luz. Sin embargo, en la noche, la bóveda celeste no brillaba como era de
esperar...
Más aún, todo lo que aquí se expresa en palabras, suponiendo esto o aquello, puede ser
rigurosamente calculado asumiendo la cosmología de Newton. Así, en 1720 Halley
cumple en poner los puntos sobre las íes. Si suponemos un casquete esférico
rodeando a la Tierra, como una esfera de Aristóteles, de un cierto grosor y a
una distancia muy grande, tomando en cuenta que las estrellas se reparten
uniformemente en él, según la imagen de Newton, resulta que el número de
estrellas es proporcional al radio del casquete al cuadrado. Si, además,
consideramos que la intensidad de la luz que nos llega de una estrella es
uniforme e inversamente proporcional al cuadrado de la distancia que nos separa
de ella, cuando sumamos la contribución de todas las estrellas del cascarón
esférico resulta que la luminosidad total del mismo es constante e independiente
de su radio... por lo tanto, si el Universo es infinito, tendríamos infinitos
casquetes de igual luminosidad, y ¡el cielo debiera brillar por las noches!
Como siempre, cuando algo falla, comienzan los intentos por explicar lo que parece
inexplicable. Halley mismo propone que la luz se debilita mucho más cuanto más
lejos está una estrella y Cheseaux (1744) supone que existe una sustancia
denominada éter, no del todo transparente, que consume a la luz de las estrellas
en su viaje.
Quizás Olbers (1823), haya hecho la contribución más interesante a esta problemática y, por
ello, la paradoja del cielo oscuro es referida en la literatura como la paradoja
de Olbers. Pero, ¿qué hizo Olbers para que esta paradoja lleve su nombre? En
primer lugar, debemos decir que no la resolvió, que contribuyó a difundir la
conjetura de Cheseaux y quizás, la refinó, sugiriendo que la ausencia de luz se
debería a la absorción por parte de nubes de gas frío y oscuro existentes entre
las estrellas y nosotros, evitando el brillo de cada punto del cielo. Pero,
definitivamente, todo esto no es lo suficientemente interesante como para que
aquella paradoja ancestral lleve su nombre. La contribución de Olbers fue hacer
popular el problema, difundirlo en forma clara, darlo a conocer y quizás, con
justicia, por eso es que hoy lleva su nombre.
La argumentación de Chesaux y Olbers en cuanto a la existencia de material absorbente que
bloquearía la luz de las estrellas no parecía descabellada. Sin embargo, John
Herschell, haciendo pie en la termodinámica, mostró que había problemas con esta
argumentación. Si una nube absorbe luz, aumenta su energía interna y su
temperatura crece. Si partimos de un supuesto Universo infinito pleno de
estrellas, cada nube absorbería tanta energía que su temperatura aumentaría
hasta el punto de comenzar a brillar por sí misma y el cielo nocturno, una vez
más, debería resplandecer.
Una y otra vez, pensar en un Universo infinito repleto de estrellas conducía ineludiblemente a
resultados que nada tenían que ver con aquello que el más desprevenido
observador podía apreciar en una noche cualquiera: el cielo nocturno, sea como
sea, seguía siendo oscuro.
Un filósofo entra en escena
Parecía que no había más salida que considerar un Universo finito, tratando de encontrar algún
mecanismo que evitara el irremediable colapso gravitatorio.
En el ingenioso modelo de Universo
propuesto por Thomas Wright en 1750, las estrellas se encontraban más o menos
uniformemente distribuidas en un plano infinito y el Sol estaba contenido en él.
Entonces, al mirar en dirección perpendicular al plano sólo se veían pocas
estrellas alejadas unas de otras, mientras que al observar en la dirección del
plano se podía ver una multitud de estrellas distribuidas según una franja que
rodea a la bóveda celeste... y ésta es justamente la apariencia de la Vía Láctea
en el cielo nocturno.
El filósofo Immanuel Kant (1724-1804)
conocía el modelo de Wright del Universo plano y, al pensar en la teoría de la
gravitación universal de Newton, rápidamente se dio cuenta de que ambas eran
incompatibles.
El problema fundamental consistía en tratar de explicar cómo se sostiene toda la estructura
de la Vía Láctea evitando que colapse sobre sí misma como producto de la
atracción gravitacional entre los cuerpos celestes. Kant propuso que la Vía
Láctea, el Universo conocido hasta ese entonces, podría mantenerse estable si
las estrellas estuvieran distribuidas sobre un disco finito, aplanado y en
rotación, de manera tal que las estrellas todas describieran inmensas órbitas
alrededor del centro de la Vía Láctea y la fuerza centrífuga evitara el colapso
final.
Llegado a este
punto podríamos decir que, puesto que este Universo en rotación era finito,
había un número finito de estrellas, permitiendo que la noche sea negra como
debe ser. Era una posibilidad...
Pero el filósofo, con inexorable libertad
de pensamiento y audacia, fue mucho más allá, y propuso una nueva hipótesis que
dejaba nuevamente en pie la paradoja del cielo oscuro.
Kant (1755) razonó que si la Vía Láctea era un conglomerado finito de millones de
estrellas con forma de disco, entonces era posible que existan otras Vías
Lácteas, semejantes a la nuestra y muy lejanas, tan lejanas que se verían como
manchas luminosas circulares o elípticas, objetos que ya estaban siendo
observados por los astrónomos y que Kant denominó “Universos-Islas” o galaxias,
según su denominación actual.

Imagen obtenida por el Telescopio Espacial Hubble de la Galaxia del Remolino (M 51).
Si la hipótesis de Kant era correcta, entonces la paradoja del cielo oscuro
debería ser planteada con galaxias más que
con estrellas, pues serían éstos los objetos que conforman la estructura básica
de este nuevo Universo que imaginaba el audaz filósofo, y seguiría clamando
insistentemente por una solución aceptable.
Galaxias en lugar de estrellas
Todavía a principios del siglo XX,
Shapley defendía la idea de que la Vía Láctea, la única conocida hasta entonces,
era el Universo completo.
En 1919 Edwin Hubble decide estudiar
cuidadosamente a la nebulosa de Andrómeda y observó que la nube informe contenía
un conjunto inmenso de estrellas, el cual incluía a una cefeida, astro cuyo
brillo varía en forma tan regular que permite determinar la distancia a la que
se encuentra. De esta manera, usando la cefeida como faro cósmico, Hubble pudo
calcular con cierta precisión la distancia que nos separaba de la nebulosa de
Andrómeda y resultó ser la más grande medida jamás. Andrómeda pasó, entonces, a
ser el objeto más lejano de la Tierra y, dado su tamaño, se constituía en una
galaxia distinta a la nuestra... era, efectivamente, otro Universo-Isla en este
nuevo Universo que Kant había predicho muchos años antes.
La paradoja de Olbers adquiría un nuevo encanto y, también, mayor complejidad. Por
donde quiera que uno mire, si el Universo era infinito, ahora encontraría
galaxias en lugar de estrellas.

El Universo a gran escala es estadísticamente homogéneo y está compuesto por
cúmulos de galaxias. En esta imagen del Telescopio Espacial Hubble se observa
una región representativa del espacio profundo. En ella se pueden distinguir
galaxias de diversas formas y colores
Todo se torna más rojo cuando el espacio se estira
Hubble, sospechando todo esto, fue mucho
más allá y, alentado por su descubrimiento, se dedicó a buscar otras galaxias.
Los nuevos desarrollos en espectroscopía le permitieron observar que las
galaxias más alejadas brillaban con luz más rojiza que la que debían tener.
Apoyado en un fenómeno ya conocido por los físicos para las ondas sonoras, el
efecto Doppler, y midiendo el enrojecimiento de los objetos celestes pudo
estimar su velocidad, concluyendo que se alejaban de la Tierra más rápido
cuanto más lejos se encontraban. Hubble nos estaba diciendo en 1929 que el
Universo, tal como lo conocíamos, no estaba inmóvil sino que se encontraba en
expansión. A rigor de verdad, deberíamos decir que no es que las galaxias, los
cúmulos y supercúmulos de galaxias, tengan movimientos propios de separación, en
realidad es el espacio el que se expande globalmente, produciendo lo que se ha
dado en llamar corrimiento al rojo cosmológico... pero esto ya es otra
historia.

Todo se corre hacia el rojo cuando el espacio que nos separa se estira
(Dibujo de Elisa Kolodziej)
Ahora bien, ¿qué tiene que ver todo esto
con la paradoja del cielo oscuro que Olbers divulgara tan claramente para su
tiempo?
En primer lugar
recordemos que la luz es una onda electromagnética y que la distancia entre dos
“crestas” seguidas de una onda se denomina “longitud de onda” y está relacionada
con su color. Así, la luz roja tiene una longitud de onda más larga que la
amarilla, y ésta que la azul. Por si esto fuera poco, hay formas de luz con
longitudes de onda muy cortas tales como el ultravioleta o los rayos X o muy
largas, como el infrarrojo o las ondas de radio, todas ellas invisibles para
nosotros.
Teniendo en cuenta esto, como la luz recorre un Universo que se está expandiendo, la radiación de
las galaxias más lejanas transita un espacio que se estira, lo que alarga su
longitud de onda y hace que la luz tienda a ser más roja.
Entonces, si la distancia a una galaxia es muy grande, la expansión también lo es, y la luz que
emite logra “enrojecerse” tanto que puede transformarse en una onda infrarroja o
de radio, saliendo del rango de longitudes de onda visibles y, por lo tanto,
dejando de contribuir al brillo del cielo nocturno. Por lo que ya tendríamos un
principio de solución a la tan mentada paradoja... pero hay más.
El Universo que podemos ver
Si tenemos galaxias que se separan, en algún tiempo anterior debieron estar muy juntas,
tremendamente juntas. Actualmente, se acepta como modelo de origen del Universo
a la teoría del Big Bang o Gran Explosión, hecho sucedido según estimaciones
hace unos 15.000 millones de años. Por lo tanto, y dado que la velocidad de la
luz es finita, nuestro Universo observable llega hasta una esfera de unos 15.000
millones de años luz de radio, esto es, la máxima distancia recorrida por la luz
de las galaxias que nacieron poco después del Big Bang. ¿Qué significa esto?
Simplemente, que si existen objetos mucho más lejanos, su luz todavía no ha
tenido tiempo de llegar hasta nosotros.
Así, para resumir, podemos decir que aunque el número de objetos luminosos del Universo sea
infinito, el número de galaxias cuya luz nos alcanza es limitado y, además, la
intensidad luminosa que recibimos es también menor cuanto más lejos están, hasta
desaparecer por completo del rango visible.
La respuesta a la paradoja de Olbers, en términos actuales, es que la cantidad de galaxias en el
Universo observable, puesto que tiene una edad finita, no es suficiente para
hacer brillar el cielo nocturno.
Curiosamente, quien primero imaginó esta solución fue el escritor Edgar Allan Poe,
que en su obra Eureka: un Poema en Prosa (1848) escribía: “La única forma {...} de
entender los huecos que nuestros telescopios encuentran en innumerables
direcciones, sería suponiendo una distancia al fondo invisible tan inmensa, que
ningún rayo proveniente de ahí fue todavía capaz de alcanzarnos”.
Evidentemente, la inocente pregunta de los más pequeños: ¿por qué la noche es oscura?,
hizo tambalear en todas las épocas, una y otra vez, el supuesto edificio bien
estructurado y sólido del conocimiento científico, siendo, sin lugar a dudas,
uno de los interrogantes más difíciles de responder en la historia de la
ciencia.