Éxodo de cerebros. La paradoja de un país que forma y, a la vez, expulsa a sus científicos se
acentúa dramáticamente por la mayor demanda de los centros más avanzados y la
menor capacidad propia para proteger y dar cabida al conocimiento.
Según Mario Albornoz,
coordinador del reciente estudio "El talento que se pierde" sobre la
emigración de profesionales e investigadores, hemos pagado un altísimo costo
por carecer de una política científico-tecnológica consistente con un modelo de
desarrollo. Sin embargo, seguimos contando con recursos de excelencia.
—La ciencia argentina, por el momento, parece condenada a sobrevivir, como el
resto de la sociedad argentina. En ese sentido, no creo que se distinga de otros
aspectos de esta realidad nacional, en donde nos caracterizamos por ser un país
lleno de recursos que no consigue ponerlos en valor. La paradoja tremenda es que
éste es un país en el que, a diferencia de otros países en desarrollo, hay una
tradición científica importante que tiene varias décadas. De hecho, este
fenómeno tan penoso de los jóvenes que se van y encuentran lugar en los centros
del Primer Mundo porque están bien formados, tienen buena reputación, son
recursos humanos valiosos, es la acabada imagen de un país que forma talentos
pero que los desperdicia sin cesar.
—Si uno mira la tendencia de la inversión en ciencia y
tecnología en la Argentina en los últimos treinta y cinco años, encuentra que
es una de las pocas variables estables que hay en el país. O sea, que es
establemente baja. Hace treinta años que la Argentina invierte muy poco en ciencia
y tecnología, entre un 0,3 y un 0,5 % del PBI. Hay años en que sube un poco
pero porque es el producto el que cae, el gasto se mantiene. Para este año se
estima un 0,35 % aproximadamente. La caída del PBI disimula la retracción de la
inversión y también el pequeño aumento, que lo hubo, en el porcentaje dedicado
a ciencia y tecnología en el Presupuesto nacional. De eso se concluye que,
efectivamente, distintos gobiernos y políticas han coincidido en algo, y es no
haber querido o podido aprovechar un recurso del que este país dispuso, y aun
dispone.
—Nosotros hicimos un estudio de la emigración en estos
últimos dos años, tratando de relevar primero qué había ocurrido en los
institutos científicos: en el CONICET,
en el INTA y otros. Encontramos que ahí no hay una migración importante, subió
un poco en el 2001, pero nada parecido a un aluvión migratorio. Es decir que
los científicos han defendido bien su lugar de trabajo y sus grupos y no son
demasiado propensos a emigrar. Consideran esa posibilidad, están de mal
humor, protestan, pero en general ahí no hay migración
importante. En donde sí la hay, e importantísima, es en lo que sería el
contingente de recambio; o sea, los jóvenes que terminan su universidad, que
tienen las mejores capacitaciones, que están más calificados, que antes se
orientaban, en su mayoría, hacia la investigación y el ingreso al sistema
científico o a las universidades como docentes, en este momento están eligiendo
irse del país. Y esto es lo más tremendo, es una hipoteca a mediano y largo
plazo.
—Hasta el año 2000 se calculaba que, entre la cantidad de
argentinos que emigraron, entre cinco y siete mil eran investigadores o
ingenieros altamente capacitados en áreas como la informática. Ahora, ese
número de gente ya formada no se modificó mucho, porque lo que se está
produciendo, repito, es la salida de gente más joven. La gente joven se está
yendo, en parte, porque se ha multiplicado la oferta de becas de los países
industrializados. Estas no son ingenuas. Uno sabe y lee en los documentos de
política científica de estos países que ellos detectan un déficit de
científicos y profesionales altamente capacitados, y entonces, tienen políticas
agresivas para captar recursos humanos del resto del mundo. Las ofertas
nacionales de becas se han reducido al mínimo pero aumentaron las oportunidades
externas de estudios de posgrado.
—En Estados Unidos, que es el principal destino migratorio de los jóvenes
investigadores, en una encuesta a los estudiantes extranjeros que están
haciendo su doctorado allí, se ve que entre los argentinos más del 60% tiene
deseos y planes concretos de quedarse. Esto es un indicador de que un número
muy importante de estos jóvenes no se van con la idea de volver. Y esto sí lo
sienten los científicos que se quedan aquí, porque están trabajando con un
becario, lo están formando, y cuando ese becario puede, se va y tiene tal vez
más empuje y motivaciones para quedarse afuera que para regresar.
— Las consecuencias de esto son penosas, desde muchos puntos de vista.
Primero, para el científico que está reteniendo a su personal ya formado, sufre
un problema de envejecimiento; es decir, no entran jóvenes, no se renueva y se
va acentuando la vejez del sistema. En segundo lugar, no crece. Porque el
sistema científico argentino debería crecer: de acuerdo al promedio de un país
medio industrializado, deberíamos tener cuatro investigadores o tecnólogos por
cada mil personas de la población económicamente activa. Ese es el valor de
España; Estados Unidos tiene diez; Japón, once. La Argentina tiene 1,6.
Entonces, digamos que para tener una capacidad científica similar a la que
tiene España, adecuada al tamaño de nuestro país, deberíamos más que duplicar
el número de científicos.
—Somos el país de América latina que tiene más científicos
en relación a su población económicamente activa. El problema es que este
número decrece. Es decir, hoy es 1,6; hace dos o tres años era 1,8. La
población está creciendo más que el número de investigadores que el país
dispone. En cambio, otros países, como Brasil, que tiene una población
económicamente activa muy grande, están muy por debajo de la Argentina: menos
de un investigador por cada mil personas de población económicamente activa,
pero con tendencias crecientes.
—Eso está vinculado con el bajo presupuesto, por supuesto,
pero también con la desmotivación. Es decir, en esta misma encuesta que citaba
de la National Science Convention,
donde seis de cada diez argentinos se quieren quedar en los Estados Unidos,
sólo dos de cada diez brasileños elegirían los Estados Unidos porque ocho
aspiran a retornar a Brasil. Allí está el núcleo, creo yo, del problema, porque
no es solamente un tema de recursos o de inserción profesional. El hecho de que
los brasileños quieran volver a su país y los argentinos no, no es porque sean
más patriotas que los argentinos. Es porque además de tener más oportunidades
de trabajo, también hay una motivación social distinta respecto a la ciencia.
Hace ya algunos gobiernos que en Brasil, sus dirigentes políticos y empresarios
están manifestando claramente la conciencia y la comprensión de que la ciencia
y la tecnología son un instrumento esencial para lograr el desarrollo. Forman
parte del proyecto de crecimiento de la economía en la sociedad brasileña. Creo
que en la Argentina nos pasa lo que nos pasa, no tanto por una penuria
presupuestaria sino que ésta, que por cierto existe y es lo que más se hace
sentir, es expresión de que para los dirigentes argentinos la ciencia y la
tecnología no forman parte de la batería de instrumentos con los que se cuenta
para que el país supere su crisis. Entonces, como lo consideran un tema
marginal, la inversión es marginal. Y como no hay un aprovechamiento de los
recursos humanos de ciencia y tecnología para solucionar problemas del país,
hay también una falta de motivación de la gente. Por eso los científicos no se
sienten involucrados en proyectos que sirvan a la sociedad. Entonces, frenar
esa ola migratoria, darles a los jóvenes la oportunidad y el deseo de quedarse
aquí tiene que ver, por una parte, con que efectivamente hay que abrir
oportunidades de trabajo, pero también con hacerles sentir y comprender que el
país necesita de ellos, que los valora y que su actividad va a servir para que
la Argentina sea mejor.
—En los países desarrollados, Estados Unidos o Japón, la inversión privada en
ciencia y tecnología es entre el 70 y el 75% de la inversión del país. Aquí,
generosamente, apenas llega al 20%. Si en la situación argentina el sector
privado se pusiera a tono con esta característica del mundo, habría un aumento
muy importante de los recursos. No solamente está faltando el dinero del
Presupuesto nacional sino que están faltando los recursos que tendría que estar
aportando el sector productivo como parte de su estrategia de ser más
competitivo, renovarse tecnológicamente, poder exportar bienes de alto valor
agregado, etcétera. Esto debe recordarse porque me parece que entre la
dirigencia nacional que no ha comprendido la importancia estratégica de la
ciencia y la tecnología no sólo se computan a los políticos sino también a los
empresarios. Diría más: casi en primer lugar a los empresarios, porque la
pasividad de la industria argentina frente a la cuestión de la ciencia y la
tecnología es notable. Se sienten cómodos colocando commodities y productos
con poco valor agregado, y esto no da un
perfil productivo como para que esa industria pueda mover la paralizada
economía de este país y generar empleo. Se necesita una toma de conciencia
fuerte de parte de los empresarios y se necesita una industria de otro tipo.
Hay recursos humanos en Argentina como para poner esa industria en marcha.
—Amílcar Herrera, un argentino ilustre que estaba en la
Facultad de Ciencias Exactas en los años sesenta hasta que se produjo la Noche
de los Bastones Largos, y que el resto de su vida se dedicó a pensar sobre
ciencia, tecnología y desarrollo, decía que hay siempre dos tipos de políticas:
las explícitas y las implícitas. Las explícitas son las que llevan el rótulo de
esa política y figuran en los documentos oficiales. Las implícitas son las
verdaderas políticas, las que se deducen de la política económica, la política
industrial, etc., etc. Entonces, cuando uno habla de la Secretaría de Ciencia y
Técnica, o del CONICET, está hablando de las políticas explícitas, que en un gobierno
llevan el nombre de "política de ciencia y tecnología". Pero la
verdadera política en ciencia y tecnología es el modelo de desarrollo que se
está siguiendo, el lugar que se le da a la exportación, a la producción de
bienes de alto valor agregado, a la información, a las empresas de capital
nacional. Si un secretario de Ciencia y Técnica consigue que el presupuesto de
ciencia y tecnología aumente del 0,4 al 0,5 %, eso no cambia la naturaleza del
problema, porque básicamente se seguirá moviendo en esos pequeños márgenes
mientras el país no tenga una política integral de desarrollo que contemple una
serie de medidas para movilizar a los actores de la producción y generar un
perfil industrial diferente del que tenemos. Es allí donde hay que mirar.
—El país ha perdido un perfil productivo. El sector
productivo se basa en la elaboración de bienes de bajo valor agregado y estamos
vendiendo productos primarios como al principio del siglo XX. Es curioso,
estamos exportando cereal, carne, recursos energéticos, pero el recurso más
valioso que hay en este momento en todo el mundo, que son los profesionales
altamente capacitados, esos los dejamos ir o, peor aún, los invitamos a irse.
Así es este país: exportamos alimentos y petróleo, regalamos a nuestros científicos.